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Beto Cuéllar, el abogado

Roberto Cuéllar fue el director del Socorro Jurídico del Arzobispado, la oficina de procuración para los pobres impulsada por monseñor Romero y convertida en Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador dos años después de su asesinato. Para Cuéllar, Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución.

 

 
 

Ni Águila ni FAS ni Club Deportivo Santiagüeño, mucho menos Barça o Real Madrid. Ni siquiera la Selecta. A Monseñor Romero no le gustaba el fútbol. Lo veía, palabras suyas, como una actividad que embrutece a los hombres. Con tanto balonazo en la cabeza, bromeó en alguna ocasión, uno se pone más tonto.

A Beto Cuéllar, uno de sus más cercanos colaboradores, le apasionaba –le apasiona– el fútbol: verlo y aún más practicarlo. Marcó goles para el equipo del Externado de San José y también para el de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Tanta es su pasión que admite sin reparos que no escuchaba las homilías de su jefe porque reservaba la mañana de los domingos para jugar con sus amigos.

Esta disparidad de gustos hizo que, salvo en contadísimas ocasiones, nunca se hablara de fútbol entre ellos dos. Una de las excepciones ocurrió en las semanas previas al asesinato. Por su cargo de director de Socorro Jurídico del Arzobispado, Beto también estaba amenazado por los escuadrones de la muerte, pero ni esa circunstancia le impedía calzarse sus tacos y exponerse en un lugar tan vulnerable como una cancha.

—No vaya a jugar, Beto –le advirtió en aquella excepción Monseñor Romero–. ¿Sabe qué le va a pasar? Que un día le van a pegar un balazo en el estadio, lo van a cazar como a un conejo.

Un balazo, le dijo. Ya han transcurrido más de tres décadas desde esa advertencia, pero sigue retumbando con su eco de trágica ironía.

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Es alguien importante: viaja mucho y lejos, su opinión es buscada y valorada, y desayuna seguido entre presidentes y otros mandamases. Beto Cuéllar es la máxima autoridad ejecutiva del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), una institución con sede central en Costa Rica y oficinas regionales en Colombia y Uruguay. Creado en 1980, el IIDH es una pieza del sistema interamericano de protección de los derechos humanos, junto a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En su página electrónica, la IIDH se define como uno de los más importantes centros mundiales de enseñanza e investigación sobre derechos humanos, con énfasis en los pueblos de América. Beto está en Ligas mayores.

Y sin embargo.

—¿Sabe qué es Cuéllar? ¿Sabe dónde queda? –le pregunto, pura curiosidad.

—Sí, algo me contó Javier Pérez de Cuéllar. Cuando trabajé con él para estructurar todo el proceso de paz en Centroamérica, él me dijo: mire, nosotros venimos de una región de España que se llama Segovia, y somos pocos en América. Luego supe que en Cuéllar tienen buena carne de chancho, buenos jamones.

Un salvadoreño promedio puede enumerar sin problemas tres jugadores del Barça, ha oído hablar de Paris Hilton e incluso sabe el color de los alienígenas de Avatar, pero desconoce que un paisano suyo se sienta con el secretario general de Naciones Unidas para platicar sobre los orígenes de sus apellidos.

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Roberto Cuéllar Martínez nació el 17 de abril de 1952 en San Salvador. Fue el primogénito de una familia acomodada, clase media-alta, propietaria de una amplia casa de dos plantas en la colonia Flor Blanca, a un par de cuadras del estadio homónimo que por aquel entonces era el más grande del país. Hijo de Lidia Margarita Martínez Sandoval y de Roberto Emilio Cuéllar Milla, tuvo cinco hermanos, todos varones y con una peculiaridad: el bautizado como Benjamín no es el menor.

—Él iba a ser el último, pero llegaron dos más –dice.

Su padre, el doctor Cuéllar Milla, fue uno de los abogados más respetados de su época, fundador del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y secretario general de la Universidad de El Salvador (UES). Literalmente sufrió en carne propia la primera ocupación del centro de estudios, la de 1960, durante el Gobierno del teniente coronel José María Lemus. El doctor Cuéllar y Monseñor Romero se conocían, y Beto reconoce en su padre a una de las pocas personas que anticipó que sería un arzobispo que daría de qué hablar.

