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El Papa acusa al episcopado salvadoreño de difamar y calumniar a monseñor Romero

"Lo estaban lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua". Las declaraciones del Papa Francisco son una confirmación para las propias palabras del arzobispo mártir, quién confesó a sus más cercanos colaboradores los duros encuentros con el Papa Juan Pablo II, cuando este le increpaba los señalamientos que la curia salvadoreña hacía en su contra.

AFP / El Faro

 
 

El papa Francisco acusó este viernes al episcopado de El Salvador de haber "difamado, calumniado y enfangado" a monseñor Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado por un comando de los escuadrones de la muerte de la ultraderecha salvadoreña, el 24 de marzo de 1980.

Las declaraciones del Papa, dadas desde el Vaticano este viernes 30 de octubre, 35 años después del asesinato de Romero, son una confirmación incluso para las propias palabras del arzobispo mártir, quién relató en sus diarios -y confesó a sus más cercanos colaboradores- los duros encuentros con el Papa Juan Pablo II, cuando este le increpaba los señalamientos que la curia salvadoreña hacía en su contra, no solo acusándolo de comulgar con la teología de la liberación, sino además relacionándolo como un sacerdote a favor de la izquierda comunista salvadoreña.

El Papa Francisco, además, confirma que las calumnias contra Romero no finalizaron tras su muerte. La curia salvadoreña, en los últimos 35 años, se esforzó por denigrar la figura de Romero, con el fin de bloquear su beatificación, finalmente celebrada en mayo de 2015.

"El martirio de monseñor Romero no fue sólo su muerte: inició antes, con los sufrimientos por las persecuciones antes de su muerte y continuó después, porque no bastó que muriera, lo difamaron, calumniaron y enfangaron. Su martirio continuó por mano de sus hermanos sacerdotes y del episcopado", afirmó el papa ante una delegación de obispos y fieles salvadoreños.

 Las primeras investigaciones del crimen determinaron que el proyectil que mató a monseñor Romero fue disparado desde una distancia de 35 metros, aproximadamente. 

 Las primeras investigaciones del crimen determinaron que el proyectil que mató a monseñor Romero fue disparado desde una distancia de 35 metros, aproximadamente. 

El papa reconoció que hubo una campaña para denigrar al religioso centroamericano, cuya beatificación estuvo bloqueada en la época de Juan Pablo II y promovida en cambio por Francisco, que lo considera un modelo para América Latina.

"Solo Dios conoce la historia de la persona. Vio que lo estaban lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua", agregó. Las palabras del papa argentino fueron pronunciadas al término de una audiencia especial en el Vaticano concedida por el pontífice a una numerosa delegación de salvadoreños que viajaron a Roma para agradecer a Francisco por la reciente beatificación de Romero, el 23 de mayo pasado en El Salvador.

Asesinado en San Salvador por un francotirador, mientras oficiaba una misa el 24 de marzo de 1980, Romero fue tildado tanto en los últimos años de su vida como después de muerto de ser "un desequilibrado", "un marxista", un "títere manipulado por curas de la teología de la liberación que le escribían sus encendidos sermones" contra la oligarquía, las injusticias sociales y la represión en su país.

Esas acusaciones, lanzadas por diplomáticos, políticos, religiosos y hasta cardenales, frenaron el proceso de canonización de monseñor Romero, quien fue beatificado finalmente el 23 de mayo en su ciudad, 19 años después de que el proceso fuera abierto oficialmente por el Vaticano en 1997.

Aunque no perteneció a la corriente de la Teología de la Liberación, marginada durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, Romero fue un defensor de los pobres, en particular de los campesinos expulsados de sus tierras y de los oprimidos y perseguidos.

El papa argentino se identifica con la figura de Romero, conservador en materia de dogmas pero comprometido con las cuestiones de justicia social.

"Hago míos los sentimientos del beato monseñor Romero, que con fundada esperanza ansiaba ver la llegada del feliz momento en el que desapareciera de El Salvador la terrible tragedia del sufrimiento de tantos de nuestros hermanos a causa del odio, la violencia y la injusticia", afirmó el papa en la audiencia celebrada en la Sala Clementina del Vaticano.

La delegación salvadoreña participó este viernes en una misa en la iglesia romana de Santa María in Trastevere, sede de la Comunidad de San Egidio, el movimiento católico que apoyó y financió la causa de Romero.

Algunos asistentes aseguraron que la nueva generación de católicos salvadoreños pide "dos milagros": una reconciliación verdadera en su país y el reconocimiento del beato Romero como pastor de "una Iglesia pobre para los pobres", a la que aspira el actual papa.

