Regresar al inicio

El pueblo que no sabía leer

Patricia Carías / Fotos: Mauro Arias
El Faro / Publicado el 29 de Abril de 2013
Para 2009 el 44 % de los habitantes de San Luis de la Reina mayores de 15 años no sabían leer ni escribir. Para 2009, el alcalde y varios de sus concejales tampoco podían leer ni escribir. ¿Cómo gobierna un concejo donde la mitad de sus integrantes son analfabetos o analfabetos funcionales? En el mundo de la ceguera de lectura aparecen, forzosamente, los héroes letrados, y la confianza en los otros es una herramienta indispensable de trabajo.

Image 13664

Iglesia parroquial de San Luis de La Reina.

Fermín mira la página fijamente, frunce el ceño y aprieta los labios, como poniendo toda su concentración en lo que dibuja. Los dedos titubean pero la mano izquierda sujeta un lapicero, y la derecha cuida que el papel no se mueva para que los trazos se hagan donde deben ir. Entonces la punta dorada roza el papel y dibuja una línea vertical. Luego, agrega un colocho que sale desde la punta superior de la línea y hace una curva hacia la derecha, hasta la mitad de la línea vertical. De inmediato, traza otra línea que sale desde el centro de la primera raya recta e inclinada hacia la derecha. Después de 20 segundos, Fermín habrá terminado de dibujar la palabra "Reunión". Fermín es un hombre de 44 años de edad, que según está grabado en la esquina derecha inferior de la cubierta de su agenda, justo a un lado del logotipo de la Corporación de Municipalidades de El Salvador (Comures), es el alcalde de San Luis de la Reina.

En este municipio al norte de San Miguel, donde el calor agobia en abril, la escasa fluidez en la escritura del alcalde es normal. Común. Frecuente. De acuerdo con los datos de desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas (PNUD), en 2009 en este municipio vivían 5 mil 600 personas, y de aquellas mayores de 15 años, el 44 % no sabían leer ni escribir.

Fermín Sorto es un hombre moreno que ronda los 1.70 metros de altura, lleva el ceño marcado con una arruga en forma vertical que hace que parezca que está molesto todo el tiempo. Pero es todo lo contrario: los visitantes de la oficina de Fermín Sorto se encontrarán con una taza de café con canela que da la bienvenida sobre el escritorio, además de una conversación amena. Tal vez su gesto afable fue algo que el partido FMLN valoró cuando lo postuló como candidato a alcalde para las elecciones municipales de 2009. Reconocido en el pueblo por ser el dueño de uno de los dos buses que viajan desde San Luis de la Reina hasta San Miguel, ni siquiera el hecho de que fuese colaborador del partido Arena fue un disuasivo para que el partido de izquierdas lo reclutara y lo hiciera su candidato. Aún así, cuando Fermín aceptó la propuesta, también aceptó iniciar toda una lucha contra el escarnio público. “Me discriminaron bien fuerte porque decían que no sabía leer ni escribir”, recuerda el edil. “La competencia me gritaba que yo era un alcalde alfabeto”, explica Fermín, que además invierte el significado de los términos alfabeto y analfabeto.

Durante nuestra visita al municipio de San Luis de la Reina para investigar las razones y las consecuencias de su alto índice de analfabetismo, pedimos a varios de sus habitantes que nos escribieran de su puño y letra...

Las burlas en contra de Fermín y su analfabetismo se tornaron cada vez más crueles. Cuando fue elegido alcalde los señalamientos ya no solo empañaron su imagen sino que se propagaron hasta su nuevo concejo municipal, un grupo de seis concejales propietarios y cuatro suplentes en el que solo dos de los miembros propietarios eran alfabetos. “¡Aaaah, qué concejo ese! Todos son bieeen sabios”, cuenta Fermín que le gritaban sus opositores. Y es que su concejo municipal era una cuadrilla de agricultores, carpinteros y amas de casa, que con excepción de dos de sus miembros, ninguno había estudiado un nivel mayor al quinto grado y tenían un nivel bajo o nulo de lectura comprensiva. Ganó. Quizás sus adversarios olvidaron que al expresarse peyorativamente sobre una persona analfabeta, lo hacían también respecto de casi la mitad de la población mayor de 15 años, dentro de la cual se concentraban muchos votantes.

Sobre la elección de su concejo municipal, Fermín dice haberse basado en una de sus premisas favoritas: “Los grandes en niveles académicos se han desvanecido. Muchos tienen el concepto de que un alcalde y los de su concejo deben ser personas profesionales pero los alfabetos también estamos dando buenos resultados porque somos líderes”. Esta cualidad, el liderazgo, es para Fermín quizá más importante que saber leer y escribir.