Beto creció pues en un hogar denso, políticamente hablando, y quizá eso también contribuyó a que madurara deprisa. Estudió Derecho en la UES y Psicología en la UCA, y aún no se había licenciado cuando se sumó al Socorro Jurídico Cristiano, la plataforma que en marzo de 1977 le permitió entrar en contacto con Monseñor Romero. Los tres años que pasó a su lado lo marcaron de por vida, al punto que hoy, incluso cuando escribe un mensaje navideño, parece que lo hace pensando en él.

Se casó joven y tuvo tres hijos. Juan Carlos, el segundo, lo bautizó Monseñor Romero en abril de 1979 en la capilla del Hospital Divina Providencia.

—Me tardé bastante –dice Beto–, y Monseñor siempre me reclamaba: ¿cómo es posible que un servidor de la Iglesia no tenga bautizado a su hijo? En alguna ocasión hasta se molestó conmigo. Yo le respondía que la culpa era suya, por hacernos trabajar 30 horas al día.

Ocho meses después del asesinato se exilio en México, y cinco años después recaló en Costa Rica, país en el que reside en la actualidad. Marcado a fuego por lo vivido junto a Monseñor Romero, su vida laboral en las tres últimas décadas ha estado casi siempre relacionada con la protección de los derechos humanos.

—Pero mire, francamente se lo digo: los tres años más felices de mi vida fueron los que trabajé con él. No han sido los organismos internacionales, con todo respeto para los organismos, ni tampoco andar de arriba abajo con diplomacia, con políticos, con promoción…

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—Lo impresionante de la autopsia fue ver cómo le partían el esternón, porque aquellos eran métodos rudimentarios, sin las motosierras ni el instrumental eléctrico que se utilizan ahora. Con Romero tuvieron que usar una especie de cincel. ¡Pa, pa, pa! –Beto imita el martilleo, como si fuera mimo–, para romper el hueso. Porque lo mataron con una bala del calibre .25, expansiva y explosiva, y el tórax lo tenía lleno de esquirlas, y claro, había que sacarlas e ir colocándolas en un plato. Aquello me impresionó mucho.

—¿Lloró?

—No, ahí no. Lloré en otro momento, en el entierro, pero en la autopsia no.

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Igual que le sucedió a miles de salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar, un militante demócrata-cristiano, un día desapareció. Sin más. Pero al contrario que le sucedió a miles de esos salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar un día reapareció. Estuvo más de nueve meses en una cárcel clandestina de la Policía de Hacienda, torturado hasta la saciedad, pero logró fugarse, dicen que porque un familiar sobornó a los custodios.

Cuando escapó era un cadáver andante. El examen médico reveló emaciación extrema, facies cadavérica –ojos hundidos, nariz afilada–, serias laceraciones antiguas y recientes en la superficie corporal, abdomen escafoide, marcada palidez de mucosa y tegumentos, lengua saburral, gingivitis hemorrágica, hipersensibilidad en distintas partes del cuerpo, y psiquismo notoriamente alterado. En ese estado se presentó ante Monseñor Romero para suplicar ayuda.

—Me impresionó, francamente se lo digo, que fuera el propio Monseñor el que lo trató. No quería que nadie se enterara de que lo tenía escondido en el arzobispado, porque ahí pasó unos pocos días, y él mismo le daba las medicinas –dice Beto, una de las pocas personas a las que confió el secreto.

En la tarde-noche del 1 de octubre de 1978 Monseñor Romero les pidió a él y al padre Rafael Moreno que llegaran al arzobispado para que vieran a Cruz Menjívar, lo entrevistaran y plantearan alguna solución. A los días lo llevaron hasta la Embajada de Venezuela. Allí permaneció hasta que se tramitó su asilo político y en diciembre pudo volar a Caracas. El testimonio de las torturas sufridas por Cruz Menjívar en manos de la Policía de Hacienda terminó convertido en un desgarrador libro de denuncia.

