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Foro Centroamericano de Periodismo 2013

Seymour Hersh: los periodistas deben perseguir la historia como animales rabiosos

Óscar Martínez y Efren Lemus
El Faro / Publicado el 20 de Mayo de 2013
Seymour Hersh, el mítico periodista estadounidense que reveló la masacre de My Lai, en Vietnam, a finales de la década de los sesenta; el mismo que reveló las torturas contra iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, en Iraq, dio una cátedra de periodismo en el cierre del Foro Centroamericano de Periodismo que organizó El Faro, la noche del sábado. Hersh enfatizó en la importancia de la moral, en la importancia de la lectura y en esa necesidad constante de exigir rendición de cuentas al poder. "El papel del periodista", dijo Hersh, "no es ser amigo del poderoso".

Seymour Hersh. Foto Mauro Arias

Seymour Hersh. Foto Mauro Arias

“Fue una inyección de energía, de ganas de seguir”, dijo Ramón Lobo, el mítico periodista español de 58 años que tiene la cobertura de más de cinco guerras en sus espaldas. “No podía dejar de escucharlo”, añadió. Bastaba conversar con algunos de los periodistas que abandonaban la sala, incluso a algunos bastaba con verles la expresión emocionada en el rostro, para saber que lo que le ocurrió a Lobo le ocurrió a muchos. Lo que había ocurrido la noche del pasado sábado 18 de marzo en el salón Ernesto Álvarez, del Museo de Arte de El Salvador ante más de 200 personas, le había tocado la médula a muchos de los reporteros que se reunieron en la ceremonia de cierre del Foro Centroamericano de Periodismo 2013. Y lo que ocurrió fue esto: el célebre reportero estadounidense Jon Lee Anderson, que escribió sobre las guerras en Iraq y Afganistán como pocos lo hicieron, se había sentado a entrevistar al legendario reportero estadounidense Seymour Hersh, que descubrió una de las peores masacres durante la guerra de Vietnam: la masacre de My Lai. Por esos reportes ganó el Pulitzer. Hersh fue esa inyección de energía. Hersh fue esas ganas de seguir.

La noche prometió mucho desde que Anderson dijo las primeras palabras. “Hersh es el periodista que más admiro. Desde que tengo memoria siempre ha tenido el mote de legendario”. Anderson, el autor de libros que marcaron época como La caída de Bagdad o La tumba del león, el más célebre reportero de guerras en África, Medio Oriente y América Latina de la revista periodística más prestigiosa del mundo, The New Yorker, el reportero que “despierta para contar las tempestades de la Tierra”, como lo describió el escritor mexicano Juan Villoro, estaba a punto de entrevistar en público al reportero que él, Jon Lee Anderson, más admira. “Es como si Maradona fuera a entrevistar a… pues al futbolista que más admire”, comparó un joven asistente a la clausura.

Anderson lanzó una pregunta retórica: ¿Vale la pena el periodismo? “Basta con ver su carrera (la de Hersh). My Lai marcó mi generación. Mostró que éramos capaces (los estadounidenses) de hacer cosas tan atroces como los nazis”, continuó Anderson.

La masacre de My Lai ocurrió durante la guerra de Vietnam en marzo de 1968. Una sección del ejército estadounidense llegó a My Lai, una zona vietnamita donde pensaban que encontrarían combatientes vietcong. Sin razón alguna, el segundo teniente William Laws Calley permitió que sus tropas violaran durante más de cuatro horas a las mujeres y niñas del poblado, y arrinconaran después a toda la población. Los acribillaron a todos, mataron al ganado y quemaron las chozas. Se estima que en My Lai fueron masacradas como mínimo 350 personas.

Dos años después de la masacre, cuando la guerra de Vietnam aún continuaba, el joven reportero Hersh, de 32 años, publicó la historia en el diario St. Louis Post Dispatch: “My Lai 4: informe sobre la masacre y sus secuelas”. Hersh reconstruyó con detalle lo que ocurrió en ese lugar, explicó cómo la masacre empezó con un soldado que siguió las órdenes de su teniente de no dejar a ningún vietnamita vivo en ese lugar, y atravesó con su bayoneta a un aldeano al azar, lo lanzó en un pozo y arrojó una granada. Así se inauguró la masacre.

Si bien solo el teniente Calley fue condenado y apenas pasó tres años de arresto domiciliario gracias a un indulto del presidente Richard Nixon, la historia que publicó Hersh dio la vuelta al mundo y empezó a desmantelar el mito de que un ejército libertario peleaba sin descanso contra unos comunistas asesinos. Para muchos, la historia de Hersh fue la primera piedra de una avalancha de desprestigio que luego caería sobre las actividades estadounidenses en Vietnam, y que terminaría sacando a su ejército de ese país en 1975.

“Ahí comenzó a fragmentarse, incluso a morirse el sueño americano, y no nos recuperamos todavía”, dijo Anderson este sábado en San Salvador mientras Hersh escuchaba atento por sus audífonos la traducción al inglés de las palabras de su colega.

Luego, Anderson definió a Hersh como un periodista “muy famoso y muy mal visto por el poder”, y le lanzó la primera pregunta: “¿Cómo aguantar medio siglo sin ser absorbido por el poder?”. A partir de este momento, Hersh empezó su cátedra de periodismo. Clara, directa, enérgica.

“Estamos rodeados de líderes idiotas, criminales que no nos dicen la verdad”, arrancó. “Nuestro trabajo es exigirles cuentas, no ser amigos de los poderosos. Ellos por su cuenta no lo van a hacer (rendir cuentas). Nuestro trabajo es exigir esas cuentas a esa gente que quiere mandar a mi hijo a morir en una guerra sobre la que no me dicen la verdad”, continuó su discurso que muy probablemente hubiera sonrojado a cualquier diplomático estadounidense.

