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Madre Lucita, la última anfitriona de Monseñor Romero

Roberto Valencia

María de la Luz Cueva Santana, madre Lucita, era la última entre las carmelitas que rigieron el Hospital Divina Providencia durante los dos años y medio en los que vivió allí Monseñor Óscar Arnulfo Romero, y donde finalmente fue asesinado. El Faro comparte este perfil escrito hace cuatro años por uno de nuestros periodistas, y que se publicó originalmente en Hablan de Monseñor Romero, un libro de perfiles de personas que conocieron al arzobispo mártir, editado por la Fundación Monseñor Romero.

ElFaro.net / Publicado el 8 de Mayo de 2014

El arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, no vivía rodeado de mármoles importados ni de sedas ni de fijas vajillas ni de oro. La casa en la que pasó sus últimos años, en los terrenos del Hospital Divina Providencia, eran apenas tres cuartos sin estridencias, de paredes repelladas y baldosas humildes, sin esculturas ni cuadros ostentosos, con clósets en vez de armarios, con ducha y sin tina. El mobiliario de su dormitorio-oficina era parco: un colchón individual, un viejo escritorio sobre el que descansaba una máquina de escribir, un gavetero, su infaltable radio-grabadora y una fea mecedora metálica. Lo más cercano al lujo que había en ese hogar era una hamaca, que a Monseñor Romero le gustaba cruzar de esquina a esquina en el cuartucho de la entrada.

María de la Luz Cueva Santana, la madre Lucita, en una imagen tomada cuando tenía 87 años de edad, en el Hogar para Niños Divina Providencia, en Santa Tecla. Foto Roberto Valencia.
 
María de la Luz Cueva Santana, la madre Lucita, en una imagen tomada cuando tenía 87 años de edad, en el Hogar para Niños Divina Providencia, en Santa Tecla. Foto Roberto Valencia.

Pero antes las comodidades eran menos.

En la casa comenzó a vivir el 15 de agosto de 1977. Hasta ese día llevaba meses en el Hospitalito, pero dormía en un cuarto liliputiense ubicado junto a la sacristía de la capilla, reservado para el inexistente capellán. Ahí se amontonaban un camastro, una mesita de noche, dos sillas y un arzobispo.

—Entre todas decidimos construirle la casita porque, cuando recibía visitas, lo hallaban en ese cuarto. Lo hicimos sin decirle nada. Fue una sorpresa.

Monseñor Romero cumplía 60 años aquel lunes 15 de agosto. Salió temprano para oficiar misa en Catedral metropolitana y pasó la tarde en el arzobispado. Cuando al anochecer regresó al Hospitalito, las hermanas y un grupo de enfermos lo esperaban junto a la que sería su nueva casa. Madre Lucita, la superiora, le entregó las llaves con una sonrisa en los labios.

—Alguna vez –recuerda madre Lucita– nos dijo que este Hospitalito era su Betania.

Betania era la aldea en la que, según señala el Nuevo Testamento, residían Marta, María y Lázaro, tres hospitalarios amigos de Jesucristo.

***

María de la Luz Cueva Santana nació el 30 de abril de 1923 en Tecolotlán, un pequeño pueblo situado en el estado de Jalisco, México. Sus padres sabían leer y escribir. Ella, Fermina Santana, llevó el peso de la crianza de los ocho hijos de la pareja, cuatro y cuatro. Él, Lucio Cueva, fue un esforzado agricultor que en el hogar se caracterizaba por ser estricto y protector en exceso con sus hijas. La infancia de Luz transcurrió en los años del México pos-revolucionario, marcados, entre otras cosas, por las tensiones entre la Iglesia católica y un Estado de vocación laica. La Guerra Cristera, que en la segunda mitad de los años 20 enfrentó al Gobierno contra milicias que cuestionaban las medidas para restringir la autonomía de la Iglesia, tocó a la familia Cueva-Santana: Lucio sufrió persecución por sus simpatías hacia la causa cristera. Sin embargo, ni esta activa militancia logró que le entusiasmara la idea de que Luz y otra hermana menor quisieran ser monjas. Eran otros tiempos, antes del Concilio Vaticano II, y vestir un hábito era con frecuencia sinónimo de despedirse de por vida de la familia. Para evitarlo, Lucio hizo a un lado su faceta de sobreprotector y a las dos las envió a Tijuana, a casa de la hija mayor, casada ella, con la idea de que salir de Tecolotlán les hiciera abandonar su vocación.

