El Salvador que no nos gusta mirar

  • Foto: Roberto Valencia

    Una niña llora desconsolada por el entierro de su hermano mayor, un joven pandillero llamado Carlos Alfredo, que el 31 de julio de 2012 fue sepultado en el cementerio del barrio Paleca, en el municipio de Delgado (San Salvador). En la década comprendida entre 2002 y 2011 se cometieron más de 34,000 homicidios en El Salvador; suficientes para llenar de cadáveres los graderíos –y los palcos– del Estadio Cuscatlán.

  • Foto: Roberto Valencia

    El fenómeno de las desapariciones no es nuevo. Cientos de madres, de hermanos y de esposas se abocan cada año a las distintas sedes del Instituto de Medicina Legal (IML) para preguntar por sus seres queridos. Esta fotografía se tomó el 15 de julio de 2011, y en ella se aprecian algunos avisos colocados en el corcho de la sede central del IML, en el Centro de Gobierno, en San Salvador. Tan solo en la región metropolitana, la institución recopiló en el año 2011 arriba de 2,000 reportes de desaparecidos.

  • Foto: Roberto Valencia

    La presencia de grafitos alusivos a las pandillas es una constante en comunidades y cantones empobrecidos de El Salvador. Este placazo del Barrio 18 estaba el 8 de junio de 2012 en uno de los muros que circundan la cancha de fútbol del centro escolar de la urbanización Santa Eduviges, en Soyapango (San Salvador). Cuesta comprenderlo cuando se vive en residenciales y colonias de clase media y media-alta, pero las pandillas por lo general tienen una presencia muy activa en las comunidades de las que forman parte.

  • Foto: Roberto Valencia

    La vida en las comunidades es compleja, como lo es también el fenómeno de las pandillas. La línea divisoria entre buenos y malos no es tan sencilla de trazar como algunos quieren hacernos ver. Esta fotografía se tomó el 17 de junio de 2010 en el reparto La Campanera, en Soyapango (San Salvador) –quizá la comunidad más estigmatizada de todo el país–, después de un partido de fútbol entre jóvenes pandilleros y no pandilleros. En los cables, los tenis colgados explicitan la fuerte presencia de pandillas.

  • Foto: Roberto Valencia
    Foto: Roberto Valencia
  • Foto: Roberto Valencia

    En el Centro Penal de Izalco, el de más reciente construcción entre los 19 existentes en El Salvador, las autoridades utilizan esta tabla con fotografías de los reos para saber dónde se encuentran en cada momento. Cuando un interno es movido de su celda hacia otro espacio, el custodio a cargo de este peculiar panel de control tiene la obligación de mover la foto al clavo de la “Clínica”, de la “Visita íntima” o de cualquier otra área a la que sea trasladado.

  • Foto: Roberto Valencia

    La cifra real de pandilleros activos es hoy por hoy un misterio, pero desde el Ministerio de Seguridad Pública se habla de no menos de 64,000. El activo lo es cuando ha sido brincado, pero pueden pasar años desde el momento en que un niño o un joven comienzan a caminar –y a delinquir– con una pandilla y el instante de su brinco. Esta imagen, tomada también el 19 de junio de 2012 en el Centro Penal de Izalco, ilustra que ya no está tan arraigada la figura del pandillero reconocible por estar completamente tatuado.

  • Foto: Roberto Valencia

    Hasta la fecha, la represión ha sido la única respuesta que el Estado ha dado al fenómeno de las maras desde que irrumpió en El Salvador a mediados de la década de los 90. Esta imagen corresponde a la presentación parcial ante los medios de comunicación de la Unidad Antipandillas de la Policía Nacional Civil, que tuvo lugar el 9 de febrero de 2012 en la academia policial, ubicada en San Luis Talpa (La Paz). Las negociaciones que han conducido a la tregua vigente son en realidad el primer ensayo de una respuesta diferente.

  • Foto: Roberto Valencia

    Esta es la propaganda del Gobierno de Funes a mediados de 2010, apenas unas semanas después de la quema de un microbús en Mejicanos con todos sus pasajeros en el interior. Foto archivo El Faro.

  • Foto: Roberto Valencia

    Septiembre de 2010 es un punto de inflexión en la evolución del fenómeno. Las dos pandillas echaron un pulso al Estado y demostraron la eficacia de la estructura de terror que mantienen en los amplios sectores del país. Durante tres días consecutivos el transporte público y el comercio informal operó bajo mínimos, a pesar de que la Fuerza Armada reforzó su presencia en las calles. En la imagen, tomada el 9 de septiembre de 2010, se ve a un soldado en un automotor artillado que se ubicó en la plaza Manuel José Arce, en una esquina del mercado La Tiendona, en San Salvador.

  • Foto: Roberto Valencia

    Hay colonias del Gran San Salvador en las que las pandillas han pagado la construcción de las verjas de los pasajes e incluso pagan el salario de los vigilantes privados. En esas comunidades la pandilla, hoy por hoy, va mucho más allá del grupo de 15, 20 o 30 jóvenes pandilleros activos y su círculo de aspirantes o simpatizantes. Son el verdadero poder local, un poder impuesto a base de terror, amedrentamiento y muerte. Esta fotografía fue tomada el 16 de febrero de 2010 en la comunidad Las Iberias, de San Salvador, uno de esos lugares donde se exige a los vecinos “ver, oír y callar”.

  • Foto: Roberto Valencia

    La respuesta del Estado ante el fenómeno de la violencia juvenil ha sido, por lo general, poco afortunada. En los centros de detención, cuya función es la resocialización de sus inquilinos, las condiciones distan mucho de ser las idóneas. Fotografiadas el 2 de diciembre de 2011, estas son las celdas de aislamiento del Centro de Inserción de Menores Sendero de Libertad, ubicado en Ilobasco (Cabañas). En uno de estos cubículos, del tamaño de un sofá, han convivido hasta 14 jóvenes infractores.

  • Foto: Roberto Valencia

    Bandera El Salvador. Foto archivo El Faro.

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Ni una sola de estas imágenes se concibió para formar parte de un reportaje gráfico. De hecho, su autor ni siquiera es un fotoperiodista en el sentido estricto de la palabra, sino un reportero que desde hace tres años entra con relativa frecuencia a comunidades con fuerte presencia de pandillas y que, cuando le dejan, lleva una cámara fotográfica y toma algunos cuadros. Se trata nomás de una mirada –subjetiva, como todas las miradas– del fenómeno de violencia que nos define como país ante el resto del mundo.
Publicada el 3 de Septiembre de 2012
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