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Pedazos de catedral

Elena Salamanca

 
 

1. 

Sucedió algo. Nos enteramos por la prensa escrita de que los mosaicos del artista Fernando Llort que cubrían la fachada de la Catedral de San Salvador estaban siendo removidos. No se sabe exactamente quién dio la autorización. Hay una leve declaración en prensa escrita sobre el hecho: un sacerdote de catedral, que no es el arzobispo, la máxima autoridad y quien debió haber dado declaraciones, dijo que un artista había donado una escultura de Jesús, en mármol, que el mármol y los mosaicos de colores no combinaban; por eso se retiraban.

Al cierre de esta nota no se sabe, no hay declaraciones, de quién dio la orden: ¿Fue el arzobispado? ¿Hubo alguna consulta? ¿Lo sabía Fernando Llort? ¿Dio permiso la OPAMSS, la Alcaldía de San Salvador, la ley de Patrimonio Cultural?

No hay respuesta aún a estas preguntas, pero cada domingo, después de misa, el arzobispo ofrece una conferencia de prensa y  ojalá toque el tema de la “remodelación de la catedral”.

2.

La catedral había sido decorada por un mosaico de Fernando Llort, un pintor salvadoreño reconocido por la iconización de su obra en los productos populares y artesanales y por crear la identidad iconográfica de un pueblo, que posteriormente se convirtió casi en la identidad iconográfica nacional.

La obra de Llort es colocada por varios críticos dentro del llamado arte naif, arte ingenuo; antes de Llort, en el país son solo reconocidas en esta corriente Zelié y Maya Salarrué. Las figuras características de Llort son geométricas y coloridas. Esta obra trae consigo la resignificación del paisaje y su redimensión. La montaña, la casa, la iglesia, el ave, el cuzuco y otros animales adquieren nuevas formas y líneas en esta obra.

Llort comenzó con este trabajo en los años 70 en el pueblo de La Palma, departamento de Chalatenango; enseñó a los campesinos a pintar y a diseñar como él lo hacía. De ahí surgieron otros pintores y muchos artesanos hasta lograr que la sostenibilidad económica de muchas familias de La Palma dependiera de la producción artesanal.Con el paso del tiempo, la artesanía llortiana constituyó el principal patrimonio cultural de La Palma y su principal referente.

Esta creación de una tradición en el siglo XX es única de La Palma; a pesar de que en El Salvador haya muchos pueblos de riqueza artesanal, la mayoría de estas riquezas –trabajos en madera, tule o barro- son herencias de oficios coloniales y de la preponderancia de un producto regional. El trabajo de Llort fue diferente: él mismo, con la confianza y la réplica del pueblo, creó una tradición e instituyó una herencia cultural.

3.

La obra de Llort y sus reproducciones decorativas en La Palma han sido interpretadas por estudiosos como patrimonio nacional. Así lo señala un trabajo de graduación sobre Estudios Latinoamericanos de la Universidad Autónoma de México. En su trabajo, Artesanías de La Palma: color para una nueva identidad salvadoreña, el Msc. Aldo Estrada Quiroz  menciona que el proceso social patrimonial de la obra Llortiana, que identifica La Palma, concluye precisamente en el momento en que en la catedral metropolitana se coloca el mosaico que hoy nos ocupa.

“Las artesanías naif de la Palma son la clara referencia de añoranzas de un pueblo de rostro indefinido, de un rostro azotado por la oligarquía nacional, la pobreza, la desesperanza, la marginación, el desempleo, la delincuencia, la deforestación, la migración, la crisis económica y la frustración social de su población dentro y fuera de este país; contraposición de estas artesanías que han ido creando un fenómeno identitario y cultural novedoso e importante por sus singulares características, un producto que nace de un intelectual y es apropiado y desarrollado por el pueblo salvadoreño en sectores diversos, por lo cual se fortalece, y (…) se declara patrimonio nacional desde el momento en que se decora (con la obra) la fachada de la catedral de San Salvador”, sostiene Estrada Quiroz.