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Socorro Jurídico Cristiano nació en agosto de 1975 como una iniciativa adscrita al Externado de San José y bajo la coordinación del sacerdote jesuita Segundo Montes. El planteamiento inicial era simple: prestar asistencia legal gratuita a personas que no tenían cómo pagar un abogado y lograr al mismo tiempo que los jóvenes estudiantes de clases acomodadas se empaparan de la realidad. Trabajaron bajo ese lineamiento durante un año y medio, pero el asesinato del padre Rutilio Grande lo alteró todo. Solo Socorro Jurídico se atrevió a representar a la Iglesia católica y, tras superar sus recelos iniciales ante la inexperiencia de la mayoría de sus integrantes, Monseñor Romero terminó no solo aceptando el ofrecimiento, sino que vio tanto potencial en la oficina que a los pocos meses Socorro Jurídico Cristiano se convirtió en Socorro Jurídico del Arzobispado.

No fue un simple cambio nominal: el bufete para pobres mutó en un centro de promoción y defensa de los derechos humanos, tanto individuales como colectivos. Beto no tardó en asumir la dirección. Al año, entre las muchas y variadas labores de la oficina, estaba la elaboración semanal de un informe que recopilaba las violaciones e injusticias cometidas por el Estado y también por los grupos armados de todo signo político; ese informe era el insumo principal para el apartado de Hechos de la semana de sus homilías. Instituciones de reconocido prestigio internacional como la Federación Internacional de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Consejo Mundial de Iglesias, la Comisión Internacional de Juristas o Amnistía Internacional certificaron la labor de Socorro Jurídico.

—Es simple –dice Beto–. Romero tuvo en el respeto a la persona humana y en la protección legal de su pueblo dos de sus principales líneas de trabajo y, se lo digo sin jactancia, nosotros le hicimos el trabajo difícil, para que nunca jamás le pudieran reclamar que sus denuncias eran inventos. Él siempre nos decía: identifiquen a los fallecidos con datos precisos, con que haya un solo muerto el caso es contundente.

El asesinato frenó el empuje, pero la semilla estaba sembrada. En 1982 surgió Tutela Legal del Arzobispado y en 1985 se creó el Instituto de Derechos Humanos de la UCA. Beto está convencido de que en materia de derechos humanos Monseñor Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución.

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Beto trabajó en Socorro Jurídico desde su fundación hasta que marchó al exilio en noviembre de 1980. Fueron años duros, le tocó ver casi de todo, y me interesa conocer si recuerda algún caso en particular y el porqué.

—Pues varios, pero si tengo que elegir uno, el fusilamiento de Apolinario Serrano.

Pocos llamaban a Polín por su nombre: Apolinario Serrano. Pequeño y enclenque, Polín se convirtió en el secretario general de la Federación de Trabajadores del Campo. El 29 de septiembre de 1979 regresaba junto a otros tres dirigentes de una actividad en el occidente del país cuando su carro fue interceptado en un retén ubicado sobre la carretera Panamericana, en San Juan Opico, justo frente al Cuartel de Caballería de la Fuerza Armada. Acribillaron a los cuatro y sus cuerpos desaparecieron.

Polín y Monseñor Romero eran amigos. Se reunían con frecuencia en el Hospitalito y platicaban. Quién sabe si porque los dos eran hombres de campo, pero lo cierto es que congeniaron.

—Monseñor Romero nunca perdió esa intuición propia de los campesinos –dice Beto–, sentía cuando la gente le hablaba con sinceridad.

Polín se crió en un humilde caserío llamado El Líbano, sobre la carretera que une Aguilares y Suchitoto, y desde niño trabajó en los cañales. De fuertes principios religiosos, se involucró en comunidades eclesiales de base como catequista al mismo tiempo que despertaban sus inquietudes gremiales. Su don de palabra y su carisma lo catapultaron hacia cargos cada vez de mayor importancia, al punto de convertirse en uno de los referentes incuestionables de la más poderosa organización de masas: el Bloque Popular Revolucionario.

La masacre generó una ola de protestas y disturbios. A Monseñor Romero le afectó mucho: ordenó a Beto que diera prioridad absoluta al caso y reclamó en persona, y al más alto nivel, que la masacre se esclareciera. La versión oficial hacía aguas. Además de hacer desaparecer los cuerpos, el Gobierno se escudó en que llevaban dos pistolas con las que pretendían atacar el Cuartel de Caballería –donde había unos 300 soldados con fusiles de combate–, y que no atendieron el alto que se les hizo en el retén, pero el carro no presentaba orificios. La presión social creció hasta tal punto que el Gobierno terminó por señalar dónde los habían enterrado.

