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“Me quedé en El Salvador porque sentí que aquí era urgente hacer teatro”
Pocas personas pueden producir cosas buenas y hasta bellas a partir de mucho sufrimiento. Egly Larreynaga es una actriz de teatro que de una historia de vida triste, hija de la guerra, con una niñez extraviada en cuatro países, halló en el teatro la forma de compartir un poco de la belleza del arte para azorar a los demás con la puesta en escena de la realidad que a diario viven los salvadoreños.

Fecha inválida
Patricia Carías, Sergio Arauz y Marcela Zamora / Fotos: Fred Ramos

Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos
 
Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos

Después de peregrinar por muchos países alrededor del mundo, Egly Larreynaga dice estar convencida de que su tarea es hacer teatro en El Salvador. Según esta actriz, este país no solo necesita que se produzca más y mejor teatro, sino que es un asunto de urgencia. La versión de teatro de esta actriz se fundamenta en una visión social, una que permite mostrar “ese El Salvador que no nos gusta mucho”.

Hace nueve años, Larreynaga decidió viajar junto a toda su familia a España. “Era para poder ser felices”, dice. Ella y su familia buscaron lejos una felicidad que la guerra civil, el desprendimiento familiar, el abuso sexual del que fue víctima y, en fin, la vida, le robaron en su niñez. Así llegó a España en 2004, después de haber comenzado su carrera como actriz de teatro bajo la dirección de algunos maestros en El Salvador. Cuando por fin encontró un poco de calma lejos de su país, una invitación del destino la trajo una vez más a hacer lo que más le gusta en este mismo país del que había huido. Larreynaga participó en el documental “El Espejo Roto”, de Marcela Zamora. La experiencia le permite concluir que aquí tiene más sentido hacer su trabajo.

Primero queremos que nos ayudés a ponerle una etiqueta a esta plática. ¿Esta es una conversación con quién?
Yo principalmente soy actriz, he incursionado en la dirección, pero yo me veo como una actriz. Una que hace otras cosas, pero mi oficio principal es actuar. Lo que pasa es que ahora me llaman, por ejemplo, a Costa Rica y Guatemala, a dirigir. Entonces me llaman actriz y directora, aunque a veces creo que me queda grande. Me identifico más con lo de actriz. A mí me gusta actuar, de hecho aún cuando dirijo, me gusta actuar también.

Dudábamos de cómo etiquetarte porque sabemos que sos, además de actriz, una migrante, una mujer que hace teatro en un país como El Salvador y una hija de la guerra. Has andado por muchos lados, terminaste en España y de ahí decidiste regresar a tu país.
La última vuelta, la de España a El Salvador, fue porque en 2009 el Centro Cultural de España invitó a la compañía Los perdidos Teatro, con la que yo trabajaba en Madrid, a presentar una obra. Nos invitaron con la obra “Debajo del Pellejo”, que era una con la que nos habíamos abierto campo en Madrid. En ese entonces yo tenía seis años de no actuar en El Salvador, también nos pidieron una obra infantil que querían que presentáramos en el ISNA, el lugar más triste donde hay niños. Yo hace seis años había dejado de un lado a El Salvador para poder llevarme a mi madre y mi familia a España y poder ser felices. Cuando yo vine y actuamos fue impactante. En España, todas las obras son como una obra más, hay danza, conciertos, teatro y entre tanta cosa, las obras son una cosa más. Pocas obras inciden. Pero aquí no fue así, la gente lo absorbía y parecía que incidíamos en la cuestión social.

Les importaba, básicamente .
Sí. La obra infantil era la del Popol Vuh, esa obra la estrenamos en el Museo Nacional de Antropología de Madrid en un evento multicultural, frente a un grupo de niños españoles que eran en su mayoría hijos de migrantes. Cuando la presentamos en el ISNA, entró un grupo de niños bien tristes. Uno de ellos desde que entró no dejó de llorar toda la obra, lloraba con un gran sentimiento, todos los niños parecían estar tristes. Para nosotros era raro porque en esa obra los niños siempre participaban un montón. En el fondo de ese salón había un montón de niñas entre los nueve y los 13 años, embarazadas o dándoles de mamar a otros niños. Ese era el público que llegó a vernos actuar. Cuando terminamos, yo hablé con la directora Marielos Bonilla y le pregunté por qué no les daban talleres de educación sexual, de educación reproductiva a esos niños. Ella me explicó que esas niñas eras víctimas de trata, que habían abusado de ellas. Me contó que no tenían colchones, que se pasaban la sarna porque por la depresión no se querían bañar, tenían problemas con su cuerpo porque habían sido violadas. La cosa es que yo volví a España, otra vez, a vivir allá. Y una vez vi ahí por mi casa unos basureros donde había colchones y un montón de cosas, juguetes y muebles que la gente tira.