—Pero no se pueden burlar los planes de Dios –dice madre Lucita–, y allá adonde nos mandó para que conociéramos mundo, allá conocí la congregación.

Muy cerca de la casa de la hermana había un convento de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Fue cuestión de tiempo que sus deseos cristalizaran, y el 10 de marzo de 1952, a los 28 años de edad, María de la Luz Cueva se convirtió en la hermana Luz Isabel.

A El Salvador arribó en 1964. Las carmelitas de Santa Teresa atendían en esa época el Hospital San Rafael, en Santa Tecla, y la hermana Luz Isabel se unió. Sin embargo, no se sentía cómoda con la labor pasiva a la que relegaban a las monjas, en especial en la atención de los enfermos de cáncer, considerada en aquella época una enfermedad contagiosa.

—Yo soy algo rebelde y en el San Rafael no teníamos libertad, así que me propuse hacer un lugar para atenderlos con mayor dignidad.

La idea pronto tomó forma y, gracias al aporte de benefactores, a inicios de 1966 arrancó la construcción del que terminaría llamándose Hospital Divina Providencia. Ni siquiera esperaron a levantar por completo el edificio para recibir a los primeros pacientes, atendidos por un voluntarioso pero reducido grupo de carmelitas. La hermana Luz Isabel se convirtió en la madre Lucita. La obra le permitió además entrar en contacto con Monseñor Romero, con quien pronto entabló una relación de amistad y respeto mutuo. Eran dos personalidades fuertes que, a su manera, congeniaron.

Tras más de una década como superiora en el hospital, madre Lucita se embarcó, siempre bajo el paraguas de la congregación, en otro ambicioso proyecto de beneficencia: la construcción de un centro concebido en principio para los huérfanos que dejaba el cáncer. El Hogar para Niños Divina Providencia comenzó a recibirlos a mediados de los 80.

Tanto el hospital como el orfanato son hoy las dos principales cartas de presentación en El Salvador de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa. Madre Lucita no oculta su satisfacción cuando los menciona, quizá porque todavía son parte de su vida; ni su avanzada edad es un obstáculo para seguir pendiente de lo que ayudó a realizar. Las entrevistas para esta semblanza, de hecho, me las concede en el Hogar para Niños, donde ella vive. Con 87 años, la osteoporosis le obliga a auxiliarse de una silla de ruedas cuando quiere desplazarse, pero mantiene una mirada poderosa y una lucidez envidiable.

***

Madre Lucita es la última entre las carmelitas que más convivieron con Monseñor Romero. Falleció ya la hermana Virginia, la cocinera conocedora de un sinfín de remedios caseros a los que el ilustre inquilino se sometía con frecuencia. También la hermana Socorro, la principal responsable del cuidado de los enfermos; y la hermana Francisca, la que después de la homilía dominical solía llevarle un termo con té de hojas de naranjo. También murió la hermana Teresa, algo así como su secretaria y confidente ocasional, dicen que la más cercana, la que tantas veces tuvo que soportar la tosquedad de Monseñor Romero.

—Como seres humanos, siempre habrá un momento en que manifestemos flaquezas.

—Y usted –le pregunto a madre Lucita–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?

—No tengo dudas.

—¿Por qué tan convencida?

—Porque lo conocí y sé que quienes hablan mal de él es porque no lo conocieron. Era un hombre de una fe y de una oración muy profundas. Todo lo que hacía lo consultaba con Dios antes, arrodillado, para que le diera sabiduría y le dijera qué tenía que hacer. Fue, además, un santo muy humano.

—Que se enojaba, como nos ocurre a todos…

—Cristo, que era Dios y hombre a la vez, también tuvo sus momentos de enojo, como cuando tiró las ventas de los mercaderes, les regañó y les gritó. Ahí se ve que, como humano, nadie se escapa de tener reacciones negativas, si es que se pueden calificar así.