Beto estuvo presente junto a los familiares en la exhumación de los cadáveres, en una fosa común en el cantón Sitio del Niño. Costó dar con ellos, y cuando los hallaron, estaban en avanzado estado de putrefacción

—Recuerdo que tuvimos que sortear cinco o seis cordones de seguridad –dice–, algo impresionante. Con esa masacre se evidenció la represión brutal del Estado, pero también su debilidad porque, sin pretenderlo, cuatro campesinos pusieron contra las cuerdas a todo el aparato estatal, que los mató, quiso encubrirlo todo y quiso desacreditar a los que tratábamos de saber qué había ocurrido.

Por el asesinato de Polín y sus acompañantes tampoco nunca nadie fue juzgado.

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Otro episodio al que un cristiano en esta semana no puede ocultar una mirada crítica cristiana es el asesinato de cuatro dirigentes de la Federación de Trabajadores del Campo: Apolinario Serrano, José López, Patricia Puertas de García y Félix García Grande. Se trata de cuatro dirigentes de lo más querido en el campesinado. […] Acerca de este hecho, en lo personal me afecta bastante por haber conocido bastante a fondo a uno de estos campesinos. Y de veras, fue hombre muy querido, de mucha esperanza para la reivindicación del campesinado. Creo que se ha cometido uno de los errores más graves y de las injusticias que más claman al cielo, ya que le quitan a un pueblo esperanzas y voceros de sus situaciones de opresión. […] Y lo más grave todavía, para mí, es que sea el Ejército el que se hace cómplice de este crimen.

(Monseñor Romero, homilía de 7 de octubre de 1979)

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Hoy es un domingo de diciembre y dentro de unas horas Alianza y Firpo se medirán en partido de ida de las semifinales del Torneo Apertura 2010. Sin buscarlo, el fútbol regresa a la conversación en el jardín de la casa familiar, y Beto, con certeros comentarios sobre lo ocurrido en el campeonato, evidencia que incluso desde el extranjero continúa pendiente del fútbol local. Lamenta la desastrosa campaña de su equipo este año.

—Mi mamá es de Santa Ana, muy santaneca –dice enérgico–, y por eso nos hicimos del FAS. Hay mucho fastaneco en la familia. Pero tengo un sobrino que es el portero del Atlético Marte y de la selección. Diego Cuéllar.

En verdad, pienso, el fútbol le apasiona.

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En una ocasión Monseñor Romero y Beto pasaron semanas enteras sin dirigirse la palabra. Ocurrió poco después del golpe de Estado de octubre de 1979, y el detonante fue la propuesta que la Junta Revolucionaria de Gobierno hizo a Monseñor Romero para integrarse en la Comisión Especial Investigadora de Reos y Desaparecidos Políticos.

Garantizar la vigencia de los derechos humanos era uno de los lineamientos recogidos en la Proclama de la Fuerza Armada hecha pública el 15 de octubre. Para los integrantes de la primera Junta el interés era más que evidente: ¿qué mejor forma que ganar legitimidad que colocar a Monseñor Romero y su Socorro Jurídico como abanderados de la comisión? Pero Beto no lo vio tan claro.

—Yo creía que ya era suficiente el apoyo que había expresado hacia la Junta, pero Monseñor pidió que nos incorporáramos en la comisión. Yo me opuse, le dije que no, no y no, y tuvimos un choque fuerte. Ese día me quería echar a patadas del arzobispado.

Monseñor Romero dejó de hablarle. A los pocos días Beto le llevó la renuncia. La tomó entre sus manos pero se quedó callado. Ni siquiera le dijo adiós al salir de su despacho. No se la aceptó.

La comisión investigadora fue juramentada con bombo y platillo el 6 de noviembre de 1979. Socorro Jurídico colaboró cuanto pudo, pero formalmente se mantuvo al margen. Encabezada por el prestigioso jurista Roberto Lara Velado, la comisión hizo bien su trabajo y, antes de que terminara el mes de noviembre, presentaron a la Junta un informe preliminar que, entre otras cosas, pedía juzgar a los ex presidentes Arturo Molina y Humberto Romero y sugería indemnizar a las familias de los presos políticos desaparecidos. El informe cayó en saco roto.