Basura chiva.
Sí, y en ese momento sentí que le perdí el gusto a hacer teatro en Madrid. Después de eso, Marcela Zamora me invitó a participar en el documental El Espejo Roto, que duraba cuatro meses. Entonces, después de estar siete años viviendo fuera de El Salvador me fui a meter a La Vía de Jesús. Desde ese entonces ya no me volví a ir. Me quedé porque sentí que aquí era urgente hacer teatro, sentí que allá en España tenía otra función pero aquí era importante. Aquí le encontraba más sentido a mi trabajo. Mucha gente cree que me quedé por el tema de la crisis en España pero no, si aquí estamos en más crisis que la que hay allá.

Para mí es algo nuevo eso de imaginarme el teatro como una cuestión social, algo que te azora. ¿En qué momento comenzaste a ver el teatro como algo social y no solo lúdico?
Pues eso tiene un poco que ver con lo que venía diciendo de las dramaturgias y lo que se necesita para realizar un teatro propio, no solo se trata de hacer teatro en El Salvador sino que la dramaturgia y la forma de hacer teatro tiene que pasar por nuestra historia y la visión del mundo que tenemos los salvadoreños que hacemos teatro. Cuando yo veía las obras españolas, aunque se tratara de una típica obra de amor, era la visión de amor de un español. Esto tiene que ver con lo que decía Jorgelina Cerritos, porque yo soy salvadoreña, aunque no escriba una obra de una temática social, seguramente, mi visión del mundo será lo que yo entiendo por amor, como salvadoreña. Se trata de que los clásicos pasen por nuestros filtros, que aquí los rompamos. O también hacer obras de otros lugares, con textos extranjeros, pero no puede ser que la cartelera esté llena de solo eso.

Hablando de Jorgelina Cerritos, nosotros le preguntábamos para qué sirve el teatro con este tipo de temáticas sociales.
Pues voy a hablar en plural porque eso es lo que hemos convenido con mis compañeras del Teatro del Azoro: nosotras queremos hablar de esas cosas que no se quieren ver. Queremos mostrar a ese El Salvador que no nos gusta mucho. Eso sí que es una elección, además de hablar desde lo marginal. No significa que todo el teatro tiene que ser así, pero el que queremos hacer nosotras es así.

Nosotros comentábamos que quizás para vos el teatro sea una especie de terapia personal, es decir, que no lo hacés solo porque te gusta y que vivíss con pasión, sino porque te sirve para contarte a vos misma.
Sí es así, aunque yo nunca he hecho teatro buscando una terapia, de hecho, cuando comencé en el teatro no sabía que esto podía ayudarme personalmente. Eso lo descubrí a medida que pasaron los años. En sí mismo me ayudó porque el teatro tiene herramientas que te ayudan a trabajar con el cuerpo y con las emociones. No lo tenés resuelto todo pero sí te ayuda, yo lo he visto en mí y en otra gente como los que participan en La Cachada. Aunque debo decir que la necesidad de contar esas historias viene de mi mamá, ella siempre nos decía que uno en la vida tiene que intentar hacer algo por cambiar las cosas, ella lo hizo luchando, esa era su manera, yo no lo voy a hacer así. En el teatro hay un gran debate entre el entretenimiento, la estética y el contenido, pero a mí el tipo de teatro que me gusta y el que quiero hacer es el que mezcla el contenido y la forma, uno en el que el tratamiento no sea meramente artístico y de belleza. Como decía César Brie, el exdirector del Teatro de los Andes: “El arte nos permite ver el horror porque lo ilumina a través de su belleza sin edulcorarlo”. Yo con ese tipo de teatro me identifico mucho. Yo creo que todas esas influencias vienen de mi madre. En el documental que hice con Marcela, con mi mamá al lado, lo pude corroborar. Mi mamá tiene un complejo sobre el hecho de que ella no nos pudo educar mucho porque ella estuvo luchando durante ese tiempo, pero yo le digo que ella a mí me ha influenciado mucho para que yo crea que estas cosas que ahora hago son importantes, aunque luego no pase nada.