A diferencia del alcalde actual, hubo un alcalde que pensó que había algo importante más allá del liderazgo: lo escrito. El valor de lo escrito. Entre 1988 y 1994, Candelario Nolasco ocupó el cargo que ahora ocupa Fermín. Llegó al puesto en tiempos de guerra, con el apoyo del partido Arena. Ese era un momento en el que había elecciones en situaciones anómalas y nadie quería ser alcalde por temor a represalias de la guerrilla o del ejército. A Nolasco, el cargo le costó unas cuantas amenazas de muerte y hasta el exilio. Tuvo que cerrar el local de la alcaldía en el pueblo e instalar su oficina en un cuarto pequeño en el centro de San Miguel, donde solo cabían un escritorio y una silla. Desde aquel cuarto siguió ejerciendo su mandato.

Nolasco fue quizás un niño privilegiado. A pesar de que era huérfano de padre y madre, el exalcalde terminó por su propia cuenta el sexto grado. Ahora que es un señor de 73 años de edad lee con bastante fluidez. “En nuestro pueblo se acostumbraba decir que de las letras no se come, pero yo sí creo en los estudios. Yo siempre le digo a la gente que eso es mentira porque a uno le sirve el estudio para salvarse de dificultades. El que escribe, lee o tiene grados académicos, se defiende. Y yo por eso digo que soy un líder adiestrado”, asegura Nolasco.

Las dificultades de las que habla Nolasco son aquellas a las que se enfrentó en el tiempo en el que la guerra civil llegó a San Luis de la Reina. En 1983, los combates del ejército y la guerrilla llegaron hasta el casco urbano del pueblo. La disputa entre ambos bandos destruyó casas, cobró la vida de pobladores, arrasó con la comida de los hogares pobres. Y esa guerra también habría terminado con las partidas de nacimiento y de defunción, los documentos administrativos, las actas y muchos otros papeles de la alcaldía de este pueblo si no hubiese sido porque Nolasco, que entonces era uno de los dos policías municipales, pensó que lo que se había escrito en esos papeles era importante. Por ello, decidió resguardar estos documentos aunque le supusieran un riesgo para su vida. Cinco años más tarde, Nolasco se convirtió en alcalde y esos archivos que rescató, en los que se encontraban actas de nacimiento que datan desde el 1 de enero de 1903, son ahora reliquias.

Image 13712

Registro civil de San Luis de La Reina de 1903.

Puede que Fermín no sea el mejor ejemplo de alcalde, no si se toma en cuenta su analfabetismo, pero esa ceguera que le produce no saber leer ni escribir no es peor ni mejor que las taras que puede observarse en este pueblo fronterizo con Honduras. En San Luis de la Reina, el nivel de escolaridad promedio para 2009 no superaba el tercer grado de primaria.

Cuando Nolasco terminó su segundo y último período como alcalde, ya con El Salvador libre de la guerra, el alcalde saliente repitió lo que había hecho cinco años atrás: sin consultar con nadie, Nolasco sustrajo de la alcaldía todos los documentos administrativos que se habían producido durante su mandato y nadie pensó que aquel que podríamos llamar un acto de analfabetismo institucional fuese ilegal. Los documentos salieron por la puerta principal de la alcaldía y a nadie le pareció que el exalcalde estuvieran violando normativa alguna.

Esos archivos pemanecieron durante más de una década en la casa de adobe de más de 160 años de antigüedad en la que vive Nolasco, la número nueve de la primera avenida de las cinco que forman el casco urbano del pueblo. Fue hasta el año 2005 cuando la Corte de Cuentas detectó fallas en la documentación de la alcaldía y entonces el caso llegó hasta Nolasco, a quien la institución contralora le solicitó devolver los documentos. Este accedió con la condición de que se le entregara una copia de cada uno de los documentos que entregó. “Esos documentos que guardé eran mis comprobantes. Eran la única forma que tenía de quedar seguro”, cuenta Nolasco.