La dualidad en su carácter. Por un lado, la persona áspera y de trato difícil. Por el otro, el altruismo y la bondad infinitas, que madre Lucita ejemplifica en las horas incontables que pasaba en compañía de los internos del Hospitalito, casi todos ellos enfermos terminales de cáncer. Para todos tenía una palabra de aliento. Le gustaba recurrir a una comparación entre su situación y la de Jesucristo crucificado. La cama era como la cruz, les decía antes de pedirles que ofrecieran sus dolores por la paz del mundo o por la conversión de los pecados.

***

Aquella noche regresó radiante al Hospitalito.

Después de tres semanas fuera del aire, Radio YSAX, la emisora del arzobispado, volvía a escucharse en todo el país. Monseñor Romero lo supo cuando retornaba desde Jucuapa, Usulután, adonde había ido a oficiar la misa de cuerpo presente por el padre Abdón Arce, un colaborador de su época en Santiago de María. Resultó un domingo agitado aquel 17 de junio de 1979. A las 8 de la mañana, misa en Catedral metropolitana; luego, el largo viaje en carro a Jucuapa, para regresarse rápido a San Salvador porque a las 4 tenía la misa de Corpus Christi. En esa segunda homilía anunció que Radio YSAX volvía a escucharse, y lo hizo con tanto entusiasmo que fue correspondido con una sonora ovación.

No es un secreto que Monseñor Romero se sentía cómodo delante de un micrófono o de una grabadora. Basta señalar que su diario no era escrito, sino que lo grababa en casetes. Introvertido y reservado en el trato personal, se agigantaba cuando tenía que hablar en público, y quizá ahí radicaba la importancia que otorgaba a los medios de comunicación en general, y a la radio en particular. YSAX era la niña de sus ojos, y sufría sobremanera cuando suspendía emisiones, algo que ocurrió con frecuencia ora por atentados, ora por sabotajes mediante interferencias. El cierre de mediados de 1979, sin embargo, se debió a problemas técnicos.

Radiante pues regresó al Hospitalito aquella noche. Las hermanas ya sabían de la buena noticia y, tras comprobar el ánimo inusualmente alegre de Monseñor Romero, madre Lucita propuso un brindis, idea que fue recibida con entusiasmo. Se descorchó una botella de vino y se alzaron los vasos.

—Salud, Oscarito –a madre Lucita le salió del alma.

Un incómodo silencio se apoderó de la sala. Fue un instante nomás, pero suficiente para que se arrepintiera de haber pronunciado esas palabras. Es cierto que se conocían desde hacía más de una década, pero el trato era respetuoso, sin margen para ese tipo de confianzas. Se quedó esperando la regañada.

—Me enterneció usted –le respondió amablemente Monseñor Romero–. Así es como me decía mi mamá. Oscarito.

***

El 24 de noviembre de 1979 Monseñor Romero recibió una carta con matasellos de Bélgica: la Universidad Católica de Lovaina le informaba que le concedían el doctorado Honoris Causa. “Creo que debo aceptar, ya que no se trata solo de un honor personal, sino un estímulo a una causa que en la Iglesia necesita mucho apoyo”, consignó en su diario. La ceremonia estaba fijada para el 2 de febrero de 1980.

Con el país partido en dos, la tensión no hizo sino incrementarse según se acercaba la fecha, al punto que consideró muy seriamente suspender el viaje, en especial tras la masacre durante la gigantesca manifestación que la Coordinadora Revolucionaria de Masas organizó el 22 de enero.

—Nosotras le animamos a ir –recuerda madre Lucita–, pensamos que le serviría un poquito de descanso, para que viera otras cosas en vez de tanta represión que estaba ocurriendo en El Salvador.