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Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos

Seguro que muy pocas personas recuerdan que en El Faro ya se publicó hace una década un material que habla un poco sobre lo que mencionabas de tu infancia y tus padres como parte de la guerra. La publicación se llalmó 'Hijos de la guerra'. En el contexto de la guerra civil, ¿de dónde venís, Egly?
Pues mis padres fueros guerrilleros. Mi madre fue una guerrillera de corazón que se llama Alicia Pacas y mi padre Emilio Larreynaga. Él murió en el 2001, justo cuando nos estábamos comenzando a llevar bien. Yo a él no lo conocí. Mi papá fue un guerrillero histórico y yo lo respeto mucho a él como eso, pero no como papá. Mi mamá fue mamá y guerrillera. Ella dentro de lo que pudo nos cuidó mucho a mis hermanos y a mí, aunque lógicamente tuvo una preferencia, que yo ahora admiro, pero que en su momento tanto para ella como para nosotros fue un sacrificio. Ella creía en la revolución y ella creía que nos podía dejar un mundo diferente a nosotros y a todos los niños, ella dio su vida y todo por nosotros. Claro, ahora ella tiene muchos sentimientos de culpa y abandono.

¿Con abandono te referís a que durante la guerra pasaste largas temporadas sin ella?
Claro, ella nos dejaba y en una de esas hasta me perdí. Sobre eso hablo en el reportaje que ustedes publicaron. Cuando salió ese reportaje, yo tenía como 19 o 20 años y cuando lo leí le pregunté a mi mamá por una pesadilla recurrente que yo tenía. En la pesadilla, la Guardia (Nacional) llegaba a mi casa y se llevaba a mi mamá y yo lo veía todo, pero a mí me dejaban en la casa. Yo lo soñaba todo el tiempo y la pasaba muy mal en las noches. Cuando yo leí eso, reviví ese momento. Luego mi mamá nos contó bien cómo fue la cosa. Ella dice que eso se dio cuando estuvimos en Honduras. Ahí, ellos tenían unas casas de seguridad en las que intentaban que se aparentara la mayor normalidad posible. Había un hombre y una mujer que se hacían pasar por una pareja, salían todas las mañanas y mi hermano y yo servíamos de fachada para esa familia, como los hijos. Mi mamá llevaba dos de esas casas en Honduras y en una de esas llegaron a nuestra casa los Comandos Cobra, que eran como los escuadrones de militares élites de Honduras. Estos invadieron la casa, pero ellos ya habían hecho un plan en caso de que pasara algo así, así que uno de los compañeros debía sacar a mi hermano y otras compañeras me sacaban a mí. Cuando ya iban huyendo, mi mamá se enteró de que me habían olvidado en la casa. Yo tenía como un año y no saben bien dónde estuve todo ese tiempo, pero aparecí en un orfanato. Estuve perdida en Honduras dos años.

Perdón, sobre tu papá, ese guerrillero histórico, ¿cuál era el seudónimo de él?
Creo que eran Julio y Andrés. Una vez una sicóloga me preguntó que cómo se llamaba mi papá y le dije que Andrés, luego Julio y luego Emilio. ¡Ah, qué bien!, me dijo, ja, ja, ja. Yo supe que mi mamá se llamaba Alicia hasta que regresé a El Salvador, ya tenía 11 años y se acababan de firmar los Acuerdos de Paz y me llevaron a la casa de mi abuelita. Ella no era la abuelita cariñosa sino una abuelita de campo, ¡brava!, ja, ja, ja.... Ella fue la que me dijo: “No´mmmmbreeee, tu mamá no se llama Laura”. Mi mamá para mí era Laura González Larreynaga, entonces yo decía quizá yo soy Egly Patricia Larreynaga Pacas González, ja, ja, ja… Mi abuelita me dijo: Noooo, tu mamá se llama Rosa Alicia Pacas. Es que yo solo me podía el seudónimo.

