El Ágora / Desigualdad

¿Por qué escribir una historia de mujeres?

'La participación de las mujeres en la historia contemporánea, y aún más en la historia nacional, ha sido sistemáticamente invisibilizada, evidente  en los pocos textos dedicados al tema y su fragilidad en el imaginario nacional', dice la historiadora Diana Carolina Sierra en este artículo que abunda en razones para revisar y enriquecer de una buena vez la historia que se enseña en las escuelas y que luego se repite en la cultura de los salvadoreños y las salvadoreñas.


Martes, 10 de diciembre de 2013
Diana Carolina Sierra Becerra

“Mujer, la desnudez de mi lenguaje”, la exposición que actualmente presenta el Museo de la Palabra y la Imagen, esta integrada por imágenes, testimonios y objetos de salvadoreñas participantes en las luchas contemporáneas, particularmente durante y después del conflicto armado. La exposición es impulsada por una simple pregunta: ¿Cómo contribuyeron las salvadoreñas a las luchas sociales y a los proyectos de trasformación social?

Según la narrativa oficial, reforzada en gran parte por los medios de comunicación y la currícula escolar, la respuesta a esa pregunta es “no mucho o nada.” La participación de las mujeres en la historia contemporánea, y aún más en la historia nacional, ha sido sistemáticamente invisibilizada, evidente  en los pocos textos dedicados al tema y su fragilidad en el imaginario nacional. En los mejores casos, se menciona los nombres de las mujeres de las elites, la esposa o madre de tal o cual figura pública. Escondiéndose detrás de una apariencia de 'objetividad,' la historia oficial, presenta el poder de las elites como algo natural, universal, y eterno.

En las palabras del historiador haitiano, Michel-Rolph Trouillot, la historia es “un nudo apretado de silencios”. Se trata de escribir una historia desde abajo, en apoyo a las  luchas colectivas que intentan acabar con ese nudo de silencios. Una historia contemporánea de El Salvador, escrita desde la perspectiva de los oprimidos, desafía a la narrativa oficial. Además, desafía una tendencia de la historiografía, de marginar a las personas de base, para santificar a los grandes líderes políticos.

Después de décadas de dictaduras militares, los movimientos populares escalaron sus exigencias por la democratización y las reformas sociales para mejorar las miserables condiciones de vida a las que se sometía a la mayoría de la población. Incapaz de ganar ideológicamente a la población, el ejército respondió con una represión masiva, que incluyó la política de tierra quemada, masacres, torturas, desapariciones y la violencia sexual.

En medio de estas condiciones devastadoras las mujeres en los movimientos populares fundaron sindicatos, grupos estudiantiles y organizaciones de derechos humanos, presos políticos y refugiados. Las salvadoreñas lucharon en combate, organizaron marchas, huelgas, ocupaciones, campañas de salud y alfabetización, buscaron a los desaparecidos y crearon estrategias militares en contra de las fuerzas armadas. En el FMLN, las mujeres constituyeron el 34% de sus militantes y el 29.1%  de los combatientes, mientras 80%  de las mujeres, fueron simpatizantes civiles. Además, las organizaciones populares eran compuestas en gran parte por mujeres. Por ejemplo, la organización ANDES 21 de Junio (Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños), era compuesta en un  90% por mujeres, que organizaron una de las más grandes manifestaciones del país en contra el gobierno. Mientras tanto, organizaciones de mujeres como CODEFAM (Comité de Familiares de Víctimas de Violencia de Derechos Humanos), COMADRES (Comité de Madres y Familiares de Presos, Desaparecidos y Asesinados Políticos, Monseñor Romero) y CRIPDES (Comité Cristiano Pro-Desplazados de El Salvador)  presentaron una importante actividad, denunciando las violaciones de derechos humanos y organizando a los desplazados.

Las mujeres no solo apoyaron a los movimientos sociales, sino fueron militantes claves que redefinieron las metas y prácticas de las luchas sociales. Muchas mujeres lucharon dentro del movimiento popular, con frecuencia enfrentando el machismo de sus compañeros para que la igualdad de género y la erradicación del machismo fuera una meta revolucionaria. Sus propias experiencias con la represión demuestran las conexiones íntimas entre el machismo, la explotación y el estado autoritario. Las experiencias de empoderamiento como líderes políticas y las experiencias traumáticas de violencia sexual, explotaron después de los acuerdos de paz con un fuerte movimiento feminista en defensa de la igualdad de género.

La exposición “Mujer, la desnudez de mi lenguaje”, presenta una crítica de género, es decir analiza los papeles asignados al hombre y a la mujer, e investiga cómo el género estructura las relaciones de poder. En otras palabras, el género no se limita a las mujeres o al hogar, sino estructura el sistema y las instituciones. Por ejemplo, los recortes estatales a los servicios sociales impactan desproporcionadamente a las mujeres pobres, que asumen la carga del trabajo doméstico en sus hogares, incluyendo las necesidades de educación y salud. Esta responsabilidad colectiva se convierte en una carga individual en el hogar, y es justificada como “los deberes de las mujeres”.

En el caso de la guerra civil, el machismo estructuró la forma de la represión, evidente en el uso sistémico de la violencia sexual por parte del ejército. Y ante esto, respondieron  muchas  mujeres organizandose y luchando. Escrita desde una posición feminista, y un rechazo del machismo, la exposición del Museo de la Palabra y la Imagen se centra en los testimonios diversos de las mujeres y demuestra que a lo largo de la historia, los cambios sociales se han realizado desde abajo, por las clases populares.

En pocas palabras, esta exposición es un intento de escribir una historia fuera de la sombra de los grandes personajes históricos y trata de dar otra cara a los procesos de cambios revolucionarios, porque al fin del día, la lucha vino en forma de mujer. Además, también es una invitación a seguir con la tarea de desatar los históricos “nudos de silencio”, a traves de difundir la historia de otros grupos marginalizados, como los indígenas y la comunidad LGBT por ejemplo.

Con la desnudez de su lenguaje, las mujeres salvadoreñas reclaman su lugar en la historia.

 

*Historiadora. Colaboradora del Museo de la Palabra y la Imagen

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