Monseñor Romero recortó cuanto pudo su estancia en Europa y el lunes 28 de enero, a las 8 de la mañana, abordó por última en su vida un avión en el aeropuerto de Ilopango. Antes, al alba, había rezado salmos en la capilla del Hospitalito junto a algunas hermanas. “Que el Señor apaciente a su pueblo”, le dijo madre Lucita a modo de despedida. Aterrizó en Roma al día siguiente, después de hacer escalas en Guatemala, Miami y Madrid. El miércoles en la tarde fue recibido por el papa Juan Pablo II, quien en esta ocasión mostró una actitud menos intransigente que en la visita anterior, cambio motivado seguramente por el positivo informe elaborado por el cardenal Lorscheider. A la mañana siguiente, el jueves 31 de enero, Monseñor Romero voló hacia Bélgica, y en la tarde del 2 de febrero leyó el discurso de agradecimiento por el doctorado, un texto muy meditado que para distintos estudiosos condensa su visión sobre el papel que debe jugar la Iglesia en relación a la pobreza.

—En el mundo de los pobres –dijo ante una audiencia entregada– hemos encontrado a los campesinos sin tierra y sin trabajo estable, sin agua ni luz en sus pobres viviendas, sin asistencia médica cuando las madres dan a luz y sin escuelas cuando los niños empiezan a crecer. Ahí nos hemos encontrado con los obreros sin derechos laborales, despedidos de las fábricas cuando los reclaman y a merced de los fríos cálculos de la economía. Ahí nos hemos encontrado con madres y esposas de desaparecidos y presos políticos Ahí nos hemos encontrado con los habitantes de tugurios, cuya miseria supera toda imaginación y viviendo el insulto permanente de las mansiones cercanas. En ese mundo sin rostro humano, sacramento actual del siervo sufriente de Yahvé, ha procurado encarnarse la Iglesia de mi arquidiócesis. Y no digo esto con espíritu triunfalista, pues bien conozco lo mucho que todavía nos falta que avanzar en esa encarnación. Pero lo digo con inmenso gozo, pues hemos hecho el esfuerzo de no pasar de largo, de no dar un rodeo ante el herido en el camino sino de acercarnos a él como el buen samaritano.

Por todo habló unos 40 minutos, y el aplauso fue tan extraordinario que Monseñor Romero se sintió abrumado.

***

Salvo viaje al extranjero o compromiso verdaderamente ineludible, el primer día de cada mes, en la capilla del Hospitalito, Monseñor Romero presidía la Hora Santa, casi siempre a las 5 de la tarde, casi siempre en compañía de madre Lucita. Era un evento abierto en el que se invitaba a orar, a reflexionar, a ser caritativos. “Allá, junto a los enfermos –definió la Hora Santa en cierta ocasión–, al mismo tiempo que hacer un acto de fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y ejercitar nuestra oración por las grandes necesidades de la patria, de la Iglesia, de las familias, podemos también hacer un acto de caridad: visitar a los enfermos y ayudar a esa obra que verdaderamente tiene un nombre que no es solo nombre sino realidad: la Divina Providencia”. Monseñor Romero se trasladó a vivir al Hospitalito en 1977, pero la Hora Santa la realizaba desde mucho antes, quizá porque ese hospital que comenzó a visitar a finales de los 60 era un lugar que le permitía canalizar en silencio su empatía innata hacia los más desfavorecidos de la sociedad.

***

En este momento sonó el disparo…

A madre Lucita le pareció como si hubiera estallado una bomba. Han pasado ya más de tres décadas, pero aún no le ha hallado explicación a por qué el disparo se oyó tan fuerte. Especula con que el sistema de sonido, las lámparas de vidrio o las ventanas amplificaron la detonación, pero es solo eso: especulación, como tanto de lo que se ha escrito sobre lo ocurrido el fatídico 24 de marzo de 1980 al filo de las 6 y media de la tarde.

Cuando sonó el disparo, madre Lucita estaba sentada en una de las bancas ubicadas entre el altar y la puerta lateral izquierda, a apenas 10 metros de donde cayó Monseñor Romero. No había mucha gente: la capilla del Hospitalito es pequeña y la inmensa mayoría de los asientos estaban desocupados. La misa era por el aniversario de la muerte de Sara Meardi, madre de Jorge Pinto, director del periódico El Independiente. Un evento familiar, pues. Los testigos directos del magnicidio fueron pocos.