Ja, ja,ja… ¿Y a esa edad ya habías tenido momentos con ella, sabiendo que ella era tu mamá?
Yo llegué a conocerla cuando llegué a Nicaragua, yo tenía unos ocho años. Lo que pasó fue que después de que no me encontraron en Honduras, a mi mamá la mandaron a Cuba a unas casas de reposo porque casi se hizo loca. Ahí iban también guerrilleros para que se relajaran, para que se sanaran. Después de los dos años perdida, mi hermano me cuenta que hablaban de mí como la niña desaparecida, la que nunca va a volver. Mi mamá estuvo muy mal e incluso se intentó matar. Cuando me encontraron, me imagino que porque mi papá era un poco conocido, me llevaron a Cuba para reunirme con ella y mi hermano. Después de un tiempo, a ella le dijeron que tenía que regresar a El Salvador pero que tenía que dejar los problemas en Cuba... esos éramos nosotros.

¿Y con quién se quedaban ahí?
Con una familia cubana que era subsidiada por el Estado, pero el problema fue que ni una se quería quedar con los dos sino que solo con un niño. Así que nos separaron. Yo tuve una familia bien mala porque la mujer era bien interesada en el dinero y el señor era un pedófilo. A él le gustaba tocarme de pequeña. Eso me desgració mi infancia, me dio una alergia nerviosa. Fue tan grave que me mandaron al hospital de leprosos de Cuba. Yo comenzaba a rascarme de tal forma que se me hacían unas llagas. Eso fue desde los tres hasta los siete años.

¿Y cuándo volviste a ver a tu mamá?
Mi mamá llegó unas dos o tres veces, mientras estuve ahí. El reencuentro real fue a los siete años, tenía toda mi vida de no vivir con ella. Recuerdo que cuando la vi me alegré mucho porque era mi mamá, pero como no había vivido con ella no sentía apego. Hasta después sentí que ella era mía. A ella le dolió mucho ese momento porque sentía que a mí no me importaba, pero en realidad lo que sentí es que ese momento no me importaba mucho.

¿Y a partir de ese momento ya comenzaste a vivir con ella?
Pues de Cuba nos fuimos a Nicaragua, donde conocí a mi padrastro y comenzó la otra aventura. Él es el padre de mis dos hermanas menores, pero la vida con él sí fue jodida, él fue jodido en cuanto al abuso sexual. Cinco años después salimos de Nicaragua para venir a vivir a El Salvador, después de la firma de los Acuerdos de Paz, yo tenía problemas de papeles, entonces a mí me mandaron a la casa de mi abuelita en Opico, supuestamente me iba a quedar ahí un par de semanas pero termine quedándome tres meses. Fue ahí, durante los primeros meses, que volvió mi alergia y terminé haciéndome evangélica.

¿Evangélica? ¿Quizás lo que estabas buscando era el reemplazo de tu padre, es decir, que Jesús o Dios pasaran a ser el reemplazo de tu papá?
Mirá, lo que pasó fue que cuando llegué donde mi abuela entré en una gran depresión porque mi mamá me decía que ya iba a llegar y nunca llegaba. Y solo a mí me mandaron porque mi hermano quería terminar el bachillerato en Nicaragua y no se quería venir. Él estaba más grande y se emperró en que quería quedarse allá. Yo estaba como en sexto grado. Bueno, la cosa es que un día una amiga me invitó a la iglesia. Y la verdad es que yo me sentí muy bien en la iglesia. Me dijeron que Dios era mi padre y que me amaba, entonces me hice evangélica.

¿Por convicción o por imposición?
Porque me sentí bien, me sentí querida. Siempre que llegaba la gente me preguntaba cómo estaba y eso sí es verdad, siempre que uno se convierte la gente en las iglesias se alegra. Entonces, cuando ya llegó mi familia a El Salvador -mi padrastro, mi mamá y mis dos hermanas- nos vinimos a San Salvador.

A ver, ¿pero cómo es que te hiciste evangélica?
Es que a mí me explicaron que mi papá era Dios y, pues, yo lo creí.

