El hogar de los hijos olvidados

  • Foto: Mauro Arias
    Gustavo pasa el día mirando por la ventana del cuarto de aislamiento donde permanece encerrado. No es un delincuente. Sufre retardo mental, motivo por el cual fue abandonado por su familia cuando era niño. Ahora tiene 22 años. Gustavo jamás será una persona independiente. El gobierno será su tutor, su padre, hasta el día de su muerte, a menos que aparezca en su futuro un familiar o una familia adoptiva.
  • Foto: Mauro Arias
    Estos son los recipientes de aluminio donde se reparten los alimentos para 66 internos adultos que habitan los nueve hogares que actualmente funcionan en el centro. Las instalaciones fueron inauguradas en 1976, con el nombre de Villas Infantiles. En cada hogar había una trabajadora que cumplía el rol de madre, y una ayudante que hacía el rol de tía. Hace 13 años, los niños sin discapacidades fueron trasladados a otros hogares, y reemplazados por una población con discapacidades mentales como síndrome Down, microcefalia, esquizofrenia, neurosis, parálisis cerebral, retardo mental, entre otras.
  • Foto: Mauro Arias
    Jaime, un joven paciente siquiátrico, es enviado por su educador a traer el atol para el resto de sus compañeros del Hogar Número Cinco, donde habita la población más difícil de tratar por su falta de autonomía causada por sus enfermedades mentales. Su tarea la cumple obedientemente y corriendo. En el centro, que puede albergar a un máximo de 75 personas, llegaron a vivir hasta hace dos años 110 niños y adultos en hacinamiento, con falta de atención a sus derechos más básicos, como alimentación, higiene, educación y cariño. Para mejorar el nivel de vida, la actual administración del Instituto Salvadoreño para la Niñez y la Adolescencia (ISNA) decidió separar en 2012 a los menores de edad. Fueron trasladados 55 al Hogar Adalberto Guirola, de Santa Tecla. En San Martín quedaron los mayores de edad, y paradójicamente a pesar de ser adultos siguen bajo la tutela del ISNA, que tiene como meta resarcirles sus derechos fundamentales. El mayor de los hijos del Estado en el centro tiene 51 años.
  • Foto: Mauro Arias
    Jaime, del Hogar Cinco, es medicado igual que otros internos. En su caso es necesario, para que no desarrolle comportamiento esquizoide. La medicación lo mantiene adormitado. En el Hogar Cinco y en el Hogar Cuatro viven los internos con casos siquiátricos. La actual administración dice que cuando tomó las riendas dejadas por el anterior gobierno, encontró un lugar prácticamente en crisis humanitaria. Había desorden administrativo, un profundo déficit en programas de educación y esparcimiento, casos de desnutrición y enfermedades propias de una cárcel hacinada como tuberculosis. Aun hoy, en el Centro no hay un médico de planta ni tampoco un siquiatra, personal que debería proporcionar el Ministerio de Salud. Cuando ocurren crisis, el Centro debe pedir la ayuda del Hospital Siquiátrico de Soyapango, y trasladar al hijo del Estado en crisis a esas instalaciones.
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    Rubén Paz cambia el pañal a José Gómez. Rubén es uno de los 37 educadores que se turnan día y noche para cuidar los hogares. Los internos llaman a los educadores "tíos", de igual manera que a toda persona adulta que venga de fuera a visitarlos. Cuenta Rubén que cuando llegó a trabajar hace tres meses, a José, de aproximadamente 40 años, le manaba de sus fosas nasales abundante pus con olor nauseabundo. Gritaba mucho durante la noche. Recientemente se le llevó a un control con un especialista, y se le está dando tratamiento. Ahora la pus fluye menos, y José duerme más tranquilo. No se sabe cuánto tiempo estuvo sufriendo.
  • Foto: Mauro Arias
    Rudy tiene alrededor de 50 años y es de los más viejos en el Centro. En los años 80, en la sede central del extinto Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (antecesor del ISNA) había 450 internos en un solo edificio. Se mezclaban delincuentes juveniles, niños víctimas de abusos y niños discapacitados.
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    Rudy aparece en una foto sin fechar en un mural en las oficinas administrativas del Centro. Cuando era más joven, caminaba. Hoy está postrado en una silla de ruedas. Muchos de los casos de cuerpos y mentes atrofiadas de hoy se pudieron haber prevenido si desde pequeños hubieran recibido fisioterapia especializada. Para los 66 usuarios del centro, hay dos fisioterapistas que con esfuerzo logran hacer una ronda de "mantenimiento" para todos.
