Los nuevos desaparecidos en El Salvador

  • Foto: Frederick Meza
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    Fotografía de David Batres, de 17 años, junto a su madre, que vive en Estados Unidos. Al joven le gustaban el fútbol, las matemáticas e ir a la iglesia, donde era líder juvenil. Estudiaba bachillerato y soñaba con ser ingeniero. Desapareció hace tres meses cuando salió a estudiar en Tonacatepeque.
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    En esta habitación, David se reunía, cada tarde, con su novia para platicar. En la casa de ella ahora quedan los regalos que David le dio como recuerdos de un amor que iba a cumplir un año. Ninguna institución salvadoreña maneja cifras confiables y completas sobre desaparición de personas, un fenómeno que en la guerra civil tampoco se llegó a cuantificar con precisión y solo se sabe que miles fueron desaparecidas forzosamente.
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    En el dormitorio de David todavía están como él los dejó hace tres meses una biblia y otros libros religiosos, un televisor y un aparato de sonido. Además, una camisa con los mensajes de sus antiguos compañeros de clase. David estudiaba primer año de bachillerato de mecánica automotriz.
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    David es fanático del fútbol. En su comunidad de Tonacatepeque fundó dos equipos de jóvenes. "Es bueno, ¡golea!", afirman quienes lo conocen. Sobre su cama, su familia ha colocado los zapatos de fútbol y las camisas de sus equipos favoritos, esperando que David regrese un día a reclamarlos.
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    La familia de David lo vio por última vez cuando salía de su casa para ir a estudiar. Este era parte del recorrido que hacía cada día de clases. Una hipótesis de sus allegados es que fue raptado a la salida del instituto por unos compañeros que eran pandilleros, que le creían miembro de la pandilla contraria porque vivía en un comunidad dominada por ella. Ya había sido amenazado. La Policía dice ignorar la causa de la desaparición.
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    Vidas destruidas y agonía reflejan los esfuerzos de la familia de David por tener algún canal de comunicación con los responsables de su desaparición. Su madre, desde Estados Unidos, cada día postea en Facebook una petición en favor de su hijo, mientras en Apopa y Tonacatepeque los postes exhiben una fotografía de él pidiendo ayuda para localizarlo.
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    Carlos Santos tenía 21 años cuando desapareció hace cuatro meses y medio. El sábado 7 de mayo se dirigía a su casa cuando se le perdió la pista cerca del punto de buses de la ruta 2 c, en la avenida Montreal, de Mejicanos. Su novia le ha hecho un altar sobre una mesa de noche "para sentirlo cerca".
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    Carlos Santos y su novia frecuentaban esta iglesia en Ayutuxtepeque. El 7 de mayo pasado, al terminar el culto, los pastores le ofrecieron llevarlo a casa en carro. Aceptó, pero pidió que lo dejaran en un lugar intermedio. Al bajarse les dijo: “Ahi mañana llego al culto”. Comenzó a caminar, recibió una llamada telefónica en su celular y respondió mientras se alejaba... fue la última vez que lo vieron.
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    Escena en la casa de Carlos el 17 de julio de 2011. Es el Día del Padre y la hermana de Carlos abraza y felicita a su papá. “¡Qué día del padre!", protesta él, entre lamentos, "mi único regalo es que mi chelito me abrace otra vez”.
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    Esta es la habitación donde dormía Carlos sobre una colchoneta. Ahora está convertida en un comedor. "La casa es tan pequeña", explican sus familiares. No hay nada certero sobre su desaparición más que la fecha en que ocurrió. La Policía cree que la pandilla que domina la comunidad Montreal lo desapareció porque tenía poco tiempo de vivir en la zona y pudo generarles desconfianza. En este año, en esa área, hasta agosto pasado cinco personas habían sido asesinadas por supuestas vinculaciones con la pandilla contraria.
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    La última vez que vieron a Carlos fue cuando a las 7:30 de la noche en este lugar se dirigía a tomar un autobús de la ruta  47 para ir a su hogar.
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    Los parientes de Carlos han elaborado carteles con una fotografía y los datos generales de él, y los han pegado por todo Mejicanos y parte de San Salvador. En el Instituto de Medicina Legal, que suele ser el primer punto de búsqueda de un desaparecido, hay uno de los rótulos. Medicina Legal tiene un mural destinado a colocar información sobre personas desaparecidas y lleva un registro minucioso sobre ellas.