¿Casi literal?
Sí, mi papá se llama Dios. Yo lo veía así, cuando yo tenía problemas con mi padrastro, yo le pedía a papá Dios que me ayudara porque él era mi papá.

¿Era? ¿Ahora ya no crees en Jesús o en Dios?
Mirá, yo tengo un sentimiento de fe bien grande. La verdad es que aunque se va a escuchar bastante cursi, para mí el teatro y el arte han venido a sustituir un montón de cosas como esa. El arte como tal, su pureza, cuando está ajeno a un montón de cosas, es en lo que yo tengo fe. La esencia de por qué se hace arte y su belleza.

¿La iglesia fue un refugio fuerte para vos?
De hecho yo era parte del ministerio de alabanza de la iglesia. Esos fueron mis inicios del canto. Ahí comencé a cantar. A mí siempre me gustó cantar, desde niña yo siempre quise ser cantante, ese era mi sueño.

¿Una cantante famosa?
Sí, de esas que yo conocía, ¡como la Xuxa, ja, ja, ja!

Ja, ja, ja. ¿De verdad?
Ja, ja, ja… ¡Yo quería ser una de las paquitas!

¡Querías ser una de esas jovencitas asistentes de Xuxa!
Ja, ja, ja ella tenía coreografías y canciones bien bonitas. La cosa es que siempre tuve inclinaciones artísticas porque me gustaba escribir y cantar. Cuando empecé en la iglesia -porque en serio yo quería ser artista, pero en la iglesia eso era considerado pecado porque era de la carne-, yo me acuerdo que una vez, en una oración, yo le ofrecí al Señor todos mis talentos y mis dones. Me quería consagrar solo a él. De ahí me metí al ministerio de alabanza. Me metí mucho en la iglesia, ese fue un bastión bien fuerte de mi juventud. Eso me ayudó mucho.

¿Y en qué momento fue que decidiste salirte?
A los 19 años la relación con mi padrastro se hizo cada vez peor. Yo no entendía y decía: “Jesús, ayúdame”. Él me prohibía ir a la iglesia, porque según él yo llegaba a la iglesia a buscar hombres. Entonces, cuando ya nos establecimos como familia en San Salvador yo comencé a ir a la iglesia de los dueños de la casa que alquilábamos aquí, porque ellos me invitaron.

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Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos

¿Y te acordás cómo reaccionaste cuando se firmaron los Acuerdos de Paz?
Fijate que a mi mamá le dio una gran alegría. Yo estaba en Nicaragua. Yo me acuerdo que como yo siempre había sabido que El Salvador estaba en guerra, entonces fue como que me di cuenta de que podíamos volver a El Salvador. Yo tenía 11 años y me acuerdo que mi mamá dejó el partido completamente, ya no quiso tener ningún vínculo. Entonces, como venía sin trabajo, mi mamá se fue a vender casa por casa. Era la forma de recomenzar todo, sin trabajo y sin nada. Además, recuerdo que el día en el que se firmaron esos acuerdos fue cuando mi padrastro me puso las manos encima por primera vez.

Cuando yo regresé a El Salvador de Nicaragua, donde no había nada, recuerdo el impacto que tuve cuando entré a un súper. Me quedé con la boca abierta. ¿Cómo fue tu reacción cuando viniste a este país y entraste a un súper, por ejemplo?
Mirá, como yo venía de Cuba, donde comprarte un chicle era ¡uauuu!, tanto así que mi hermano y yo los reciclábamos, los congelábamos y luego los bañábamos en azúcar para seguir comiéndolos. ¡Imagínate eso! Entonces, cuando yo llegué a Nicaragua y vi niños en la calle pidiendo, eso fue lo más chocante para mí. Y recuerdo bien que le pregunté a mi mamá: Mami ¿y aquí estamos en una guerra? Y ella me explicó que había niños pobres y todo eso. Mi mamá también se acuerda de una vez que fuimos al mercado en Nicaragua, y dice que yo le dije: Mamá, ¿y todo esto es “polalibra”?, así con el acentito, ja, ja, ja. Cuando vine a El Salvador me apabulló más las bolsas, los comprados y todo eso, pero claro, no teníamos pisto.

