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Iniciar el cambio

Ricardo Ribera
El Faro / Publicado el 29 de Diciembre de 2012

Mi vida ha cambiado. O, más bien, soy yo el que ha cambiado. Para bien. Me siento más sosegado, más tranquilo y paciente, más dueño de mí mismo. Sobre todo, más equilibrado en la relación con mis semejantes. Descubriendo facetas mías que yo mismo desconocía. Más en armonía. En armonía con el cosmos y conmigo mismo.

Todo comenzó con una pequeña cosa, una simple incidencia, que dejé prosperar y me obligó a adaptarme e iniciar el cambio. A más de alguno, lo sé, va a darle risa la insignificancia de la anécdota. Pero he decidido contarlo. Aún corriendo el riesgo de hacer el ridículo, de ser objeto de burlas o víctima de los chistes de mis conocidos. Tal vez a alguien pueda ayudarle “mi testimonio”. Así como me cambió a mí, la experiencia pudiera servirle a otra persona para comenzar a cambiar.

La cosa es que hace ya varias semanas, tal vez unos tres meses, se me arruinó la bocina del carro. Debe ser el “relé”, me dijo el mecánico cuando, aprovechando que iba a hacerle un afinado al motor, yo le comenté de la avería acústica. El hecho es que a él se le olvidó y a mí también al momento de recoger el automóvil del taller. Pero bien rápido me di cuenta. Al no más meterme en el tráfico de la ciudad, de la gran ciudad cabría decir, volvió a hacerme falta el claxon.

Son montón de circunstancias, casos e incidentes en los que resulta necesario pitar. Al menos es lo que yo pensaba. La sensación de impotencia y frustración, cada vez que yo presionaba el claxon y no sonaba nada, era agobiante al principio. Hasta golpes en el volante llegué a dar, impaciente ante la falta de reacción del mecanismo. El silencio por toda respuesta. Ganas de gesticular me daban, pero de nada serviría. Sin pito desde los otros carros no te oyen, ni tampoco se te van a quedar viendo tus señas. Peor fuera abrir la ventanilla y ponerse a gritar cosas. Ya probé ambas opciones. No sirve.

Lo pasé mal al principio. Yo, que me había acostumbrado a manejar rápido, deportivamente, agresivamente. Es que “si no es así, aquí nadie respeta” – decía yo, a modo de justificación. Yo, que me transformaba a no más sentarme tras el timón. Que me había tocado más de una vez excusarme con amigos y conocidos a los que había sobrepasado pitando o puteando, explicándoles: es que yo en ese momento no te reconocí, es que “yo me transformo”, “en la calle yo no conozco a nadie”, al volante “soy otro, dejo de ser yo”.

Ahora, triste de mí, desbocinado, sometido al silencio impotente, mi suerte había cambiado. ¿Qué hacer si el de delante, distraído o falto de reflejos, no arranca a pesar de que el semáforo ya se puso verde desde hace varios segundos? Nada, esperar. Pensar: “pobre señor, ya está mayor, ya le cuesta”. Y esperar. O: “pobrecita la señora, debe estar distraída, hay que tenerle paciencia”. Y esperar. Tal vez se trata de un joven: “probablemente con demasiadas cosas en la cabeza, o quizás enamorado, o lo ha dejado la novia, o peor, trabaja en un call center, o está mensajeando por el celular (“por cierto, Dios mío, cómo necesitan comunicarse los jóvenes hoy día”). Y esperar.

¿Qué hacer si del carril contiguo, de forma brusca y desconsiderada, ese carro está invadiendo mi carril, sin ni siquiera haber puesto la vía para avisar que quería sobrepasarme? Ante la imposibilidad de pitar, para protestar o para advertirle de que no voy a permitir tal abuso y que “andá a hacerle la maniobra a tu abuelita”, pues no queda de otra que frenar y ceder amablemente el paso. Incluso sonreír (ya se sabe, “al mal tiempo, buena cara”) para no quedar como un ahuevado que no sabe hacerse respetar. No, mejor que el hijuetantas piense que yo soy así de buena gente.

¿Qué hacer si un carro parqueado, en vez de esperar a que yo pase, arranca y se incorpora al tráfico, cabal cuando estoy llegando a su altura, como si sólo hubiera estado esperando mi llegada para decidir ponerse en marcha? Una buena pitazón tal vez lo hubiera congelado en su impulso, lo hubiera hecho frenar. O tal vez no, pero al menos me hubiese permitido externar mi protesta y mi cólera. Sin pito no hay de otra que frenar previsoramente, dejarle que se incorpore, y si él a última hora decide mirar, como pidiendo permiso, hasta hacerle con la mano un gesto de “pase, pase usted, no hay problema, yo espero”.

Poco a poco, han ido pasando los días y las semanas, y las repetidas muestras por mi parte de amabilidad, comprensión y paciencia siento que me están haciendo cambiar. Incluso me parece que motivaron en los demás algún cambio. Gente que, sorprendida, me agradece mi buena disposición. Personas que reaccionan disculpándose por su franca torpeza o su evidente abuso. “Gracias, es usted muy amable, va a disculpar.” Yo, disimulo que todo lo ha provocado la avería del claxon, y agradezco las muestras de simpatía tratando de poner cara de “es que yo soy así, buena gente, paciente, condescendiente”. Así me ven. Y de tanto verme así los demás, estoy empezando a creerlo yo también. Voy camino de cambiar, iniciando mi propio cambio.

En este tiempo navideño, con el cambio de era y de baktún incluidos, me parece que estoy en la buena onda. Es más, ya he decidido que no voy a reparar ese “relé” o lo que sea que está fallando. Ya no voy a contribuir más a la contaminación acústica. Sobre todo, no voy a seguir aportando más a las malas vibras, a la agresividad y la falta de fraternidad del “Gran San Salvador”. Esa mega-urbe que va camino de aplastarnos la vida con su ruido, sus congestionamientos, sus prisas, su tráfico imposible y su caos; ya no voy a dejar que me imponga su pulso y su revolverse frenético. Tenemos que humanizar la ciudad y sólo va a ser posible cuando los ciudadanos decidamos iniciar el cambio.

De mi parte: “paz y amor”, como en los nostálgicos tiempos del pelo largo y del rock and roll. A todos y todas: ¡Feliz navidad y un mejor año 2013! ¡Que el nuevo año transcurra con menos histeria y más historia, más armónico y menos estridente, no tan vacío sino pleno de humanidad, de trabajo personal y de logros colectivos!

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