La fortuna de pasar por el salón de clases con la que corrió Nolasco, siendo un niño huérfano, no fue la misma que la que de otros niños de su época. Epifania Gómez, hija de una viuda vendedora de canasto que todos los días rondaba al cantón San Antonio a las afueras de pueblo con tal de ganarse unos centavos vendiendo tamales y quesadillas, no tuvo la misma suerte. Los días en los que Epifania fue una niña fueron los mismos en los que la educación apenas se abría paso en estos municipios más alejados de la capital del país. La única oportunidad de estudiar que tenía estaba condicionada al hecho de caminar no menos de una hora desde su cantón hasta el pueblo, donde estaba situada la única escuela de la zona. Y esa no era una prioridad para su madre. “Yo le rogaba a mi mamá, le decía que quería estudiar y ella me decía que no, porque no había para los útiles. Decía que las letras no daban de comer, que por eso teníamos que trabajar”, recuerda Epifania.

Con seguridad esa visión sobre la importancia menor de la escuela era compartida en muchos otros lugares de este país donde la tasa de analfabetismo en la población mayor a 15 años es de 13.23 %, según datos del Departamento de Alfabetización del Ministerio de Educación (Mined).

En 2009, el partido FMLN postuló como concejala suplente a Epifania. Epifania, como casi la mitad de los adultos de su pueblo, tampoco sabía leer ni escribir. Y de nuevo aparece, en boca de otra persona, el discurso sobre la relativa importancia de la escuela para elegir autoridades. El maestro Obdulio Ramos, director del Centro Escolar Cantón San Antonio y uno de los únicos dos concejales propietarios alfabetos, lo expone así. “Aquí (En San Luis de la Reina) el liderazgo comienza en la iglesia, en los aportes al equipo de fútbol y así destacando en otros ámbitos. Los líderes no se hacen sino que nacen. A mí, por ejemplo, me eligieron por ser maestro y director de este centro escolar”.

El concepto de líder que tiene Obdulio es precisamente el que llevó a Epifania a ocupar un cargo en la función pública. Y es que desde que era joven esta mujer morena, de ojos zarcos y con el espíritu y la chispa de una treintañera, aprendió uno de los oficios más solicitados en un pueblo donde los servicios de salud y la educación sexual son escasos: la partería. Esta madre de ocho hijos ha sido una especie de partera oficial en este pueblo. En el repertorio de historias de partos de Epifania, hay desde sus propios partos, que atendió ella misma sin haber recibido ningún entrenamiento previo, hasta partos atendidos en buses en movimiento.

La partería fue resorte que llevó a Epifania a la función pública. Desde 1978, cuando se estrenó como partera atendiendo un nacimiento de una desconocida en un bus en marcha, solo unos cuantos meses después de haber recibido una capacitación de dos semanas para parteras en la Unidad de Salud de Ciudad Barrios, Epifania inició toda una carrera como líder solidaria en su pueblo. “A mí me eligieron porque me conocen porque atiendo los partos de las embarazadas”, reconoce.

Cartel electoral para San Luis de la Reina, con motivo de las elecciones municipales de 2009.

Cartel electoral para San Luis de la Reina, con motivo de las elecciones municipales de 2009.

Esta tarde de la segunda semana abril el calor achicharra a cualquiera. Epifania se pone sus lentes de aros dorados y vidrios gruesos que hacen que sus ojos zarcos se vean más grandes de lo normal y toma asiento en el corredor de su casa, justo enfrente del patio frontal de la imponente casa que construyó uno de sus hijos a fuerza de remesas. El corredor en el que está Epifania es de unos 20 metros de largo, está enrejado de forma que nadie podría entrar en él si no tiene llave de la puerta principal. Al igual que el resto de la casa tiene, piso de cerámica vitralizada. De las paredes del corredor cuelgan corazones de cartulina que dicen: “Te amo mamá” o “Te amo papá”, dibujos de familias, animales, números, recortes de revistas, propaganda del partido FMLN y muchas manualidades, tal como estaría adornado un salón de primaria. En los dos extremos del corredor hay dos pizarrones de yeso en los que está escrita le fecha, el día y un tema de conversación.

La mujer de ojos zarcos no está sola en el corredor. Como todas las tardes de lunes a jueves, la acompañan algunos de sus amigos, familiares y compañeros de trabajo. Todos comparten con ella una misma debilidad.

–¿Quién escribe? –pregunta Epifania a tres mujeres del grupo que están sentadas frente a ella.

Llevan uno cinco minutos intentando ponerse de acuerdo para contestar de forma escrita ¿Qué entienden por participación? Desde que el reloj marcó las 2:30 de la tarde, llegaron una a una a la casa de la concejala trayendo consigo cuadernos, libros de trabajo, lápices y borradores.

–Usted dígame lo que se le viene a la cabeza y yo escribo –le contesta Carmen, una de las amigas cercanas de Epifanía que, además, es hermana del alcalde. Carmen ya tiene preparada una hoja de papel bond que aprieta contra un cuaderno rayado para usar el rastro de las rayas del cuaderno y escribir lo más recto posible.