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    Muchachos del Hogar Siete almuerzan, en lo que se convierte el momento de mayor emoción durante la rutina diaria, que carece de estímulos. En este Hogar, los usuarios tienen un mayor grado de independencia que en los hogares con casos siquiátricos. Sin embargo, en todos los hogares la mayoría es capaz de alimentarse por su propia cuenta.
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    Problemas prevenibles, como las caries, han sido un punto de honor en la lucha de la actual administración del Centro. La mayoría de internos es capaz de lavarse los dientes, sin embargo algunos de los educadores dejan de lado la tarea para la hora de dormir. El personal a cargo de gente con discapacidades mentales es el que más sufre del "Síndrome de burnout", que también es llamado síndrome de desgaste profesional, y ocurre por la fuerte carga emocional de este trabajo.
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    Nubia Payán recibe una caricia de uno de sus alumnos de kínder. Nubia entró al centro como maestra de educación física, pero se le ha dado el cargo de maestra de kínder porque cumple con un requisito necesario para ocupar ese cargo: tiene suficiente fuerza para cargar a niños con problemas de motricidad, e incluso para defenderse o apaciguar alguna pelea entre los alumnos.
  • Foto: Mauro Arias
    Alumnos de kínder reciben una clase sobre el número uno en el salón del área de talleres del Centro. La administración intenta restituir el derecho a la educación de estos mayores de edad. Las mejoras en la conducta y actividad mental de los alumnos son notorias. Antes daban clases de "mantenimiento", es decir, sin una verdadera voluntad de enseñar. No se impartía una educación especializada, a pesar de que son muy pocos los que tienen un retardo mental tan profundo que no les permite aprender nada. La mayoría son capacitables en tareas que les pueden mejorar su nivel de vida. Hasta ahora se está tratando de crear una escuela de educación especial en el Centro con la colaboración del Ministerio de Educación.
  • Foto: Mauro Arias
    Después de terminar sus clases, Pablo regresa a su Hogar y muestra su peluche favorito. Él vive en el Hogar Cuatro, el ejemplar del Centro, donde los habitantes son muy independientes e incluso uno de ellos, el único caso en el centro, sale a trabajar a un supermercado que tiene un programa de aceptación de discapacitados entres sus empleados. Pablo tiene síndrome de Down, y si desde pequeño se le hubieran potenciado sus capacidades, gozaría de un grado mucho mayor de autonomía.
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    Durante un enojo, Víctor, a la izquierda, rompió una lámina de la celosía de vidrio del Hogar Siete. Después de ser regañado, se mandó a llamar a José, a la derecha, para que dejara un momento de trabajar en el taller de panadería del Centro y calmara a Víctor. José tiene autoridad entre sus compañeros. En su plática, con palabras apenas inteligibles, parecían como si hablaban en un idioma extranjero.
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    Gustavo golpea a Vinicio en la espalda mientras este último intenta dormir. Esto sucede a lo largo del día, y las agresiones también incluyen intentos de ahorcamiento. Ambos pasan encerrados en una habitación con una puerta de reja porque son los más problemáticos entre los internos del Hogar Cinco, donde viven 10 muchachos. Vinicio apenas se defiende, no es agresivo. Para los empleados del Centro es razonable tenerlos juntos en una sola habitación, porque a Vinicio le da por saltar sobre las camas, y ya ha destruido varias. Si hubiera suficiente personal que cuidara de manera más personalizada a los internos más problemáticos, esta situación que se repite con mucha frecuencia podría evitarse.
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    El enfermero del Centro, enviado por el Ministerio de Salud, se encarga de la repartición de los medicamentos que utilizan los internos debido a sus condiciones sicológicas. Muchos usan pastillas sin las cuales podrían convulsionar y perder neuronas; otros usan medicamentos contra la esquizofrenia, para evitar alucinaciones y descompensaciones; otros usan medicamentos contra la hiperactividad. Todos usan calmantes a la hora de dormir.
  • Foto: Mauro Arias
    Gustavo, adormitado, recibe su dosis de calmantes y anticonvulsivos. El uso continuo de medicamentos significa una presión para sus riñones y sus cuerpos en general. Durante la actual administración se ha luchado para que el Hospital Nacional Psiquiátrico reevalúe los diagnósticos para todos los internos, a manera de adecuar la medicación y evitar el uso excesivo que con los años puede llevar a una insuficiencia renal en los pacientes.
