El Salvador / Política
La relación de Flores con el mundo

Francisco Flores despidió su presidencia con un viaje relámpago a Washington. Fue su última gira internacional, “para agradecerle al presidente Bush por todo su apoyo a mi gobierno”, dijo. Pero era, también, una evidente muestra final de lo que fue su eje de política exterior. Tampoco fue casual que la última persona en visitarlo en su suite del Hotel Ritz Carlton fuera Otto Reich, un cubano americano anticastrista a ultranza, enviado especial de la Casa Blanca para América Latina. Este análisis fue publicado por El Faro semanas antes de que Flores dejara el poder, en mayo de 2004. 


Fecha inválida
El Faro

El presidente salvadoreño encontró, poco después de haber tomado posesión, las claves para forjarse un protagonismo internacional impulsado por dos mandatarios de altos vuelos con los que compartía una misma ideología: el estadounidense George W. Bush y el español José María Aznar.

Flores posa junto a los presidentes Alfonso Portillo (Guatemala), Chen Shui-bian (Taiwán) y Miguel Angel Rodriguez (Costa Rica), en una reunión celebrada el 25 de mayo de 2011 en San Salvador. Una foto para la historia, porque los cuatro protagonistas fueron llevados a juicio, en sus países, por actos de corrupción. De los cuatro, solo Flores no llegó a ser vencido en juicio debido a su fallecimiento, ocurrido el 30 de enero de 2016, en medio de un proceso en su contra. AFP PHOTO/Yuri CORTEZ
 
Flores posa junto a los presidentes Alfonso Portillo (Guatemala), Chen Shui-bian (Taiwán) y Miguel Angel Rodriguez (Costa Rica), en una reunión celebrada el 25 de mayo de 2011 en San Salvador. Una foto para la historia, porque los cuatro protagonistas fueron llevados a juicio, en sus países, por actos de corrupción. De los cuatro, solo Flores no llegó a ser vencido en juicio debido a su fallecimiento, ocurrido el 30 de enero de 2016, en medio de un proceso en su contra. AFP PHOTO/Yuri CORTEZ

Alrededor de los intereses de estos dos gobiernos, El Salvador se hizo pronto de un nombre importante. Tal vez el primer paso, que aún continúa en la sombra, fue la decisión de Flores de no trasladar la embajada salvadoreña de Jerusalén a Tel Aviv. El Salvador y Costa Rica son los dos únicos países que, contra las resoluciones de Naciones Unidas, reconocen a la ciudad santa como capital israelí, y la presión interna de grupos económicos de origen palestino había convencido a Flores de tantear el terreno para valorar la conveniencia del traslado. Por alguna razón no lo hizo. “Estados Unidos lo amenazó con retirar a El Salvador de los beneficios de la ICC, y los israelíes le ofrecieron la zanahoria: un premio de estadista del año”, reveló un empresario salvadoreño, muy cercano al gobierno de Flores, que pidió reserva.

El 11 de febrero de 2000, apenas a 7 meses de haber tomado posesión, Flores asistió en Miami a un ceremonia especial de la Liga Antidifamación judía, que lo reconocía como Estadista Distinguido. Iba acompañado por cuatro judío-salvadoreños que lo habían promovido para el premio: Ernesto Freund, Roberto Liebes, Claudio Khan y su esposa, Narie. Antes de él, tomaba el podio para recibir su propia distinción el entonces alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert. El reporte de La Prensa Gráfica sobre el evento cerraba con la siguiente frase: “Flores aceptó el reto de recibir críticas por mantener la embajada en Jerusalén, al tiempo que reconoció que moverla a Tel Aviv implicaría nuevas críticas”.
Flores comenzaba a tomar postura internacional, y con ello venían los reconocimientos de los grupos de la derecha. “El Salvador de Francisco Flores, con una impresionante seriedad, sin concesiones a la demagogia, en un tercer período de gobierno democrático bajo las siglas de ARENA, continúa en ascenso... ¿Quién hubiera previsto este prometedor panorama hace unas cuantas décadas atrás?” escribía el analista anticastrista Carlos Alberto Montaner en varios periódicos latinoamericanos