–Sí, escriba usted porque se tarda menos y su letra es más bonita –le dice Epifania, como toda una líder que toma la batuta, aunque no se anima a ser ella la que escribe en el papel–. Ponga así, le voy a dictar: Participamos en la sociedad cuando hablamos en las reuniones.

Este grupo con el que comparte Epifania está formado por gente a la que Epifania conoce muy bien. Al igual que Carmen, estos que ahora están sentados junto a Epifania son algunos de sus amigos de infancia, familiares y vecinos. Lo que hace que se reúnan todas las tardes es esa debilidad que comparten: son analfabetos o analfabetos funcionales, es decir, personas que no pueden ocupar eficientemente su habilidad para leer y escribir.

Este corredor en el que están reunidos es el salón de clases en el que María, una de las hijas de Epifania, les enseña a leer y a escribir. Este grupo en el que según el papel están inscritas unas 40 personas, pero que en la práctica está compuesto por unas 15, que son los más fieles a las clases, es uno de los seis grupos de alfabetización gratuita que funcionan en San Luis de la Reina con la colaboración de la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA), la alcaldía y el Ministerio de Educación.

Este grupo es parte del Programa Nacional de Alfabetización “Educando para la Vida”, que impulsa el Ministerio de Educación desde 2009. A la fecha existen 15 municipios que tras implementar este tipo de cursos en las comunidades han logrado erradicar el analfabetismo. Solo en San Miguel existen tres municipios que han recibido una declaratoria que dice que son municipios libres de analfabetismo: Quelepa, Comacarán y Uluazapa. Esto ha permitido que este departamento haya una reducción de analfabetismo de casi ocho puntos, pasando del 24.32 % al 16.66% en tres años.

A este corredor en la casa de Epifania asiste de vez en cuando el mismo alcalde del pueblo para “reforzar” su lectura y su escritura. “A mí no es que me cuesta tanto, pero yo voy al grupo para que la gente agarre impulso”, dice Fermín.

Cuando Fermín dice que no es alfabeta, lo hace sin pensar que más adelante, siempre en la misma conversación, dirá que no aprendió a leer y escribir gracias a que asistió a la escuela de manera informal y en realidad no pudo aprender mucho. "Tuve una maestra que me regalaba los certificados de grado”. Así, este alcalde dice que logró avanzar hasta el cuarto grado sin dominar ni la lectura ni la escritura. Esa historia sobre los certificados de estudio de la que habla Fermín la desmiente Irma Andino, que junto a Obdulio es una de los dos concejales alfabetos. “Él no tiene certificados. Por eso, nosotros lo forzamos para que aprenda y no es porque no sepa, sino para que sepa más. Es que él lee, pero le cuesta”, cuenta Irma.

Y aunque Fermín es ahora parte de los alumnos de este grupo de alfabetización, el alcalde no es conocido en este grupo por su constancia. “Él no viene siempre, pero dice que es por su trabajo en la alcaldía”, explica María, maestra del grupo e hija de Epifania, la concejala de los ojos zarcos. María es una de los seis bachilleres que fueron capacitadas como maestras de alfabetización por la iglesia adventista para enseñar a leer y a escribir a adultos.

Entre los alumnos de María, los porqués de la importancia de la lectura y la escritura son variados: “Yo quisiera poder leer bien para leer el himnario y cantar en mi iglesia”, “Yo quisiera leer el periódico y los rótulos para no perderme”, “Yo quisiera leer para que no me engañen y sentirme segura”, “Yo quisiera poner mi firma en los papeles importantes”.

–Participamos en la sociedad cuando hablamos en las reuniones –es la cuarta vez que Epifania repite la misma frase para que Carmen tome nota. Antes de que Carmen termine de escribir la frase, una mujer entra al patio de la casa de Epifania, lleva a un niño de unos tres meses de edad envuelto en un traje amarillo de lana sintética y una frazada lo suficientemente gruesa como para que una persona que vive en Las Pilas, en las montañas de Chalatenango, no muera de frío. La mujer viene acompañada por su madre. Ambas llegan hasta el patio adoquinado preocupadas por una problema con el bebé a quien solo esta experta puede curar.

–¿Qué le pasa al bebé? –pregunta Epifania, saliéndose del aula de clases.

–Es que tiene baja la mollera –la mujer que carga al niño en sus brazos, se refiere a esa parte superior de la cabeza de los bebés que al tocarla tiene una consistencia blanda dado que el cráneo del niño no ha terminado de desarrollarse.

De inmediato, Epifania entra a la casa en busca de una pomada con mentol que necesita para “arreglar” la mollera del bebé. Al regresar, toma asiento y carga al niño en sus brazos para comenzar a quitarle toda la ropa de invierno que la madre le ha puesto, con tal de que en el recorrido desde su casa a la casa de la partera el sol no afectara la salud de su bebé. Cuando el bebé ha quedado solo con su pañal, Epifania toma un poco de pomada en su mano derecha y frota la cabeza, los brazos, el abdomen y las piernas del bebé. Parece que ni Epifania ni la madre ni la abuela del niño saben que esa pomada con la que la partera embadurnó al bebé, que tiene una consistencia y un efecto parecido al conocido Vick Vaporub, no es recetada para niños menores de dos años de edad dado que su inhalación puede causar problemas respiratorios por su inmadurez pulmonar.

Después de ese primer paso, Epifania, que desde este momento se convierte en una especie de chamana, coloca al niño en sus piernas mientras hace un turbante con la frazada en la que venía envuelto el bebé. Luego, coloca el turbante en sus piernas y toma con su mano derecha los tobillos del bebé y lo levanta, tal como se agarra a una gallina antes de ser degollada. Lo alza hasta que alcanza la altura necesaria para que la cabeza del niño calce en el centro del turbante que tiene en las piernas. Una vez el bebé esta en esa posición, con su mano izquierda, la chamana le da un par de golpecitos al trasero y a los pies del niño. La idea es que la mollera ya no esté hundida. Como parte del último paso del ritual, Epifania sienta al bebé sobre sus piernas, le mete el dedo índice de su mano derecha en la boca y hace un poco de presión hacia arriba. Mientras hace esto, pone su boca sobre la mollera del bebé y succiona con un poco de fuerza para que esta vuelva a su estado normal. Una vez ha completado el ritual, le pide a la madre del niño que vuelva a envolverlo con toda la ropa que traía puesta. Al final, la madre saca unas cuantas monedas para pagarle a Epifania el trabajo, pero esta vez, la chamana decide no cobrar.

Epifania realiza el ritual de la

Epifania realiza el ritual de la mollera baja.

“Esas son solo algunas de las etnoprácticas que la gente en estos sitios aprende”, dice Kriscia Herrera, médico de la parroquia de San Luis de la Reina. Aunque Kriscia no es originaria de este pueblo, ella es la única médica en el lugar, donde el gobierno brinda los servicios de salud a través de una unidad de salud en el casco urbano y dos establecimientos de salud más modestos.

Después de ritual de la mollera, Epifania vuelve a entrar al corredor de su casa, donde sus compañeros siguen recibiendo clases. Irónicamente, en la pizarra de los alumnos que están en la fase uno de alfabetización, María ha escrito la pregunta: ¿A qué se debe la mortalidad infantil?

–Es resultado de la falta de servicios de salud en lugares como nuestro pueblo– explica María a sus alumnos. En el fondo, la idea de salud de Epifania es muy parecida a la idea de administración pública del exalcalde Nolasco. Al igual que este último, Epifania también padece de cierto analfabetismo en salud. Acaso aprender a leer y escribir le permita descubrir conocimiento. Descubrir que lo que acaba de hacer al bebé puede ser peligroso para la vida del niño.

Son cerca de las 10 de la mañana y después de un par de minutos Fermín ha terminado de anotar todos los datos de una de sus reuniones en su agenda y está listo para platicar sobre su vida.

–¿Qué quiere que le cuente? –pregunta, mientras reclina la silla de oficina en la que está sentado, frente a la mesa ovalada del salón de reuniones de la alcaldía. La ola de calor que inunda el salón lo ha obligado a desabotonarse la camisa de cuadros que lleva hasta la mitad del pecho. –Yo vengo de una familia humilde, trabajadora pero de bajos recursos…

­Antes de seguir con el relato, Fermín hace una pausa. Alguien llama a la puerta. Es el abogado José Antonio Márquez, el secretario general de la alcaldía, que entra al salón con unas hojas de papel blanco en las manos. “Aquí está lo que me pidió”, explica Márquez, un joven robusto y moreno de 34 años que se pasea con dos grandes camanances en las mejillas, uno a cada lado de su sonrisa. Esas hojas blancas que trae en sus manos son cotizaciones para la compra de maquinaria para obras públicas de la alcaldía.

Una vez ha recibido las hojas, Fermín se anima a descifrar algunas de las cantidades que aparecen en la primera página.

– Un millón mil… No… –se interrumpe Fermín mientras, otra vez, frunce el ceño, mira fijamente los números en la página y aprieta los labios. Toda su atención está sobre esos números–. Mil cuatrocien… Ciento cuarenta…

Después de varios intentos, Fermín se percata de que sus intentos por descifrar las cantidades fueron notados por otros y se da por vencido.

–Bueno, lo leo después, cuando tenga más tiempo. Es que me cuesta –me explica, mientras guarda los documentos entre las páginas de su agenda.

Márquez es la mano derecha de Fermín y esta no es la primera ocasión en que estos dos hombres sostienen una relación como jefe y empleado. Años atrás, cuando Márquez era un adolescente, trabajó para Fermín como un cobrador en uno de sus buses. Más tarde, esos lazos de amistad se convirtieron en lazos de familia porque Fermín se casó con una prima de Márquez. Ahora Márquez es la persona de mayor confianza de este alcalde y de su concejo. “Él nos ha fortalecido el concejo”, dice Fermín. Y es que en esta alcaldía en la que trabajan 27 empleados públicos, este abogado es uno de los únicos cuatro empleados municipales que estudiaron una carrera universitaria y es el que en funciones cubre las espaldas de todos aquellos concejales y trabajadores de la alcaldía que son analfabetos, creando actas y documentos que consignen todas las cosas que se realizan en la alcaldía.

El secretario de esta alcaldía es quizá la persona más preparada de todas las que laboran en esta institución. En 2009, cuando fue nombrado secretario municipal, él junto a Irma y Obdulio se convirtieron en los mentores de los miembros del concejo. “No sabíamos qué íbamos a hacer, éramos como la hembra cuando llega por primera vez al matrimonio. Por eso nos conseguimos el Código Municipal y lo estudiamos. Le dábamos lectura en voz alta para que escucharan los que no podían leer. Y luego el partido nos dio charlas de cómo gobernar”, recuerda Obdulio.

“A veces había algunas cosas que no entendía, como cuando decían: Por unanimidad de votos”, entonces le preguntaba al secretario qué quería decir eso, él es abogado”, recuerda Cipriano Amaya, concejal propietario que estudió hasta el tercer grado y que ahora es un analfabeto funcional. Después de cuatro años y medio de ser gobernantes en el municipio, los concejales que tienen problemas de analfabetismo siguen dependiendo de aquellos que sí pueden leer y escribir. “Es que el secretario de la alcaldía es el que nos lee los acuerdos y nos dice cuándo podemos firmar”.

La confianza que estos concejales han depositado en Márquez tiene mucho que ver con el hecho de que en un pueblo tan pequeño como este, donde de los más de 5 mil habitantes solo unos 30 han concluido sus estudios universitarios, según los datos de la alcaldía, la trayectoria educativa de un muchacho ejemplar como Márquez no pasa inadvertida. Este abogado comparte el título de universitario con dos abogados más, un agrónomo, un sociólogo, un médico y 30 maestros. De estos últimos solo 24 trabajan en la zona.

Como en la mayoría de casos de profesionales de San Luis de la Reina, Márquez fue uno de 65 estudiantes de la primera generación de bachilleres que en el invierno de 1997 se graduó en este pueblo. Estos 65 jóvenes fueron el resultado de la primera escuela pública que se reabrió en este municipio en 1992, cuando concluyó la guerra civil en el país.

Durante el tiempo en el que la educación se borró del mapa en San Luis de la Reina, hubo padres de familia a los que la idea de que sus hijos no estudiaran no les cuadró, por lo que contrataban maestros particulares para que llegaran a las casas de sus hijos a impartirles clases privadas. Uno de esos maestros fue Obdulio, ahora director de una de las escuelas más grandes en la zona. Este concejal de mostacho negro y abundante recuerda ahora cómo se arriesgó en más de una ocasión con tal de educar a los jóvenes de las familias más acomodadas del lugar. “En el verano del 89 y en el del 88, me pagaban unos 100 colones por trabajar con alumnos. Pero en el 88 me reclutó la guerrilla y me tuve que ir unos días con ellos”, recuerda el concejal.

A Obdulio la suerte de tener un papá que era muy cercano a la guerrilla, le permitió llegar a un acuerdo con quienes lo habían raptado: recobrar su libertad y su trabajo como maestro. El arreglo al que llegó lo obligaba a colaborar con la guerrilla como mensajero y como miembro encargado de esconder desde papeles, equipos y uniformes hasta armas y municiones.

Cuando recuperó su libertad, Obdulio regresó a su trabajo como docente y se encontró con una nueva realidad, sus alumnos varones no pasaban los 12 años de edad. “Trabajé con algunos niños pequeños, porque los varones de 12 años se tenían que ir a prestar servicio”.

En 1995, las cosas comenzaron a volver a la normalidad en San Luis de la Reina. Sin embargo, la educación aún no regresaba como debía, por lo que un grupo de padres de familia decidió tomar la iniciativa. Ese año se organizaron, compraron un terreno y solicitaron a la alcaldía que se pusiera en contacto con el Ministerio de Educación para que las clases regresaran. Dos años más tarde, se graduaría el primer grupo de bachilleres.

Aquellos tiempos en los que muchos se esforzaban de mil formas con tal de estudiar parecen haberse olvidado. Con el paso del tiempo, ese fervor por la educación dada su importancia se desvaneció ante un nuevo ideal en la mente de los jóvenes: la migración. “Aquí a los jóvenes nos les interesa estudiar. Ellos lo que quieren es cumplir los 15 años de edad para irse a trabajar a Estados Unidos. Ven gente que se ha ido sin saber leer y escribir y regresan con pisto. Entonces, ¿para qué estudiar?”, explica el padre Edgardo Hernández, quien lleva 11 años a cargo de la parroquia de este pueblo y que desde que llegó ha luchado contra esa desmotivación de los jóvenes. Hernández está consciente, como muchos otros, del poder detrás de la educación. “Imagínese la niña Epifania, que es una líder, ¿qué cosas no habría hecho si hubiera estudiado?”, reflexiona el párroco.

Al igual que muchos otros impulsores de desarrollo en este municipio, Hernández también se ha enfrentado con el analfabetismo. Desde su ámbito, el párroco ha tenido que ingeniárselas con tal de compartir su religión con una congregación donde la gran mayoría no sabe leer ni escribir. “A mí me sorprendió el analfabetismo cuando vine aquí. Me tocó trabajar mucho lo visual para que me entendieran. Eso se trata de interpretar la Biblia, pero al final la Biblia motivó a mucha gente a querer leer”, relata.

El párroco de San Luis de la Reina, Edgardo Hernández, pinta una puerta en el patio de la parroquia.

El párroco de San Luis de la Reina, Edgardo Hernández, pinta una puerta en el patio de la parroquia.

Hernández, un ferviente seguidor de monseñor Óscar Arnulfo Romero, se ha ingeniado un sinfín de proyectos juveniles con tal de cambiar la visión de los jóvenes de este pueblo. Algunos de sus proyectos han logrado incentivar a muchos, sin embargo, el porcentaje de jóvenes que abandonan sus familias y su tierra para viajar hacia Estados Unidos parece no disminuir. Uno de esos proyectos consistía en unos cursos de computación en los que algunos jóvenes tenían la oportunidad de sentarse frente a una computadora con internet y descubrir el mundo. La sola idea como tal sonaba perfecta. Sin embargo, al cabo de un año de trabajar en este proyecto, los jóvenes fueron perdiendo el interés. Este año, esos cursos no se impartieron más. Aún así, Hernández parece no rendirse. Este año, la apuesta son unas clases de música.

Otro de los impulsores del desarrollo de este municipio a menor escala es el juez Omar Posada, quien tiene seis años de trabajar en el lugar como Juez de Paz. Cuando Posada llegó a San Luis de la Reina se encontró con un municipio con bajos niveles de violencia y con casos comunes de delitos como amenazas, lesiones o contrabando de mercadería entre Honduras y El Salvador. Solo en 2012, este juzgado atendió unos 84 casos, de los que solo tres se trataron de homicidios. Lo que sí representó un reto para este juez fue el analfabetismo institucional. “Cuando yo vine aquí, la fotocopiadora nueva estaba guardada y no sabían cómo programar un fax”, recuerda.

Asimismo, Posada encontró un juzgado que tenía empleados que habían estado trabajando en ese lugar desde que se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992 y que eran analfabetos funcionales. Uno de ellos era el notificador-citador, que de acuerdo con su cargo, es la persona encargada de redactar las actas de citación y desplazamiento para personas. Al igual que los demás impulsores de desarrollo, Posada puso manos a la obra y buscó salidas a algunos de estos problemas. “Lo que hice fue que lo puse a hacer planas, para que practicara la escritura. Además, hicimos formatos de actas para que él las llenara y no tuviera que redactar todo un texto. Y créame que él ha mejorado”, dice Posada.

Los cursos de computación que inició el padre Hernández habrían sido uno de los proyectos más importantes para esta comunidad, dado que este es un municipio que también sufre de analfabetismo en la comunicación. En 2009, según datos del PNUD, los servicios de internet en este municipio eran nulos y solo un 33 % de la población tenía servicios de telefonía. A pesar de que los teléfonos parecían despuntar, la sola ubicación geográfica de este pueblo que queda a más de tres horas de viaje en carro desde la capital juega en contra de la tecnología.

–Si quiere hablar, póngase allá, donde está esa lomita, a la par de la ceiba –me indica uno de los maestros del Centro Escolar Cantón San Antonio, al explicar dónde hay señal para teléfonos celulares–. Pero si tiene salida para hablar con Tigo Honduras, entonces póngase ahí debajo de la lomita.

La diferencia de oportunidades, la posibilidad de ponerse en contacto con el mundo, también se ve en la telefonía. El alcalde, por ejemplo, usa un modesto y avejentado teléfono Nokia Flip diminuto. Márquez, en cambio, un Samsung Galaxy S-III de última generación. Desde él puede, por ejemplo, usar su cuenta de Whatsapp para intercambiar información, incluidas imágenes y documentos varios. El alcalde tiene un aparato que solo le permite recibir y hacer llamadas, y recibir y enviar mensajes de texto. Claro, que esta última función no la usa porque le requiere demasiado tiempo y esfuerzo. 

Otra ventana al mundo que Fermín no puede utilizar es esa computadora portátil HP que mantiene sobre su escritorio.

–¿Y usted puede usar la computadora? –le pregunto, en una de nuestras conversaciones.

–No, no puedo. Yo prefiero escribir en el papel –responde.

Las hojas que había guardado entre las páginas de su agenda contienen información sobre las cotizaciones de maquinaria para la construcción de obras públicas que la alcaldía pretende adquirir. ¿Y el alcalde que debe tomar una decisión sobre la adquisición de equipo puede hacer operaciones aritméticas simples?

–No todo. Sé sumar un poco, pero me cuesta. Lo demás no lo puedo hacer. Pero yo no me preocupo porque para eso está la tecnología –me explica. De inmediato entiendo cuál era la duda que surgía en la mente de los que señalaban a Fermín y a su concejo por no saber leer ni escribir: ¿Cómo toma decisiones un concejo en el que no todos están seguros de las cosas que firman?

Y es que a simple vista, este alcalde es todo un líder: un hombre capaz de tomar decisiones e influir en otras personas para alcanzar metas y objetivos. Sin embargo, lo que Fermín no logra ver es que su liderazgo y todas sus decisiones se basan en las opiniones de terceros, como el secretario Márquez, porque él es analfabeto. Es como que Fermín fuese una persona ciega que confía en lo que otros dicen para poder caminar sin resbalar.

Esa ceguera también se refleja en la vida cotidiana de San Luis de la Reina. Para María Ramos, dueña de una de las tiendas del pueblo que dice que siempre fue “dura” para el estudio por lo que nunca pasó del primer grado, el analfabetismo hace que sus decisiones sean cuestión de confianza. “Aquí las personas son honestas y lo conocen a uno. Cuando doy vuelto yo confío en que las personas son decentes”, dice Ramos, de 74 años.

Por ahora, las decisiones sobre el futuro de San Luis de la Reina, este municipio que para 2009 tenía un índice de desarrollo humano de 0.62 -en una escala donde cero es el estado más bajo de desarrollo humano y uno el más alto posible- está en manos de la buena fe de los consejeros de Fermín y su concejo.

Estos días, este alcalde y su concejo dicen tener claras las prioridades de este municipio. “Aquí tenemos tres proyectos que queremos hacer. Son cosas que la gente quiere: Primero, un estadio de fútbol, después un mercado municipal y en tercer lugar un proyecto de aguas negras en una parte del casco urbano”, dice el alcalde.

Alumnas de la escuela de alfabetización de adultos en el cantón San Antonio caminan hacia sus hogares después de que la clase terminó.

Alumnas de la escuela de alfabetización de adultos en el cantón San Antonio caminan hacia sus hogares después de que la clase terminó.

Comentarios:
  • Facebook ()
  • El Faro (1)
Estimado lector: nuestro sistema de comentarios está siendo actualizado y esperamos tenerlo de regreso en la brevedad posible. Nos disculpamos por los inconvenientes y agradecemos su comprensión.
Lo sentimos, esta nota no tiene comentarios habilitados.