El artículo es un fragmento del trabajo de investigación o tesis de maestría en Estudios Latinoamericanos titulado: “Arte y Artesanía de La Palma: orígenes y trayectoria de una expresión cultural de El Salvador contemporáneo” en 2004. 

4. 

La catedral era llamada por muchos “La toalla” o “La toallota” porque precisamente ha logrado permear en el imaginario salvadoreño. En los años 80, la marca de toallas Hilasal sacó una serie con reproducciones de obras de Fernando Llort. Los elementos que han intentado convertirse en símbolos de la salvadoreñidad han utilizado precisamente la obra de Fernando Llort como elemento icónico. Así vemos una copia de su obra en el envase de Kolashanpan y la firma de toallas Hilasal, por lo que su obra llegó a todos los estratos hasta lograr la máxima identificación. 

5. 

La catedral es bastante disímil estéticamente. No hay consonancia entre la fachada llortiana y los frescos interiores, los artesonados arabescos (cafés y verdes, con una estrella al centro) del ala mayor, y los artesonados barrocos (azules y dorados) de los costados, de los brazos de la cruz. La cúpula, por fuera fue decorada con relación al mosaico de Llort, y por dentro unos frescos bastante deficientes estéticamente, que parecen más bien un dibujo escolar en acuarela, donde se identifican unos curas (son dos cardenales, presuntamente, pero parecen más bien una sola masa, amorfa), unos niños eternamente hambrientos, una mujer, un león, unos arcángeles con las alas sucias y unos indígenas demasiado oscuros: en un color que raya entre el verde musgo y el negro. 

A esto se le suman cuatro evangelistas de mármol percudido a los costados del altar mayor, la decoración cromada y las estampas populares enmarcadas para los vía crucis. La catedral evoca, más bien, una enorme iglesia construida con dinero de remesas en lugar del máximo bastión del catolicismo en un país.

Habría sido mejor construir una edificación en consonancia estética y espiritual, un edificio monumental no solo por sus dimensiones sino por la obra que albergara, en otros países, las catedrales son museos, monumentos, joyas arquitectónicas, obras de arte. Pero la obra de Llort afuera no comulgaba con el desorden seudoclásico interior, y debido a la herencia cultural y artística del país, y la corta data de la edificación habría sido mejor que la obra llortiana se reprodujera en el interior, hasta lograr una estética propia y única, como sucede con las iglesias El Rosario y El Perpetuo Socorro, diseñadas por Rubén Martínez.

6.

La catedral por fuera tampoco tiene mucha consonancia con su entorno y la realidad del país.  En el costado derecho, el viernes por la tarde, cuando terminó la remoción de los azulejos –todavía no encuentro un verbo exacto para describir lo sucedido-, había una quinceañera en suntuoso vestido verde neón, con corset de pedrería bordada, listón que ataba el cuerpo y una falda de vuelos que parecía miles de bolsas plásticas verdes pegadas. Iba acompañada por sus damas de honor, el camarógrafo que registraba sus movimientos gráciles y sus familiares, la mayoría de mujeres enfundadas en tacones altos y vestidos pegados y llenos de lentejuelas, doradas y plateadas.Enfrente, en la Plaza Cívica, el ruido esquizoide de los vendedores ambulantes y las ventas de ropa de fin de año, los cohetes, la comida y las cachadas. 

Justo en el portón principal, que estaba cerrado, un borracho con el rostro desfigurado pedía limosna. Y frente al borracho, un hombre pequeño y viejocolocaba una pesa. Una báscula. Justo en la entrada principal del recinto sacro. “15 centavos su peso, 15 centavos su peso”, gritaba. 

Y al otro costado, al izquierdo, dos indigentes oscuros de costra se acomodaban para dormir en la entrada de esa ala, y a un lado, adentro del parqueo, había un gallo amarrado a una baranda.