La beatificación de Romero, sin necesidad de probar un milagro tras ser proclamado un mártir por su fe, resulta coherente con el papado de Francisco que respalda la lucha por la justicia social. 

Los enemigos de Romero 

Monseñor Óscar Arnulfo Romero sabía muy bien quiénes eran sus enemigos. Lo sabía porque los tenía en casa. En 1977, sus primeras reuniones con el clero salvadoreño fueron complicadas. Al primer mes, en el Arzobispado matan a su amigo Rutilio Grande, en Aguilares, y entonces Romero sorprende a todos cuando cancela todas las misas del país y decide dar una sola en catedral, denunciando a las fuerzas de seguridad del Estado como responsables del asesinato del sacerdote. En mayo de 2015, en el marco del Foro Centroamericano de Periodismo organizado por El Faro, el periodista Carlos Dada, quien realiza una investigación sobre el asesinato de Romero y los escuadrones de la muerte, señaló que "su segundo acto de protesta fue el de no asistir a la toma de posesión del general Carlos Humberto Romero". 

Para los miembros de la curia, lo que el sacerdote hacía era imperdonable, así que viajan al Vaticano para denunciar a ese Romero que divide a la iglesia y la enfrenta con el Estado. Desde el Estado, el cardenal Sebastián Baglio es quien más le reclama a Romero por dividir a la iglesia. 

En la Conferencia Episcopal que presidió Romero figuraban tres sacerdotes estrechamente ligados a la oligarquía y a la clase militar del país. Para la época, esos obispos entraban en una categoría de sacerdotes “tradicionales”. Es decir, sacerdotes que respaldaban a los gobiernos militares y a la oligarquía dominante. Uno de ellos era el obispo de San Miguel, Josué Eduardo Álvarez, conocido en aquella época como "el coronel de San Miguel”, por su grado en el ejército al ser capellán de las fuerzas armadas. También estaba el obispo de Santa Ana, Marco René Revelo, quien adquirió fama en 1981 por ir a la base aérea en Ilopango a bendecir aviones de guerra enviados por Estados Unidos.

Había un tercer obispo, el de San Vicente, famoso por haber recibido de regalo una “larga hacienda” de parte del expresidente Arturo Armando Molina, “y que estaba generalmente inclinado a compartir los puntos de vista de sus colegas terratenientes”, dijo Dada, citando a investigadores estadounidenses que perfilaron a los miembros de esa curia. 

Parafraseando a Romero, en una de sus cartas hacia Juan Pablo Segundo, quien hizo eco de las denuncias contra Romero, el Arzobispo se defendía con estas palabras: “Su santidad, lo he intentado, pero estos obispos no me quieren acompañar. ¿Y cómo quiere que no proteja a la Iglesia si el Estado me ha matado sacerdotes, ha matado y torturado, si mi primera obligación para proteger a la iglesia es defenderla, pero resulta que no me quieren acompañar ni el nuncio ni los obispos de la conferencia episcopal?”.

En el Vaticano todo parece indicar que el Papa tampoco olvida a los enemigos de Romero, quienes emplearon todo tipo de armas para denigrarlo.

El arzobispo italiano Vincenzo Paglia, actual presidente del Consejo Pontificio de la Familia y postulador de la causa de beatificación de monseñor Romero, reconoció en febrero pasado las numerosas trabas del proceso.

"De no haber sido por el papa latinoamericano, Francisco, Romero no hubiera sido beatificado", confesó.

Entre los enemigos de Romero en el seno del Vaticano figuran dos influyentes cardenales, los colombianos Alfonso López Trujillo, ya fallecido y conocido por sus posiciones ultraconservadoras, y Darío Castrillón Hoyos, jubilado.

Ambos ocupaban en la década del 90 importantes cargos en la Curia Romana. "López Trujillo temía que la beatificación de Romero se transformara en la canonización de la Teología de la Liberación", escribió Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de San Egidio.

Romero también era criticado por su cercanía con el teólogo jesuita Jon Sobrino, censurado por años por el Vaticano como uno de los grandes exponentes de la Teología de la Liberación, quien sobrevivió a la matanza de seis de sus compañeros jesuitas perpetrada en 1989 por militares salvadoreños. 

Los problemas doctrinales, el extenuante análisis de sus homilías y el temor de una instrumentalización ideológica por parte de la izquierda fueron algunos de los argumentos para obstruir la causa.

 

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