El primer regalo

El 23 de febrero de 2000 entró en vigor un acuerdo firmado por los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos, para que el segundo país estableciera en el aeropuerto de Comalapa un Centro de Monitoreo. El acuerdo significaba la primera vez que militares estadounidenses podían mantener un espacio físico de operación fijo en tierras salvadoreñas. “Su gobierno ha sido lo suficientemente amable como para ofrecerse voluntariamente a trabajar con nosotros, para trabajar mano a mano en el combate a las drogas; Comalapa está bien posicionada para que las aeronaves realicen tareas de inspección”, decía el jefe del Comando Sur, Peter Pace, durante una visita al país para supervisar las operaciones de las nuevas instalaciones militares estadounidenses en Centroamérica. El tratado fue aprobado por mayoría simple en la Asamblea, con una fuerte oposición del FMLN, quien incluso presentó dos recursos de inconstitucionalidad ante la Corte Suprema de Justicia acompañado por la Fundación para el Estudio y Aplicación del Derecho (FESPAD).

“El tratado en cuestión entrega a tropas estadounidenses aeropuertos y puertos, el espacio aéreo y marítimo e instalaciones gubernamentales no especificadas que consideren pertinentes, con inmunidad diplomática del más alto nivel, durante diez años”, denunciaba la revista Proceso de la UCA.

El regreso de militares estadounidenses al país desató una dura polémica entre la clase política salvadoreña, y el aplauso de Washington, expresado con férrea mano, como lo hizo siempre, la embajadora de Estados Unidos en el país, Rose Likins, una de las principales aliadas de Flores y enemigas declaradas del FMLN.

El pleito con Fidel

Pero el gran golpe vino en noviembre de 2000, durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Panamá. A petición expresa de Aznar, la delegación salvadoreña decidió incluir a última hora un nuevo punto en la declaración final, condenando el terrorismo de ETA. La reacción cubana estaba medida: Fidel Castro pediría, como lo ha hecho en anteriores ocasiones, que la condena se generalizara al terrorismo en todas sus formas y contra todos los países, alegando que Cuba era la principal víctima del terrorismo.

En los días de la cumbre había sido capturado en Panamá el terrorista anticastrista Luis Posada Carriles, un hombre que vivió durante una década refugiado en El Salvador, desde donde fraguó los atentados contra hoteles cubanos perpetrados años antes por dos salvadoreños. Según Fidel Castro, Posada Carriles había llegado a Panamá para asesinarlo.

En la plenaria, los presidentes discutieron la declaración, y un técnico, por error, dejó la cámara y los micrófonos abiertos. Ante la vista de todos los periodistas asistentes, llegó la hora de votar por la propuesta salvadoreña. Castro arremetió entonces contra Flores, acusándolo de proteger a Posada Carriles, y ambos presidentes se enfrascaron en la más incómoda discusión registrada en estos eventos. El salvadoreño se paró firme y acusó a Castro de haber entrenado y financiado a la guerrilla salvadoreña “para matar a salvadoreños”. Flores se había dado a conocer. Luego vinieron los homenajes en Miami por parte del exilio cubano, y la cercanía con Bush y Aznar.

El primer abrazo

En marzo de 2001, pocos días después del segundo terremoto, el mandatario salvadoreño emprendió su gira más importante: Fue a la Casa Blanca y obtuvo de Bush ayuda por $130 millones de dólares para la reconstrucción, además de la promesa de un TPS. Bush había encontrado a su hombre en América Latina. Según fuentes de Casa Presidencial, Flores impresionó a Bush con su discurso de “no queremos que nos den pescado, si no que nos dejen pescar”. Pero la Casa Blanca advertía ya que Flores se había convertido en un importante aliado. Sólo hubo un punto pendiente en la agenda bilateral: la propuesta de Flores de un TLC entre Estados Unidos y Centroamérica. Había sido el mandatario salvadoreño el que convocó a sus homólogos centroamericanos para convencerlos de la iniciativa, antes de presentarla a Bush como un consenso regional.

De ahí partió a Madrid, donde el gobierno español y el Banco Interamericano de Desarrollo organizaron un Grupo Consultivo para ayudar a la reconstrucción. Los éxitos obtenidos en materia de cooperación son dudosos. Pero en términos políticos, el viaje selló el acercamiento con La Moncloa. El eje internacional salvadoreño estaba ya armado, y pronto tendría su mayor reto.