¿Pero cómo encontrar información cuando el periodista es incómodo para las fuentes oficiales, para los gobernantes que se creen dueños del poder? Hersh reveló a los asistentes una de las claves básicas del periodismo: el cultivo de las fuentes. “Hay personas quienes entran, ingresan (al poder estatal) por querer ser buenos, son leales a la Constitución y yo busco a esa gente”. Esa es la razón, dice Hersh, de que no tiene temor a que las fuentes oficiales le cierren la puerta de un portazo y es esa misma razón por la cual no le preocupa hablar –o escribir- mal de ellos.

Las perlas de lo políticamente incorrecto que Hersh lanzó sacaron suspiros al público, y hasta risas nerviosas. Sobre la lógica militar estadounidense en Vietnam dijo: “¿Por qué molestarse en matar a los enemigos cuando puedes matar civiles?”. Sobre la guerra en Iraq dijo: “¿Nos vamos de Iraq después de lo que hicimos? ¿Me están jodiendo?”. Sobre la intervención estadounidense en los conflictos centroamericanos, y particularmente sobre El Salvador, dijo: “Veo que mi país va en una espiral hacia abajo. Yo tengo amigos que pasaron el (año) 82, 83, 84... hicimos cosas muy malas. Aquí pudimos hacer lo que quisimos. ¿Por qué no están enojados con nosotros?”

Un Hersh tranquilo, cómodo ante el auditorio, capaz de detener el relato de los horrores para bromear sobre su capacidad de hablar y hablar y ahondar en detalles como si todo hubiera ocurrido ayer –“¿Ya han tenido suficiente por hoy?”-, absorbió al público.

Con esa memoria prodigiosa, el periodista que anunció con dos años de anticipación la invasión a Iraq de marzo de 2003, el premio Pulitzer, el reportero que trabaja en The New Yorker desde 1993, el que renunció a la prestigiosa agencia Associated Press porque no quisieron publicar su investigación sobre los experimentos estadounidenses con armas biológicas y químicas en diferentes países tercermundistas, rememoró en San Salvador lo que descubrió en Vietnam.

“En una parte del infierno hay un lugar para editores y otro para políticos”. Y luego de rememorar esa eterna disputa entre editores y reporteros, Hersh soltó unas luces para descubrir, para identificar una buena historia: “Quítense del camino de la historia y si es sensacional sale así, cuenten la historia, no la vendan”. Y entonces volvió a recordar detalles de la historia que escribió a finales de la década de los 60, de la masacre de My Lai.

“Todos los niños (soldados estadounidenses) se drogaron. Los oficiales tomaron alcohol y bajo esa combinación se levantaron y fueron a My Lai. Y al llegar encontraron no al enemigo, sino a unas 550 personas comunes, niños, personas desayunando. Todos terminaron en tres fosas, masacrados, incinerados”, dijo.

El relato agobiante, poderoso, continuó y encaminó poco a poco al reportero legendario a las conclusiones con las que quiso cerrar el Foro Centroamericano de Periodismo: “Una madre protegió a su niño adentro de la fosa. El niño salió de la fosa ensangrentado y corrió. Un oficial le disparó en la cabeza. El día siguiente todos dijeron que no pasó nada fuera de lo normal en My Lai”.

Todos, menos el reportero legendario, que durante año y medio persiguió a los oficiales que participaron en la masacre. Habló con negros y latinoamericanos que prefirieron no masacrar aquel día, y se quedaron impávidos ante los que sí masacraron. Conversó con soldados que se dispararon en el pie para que los dejaran salir de aquel infierno. Habló también con soldados que sí dispararon sus fusiles automáticos M1, que sí descargaron las 20 balas de un cargador, y de otro, y de otro, sobre unos cuerpos amontonados en un agujero. Y condujo hasta una granja de pollos cerca de Pearl Harbor para encontrar a Paul Meadlo, un soldado joven que según muchos fue un entusiasta en la masacre, que regresó pronto porque una mina le voló la pierna un día después de masacrar, y que años después admitió públicamente la barbarie; y el reportero legendario escuchó en la granja de pollos a la madre de Meadlo decirle: “Les di a un buen muchacho y me devolvieron a un asesino”.

Cuando terminó, cuando el reportero legendario tuvo su historia, le costó encontrar quién la publicara, pero lo hizo, y en la semana de las publicaciones, más de 50 portadas en el mundo hablaron de la masacre de My Lai, de lo que hizo el ejército, del teniente Calley, del desorientado Meadlo, de la mentira de la guerra buena.

El auditorio del museo que se mantuvo impávido durante toda la alocución de Hersh escuchó entonces la conclusión del legendario reportero en forma de pregunta retórica:

—¿Cómo no querer ser periodista? Podemos hacer un tremendo bien si perseguimos la historia. No puedes obligarlos (a los líderes) a hacer lo correcto, pero puedes hacerles muy difícil, lo más que puedas, hacer lo incorrecto.

Eso sí, solo hay una forma de lograrlo, dijo Hersh:

—Debes salir a perseguir la historia como un animal rabioso.

Y esa historia se debe buscar, dijo Hersh, sin desprenderse de los principios de la moral y de la imperiosa necesidad de que un periodista tenga conocimiento de los hechos noticiosos que informará a su público. “Soy de la vieja escuela de lo moral, creo en lo bueno y en lo malo (…) Primero hay que leer antes de escribir, leer periódicos, leer artículos, prestar atención al mundo”.

La noche del sábado 18 de mayo en San Salvador, Hersh fue una inyección de energía para muchos, unas ganas de seguir, y quizá de perseguir la historia como animales rabiosos.

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