  • Foto: Mauro Arias
    Uno de los internos resultó herido por uno de sus compañeros, cuando entre varios trataban de inmovilizarlo para que el enfermero del Centro pudiera darle su medicación, sin la cual podría convulsionar. Las cicatrices en el cuero cabelludo, tan frecuentes en los internos, son el resultado de peleas, accidentes, caídas durante ataques de epilepsia y, en algunos casos, son heridas que se autoinfligen.
  • Foto: Mauro Arias
    Teresa, amarrada a una silla de ruedas, es una paciente que con frecuencia se agrede y lastima a sí misma. Por eso recibe calmantes. Recientemente le aumentaron la dosis, porque las anteriores no habían evitado que su comportamiento de agresividad contra sí misma cesara. La educadora a cargo de ella está preocupada por el aumento de la dosis, y pide que se la disminuyan. Teresa era capaz de masticar y tragar bien sus alimentos. Ahora Teresa ha disminuido de peso, pasa dormida, y cuesta mantenerla despierta para masticar y tragar.
  • Foto: Mauro Arias
    La educadora Alba Crespín tiene 35 años de trabajar en el centro. Ella dice que este es un trabajo pesado, y que para cumplirlo bien es necesario tener compasión y mucha paciencia. "Con el tiempo es imposible no tomarles cariño". Los educadores tienen a cargo de seis a 10 internos. Pero la edad de la mayoría de educadores sobrepasa los 50 años, y no es raro que se incapaciten y a un educador le toque controlar dos hogares a la vez, a unos 20 internos a la vez. De los 37 educadores, son pocos los que tienen una educación especializada para tratar a este tipo de población. Han aprendido empíricamente y en capacitaciones. Hay bachilleres, técnicos en salud, hubo un abogado, incluso hay uno que trabajó antes con delincuentes juveniles.
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    Juan Carlos sonríe al ser fotografiado. Él vive en el Hogar Cinco para casos siquiátricos. Uno de los educadores que trabaja en este hogar cuenta que en el Centro hay una plaga de ratas constante. Tanto así, que decidió comprar una rata blanca de laboratorio, para perderle el miedo a los roedores y poder trabajar mejor. El mismo educador cuenta una anécdota sobre la extraña relación que se desarrolló entre una rata y uno de los internos menores de edad, antes de que fuera trasladado al Hogar Adalberto Guirola. La rata, cuenta el educador, dormía en posición fetal junto al interno en la cama.
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    Juan Carlos está contento con su nuevo calzado. No puede comunicarse con frases y únicamente repite algunas palabras continuamente. Sabe amarrarse las cintas de un par de zapatos usados que le quedan muy grandes y que ha calzado al revés. Está contento porque reemplazan a su anterior par de zapatos que estaban hechos pedazos. Los zapatos son los artículos que más escasean en el Centro, según la encargada de la bodega.
  • Foto: Mauro Arias
    Bodega de ropa usada donada por el altruismo de organizaciones religiosas y vecinos de San Martín. El centro no compra ropa para vestir a los internos, pues la caridad suple la demanda. La encargada de la bodega hace de costurera para reparar los hoyos demasiado grandes de algunas piezas.
  • Foto: Mauro Arias
    La talla en la ropa que se reparte entre los internos es lo de menos. Ya que el uso de cinturones es prohibido, para evitar que sean utilizados para golpear a sus compañeros, algunos arreglan el problema de la holgura con pedazos de tela. El presupuesto del ISNA, de 17 millones 300 mil dólares, sirve para atender a la población más vulnerable del país: niños abandonados o abusados, y es superior en menos de 4 millones al presupuesto de la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia de la República.
  • Foto: Mauro Arias
    Mercedes Guzmán es la única trabajadora de la lavandería del Centro. Este día luce preocupada porque la lavadora industrial, a la izquierda, se arruinó un día antes, y la ropa se acumula rápidamente y el clima está lluvioso. Debía lavar las pesadas frazadas a mano, sin agua caliente. La secadora industrial, a la derecha, está arruinada desde hace tres meses. Ambas máquinas son donaciones.
  • Foto: Mauro Arias
    En el Hogar Cinco hay una cama doblada. ¿Cuánto tiempo ha estado arruinada? Los encargados del Hogar explican que la dobló Vinicio, un paciente siquiátrico que suele saltar y tirarse sobre las camas.
  • Foto: Mauro Arias
    Llegó personal de mantenimiento del Centro a cambiar la base de la cama y el colchón. El fondo de la cama estaba completamente derruido por la orina acumulada. La mayoría de usuarios de este Hogar no pueden controlar esfínteres. Todas las camas están deterioradas al igual que la de la imagen.
