Publicidad

Pasteles de barro para Seamus Heaney

Seamus Heaney murió la semana pasada a los 74 años. Era poeta. Era irlandés. Era premio Nobel de Literatura de 1995 y reinaba en la escena lírica de las letras irlandesas. Miguel Huezo Mixco reseña para nuestros lectores la vida de este hijo de campesinos y da las pistas escenciales para descubrir su poesía.

Miguel Huezo Mixco

 
 

El premio Nobel de Literatura de 1995, el irlandés Seamus Heaney, ojea un libro durante la inauguración de la biblioteca McClay en Queens Unversity's, en Belfast, el 6 de julio de 2010. / Foto de AFP por Paul McErlane.

El premio Nobel de Literatura de 1995, el irlandés Seamus Heaney, ojea un libro durante la inauguración de la biblioteca McClay en Queens Unversity's, en Belfast, el 6 de julio de 2010. / Foto de AFP por Paul McErlane.

Ha muerto Seamus Heaney. Los obituarios de los periódicos y revistas del mundo lo califican como la figura más importante de la poesía irlandesa posterior a William Butler Yates. Pero Heaney no fue un dublinés, como Yeats o James Joyce u Oscar Wilde, sino un hijo de campesinos.

Nació en 1939 en medio de ciénagas, en las afueras del condado de Derry, en Irlanda del Norte. Excepcionalmente pudo ir a la escuela. Todos sus antecesores habían dedicado su vida enter aa trabajar la tierra. Los libros más importantes en su casa eran las libretas de racionamiento. “Pesa menos la pluma que la pala”, le decían sus padres, animándolo a iniciar una carrera que le convertiría en un reputado académico (enseñó en Berkeley, Harvard y Oxford), culminando con la recepción del premio Nobel de Literatura en 1995.

La idea del poema como una “excavación” estuvo presente desde sus primeros textos. Su conocido poema Digging (Cavando), de su libro “Muerte de un naturalista” (1966) pone en escena a los labriegos golpeando la tierra. El poema termina diciendo:

“Pero no tengo pala para seguir a hombres como aquellos.

Entre el pulgar y el índice

descansa agazapada la pluma.

Cavaré con ella”

Cuando alcanzó celebridad, Heaney le dio rienda a sus memorias de niño pobre. Sus primeros contactos con la lectura tuvieron lugar en la biblioteca escolar, donde leía a la luz de una lámpara de petróleo. También leía los cómics que circulaban entre los chicos de su pueblo por la proximidad de una base militar norteamericana.

Propulsada por el Nobel, su obra poética comenzó a poner en aprietos a los traductores. Es una amalgama de irlandés e inglés británico, con numerosas evocaciones de la vida campesina y claves de las tradiciones de su región. Que yo sepa, no muchos se han atrevido a verterla al español.

Heaney fue un nacionalista que se opuso a la dominación británica y un explorador de las tradiciones irlandesas. Una y otra cosa definieron en buena medida su idea y práctica de la poesía. No son pocos sus poemas que tienen como trasfondo la resistencia católica contra la ocupación británica de Irlanda del Norte. Pero sus simpatías políticas no fueron incondicionales. En un relato de la sombría y peligrosa vida cotidiana en Belfast, epicentro del conflicto armado, Heaney advierte que su sensibilidad se encuentra dividida entre el instinto racial y religioso y el amor humano y la razón.

“La mitad de nuestra sensibilidad tiene una estructura mental que deriva del hecho de pertenecer a un lugar, de tener unos antepasados, una historia, una cultura, como quieran llamarlo. Pero la conciencia”, añade, “es resultado de lo que Lawrence denominó ‘las voces de mi educación’”. Voces, dice, que tiran de uno hacia los traumas políticos y culturales y también hacia las experiencias del mundo que está más allá de la trampa del conflicto. En el drama de la política Heaney se inclinaba a entender su posición como la de alguien que se encuentra actuando en una obra dentro de otra obra.