Pocos meses después, de la mano de Bush, Flores asistió como invitado a la Cumbre del Grupo de los 8 en Génova. La foto al lado de los hombres más poderosos del mundo le servía para apuntalar su imagen internacional, pero también para adquirir mayor peso en la política interna del país. Y, sobre todo, para reafirmarse como el líder centroamericano, en una región en la que los gobiernos de las demás naciones se veían bastante grises al lado del protagonismo de Flores. Quien quisiera hablar con Bush debía hacerlo, a partir de entonces, a través del presidente salvadoreño.

Y fue él el portavoz centroamericano, también, en la cumbre Iberoamérica-Europa, celebrada en Madrid en mayo de 2002. Aznar lo colocó en un podio especial, y se encargó de que todo mundo viera fotos de abrazos mutuos y declaraciones de reiterada amistad. Ahí también Flores lanzó la propuesta que, él mismo ha confesado, es el eje de su plan de reactivación económica y de camino al progreso: los Tratados de Libre Comercio. Lo ofreció a la Unión Europea con el aval de su homólogo español, pero no logró convencer a los demás: o se avanza en la integración centroamericana o no hay posibilidad alguna, le dijeron. Los demás mandatarios del istmo se escudaron detrás de Flores.

La visita del “amigo”

Acaso la declaración más controversial del presidente Francisco Flores la hizo cuando George W. Bush visitó el país, en una escala vista como una especial condescendencia al mandatario salvadoreño, en marzo de 2002. El presidente estadounidense estuvo durante pocas horas en El Salvador, suficientes para reunirse con Flores a solas y brindar después una conferencia de prensa conjunta. Entonces Bush confirmó a su hombre en la región. “Debido al liderazgo de este hombre, el futuro de El Salvador es halagüeño. Es un honor llamarlo mi amigo”, dijo, ante la sonrisa abierta de Flores.

El mandatario salvadoreño, profundamente halagado, tomó el micrófono y soltó la respuesta: “He tenido algunos honores en mi vida, pero ninguno tan alto como que el presidente Bush me llame su amigo”. La frase trajo a la memoria de muchos el famoso beso a la bandera estadounidense de Duarte, pero en un nuevo contexto. Si alguien tenía aún dudas de la política exterior salvadoreña, la visita del estadounidense sirvió para aclararlo, con firmeza, de una vez por todas.

El golpe de Chávez

El 11 de abril de 2002, el presidente venezolano Hugo Chávez era objeto de un golpe de Estado fraguado por la oposición y un ala del Ejército. Según Chávez, la conspiración fue organizada por el embajador de Estados Unidos en Caracas, Charles Shapiro, bajo supervisión de Otto Reich.

Al siguiente día, Flores se llevaba el poco afortunado registro de ser el primer mandatario en avalar el espúreo gobierno de Pedro Carmona, que apenas duró 36 horas. En paralelo, la OEA, citando la Carta Democrática, exigió el retorno de Chávez al poder, y El Salvador se quedó solo con un guiño de ojos de la administración norteamericana, y con un grave registro en el resto del continente.

“Si estuviera instaurado el premio del ridículo internacional él sería uno de los ganadores, porque todos los demás gobiernos de la región fueron muy cautelosos porque venían de firmar recientemente la Carta Democrática de la OEA. Creo que el presidente Flores por congraciarse, no sé con quién, se apresuró e hizo internacionalmente uno de los mayores ridículos de su carrera”, dice Hugo Martínez, diputado y en aquel momento vocero del FMLN.

Milena Calderón, legisladora de ARENA y presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Asamblea, defiende al mandatario, asegurando que en ese momento las noticias eran confusas y daban el golpe como un hecho consumado. “Cuando un pueblo está sufriendo una violación a los derechos humanos y al sistema de libertades está los que pretenden mantener ese estado están expuestos a tener críticas de los países que gozamos esa libertad”. Pero uno de sus hombres de confianza en la Asamblea declaró la semana pasada a La Prensa Gráfica: “El único deslizón que tuvo fue cuando dio declaraciones sobre la caída del presidente venezolano Hugo Chávez”. Y así fue valorado por el resto de los países latinoamericanos.

Lo cierto es que pocos días después de que Chávez retomara el poder retiró a su embajador en El Salvador, mientras el gobierno de Flores daba asilo a un militar venezolano implicado en el golpe, el contralmirante Carlos Molina Tamayo. Como herencia del mandato de Francisco Flores, las relaciones entre El Salvador y Venezuela se mantienen a nivel de encargados de negocios. Pero también, a partir de entonces, el presidente salvadoreño guardó prolongados silencios antes de expresarse públicamente sobre algún evento internacional.

El sueño roto

Ya por aquellos días, Flores comenzaba a evaluar su futuro, y no le costó mucho ver en la Secretaría General de la OEA un lugar digno para ocupar su expresidencia. A través de la canciller, María Eugenia Brizuela de Ávila, comenzó a impulsar su candidatura, sin hacerla jamás oficial. Estados Unidos le prometió su apoyo incondicional, al grado que el mismo Secretario de Estado, Colin Powell, llegó a expresarse públicamente a favor de una eventual elección de Flores. La candidatura, al final, no se presentó. En palabras del mandatario: “Cuando varios países me estimularon a correr y me entusiasmaron con la idea había algo que yo no había medido: necesitaba hacer una campaña con recursos, dedicado a eso, y yo consideraba que dentro de mis objetivos políticos eso no era prioritario. En ese momento mi objetivo político más importante era ganar las elecciones y no quería desviarme en nada que me distrajera de ese objetivo”. Pero uno de los miembros de su gabinete, que como casi todos pidió el anonimato para hablar del tema, la valoración fue otra: “No nos imaginábamos a Flores teniendo que obedecer al mandato de los gobiernos latinoamericanos, la mayor parte de los cuales no comparte sus mismas ideas”.

Efectivamente, era difícil imaginarse a Francisco Flores mediando en la crisis venezolana, habida cuenta de la política internacional de su gobierno. Pero el presidente insistió en buscar la candidatura, y envió a Brizuela a cuanto foro fue posible para impulsar su deseo y buscar votos. Pero Suramérica se apresuró a apoyar la candidatura del costarricense Miguel Ángel Rodríguez, y Estados Unidos terminó cediendo y también comprometió el voto a Rodríguez. Al cierre de su mandato, el gobierno salvadoreño era el único, junto a Nicaragua, de todo el continente, que aún no habían manifestado su apoyo a Rodríguez.

El sueño de la OEA se había perdido para siempre. Pero a cambio, tanto la embajadora Likins como el embajador Reich se dieron a la tarea de apoyar la campaña de ARENA desprestigiando al FMLN. A principios de 2004, el subsecretario de Estado para asuntos hemisféricos, Roger Noriega, visitó El Salvador. Se reunió con los candidatos de todos los partidos, menos con el FMLN de Shafick Hándal, y aunque con declaraciones más matizadas que las de Reich, dejó entrever que las relaciones con El Salvador sufrirían transformaciones si ganaba el FMLN.

Las tropas a Iraq

El alineamiento salvadoreño a todas las políticas estadounidenses y españolas tuvo su mayor altura con la decisión del envío de un contingente a Iraq, para apoyar “tareas de reconstrucción”. A pesar de los múltiples intentos de la Canciller Brizuela y del propio presidente por enmarcar la misión dentro del mandato de la ONU, la decisión fue tomada antes de que el Consejo de Seguridad emitiera resolución alguna. Pocos días después de que Estados Unidos comenzara a buscar aliados para la posguerra, El Salvador se había anotado ya en la lista. Junto a las tropas salvadoreñas viajaban también hondureños, dominicanos y nicaragüenses, en cantidades más simbólicas que con capacidad real de significar algún cambio en Iraq. El envío de tropas, bajo mando español, era en realidad un espaldarazo político.

La misión entró en crisis con el cambio de gobierno español y la retirada de su contingente en Iraq, al que siguieron dominicanos y hondureños. Los nicaragüenses, alegando falta de fondos, se retiraron meses antes. El Salvador, sin embargo, decidió quedarse, para beneplácito de Washington, que comenzó públicamente a alabar la labor del Batallón Cuscatlán.

“En Washington importa no sólo lo que haces, sino cómo lo haces”, reveló un diplomático salvadoreño. “A los hondureños no los quieren ver en la Casa Blanca, por el retiro de las tropas. A Flores lo reciben con los brazos abiertos”.

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