  • Foto: Mauro Arias
    El colchón de la cama fue puesto a un lado, de canto, apoyado sobre el marco de la cama de la habitación vecina, y evidenció ser un nido de estas pequeñas larvas blancas. Del colchón escurría un líquido amarillento, que formaba un charco en el suelo, con un olor más intenso que impregna todo constantemente en este Hogar. El colchón estaba empapado de orina, igual que los otros.
  • Foto: Mauro Arias
    Para los internos más independientes existe el privilegio de salir de sus hogares y caminar libremente por las instalaciones. Pero los internos no pueden pasar mucho tiempo sin supervisión. En este caso, el educador salió del Hogar para ir por la merienda de media tarde. Javier aprovechó el momento para ir al basurero del Centro y encontrar algo comestible. La Alcaldía Municipal de San Martín prometió pasar por la basura cada dos días, pero a veces tarda mucho más, para deleite de las ratas y los perros callejeros que entran al Centro.
  • Foto: Mauro Arias
    Uno de los internos del Hogar Cinco está siendo tratado para mejorar el estado de una enfermedad del cuero cabelludo causada por un hongo. Bajo la vieja piel aparece una nuevala nueva ya sanada. En febrero de 2012 se separaron los menores de edad de los adultos. Había tanto hacinamiento, y el trato y limpieza eran tan malos, que se propagaban enfermedades como la sarna, los piojos, la pediculosis, bacterias, hongos, pulgas y hasta tuberculosis, enfermedades típicas del ámbito carcelario.
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    Carlos Castillo, de camisa amarilla, abraza a uno de sus compañeros que busca un apapacho colocando la cabeza en su pecho. No importa la profundidad del retardo mental, o la gravedad de la patología siquiátrica que sufran, todos los internos muestran diferentes grados de necesidad de afecto, de interacción y de entendimiento.
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    Gustavo ha pasado el día en su encierro, junto a Vinicio. Unos momentos antes de la foto, él estaba vestido, pero su ropa estaba orinada y se la quitó para acostarse en el suelo y dar gritos de lamento.
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    Gustavo sonríe cuando se le presta atención. No dice ni una palabra, y su retardo mental lo hace comportarse como un niño de aproximadamente tres o cuatro años. Los muchachos con casos siquiátricos no participan en las excursiones que el Centro organiza. El derecho a ese tipo de esparcimiento les es denegado porque sería necesario que el cuido sea personalizado para que no existan accidentes. En Suecia, un niño discapacitado con padres que se hacen responsables de él, tiene un tutor personalizado pagado por el Estado, cuya labor es cuidar a su único pupilo y llevarlo para que le brinden todos los servicios de salud y educación. En la noche debe estar pendiente si los padres los llaman por alguna crisis.
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    Gustavo es curioso como un niño. Según datos del ISNA, el Estado invierte 23 dólares diarios por cada uno de los 66 internos, incluyendo los salarios del personal que los cuida. Con los 1.7 millones de dólares en viajes que la Asamblea Legislativa presupuesto para 2013 se lograría cubrir la inversión para más de tres años en favor de los internos adultos del ISNA. O multiplicar por tres la que ya se hace a lo largo de un año. Al preguntarle a una educadora qué nota le daría al Estado como padre de estos niños, ella responde que sería la nota de un padre que no se ocupa mucho de sus niños. "Un 7 de 10". ¿Por qué tan alta? Ella responde que hace unos años no había pañales desechables, solo de tela. Era una labor diaria retirar los excrementos antes de mandarlos a la lavandería. "En comparación a eso, ahora estamos en la gloria".
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    Gustavo contempla el mundo exterior. Sus salidas son únicamente aquellas al Hospital Siquiátrico. El Salvador es firmante de varias convenciones de las Naciones Unidas para la protección de la niñez y los discapacitados. En ellas establecen claramente las obligaciones de los Estados firmantes hacia este tipo de población. Pero en El Salvador no existe legislación ni está claro qué institución debe llenar el vacío de la atención a los mayores de edad con discapacidades mentales. Por eso en las calles de todo el país se ven abandonados a su suerte, mendigando y comiendo en los basureros. Se puede decir que los adultos del Centro de Educación Especial son unos privilegiados.
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Niños discapacitados y abandonados. Esa es la población del Centro de Educación Especial en San Martín, al que le queda grande su nombre, pues refleja décadas de abandono hacia los más vulnerables: entraron como niños -algunos como bebés- y hoy son adultos que terminarán sus días siendo unos hijos poco conocidos del Estado. Un Estado que los ha tratado no como un buen padre, sino como un tío olvidadizo y despreocupado que aparece de vez en cuando para dejarles una limosna.
Publicada el 1 de Julio de 2013
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