—Monseñor se percató del fracaso de la comisión cuando se tumbaron ese informe. Un día se me acercó, me agarró del brazo y me dijo: Beto, discúlpeme, tenía usted razón, gracias por proteger a la Iglesia.

Superado el bache, la relación entre ambos se tornó aún más cercana.

***

—¿Por qué las organizaciones populares boicotearon desde el inicio el golpe de Estado? –pregunto.

—No sé, francamente no lo sé. Yo nunca entendí eso. Creo que aquella fue una de las pocas oportunidades para instalar un diálogo, para conseguir elecciones. Hubiéramos sido un país adelantado, ¡moderno! Óigame lo que le digo: ¡moderno! Otro Costa Rica. ¡Pero se perdió la oportunidad! Y no hay que echarle la culpa solamente a la clase pudiente, a la clase ultramillonaria. ¡También nosotros tuvimos responsabilidad! Entre todos acorralamos a Romero…

—¿No ha platicado de este tema con personas que participaron de ese boicot?

—Claro que sí.

—Me refiero a personas que desde la izquierda bombardearon a la Junta de Gobierno.

—Y que también bombardearon a Romero. Yo era su enlace civil para muchas cosas, y, así como estamos hablando usted y yo ahora, en esa época me reunía con dirigentes de izquierda y algunos me decían: ¡ese cura desgraciado! o ¡ese maldito! N’hombre, les respondía yo, no sean brutos, si es la única carpa de sensatez y de dignidad que queda en este momento.

***

Beto almorzó en el Hospitalito el día del asesinato. Llegó porque Monseñor Romero quería platicar con más calma sobre las consecuencias legales que podría tener su llamado del día anterior a la insubordinación de las bases del Ejército. Se presentó pasada la 1 de la tarde, pero le dijeron que Monseñor Romero se había ido a la playa con un grupo de sacerdotes. Para ganar tiempo, aceptó la invitación a comer que le hizo madre Lucita, la superiora, pero se retiró cuando se convenció de que la espera sería por gusto.

También había estado en el Hospitalito dos días antes, la noche del 22 de marzo. Acudió, como casi todos los sábados, para planificar la homilía dominical. Resultó una reunión larga y tensa, en la que estaban presentes buena parte de la curia arzobispal y también alguien que no solía dejarse ver en ese tipo de encuentros: Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA. Ellacuría estaba realmente molesto, y la suya terminó siendo la voz dominante. Esa misma tarde un operativo combinado del Ejército y la Policía Nacional había allanado el campus de la UCA, acción que se saldó con la muerte de un estudiante.

—Lo que Ellacuría llegó a contarnos sin duda marcó la reunión –recuerda Beto–. Era la primera vez que la UCA era atacada, y además sin ninguna provocación.

Se escucharon sonoros argumentos a favor de que Monseñor Romero subiera el tono de la homilía, que se sumaron a una idea que rondaba en la cabeza del arzobispo desde días atrás: hacer un serio llamado de advertencia a la Junta Revolucionaria de Gobierno. Incluso le había pedido a Beto un informe especial sobre la represión estatal desde enero. Los astros estaban alineados.

—Beto, ¿y qué consecuencias puede traer esto? –preguntó.

—Monseñor, le mentiría si le dijera que no traerá consecuencias. Incitar a la insubordinación es un delito penado por el Código Militar.

La reunión concluyó sin nada en firme. A Monseñor Romero lo dejaron solo en su cuarto para terminar de ordenar sus ideas, pero antes les pidió a todos que por favor asistieran a la basílica del Sagrado Corazón. Cada quien se retiró sin saber qué ocurriría. Al día siguiente dijo lo que creyó que tenía que decir: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército…”

Cuando el lunes Monseñor Romero regresó de la playa, y madre Lucita le comentó que Beto había almorzado en el Hospitalito, le telefoneó para disculparse y para pedirle que cenaran juntos, que la plática sobre las consecuencias legales era importante, y que se dejara caer después de una misa que tenía a las 6 de la tarde. Esa cena tampoco se concretó. De hecho, esa llamada fue la última ocasión que habló con él. Cuando volvió a tenerlo delante, Monseñor Romero estaba tirado sobre una camilla de la Policlínica Salvadoreña, tenía los ojos cerrados, un orificio en el pecho, y faltaba poco para que lo abrieran en canal.