7. 

El blanqueamiento, la homogenización.

La obra de Fernando Llort enmarcaba una catedral extrañamente blanca. Extrañamente pues la mayoría de catedrales de Latinoamérica y Europa han sido construidas en piedra. Pero la catedral de San Salvador, que pasó durante 50 convulsos años en construcción y se levantó con ladrillo y concreto armado, se pintó de blanco y en su fachada se colocaron los azulejos de Fernando Llort. 

La obra de Llort era una obra de color y de esperanza porque era, precisamente, una obra gráfica que logró identificar en los años 80 a un pueblo, La Palma, uno de los municipios de Chalatenango que era una de los principales escenarios de guerra civil del país en la misma década.

La catedral tal y como la conocimos hasta hace unos días, se inauguró después de la firma de los Acuerdos de paz. Pueden verse fotos de ella, a medio construir, rodeada de andamios y siempre gris cemento. Puede verse en otra fotografía una enorme pancarta con el retrato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo asesinado en 1980. Y puede verse  otra foto con la celebración capitalina de la firma de la paz: Ahí, una multitud celebra la culminación de más de 12 años de masacres y violaciones de derechos humanos afuera de catedral, alrededor de ella, inundando el centro histórico. Entonces se celebra la esperanza de que este país fuera mejor, se entusiasma por el futuro y por situaciones que no son más que palabras en países pobres como este. En esa foto la catedral está cubierta de mantas que celebran con júbilo la paz. Es una catedral a medias, siempre a punto del colapso o del desborde. Fue en esa época un bastión de lucha de las organizaciones, y desde ella, desde el eco de ese templo a medias, Monseñor Romero dijo, cada domingo, sus estremecedoras y sabias homilías, ahora consideradas documentos históricos.

Al concluirse su construcción, en la década de los 90, se pintó de blanco.
En la misma década, en 1992, se firmó la paz en El Salvador. En esos mismos años, Fernando Llort inició su proyecto del mosaico que decoraría la edificación durante más de una década.  

Cuando los mosaicos se colocan en catedral, cuando llega al máximo templo católico esta obra iconográfica que identificaba al pueblo, que era reproducida por campesinos y artesanos para ganarse el pan, que venía de la mano de un pacifista, y que era conocida popularmente como artesanía, se legitima el trabajo de los artesanos, de los más pobres de este país, del pueblo.

Es un momento de trascendencia histórica en el que el pueblo –reducido históricamente el poder de la tierra, del latifundio y la oligarquía- llega a ser visibilizado a través de  de las instituciones de mayor poder; el pueblo es reconocido y legitimado por la iglesia, finalmente, y ocupa un lugar de privilegio y respeto en su bastión de poder tangible, la catedral.

Pero ahora, no sabemos aún claramente quién ha derribado, destruido -las palabras tampoco son claras para este suceso, pues los azulejos fueron removidos a golpe de cincel y martillo, fueron destrozados y hecho añicos, güishtes, como llamamos nosotros a esos pedazos de vidrio y porcelana de imposible reconstrucción- ese mural, y la catedral es un gran edificio blanco que será coronado, según una vaga declaración de un sacerdote a un rotativo, con una escultura de Jesús. De mármol.

El mármol blanco sobre las paredes blancas no hace más que remitirme al proceso de  homogenización, de blanqueamiento, que durante finales del Siglo XIX e inicios del XX llevaron a cabo los líderes de las naciones latinoamericanas. La homogenización consistía en borrar; en borrar toda huella física, tangible, de etnicidad. Consistía en blanquear, en aclarar las pieles, en borrar el rastro y el rostro indígena de los ciudadanos de las naciones latinoamericanas que apenas emergían y europeizar lo mejor posible a la raza -término usado entonces-, a los descendientes y nuevos ciudadanos de los países.