Justo antes del estruendo, Monseñor Romero hablaba: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”. En este momento sonó el disparo… Su última palabra fue “nosotros”. Estaba parado detrás del altar, a punto de iniciar el ofertorio. Había comenzado a extender el corporal. Delante tenía la copa con las hostias aún sin bendecir. El balazo lo hizo caer fulminado. Apenas le dio tiempo para agarrarse con una mano al mantel. Lo arrastró en la caída. La copa se volcó. Las hostias se desperdigaron sobre el altar y el suelo. Cuando tiempo después pudo meditarlo, madre Lucita concluyó que Dios ese día no quería el pan consagrado, sino su vida. El cuerpo quedó tendido a los pies del Jesucristo crucificado. Casi nadie se acercó de inmediato. Los más optaron por esconderse entre las bancas o huir al sector derecho de la capilla. Algunas hermanas que estaban en el comedor situado frente a la entrada principal corrieron hacia el altar. Madre Lucita también se acercó. Lo vio boca arriba, inconsciente, la sangre saliendo a borbotones por boca y nariz.

—Yo no sentí miedo, sentí indignación –dice–. Y lo que hice en ese primer momento fue tratar de identificar al asesino entre los presentes.

Un grupito de hermanas y un par de hombres fueron los primeros en auxiliarlo. La hermana Francisca entró en trance y, arrodillada junto al cuerpo agonizante, comenzó a gritar: “La sangre de Cristo se ha derramado”. Madre Lucita se dirigió a las oficinas administrativas, situadas muy cerca de la puerta lateral izquierda, y llamó a un médico. Fue en vano. Cuando regresó a la capilla ya habían cargado el cuerpo en volandas hasta la cama de un pick up, para llevarlo a la Policlínica Salvadoreña.

Alguien, madre Lucita no recuerda quién, cayó en la cuenta de que había fotógrafo merodeando. Desconfió. Ordenó a dos empleados del Hospitalito que lo retuvieran y le quitaron la cámara hasta que se cercioraron de que no estaba involucrado. La anécdota ilustra el desconocimiento generalizado, incluso entre los presentes, de lo sucedido en la capilla. Hoy sigue habiendo dudas y versiones que no por mucho repetirse son lo que realmente sucedió. Madre Lucita, por ejemplo, está convencida de que el francotirador estaba dentro de la capilla, que escuchó toda o casi toda la misa. Otras versiones ubican a la persona que haló el gatillo en la puerta principal, y otras aseguran que disparó desde el interior del Volkswagen rojo que el comando usó para llegar y para huir. Roberto Cuéllar, quien se apersonó en el Hospitalito después de la autopsia, añade como posibilidad que el asesino se acercara al altar por el exterior del edificio, en su flanco derecho, y disparara a través de uno de los ventanales o desde la puerta lateral.

Quizá nunca se despejen esas dudas, como quizá nunca se sepa con certeza quién disparó el arma. Pero ese disparo y ese momento forman, indiscutiblemente, parte de la historia de El Salvador, de esa historia escrita con tinta indeleble.

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En cambio, el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, este vivirá, como el granito de trigo que muere, pero muere aparentemente. Si no muriera, se quedaría solo. La cosecha es porque muere, se deja inmolar en la tierra, deshacerse y solo deshaciéndose produce la cosecha.

(Monseñor Romero, homilía del 24 de marzo de 1980)

***

El cadáver llegó a la Policlínica Salvadoreña sobre la cama de un pick up Toyota. Se demoró lo mínimo, pero ya no había nada que hacer. La noticia del asesinato se extendió por el país como una mancha de aceite, y la entrada y las inmediaciones del centro asistencial, sobre la 25.ª avenida Norte de la capital, se convirtieron en un vaivén de gentes. En cuestión de pocas horas, el juez autorizó la autopsia, y después comenzaron a embalsamarlo. Fue entonces cuando surgió la duda de qué hacer con las vísceras que se extraen cuando se prepara un cuerpo. Un padre carmelita se acercó a madre Lucita y le sugirió que las carmelitas las pidieran.

—A nosotras nos sentían como las personas más cercanas –dice–, y todos creían que nos atenderían cualquier súplica.