***

Durante esta época navideña nos saludamos con esperanza, abrigamos buenos propósitos, y deseamos prosperidad para el nuevo año. […] Al desear prosperidad para el futuro, sabemos que en esta época tiene varios significados y sentidos para distintas personas y diferentes grupos humanos. Desde nuestra perspectiva de derechos humanos, la prosperidad es mucho más que meras manifestaciones y más que gestos externos. Todavía hay mucha ruina y mucho dolor humano entre las poblaciones migrantes y quienes sufrieron los cataclismos en Haití y en Chile; las devastadoras tormentas, inundaciones y avalanchas en Colombia, en Venezuela y en Centroamérica, durante 2010. La esperanza ha crecido en la región, pero sabemos de las dificultades de cambio entre la gente más pobre y excluida de la prosperidad democrática de hoy. En esta Navidad y antes de Año Nuevo, encendamos una vela con la esperanza de compartir, con otra y muchas más velas, la luz que ilumine la vida y los derechos de la gente durante 2011 entre nuestros pueblos de las Américas.

(Mensaje navideño 2010 del director ejecutivo del IIDH)

***

—El asesinato fue lo peor que planificaron esos tipos, porque matarlo en una iglesia era santificarlo, como si ahora mataran a Messi en un campo de juego. ¡Lo glorificaron inmediatamente! ¡Lo hicieron mártir automáticamente!

—Y usted –pregunto a Roberto Cuéllar–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?

—Yo creo que es un profeta de los derechos humanos. Monseñor Romero fue el primero, que recuerde yo, que mencionó los derechos humanos de los pobres, no la pobreza que aparece en los Objetivos del Milenio o en otros informes; no, él hablaba de los derechos humanos de los pobres. Pero no sé si fue santo, con todo respeto lo digo, porque no soy el postulador…

—Pero usted es católico…

—Pero en ese plano no tengo idea. Para mí es un hombre sobresaliente, sobrenatural por su condición de jerarca. Yo no conozco santos, pero tampoco sé de ningún arzobispo que pusiera a favor de los pobres todo su esfuerzo, toda su fuerza y todos sus pensamientos. Nunca he visto algo así, francamente. No sé si eso será ser santo. Siempre me preguntan lo mismo, pero no puedo responderlo. ¿Qué es ser santo?

—Hombre, todos tenemos en mente una imagen de lo que puede ser un santo.

—Sí, en ese imaginario del pueblo ya es santo, pero creo que eso no le calza bien a Monseñor Romero.

—¿Es de los que opina que él se hubiera opuesto a tanta bulla?

—¡Claro! Si ni siquiera peleó por el Premio Nobel de la Paz, que es una cosa más material y mundana.

—Replanteo mi pregunta entonces: ¿le alegraría su beatificación?

—Si ocurriera, se haría justicia a la Iglesia del pueblo, porque el pueblo sí lo quiere santo, sí lo estima santo y sí lo tiene como santo. Pero yo no sé qué es eso, francamente. Me cuesta creer que me digan que trabajé tres años con un santo. Si no lo hubiera conocido, quizá diría sin dudarlo que lo es, pero estuve con él, comí con él y nunca vi que levantara en vilo a alguien o cosas por el estilo.

—Entonces, el aprecio que usted le tiene es por su papel en defensa de los derechos humanos.

—Más que su papel, su rol histórico. Me ha alegrado mucho que el Gobierno de El Salvador, con todo y lo que se le critica en el caso de Monseñor Romero, haya conseguido que Naciones Unidas reconozca el 24 de marzo como el Día Internacional de Derecho a la Verdad. Es un símbolo importantísimo. Lo han colocado en la agenda más alta de los derechos humanos, porque ese día se va a conmemorar en Uganda, en Sudáfrica, en Tailandia, en todo el mundo… En todos esos lugares se recordará a Monseñor Romero.

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(Este perfil de Roberto Cuéllar es una de las nueve semblanzas incluidas en el libro 'Hablan de Monseñor Romero', escrito por el periodista Roberto Valencia, y editado por la Fundación Monseñor Romero. El libro, publicado en marzo de 2011, está a la venta en la tienda virtual de El Faro, que puede visitar en este enlace.)

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