Opinión /
El mural de Fernando Llort

Fecha inválida
Ricardo Lindo

Foto Archivo El Faro
 
Foto Archivo El Faro

Fernando Llort dijo que  la fachada de nuestra catedral metropolitana era su obra más importante. No lo es. Su obra más importante es haber creado una artesanía que nos identifica como nación. Su obra más importante es haber renovado la iconografía cristiana obteniendo una generalizada aceptación popular.

Hace algunos años vino un estudioso mexicano que investigaba esa iconografía. Lo siento, he olvidado su nombre, pero me entrevistó al respecto. Me dijo entonces que él había creído que era esa nueva iconografía cristiana producto de la laboriosidad y el ingenio mejicanos y que al seguirle la pista había llegado hasta aquí. Comentó, asimismo, que por esa fachada de Fernando Llort la catedral nuestra es (era) la única catedral metropolitana del continente en tener rasgos latinoamericanos. 

Cuando yo era niño, y ya soy viejo, la catedral ardió. Se convocó entonces a un concurso internacional para diseñar una nueva. Importantes arquitectos acudieron con proyectos magníficos, incluso, de creerle a mi difunto padre, Niemeyer, el creador de Brasilia y su admirable catedral. Monseñor Luis Chávez y Gonzáles hizo a un lado los resultados del concurso y encomendó una tradicional iglesia de cúpula miguelangelesca a un arquitecto salvadoreño, constructor de mérito carente de imaginación. 

Comentando la destrucción de la fachada de Llort, mi anciana tía Margot de Altschul comentó que el Papa Paulo VI estaba rodeado de arte moderno. Cuando alguien se sorprendió de su gusto respondió: “También Julio II estaba rodeado de arte moderno”. Julio II  fue quien encomendó la pintura de la Capilla Sixtina a Miguel Ángel Buonarrotti.

Cuando, tras décadas y décadas de estar exprimiendo a la feligresía para “terminar la catedral” los trabajos llegaron a su fin, el arzobispo anterior trajo a un español que pintó en el interior de la cúpula reproducciones edulcoradas, estampitas gigantes que  son copia de la obra de los grandes artistas españoles de la Edad de Oro. La idea de los personajes viéndonos desde arriba de un balcón viene de un artista posterior, de don Francisco de Goya y Lucientes en la Ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid. Inútil decir que no tienen los de aquí ni remotamente la fuerza extraordinaria de los de Goya. Como sea, la Iglesia ignoró a artistas salvadoreños de la talla de Carlos Cañas, de Negra Álvarez, de Rosa Mena Valenzuela, de Licry Bicard…

Cuando el arzobispo Escobar Alas hizo remodelar la cripta de catedral, dando a Monseñor Romero una espléndida tumba, obra de un escultor italiano, y exponiendo el bellísimo Vía Crucis monumental del pintor salvadoreño Luis Lazo, despertó mi simpatía. Ahora ha destruido una obra que demostraba palpablemente que la iconografía de Llort, que el mundo aprecia, es nativa de nuestro suelo. ¿Qué le hemos hecho, señor Escobar Alas, los salvadoreños a la Iglesia, para que nos trate tan miserablemente? Vayan desde aquí mis condolencias a Fernando Llort, querido y admirado amigo.

Vea vídeo 'Desde la Palma, con paz y amor', un reportaje gráfico del trabajo de Fernando Llort, incluído la construcción de la fachada de catedral. 

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