Y cuando llegaste a El Salvador, ¿cómo percibiste que te recibió esta sociedad? Te pregunto porque es diferente a la de Nicaragua.
Una de las diferencias más grandes fue que donde yo vivía en Nicaragua, era una zona muy de calle, la gente te agarraba confianza muy rápido. Cuando yo comencé a estudiar en el Externado sentí una diferencia en cuanto a eso. Sentí mucho la onda esta de clases, este rollo de que tenés o no tenés dinero. Por ejemplo, esta cosa de que en la mañana iban a estudiar los que sí tenían pisto y en la tarde iban los que no tenían... Ese tipo de cosas me chocaron. Luego yo ya comencé en la iglesia con todo, ese era mi mundo. Era del Auditorio de Jesucristo, Apóstoles y Profetas de El Salvador.

Pero en realidad vos querías ser cantante y sé que has estudiado eso de forma seria y sistemática. Estuviste siete años en un conservatorio, de esos a los que es bastante difícil entrar en España.
Mirá, de las cosas que a mí más me gustan es la voz hablada y cantada. Cuando descubrí el teatro, vi que en él podía incorporar el canto y entonces me gustó más el teatro.

Pero, ¿cómo fue que elegiste lo que querías hacer? ¿No soñaste con tener alguna casita, hacer dinero y ser feliz con Jesús como tu referente de papá?
Esa era la onda realmente, pero nunca tuve eso tan marcado. De hecho, nunca tuve novio hasta los 18 años que ya me salí de la iglesia. A esa edad ya comencé a incursionar en otros mundos. El Externado influyó positivamente en el teatro, por ejemplo, porque ahí fue la primera vez que yo vi una obra de teatro y la primera vez que yo recibí un taller de teatro fue en el colegio y me gustó. Desde el primer día que yo participé en ese taller me enamoré del teatro.

¿Y cómo fue que terminaste estudiando economía en la UCA?
Ah, eso fue porque cuando yo salí del Externado yo no sabía que eso se podía estudiar como una carrera. Yo sabía que me gustaba y con Óscar, uno de mis compañeros en ese entonces, que después coincidimos en Madrid, comenzamos a hacer obras. Él escribía y las actuábamos. Cuando salimos del colegio hablamos con un profesor de literatura que era un poco revolucionario y él quería que fuéramos al centro y nos presentáramos. Entonces nosotros buscamos un grupo con el que supuestamente queríamos hacer teatro. Ahí unos conocían a Ruth Aragón. A ella le ofrecimos que nos diera clases de teatro de choto ja, ja, ja. Y ella nos encomendó en las manos de Sol del Río y Filander Funes. Ahí empecé en serio, pero entonces mi padrastro quería que estudiara economía y por eso fui a parar a la UCA. Ahí hice cuatro años, pero yo era de las más mediocres de toda la carrera. Iba atrasadísima.