Regresaron al Hospitalito bien entrada la madrugada. Llevaban consigo el corazón y otros órganos de Monseñor Romero dentro de una gran bolsa que a su vez estaba dentro de una caja de cartón. ¿Qué hacer con esto?, se preguntaron al llegar. Decidieron sepultarlo junto a la casita, cerca de una rosa blanca que había en el jardín, bajo un palo de aguacate. Y así permaneció casi tres años.

A inicios de 1983 se anunció que Juan Pablo II viajaría a El Salvador en marzo. Madre Lucita pensó que el Papa quizá querría visitar la casa de Monseñor Romero y ordenó algunos arreglos mínimos. En el jardín se levantó una pequeña estructura rocosa con forma de gruta que aún hoy sigue en pie, coronada por una estatua de la Virgen de Lourdes. A sus pies, bajo una gran roca, abrieron una cavidad para depositar lo que quedara de las vísceras.

—Entonces les dijimos a los obreros dónde estaban enterradas y, al sacarlas, vimos que la caja de cartón se había destruido pero que la bolsa de plástico estaba intacta. Cuál va siendo nuestra sorpresa que, al abrirla, ni mal olor tenía. Y el color era como que acabaran de hacer una cirugía, hasta rosadito se veía.

—¿Usted eso lo vio o se lo contaron? –le pregunto.

—No solo yo. Allí estábamos varias. Asombradas, incluso cortamos un pedacito, lo pusimos en un frasco y se lo llevamos a monseñor Rivera Damas. Luego supimos que se destruyó cuando el terremoto de 1986.

***

Es una ironía que invita a la reflexión, o cuanto menos a la sonrisa.

—Yo creo –me dice madre Lucita– que Monseñor ha trascendido tanto por su sencillez. A él no le gustaba que se ocuparan de su persona ni que hablaran de él ni que lo elogiaran ni nada de eso. Está ocurriendo –y ríe levemente– lo que a él no le gustaba, que se está dando a conocer por todo el mundo.

—Y siendo él como era, ¿cree que le hubiera gustado su canonización?

—No, por su humildad no le hubiera gustado, pero nadie imaginábamos la trascendencia que iba a tener su muerte. Así son las cosas, Dios se encarga de ensalzar a los humildes.

No es solo madre Lucita. Quienes lo conocieron bien creen que a él no le haría gracia alguna que lo llamaran San Romero de América, mucho menos sin que el Vaticano haya aún dado el visto bueno al proceso de canonización.

***

El Hogar para Niños Divina Providencia está en la colonia Quezaltepec de Santa Tecla. Allí la imagen de Monseñor Romero es omnipresente: en el gran mural de la entrada, en un busto, en fotografías y cuadros de todos los tamaños y colores…

—Es que él nos animó con esta obra.

A mediados de 1979 Monseñor Romero comenzó a hacer llamados en sus homilías para promover las donaciones que permitieran la compra del terreno; él mismo donó los 10.000 dólares que entregaron junto al doctorado Honoris Causa por la Universidad Católica de Lovaina. Aun con todo, la guerra civil ralentizó la obra, que no se inauguró sino hasta marzo de 1984. Pero antes, algún día indeterminado de 1983, cuando aún no recibían niños pero se había construido lo suficiente como para que se pudiera vivir allí, Monseñor Romero llegó a platicar con madre Lucita. Ocurrió como las 11 de la mañana.

—No fue un sueño –dice entusiasmada y temerosa a la vez de mi reacción–. Primero lo vi desde la ventana, caminando. Lo vi natural, como en aquella foto en la que está en el campo, con su sotana blanca. Y luego hablé con él, y cuando le conté que no teníamos fondos para continuar la obra, me dijo con su mismo tono de voz: madre, tenga fe, que va a venir una persona y le va a solucionar.

A los pocos días llegó una persona con un cheque generoso que evitó la paralización de las obras.

—Monseñor intercedió –dice madre Lucita, los ojos vidriosos, como quien cuenta algo de lo que está realmente convencido.

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(Este perfil de María de la Luz Cueva es una de las nueve semblanzas incluidas en el libro 'Hablan de Monseñor Romero', escrito por el periodista de El Faro Roberto Valencia, y editado por la Fundación Monseñor Romero. El libro se publicó en marzo de 2011.)