La cárcel de “lujo” de las pandillas

  • Foto: Pau Coll
    Ubicado en pleno centro de Cojutepeque, la cabecera departamental de Cuscatlán, este penal es el feudo por excelencia de la facción Sureños, del Barrio 18, si bien ahora la dirigencia de la pandilla trata de mantener un discurso de unidad. Uno de sus líderes y voceros, Carlos Ernesto Mojica Lechuga, (a) Viejo Lin, está preso en este penal desde el 9 de marzo, cuando fue trasladado desde el Centro Penitenciario de Máxima Seguridad en Zacatecoluca.
  • Foto: Pau Coll
    Es difícil calcular la capacidad de este antiguo cuartel militar transformado en cárcel, ya que cualquier rincón es adaptado para apiñar a seres humanos. La versión de la dirección del centro también varía según quien pregunta. La realidad aproximada es que unos mil 200 reos conviven en un espacio diseñado para a un máximo de 300.
  • Foto: Pau Coll
    Según el último informe sobre Seguridad Ciudadana en las Américas, redactado por la Organización de Estados Americanos, El Salvador es el país con mayor hacinamiento carcelario del continente americano, seguido por Haití y Bolivia. Con una capacidad total de poco más de 8 mil plazas, en El Salvador se amontonan más de 27 mil reos.
  • Foto: Pau Coll
    A consecuencia del hacinamiento extremo, el suelo del penal está lleno de fluidos y de basura que desprenden un asfixiante hedor. Los presos solo tienen agua en el penal durante una hora en el día y otra hora durante el encierro. La falta de higiene conlleva numerosas enfermedades como hongos y sarna.
  • Foto: Pau Coll
    Cuando se le pregunta a los pandilleros qué es lo peor de estar en esta cárcel, la respuesta suele ser la misma: “Estamos trisaturados”. La respuesta de los voceros de los tres sectores que existen en Cojutepeque también es ilustrativa: “Solamente pedimos condiciones de vida más adecuadas a las de un ser humano”.
  • Foto: Pau Coll
    Celda 1 del Sector 2. En esta galera pasan las 12 horas del encierro 180 personas. Las celdas no tienen luz eléctrica y algunas ni siquiera ventanas, por lo que incluso a mediodía la oscuridad es absoluta. Por la falta de espacio, hay sectores en los que en los patios cuelgan plásticos del techo y debajo improvisan hamacas-cama donde viven los reos que ya no caben en los sectores.
  • Foto: Pau Coll
    La comida también es motivo habitual de queja entre los internos. Muy poca variedad y a veces no llega para todos. Aunque desde el inicio de la tregua los familiares pueden entrar comida en los penales, los reos aseguran que es muy difícil que la autoricen o que pase los controles de seguridad.
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    Aunque las condiciones de vida en Cojutepeque son infrahumanas, el principal reclamo de la pandilla es su derecho a programas de rehabilitación como talleres productivos o educación. Existe en el penal una pequeña área de escuela y talleres, pero falta personal educativo.
  • Foto: Pau Coll
    A Luis Méndez le apodan “Muerte”. Y eso es porque a partir de un “fierrazo” que recibió hace dos años anda por el penal con las tripas de fuera, protegidas solo por una bolsa plástica como las que sirven para embolsar verduras en un supermercado. “No me dan ningún medicamento, solo cuando salgo al hospital me dan unas pastillas para el dolor…”, dice. Cuando se le tomó esta fotografía, Luis llevaba dos meses sin atención médica especializada.
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    La oscuridad en algunas celdas es total, al punto que hay que caminar a tientas aunque sean las 2 de la tarde de un día soleado. Además, el espacio transitable es mínimo debido a que cualquier rincón es habilitado para dormir. Los pandilleros han desarrollado un sistema especial para guiarse en la oscuridad que consiste en caminar unos pegados con otros entrelazando sus brazos para no chocar con los catres o entre sí.
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    El pasado 12 de septiembre, el obispo Fabio Colindres celebró una misa en Cojutepeque en apoyo a la tregua entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha-13. Desde el inicio de este proceso ha habido una serie de mejoras en los penales, como la posibilidad de recibir visitas de niños o que la familia pueda ingresarles hasta 50 dólares mensuales o la instalación de televisores en las celdas para matar el tiempo.
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    Aunque el penal ya no da abasto, los reos aseguran que siguen entrando semanalmente más homeboys. La reinserción como razón de ser de las cárceles –consignada en el artículo 27 de la Constitución– es papel mojado en El Salvador. Al contrario, las condiciones de vida son medievales. Como llegó a decir este año el exdirector de Centros Penales, Douglas Moreno: “Nadie se rehabilita en un escusado”.
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El Salvador es el país con las cárceles más hacinadas del continente y el Centro Penal de Cojutepeque es la cárcel salvadoreña más nauseabunda. Este antiguo cuartel habilitado como prisión para pandilleros de la facción Sureños del Barrio 18 es un oscuro laberinto de celdas y sectores repleto de basura. Desde inicios de la tregua entre las dos principales pandillas algunas voces han apuntado a que las cárceles de pandilleros han obtenido mejoras y bienes innecesarios para un penal. Cojutepeque ilustra mejor que ningún otro centro lo contrario: la infinidad de carencias que impiden que el sistema penitenciario cumpla la función rehabilitadora que le asigna la Constitución.
Publicada el 26 de Noviembre de 2012
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