O sea que fueron cuatro años de solo llegar a la universidad, ja, ja, ja…
Ja, ja, ja es que a mí no me gustaba. Yo odiaba las clases. Pero en el teatro, con Sol del Río se sentaron las bases. Yo le agradezco bastante a Fidel Cortez y a Saúl Amaya porque ellos me enseñaron las bases del teatro y estas me sirvieron mucho hasta hoy. Esa visión de crear y emprender. Con ellos comenzamos a hacer una carpa que estuvo ahí en la Constitución, era una carpa hecha a mano con un dinero que le habían dado. Una estructura de metal con un toldo traslapado que les habían regalado y unas tablas de madera que era el escenario. Todo bien pobre, pero sí trabajamos un montón de tiempo. El sueño de Sol del Río era hacer una escuela y una especie de sala de teatro. En ese momento no había nada de teatro, con excepción de Roberto Salomón que hizo “Una noche de verano”. Era como una o dos veces al año que se veía algo de teatro en El Salvador. Eso cuando yo comencé, esa fue parte de mi generación. Eso fue durante los noventa, fue hasta el 2004 que yo me fui de El Salvador, que se había inaugurado el Teatro Poma. La cosa es que las dos compañeras de Sol del Río eran danesas y se querían ir de El Salvador, entonces les dijimos déjennos probar solo una cosa, entre la generación de ellos y nosotros había una brecha como de 20 años, entonces ellos querían comenzar a crear nuevos actores. Cuando ya tuvimos la carpa levantada, hicimos una función nocturna en la que la entrada costaba 100 colones porque era para recaudar dinero. Pero pasó que fue toda una tragedia. Después de estar luchando y viendo si hacíamos algo y montábamos la carpa, por el escenario se hacía un charco inmenso que teníamos que secar y habían zancudos. Esa presentación fue un éxito porque llegó mucha gente, mandamos cartas a embajadores y a medio mundo y pusimos la carpa bonita. Y cuando estábamos ahí comenzó a llover un poquito. Nosotros veíamos que el maestro seguía en la presentación y siguió haciendo viento pero seguimos actuando. En ese momento Saúl (el maestro) tenía que decir un texto, que era como un monólogo en la obra de Sancho Panza. Era buenísima esa obra porque hablaba de los sueños… La cosa es que él seguía el monólogo, estaba hasta con los ojos llorosos, pero seguía. Entonces comenzó a hacer un gran viento, él seguía y nosotros no hallábamos qué hacer. La gente en el público comenzó a notarlo, la carpa se comenzó a mover y en un momento dado una silla grande de hierro que estaba en el escenario le dio en la cabeza a Saúl, pero él siguió diciendo texto. Y cayó al suelo llorando. Todo eso era una tragedia. La carpa, que era como de lona, se había llenado de agua, ¡se abrió y cayó un chorro encima de la gente! Yo lo recuerdo como de película porque la gente le hizo: ¡Ahhhhhhhhh!, y se fueron gritando ja, ja, ja…

Ja, ja, ja. Era el peor escenario…
Ja, ja, ja, era como una de esas obras de teatro donde ves que se quema el telón y la gente sale corriendo y se destruye el teatro. La gente sale llorando y entran unos al rescate ja, ja, ja. Así fue eso en plena función.

Ja, ja, ja…
Había que hacer todo, todo, todo de nuevo. Saúl se fue y nosotros solo nos vimos entre nosotros, éramos jóvenes, no sabíamos qué hacer. A la semana nos llamaron y nos dijeron, bueno miren nosotros nos vamos para Dinamarca…

Ja, ja, ja, “esto no tiene sentido”…
Ja, ja, ja, algo así. Él nos dejó en manos de Fernando Umaña, con quien me formé por tres años hasta que me fui a Costa Rica a un encuentro centroamericano de formación. En ese eligieron a dos personas de cada país y yo participé. Pero antes de eso, vino a El Salvador el Teatro de los Andes, que fue uno que yo admiré mucho, me marcó. Ese fue un antes y un después para mí, en cuanto a la forma de hacer teatro. Me encantó la mezcla del contenido y la forma, su contenido era increíble y la forma en la que te contaban las cosas era hermosísima. Cuando yo los vi, yo dije que así quería hacer teatro. Entonces me fui como con 100 dólares a Bolivia y estuve un tiempo en la casa del Teatro de los Andes. Luego volví a El Salvador e hice con Fernando dos obras: 'San Mago, patrón del estadio', y 'Mirandolina'. De ahí yo me despedí del teatro aquí y me fui un tiempo para España en 2004. Tenía unos 26 años.

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Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos

Y entonces ahí se cierra el círculo porque luego de ver las obras en España dijiste que no te gustaban y decidiste hacer teatro en El Salvador.
Sí, yo en España aprendí mucho. Aprendí que había que crear un teatro propio, un teatro con identidad, un teatro que podía denunciar cosas. Aprendí que se podían decir cosas y no solo memorizar un texto y que los actores teníamos un papel más creativo.

Mira uno de los temas de los que casi nadie habla pero que se sabe que pasan es este que dicen que cuando alguien se inicia en teatro se pueden dar situaciones como abusos sexuales y de este tipo. ¿Esto realmente sucede en el proceso de aprendizaje?
Sí, eso pasa mucho aquí.