En su conferencia “De la emoción de las palabras” pronunciada en 1974 en la Royal Society of Literature, Heaney expone su concepción de la poesía como adivinación, como revelación del yo a uno mismo, y como parte de un esfuerzo de restauración de la cultura. Para él, los poemas son fragmentos de un “continuum”, comparables a los descubrimientos de piezas arqueológicas (un tiesto, una figurilla, una máscara) de las que emana un aura desconocida y que dotan al conjunto monumental de valor y autenticidad.

Una parte de su programa estético lo escribió tempranamente en Versos para mí, de su libro “Puerta a las tinieblas” (1969). Desearía escribir --dice-- poemas encorvados y fuertes, atados con correas, que exploten en silencio, sin violencia, haciendo sonar una música clara, como la de “la sierra adentrándose en la madera seca”. Aspira a escribir, declara, poemas sin artificio. Define: “Artificio es la habilidad para hacer. Sirve para ganar concursos (...) Puede hacerse gala del artificio sin necesidad de referencias a las emociones o al yo (...) pero no tiene nada que ver con lo que llamamos voz”.

Le otorga, en cambio, un papel central a la “técnica” que, contra lo que suele pensarse, no está referida solo al modo en que el poeta trabaja las palabras y su dominio de la métrica y del ritmo, sino a la actitud del autor hacia la vida. “Implica el descubrimiento de modos de salirse de sus límites cognitivos habituales” para acceder a un estado que se encuentra a medio camino entre los orígenes de la emoción y las estratagemas formales que sirven para expresarla.

Heaney teorizó sobre la dificultad de distinguir entre emociones convirtiéndose en palabras y palabras convirtiéndose en emociones. Sostuvo que el autor no debe arriesgarse a tratar de ser demasiado consciente de los procedimientos que sigue. “La autoindagación siempre es arriesgada: puedes acabar haciéndole más caso al forense que llevas dentro que al hombre capaz de accidentarse que eres”, sentencia.

En su idea estética la memoria tiene un valor central. En su poema Requiem for the Croppies (Requiem por los campesinos) relata cómo de las fosas comunes donde yacían los masacrados de una de las revueltas campesinas del siglo XVIII brotan espigas de cebada. “La cebada provenía de los granos que los ‘croppies’ llevaban en sus bolsillos para ir comiendo durante la marcha”, explica. Esa metáfora de renacimiento le sirve también para indicar la profundidad de la revuelta irlandesa en la segunda mitad del siglo XX.

Con ese texto resume su tentativa de dotar a los hechos del pasado de un conjunto de imágenes y símbolos que hagan justicia a “la intensidad religiosa de la violencia en toda su deplorable autenticidad y complejidad”. El uso del calificativo de “religiosa” no es gratuito: apela no solo al sentido sectario, sino también a la historia misma de su pueblo, en donde la Madre Irlanda, la Shan Van Vocht, numen territorial de origen indígena, fue suplantada por un culto masculino introducido por tipos como Oliver Cromwell, el fundador de la Mancomunidad de Inglaterra, cuyo dios está encarnado en la figura de un rey que vive en Londres.

La poesía tenía para Heaney un papel en el establecimiento de una relación significativa entre el presente y el pasado. Un esfuerzo que, en las circunstancias de enfrentamiento que vivía Irlanda, adquiría un carácter de urgencia. “Una cosa es formar un poema y otra, muy distinta, es forjar, como dice Stephen Dedalus, la conciencia increada de la raza”, escribió.

Heaney fue un escritor implicado en los acontecimientos de su Irlanda natal, y excavó con la fruición de un labriego para poner a la luz una poesía con resonancias nacionalistas. La Academia Sueca falló a su favor la entrega del Nobel por una “obra caracterizada por su belleza lírica y su profundidad ética, que hace surgir los milagros de lo cotidiano y el pasado vivo”.

“Pasteles de barro son la comida de los muertos”, escribió Heaney en su canto fúnebre a la muerte de Joseph Brodsky. “Pasteles de barro”, pues, para el poeta campesino.


* Miguel Huezo Mixco (San Salvador, 1954) escribe poesía, cuentos y ensayos. Es coautor del blog Talpajocote.   

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad