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Entierro de una desaparecida

Daniel Valencia Caravantes
El Faro / Publicado el 13 de Marzo de 2013
El de Iris Martínez y Verónica Platero, ambas estudiantes de enfermería de un instituto nacional, fue uno de los más de 600 casos de desaparecidos registrados en 2012. Noé Martínez, convencido de que solo él anduvo buscando a su hija Iris, se reencontró por fin con ella para velarla y enterrarla.

Noé Martínez, padre Iris Martínez, carga una foto de su hija durante el funeral en el Cementerio Municipal de Soyapango el 12 de marzo 2013. Foto AFP

Noé Martínez, padre Iris Martínez, carga una foto de su hija durante el funeral en el Cementerio Municipal de Soyapango el 12 de marzo 2013. Foto AFP

Tres jóvenes estudiantes de un colegio de la localidad conversan y ríen en la esquina del centro comercial Unicentro cuando, de pronto, ven que se acerca, a paso muy lento, una pequeña procesión compuesta por una carroza fúnebre, una pareja montada en una motocicleta, un microbús Coaster atiborrado de gente, un carro de la policía con cuatro agentes en su interior y tres automotores correspondientes a igual número de canales de la televisión local.

Las tres jovencitas que ven la carroza fúnebre dejan de reír un instante, segundos congelados en el tiempo, y luego miran hacia la carroza fúnebre. Quizá ni piensan nada y luego vuelven a lo suyo. La carroza fúnebre se detiene y ellas siguen riendo. Una incluso se enrolla, como buscando algo que se la ha perdido en el suelo, muerta de la risa. Su vida cotidiana es tan cotidiana que nunca, quizá nunca, se enteren de que justo en esa esquina en la que ellas están paradas, riendo, estuvo parada otra joven, hace cuatro meses, antes de desaparecer, antes de que le pegaran un tiro en la cabeza, antes de terminar convertida en un cuerpo en descomposición adentro de una bolsa negra.

Su nombre era Iris Martínez. Es la chica de la foto que está sujeta encima del ataúd que lidera la procesión. El ataúd, color crema, con orejas doradas, es un ataúd para niños. El padre de Iris, Noé, que persigue al ataúd desde su motocicleta, consideró que no tenía sentido que un puñado de huesos descansaran un un féretro más grande.

El semáforo arranca y la procesión fúnebre sigue su lenta marcha por una de las principales calles de la ciudad de Soyapango, la ciudad más densamente poblada del país. Es tan lenta su marcha, tan lenta su marcha, tan lenta su marcha, que desde una de las aceras un paletero, una vendedora de frescos en bolsa, estudiantes, un taxista que está parqueado, tres levantadores de pesas, una cortadora de pelo, un niño con una minuta, un minutero con su carreta, una señora con rulos en la cabeza, una abuela con un delantal, un niño con una manta para las tortillas y los clientes de una tortillería le dedican una paciente mirada a la procesión que avanza por una calle que, en vida, la chica que va en el féretro transitó todos los días.

Es mediodía. El sol calienta, y decenas de jóvenes vestidos con uniformes escolares caminan por las aceras. En las paredes de las casas ubicadas en esas aceras hay grafitos. Sobre todo por las circunstancias que rodean el asesinato de Iris, esas paredes se antojan surrealistas. Por ratos pareciera que de pronto van a cobrar vida para tragarse a los jóvenes estudiantes que caminan a su costado. Uno podría decir que todas las paredes de las casas ubicadas a ambos lados de la calles están marcadas por grafitos. Pero eso no sería del todo cierto. La aproximación más exacta sería esta: la inmensa mayoría de las paredes de las casas ubicadas a ambos lados de las calles están manchadas con grafitos de las pandillas.

Es como si un gigante hubiera convertido a las paredes de esas casas en los renglones de una hoja de tareas, en los que tiene que llenar planas compuestas por ganchos y garabatos; y en este tramo, si uno intenta descifrar las letras, aparecerá frente a sus ojos unas emes y eses, jeroglíficos que solo la pandilla entiende con facilidad, y que a lo largo de esta calle parecieran no encontrar fin.

La lectura menos fantasiosa de esos grafitos sería esta: a pesar de que 2012 fue un parteaguas debido a la tregua pactada entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha, provocando el desplome de los homicidios, esta no ha logrado eliminar el verdadero significado que esconden esos grafitos en las paredes: el control territorial de las pandillas. Solo eso explica, por ejemplo, que ocho policías tuvieran que custodiar, durante más de 12 horas, la velación de Iris, porque en la comunidad en donde vivía Iris, opera una clica del Barrio 18.

Así que esta procesión, que atraviesa estos territorios dominados por las pandillas, y no por el Estado, es un desafío a los alcances de esa tregua. Como lo fue, en Octubre pasado, la desaparición de Iris. Como lo fue, durante todo 2012, los más de 600 casos de desaparecidos como ella.

La procesión ha recorrido un kilómetro, se ha alejado del centro comercial Unicentro, y está entrando a la colonia Guadalupe, de Soyapango. A los lados de las calles, la mancha de los grafitos nos sigue persiguiendo. A los lados de la calle, decenas de jóvenes están ora parados, ora caminando, ora riendo, ora saltando, ora haciéndole parada a los buses que viajan en el lado contrario de la calle. Son estudiantes del Liceo Cristiano Reverendo Juan Bueno, que salen en estampida, pero se detienen en la acera, observan la procesión y vuelven lo suyo, a su confiada juventud.

Iris Martínez, en vida, era igual que ellos.

El 10 de diciembre de 2012 se hubiera graduado como bachiller opción Salud del Instituto Nacional San Luis de Soyapango, con todo lo que eso le significaba a la familia: la primera bachiller de todoa su estirpe, la inversión económica de toda la vida, los sueños, los anhelos…

Pero vino alguien y se la llevó, de la esquina del centro comercial Unicentro, en el que hace muy poco unas jóvenes reían. Sus captores también se llevaron a Verónica Platero, su mejor amiga, cuando ambas iban hacia su centro de estudios, un lunes por la mañana. Tres meses y medio después, sus cadáveres aparecieron cerca de un basural a la orilla de la carretera que conecta a los municipios de Soyapango y Ciudad Delgado. A Verónica la enterraron hace un par de semanas. Eso establecieron los forenses que identificaron su cadáver más rápido porque se descompuso menos que el de Iris.

A las dos chicas, para matarlas, les pegaron un tiro en la cabeza. Uno a cada una.

Ni la Policía ni la Fiscalía tienen resuelto el caso, pero sospechan que las pandillas están detrás. O la pandilla Barrio 18, que opera en la comunidad en la que ambas chicas vivían; o la Mara Salvatrucha, que opera en el sector en el que está el Instituto en el que ambas estudiaban. Un sector en el que las paredes también quieren tragarse a los jóvenes estudiantes.

Antes de entrar al centro de la ciudad de Soyapango, un agente de la Policía a bordo de una moto desvía el tráfico y la procesión. El cementerio queda a un costado del centro, detrás de una colonia de pequeñas casas de un solo piso.

A las 12:25 p.m., Noé Martínez, el padre de Iris, se quiebra. “¡¿Quiénes le hicieron esto a mi hija?!”, grita, y luego se funde en un abrazo con su hermano.

A las 12:45 el entierro ha finalizado. Sentados sobre una de las lápidas, una mujer le comenta a otra mujer: “Pero gracias a Dios la familia ahora ya sabe dónde está la niña”.

Temprano en la mañana, desde la noche anterior, en la vela, pero sobre todo desde el pasado 17 de febrero, cuando aparecieron los cuerpos, Noé ya se había entregado por completo a ese único consuelo.

Parientes y amigos de Iris Martínez participan de su funeral en el Cementerio Municipal de Soyapango. Foto AFP

Parientes y amigos de Iris Martínez participan de su funeral en el Cementerio Municipal de Soyapango. Foto AFP

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