Entre todas las interpretaciones que se le pueden dar al hecho, para mí, la iglesia, el Arzobispado, quien sea, ha borrado al pueblo de su catedral con la destrucción de la obra de Fernando Llort; se rompe esa comunión y ese reconocimiento al pueblo con el cambio del mosaico colorido por el inmaculado mármol.

Podría leerse como una clara separación de la iglesia del pueblo, más allá de los criterios estéticos que los encargados de este suceso puedan esgrimir, esta es una ruptura -y violenta: con secretismo, sin consulta, a golpe, a martillo y cincel-, del reconocimiento y legitimidad del campesino -por lo general el más pobre- entre quienes forman este país.

8.

Habría que valorar qué sentido ha tomado la catedral para la ciudadanía. Hay muchas protestas de artistas, feligreses, historiadores, intelectuales a través de las redes sociales, y otras se realizaron presenciales, el viernes, frente a catedral. 

Algunos feligreses se sienten irrespetados porque la decisión no fue consultada, no habo un anuncio. Y algunos artistas se sienten ofendidos por quitar/borrar/machacar/demoler la obra de Fernando Llort.

Esto debería encaminarnos a hacernos algunas preguntas alrededor de lo que significa una catedral. 

Desde la Edad Media, la construcción de las catedrales tenía un sentido místico, el acercamiento a Dios, por eso en el Gótico vemos cómo las catedrales se acercan lo máximo posible al cielo, sus columnas, sus campanarios se alargan. Pero una catedral también implica poder. La iglesia siempre ha sido poderosa; durante siglos fue la máxima autoridad del mundo cristiano occidental, y en América, gracias a la Bula Inter Caetera, del papa Alejandro VI, en 1494, la evangelización fue la razón principal de la conquista del Nuevo Mundo: llevar la palabra de Dios a las tierras descubiertas y por descubrir. 

Ya en el siglo XIX y después de la independencia de la corona española, la Iglesia en América comienza a perder influencia con las reformas liberales de las repúblicas nacientes. Pero una arquidiócesis seguía siendo símbolo de poder. En El Salvador, hubo arquidiócesis hasta inicios del Siglo XX y la sede de este poder, el templo principal, es la catedral del Divino Salvador del Mundo, la catedral de San Salvador, que ahora nos ocupa.

La catedral, construida antes del nombramiento arzobispal, en 1888, fue inicialmente levantada en madera y lámina, tendencia constructiva de la época y se quemó en 1951. Después de 1951, se levantó una estructura de concreto armado. Una catedral del Siglo XX no tendría la misma mística que las catedrales medievales, y la catedral de San Salvador vivió durante 50 años muchos vaivenes: sobrevivió a los terremotos de 1965 y 1986, fue usada como centro de reunión e icono de las organizaciones sociales en los años 70 y 80, estuvo emplazada en el principal escenario de la guerra urbana de la guerra civil de los 80 y tardó medio siglo en construirse. 

Con esta enorme carga política y social, la catedral, inaugurada oficialmente en 1999, se decoró con el mural de mosaicos de Fernando Llort. Un mosaico muy vinculado a la transición de la guerra, un escenario de posguerra, que reflejaba el renacimiento de una nación, aunque El Salvador sea constitucionalmente laico.

El debate debería encaminarnos también a preguntarnos sobre la importancia que ha tomado en los últimos días la catedral en los medios de comunicación y las redes sociales. Si somos constitucionalmente laicos, ¿todos los salvadoreños nos identificamos con una catedral? Evidentemente no, pero la obra de Llort era más unificadora precisamente por el valor que daba a la obra de los salvadoreños, a su trabajo diario y su esperanza. Por eso quizá haya tanta protesta de católicos, areligiosos, ateos y feligreses de otras iglesias cristianas, eso quizá ha logrado unificar a ciertos grupos de salvadoreños: desde los religiosos hasta las élites culturales: los informados, los que tienen acceso a las tecnologías, los artistas, los académicos y los intelectuales.