¿Por qué?
No sé, no te podría decir con certeza pero pasa mucho en El Salvador. Los que lo han hecho aquí en El Salvador, que son los más conocidos, sí son hombres. En los tiempos que yo empecé se daba más porque es que antes aquí no había nada, solo estaban unos tres directores que eran los que te formaban y nada más. Ahora está la Escuela del CENAR, hay teatro universitario, talleres y otros espacios., para bien o mal hay mucho más producto. Cuando yo empecé no había ni una programación anual de obras. Entonces, si vos caías en las manos de un director y te imaginabas que si no hacías teatro con él, entonces ya no ibas a hacer teatro en toda tu vida.

Tatiana de la Ossa nos decía a nosotros que en El Salvador había como un patriarcado en ese sentido.
Sí, es que es como una lealtad a tu maestro. De hecho ha costado mucho que ese tipo de cosas se vayan liberando, pero no todos quieren soltarlo je, je, je…

¿Cómo así? ¿Por qué?
No sé, pero es que yo veo que en otros países y en otras experiencias es diferente. Les pongo un ejemplo, Jon Lee Anderson, que es un gran periodista reconocido, dice y reconoce los logros de las nuevas generaciones y del poder que ven en esa nueva generación de periodistas y aún talleristas. Me da la impresión de que a veces, no sé si es por cuestión de soltar el poder, pero eso en teatro cuesta mucho. Es como que ellos dicen que la forma en la que se ha venido haciendo teatro en El Salvador es de cierta manera y si haces una cosa diferente, entonces eso no es teatro. Mira, por ejemplo, la obra de “Los más solos”, no es algo nuevo, esa dramaturgia que lleva no es algo que yo me inventé, eso es algo que está en el teatro desde hace ratos. Yo siento que ahora que vienen nuevos grupos, porque ahora ya vienen nuevos grupos que ya se están replanteando la forma en la que quieren contar su teatro las cosas pueden cambiar. Yo no digo que no hay que revalorar lo que se ha hecho pero sí que hay que darle paso a las nuevas generaciones, porque si vienen con otros discursos y otras formas de contar, pues entonces puede que eso esté bien.

Y ahora la típica pregunta que te hacen cuando vas a pedir trabajo: ¿cómo te ves vos en unos 10 años?
¡Casada, ja, ja, ja…! No, ya en serio, yo esperaría que se consolidaran los dos proyectos más importantes que tengo: La Cachada Teatro y el Teatro del Azoro. Y ya si me pongo a soñar, esperaría que esos dos proyectos se consolidaran internacionalmente.

¿Y qué pensás de la mara que dice que hay que irse del país para crecer? Porque vos hiciste todo lo contrario, te fuiste y regresaste al hoyo.
Mirá, cuando yo daba clases en el Centro Nacional de Artes, yo le decía a los alumnos que no esperaran vivir solo de actuar, porque si algo aprendí yo, estando afuera, es que este es uno de los oficios más inestables del mundo. Tanto en los países donde el teatro ya es una industria como en otros, a los actores les cuesta mucho vivir de sus actuaciones. Y mientras más herramientas y cosas conozcas y tengas -como yo con el canto y el trabajo de talleres, los instrumentos que he hecho todo este tiempo-, pues te salen más oportunidades.

¿Hacer teatro significa sobrevivir siempre?
Mirá, a mí la vida me va apuntando a no seguir en esa fase, la de sobrevivir. Ya desde hace algún tiempo en España, yo comencé a vivir un poco solo del teatro. Cuando vine aquí, pues me di cuenta de que es inestable, pero uno va aprendiendo a desenvolverse mejor en proyectos y agarrar las oportunidades también. Yo siempre le digo a la gente que nosotros tenemos que reinventarnos las cosas. Cuando yo vine, la gente pensó que yo iba a ganar mucho dinero con La Cachada, pero no es así. Si yo me espero a tener las condiciones ideales y a tener dinero para hacer un proyecto y crear una obra, eso sí no lo vas a poder hacer. Cuando yo vine comencé a ensayar con este grupo de locas durante 10 meses sin recibir ni un centavo, cada quien debía rebuscarse por su trabajo y su vida. Si nosotros hubiésemos esperado a tener presupuesto para montar la producción y todo eso, no hubiésemos hecho nada.

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Egly Larreynaga. Fotos Fred Ramos

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