Más allá del sentido medieval de las catedrales, habría que ver el papel de las actuales. Se requeriría, supongo yo, de catedrales en sintonía con los tiempos. La catedral de Guatemala, por ejemplo, tiene en sus columnas los grabados de los nombres de los desaparecidos y asesinados en el conflicto interno -como llaman ellos a su espantosa guerra- como reconocimiento de la injusticia y la atrocidad ejercidas por el gobierno, como cierre de luto, como perdón y como reconciliación pública. Eso podría ser, al menos para mí, el papel de la catedral de estos tiempos, de la iglesia como institución.

Así que tendríamos que meditar o preguntarnos también sobre la relación tiene la catedral actual con sus feligreses y con su entorno.

La catedral está emplazada en el centro histórico capitalino, una zona violenta y que ha venido pauperizándose desde la segunda mitad del Siglo XX. Está rodeada de edificios descuidados, de ventas de ropa de segunda –parece que San Salvador poco a poco se convierte en una ciudad de segunda mano con garantías de vida de segunda o tercera mano-, de indigentes, huelepegas, ancianos sin casa y vendedores informales. 

¿Una catedral emplazada en la miseria necesita una escultura de mármol en su entrada? ¿Qué relación o sintonía tiene con su entorno? ¿Cómo las personas con los salarios más bajos, los que viven y transitan por el centro histórico, se sienten protegidas o representadas con una escultura de mármol por fuera y con una decoración sin trascendencia en el interior de catedral? ¿Vale la pena visitar catedral como sitio no solo religioso sino turístico? 

Hay que recordar que las ciudades dan o quitan autoestima. 

9.

Una alegoría dolorosa. 

Las negociaciones de paz para concluir la guerra civil en El Salvador iniciaron precisamente en La Palma, Chalatenango, en 1984. Hay una fotografía histórica del entonces presidente José Napoelón Duarte afuera de la iglesia de La Palma, justo antes de reunirse con la Comandancia del FMLN para iniciar la negociación de paz. Atrás del presidente Duarte, de Adolfo Rey Prendes, del coronel Vides Casanova, y de Abraham Rodríguez, se divisa un pájaro de alas enormes e intrincadas, un hombre con los brazos abiertos, hacia el cielo, una mujer, el sol, el maíz, el agua y el fruto del trabajo: unas tortillas.

Esta obra, hecha por Fernando Llort, enmarcó el curso de la negociación de paz, un proceso que cristalizó ocho años después en Chapultepec, México.

La lectura del mural de catedral era la lectura de una época de renacimiento: el de un país que sale de la guerra y se encamina a la construcción –física y social-, se resalta la vivacidad del paisaje, el amor al campo, la comunión con la lucha de Monseñor Romero, y otros datos que se explican en la página web del Arzobispado. 

La presencia de la obra de Llort, de una obra de arte, es significativa en el proceso histórico del país: presente desde el inicio de la negociación hasta la vida en paz, de la postguerra a la violencia encarnizada la convierte en un testigo fundamental para construir la historia salvadoreña de finales del siglo XX e inicios del XXI.

El mosaico de catedral fue destruido/destrozado/arrancado/demolido/retirado/tirado/desechado/quebrado a fuerza de cincel y martillo, con una violencia atroz, ha sido víctima de la violencia como somos víctimas a diario miles de salvadoreños, por no decir todos los salvadoreños.

Encontrar la violencia colada hasta en las capas más sensibles de la sociedad, la religión, la iglesia, la espiritualidad, es un hecho definitivamente doloroso y desesperanzador. 

Arrancar los mosaicos de catedral es solo el último reflejo de lo perdida e irracionalmente cruel que se encuentra la sociedad salvadoreña, para dolor nuestro, dolor de patria.

Vea vídeo "Desde la Palma, con paz y amor", un reportaje gráfico del trabajo de Fernando Llort, incluído la construcción de la fachada de catedral. 

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