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    “No vayas a venir tarde”, le pidió la abuela a Ernesto Méndez, de 16 años, la tarde del 1 de julio de 2011, cuando este salía a dar un paseo. El joven sólo asintó con la cabeza y dijo adiós. Ahora es su madre quien le pide cuentas a la única fotografía que tiene de él: "¿Dónde estás? ¡Contestame, por favor! ¡Contestame!", le reclama al papel, entre sollozos.
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    La pasión de Ernesto Méndez era jugar al fútbol. Sus tardes las pasaba en la cancha de la comunidad, en Jardines de Lourdes, Colón. El día que desapareció se dirigía a una cancha en la comunidad El Botoncillal, también ubicada en Lourdes. Según la Policía, Ernesto vivía en una vecindad controlada por la MS-13, y el 1 de julio se dirigía a una controlada por el Barrio 18, y en ese hecho podría haber alguna explicación a su desaparición.
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    La madre de Ernesto guarda en una caja los zapatos de Ernesto, y ahora este gato parece ser su guardián. Pero ella explica que su hijo si acaso tenía un enemigo solo podía ser Pancho, el gato, con el que no tenía una buena relación. Asegura que ni en su comunidad ni en el Instituto José Damián Villacorta, de Santa Tecla, tenía problema alguno, y por eso no se explica la desaparición.
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    En la parte de arriba de este camarote dormía Ernesto. Su hermana ha colocado unos peluches sobre el colchón, aunque dice que si su hermano los viera ahí los lanzaría a otro lado porque no le gustan sino para regalarlos. De hecho, cada mes obsequiaba uno diferente a su novia.
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    Esta es la calle de entrada a la colonia Jardines de Lourdes, y se conoce como parada Cuéllar. Aquí fue la última vez que vieron a Ernesto cuando se dirigía hacia El Botoncillal. De eso hace ya casi tres meses, y según el Departamento de Criminología de la Fiscalía, en El Salvador, si una persona no aparece después de 48 horas, es casi un hecho que está muerta.
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    La abuela y la madre de Ernesto ya no saben dónde más buscarlo, pero de tanto en tanto acucen a Medicina Legal y a los hospitales a indagar. La Policía dice estar investigando, aunque no dice nada concreto. En Santa Tecla, la familia ha pegado carteles con la información sobre el adolescente, y cada día hace una oración para rogar por la aparición del joven.
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    Gabriela Astrid F., de 17 años, desapareció el 5 de marzo cuando salía del centro escolar donde cursaba octavo grado, en Apopa. Una hipótesis es que tenía problemas con una compañera de clases, quien ese día la forzó a subir a un vehículo y fue la última vez que se le vio.
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    Mish era la mascota de Gabriela y ahora reclama para sí el sillón en el cual ella hacía sus tareas. Su madre había notado que Gabriela estaba triste días antes de su desaparición. Cuando le preguntó qué le sucedía, se limitó a responderle que tenía problemas con unas compañeras en la escuela.
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    Gabriela no salía mucho de su casa, salvo cuando iba a ayudar a su familia a atender una venta en un lugar cercano a la vivienda. Con frecuencia pasaba sus tardes en casa oyendo música en la sala, y por eso para su familia la desaparición es inexplicable.
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    La madre de Gabriela procura mantener el dormitorio de su hija tal como esta lo dejó. Sin embargo, los hermanos de la joven han escondido peluches, cosméticos, fotografías y otras pertenencias de Gabriela en un afán de quitarle a su madre la exposición a imágenes que le pueden traer demasiado dolor.
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    La última vez que vieron a Gabriela, según vecinos y conocidos, fue cuando a la salida de clases subía a una mototaxi, forzada por una compañera con la cual había dicho que tenía problemas. Según la Policía, la compañera sospechosa dejó de presentarse al centro escolar después de las primeras investigaciones.
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    En el Instituto de Medicina Legal, la foto de Gabriela (arriba, a la derecha) forma parte de un mural con información sobre personas desaparecidas. Solo entre enero y agosto de 2011 y en cinco municipios del Gran San Salvador, Medicina Legal ha registrado 625 casos de desaparecidos. La Policía, desde 2007 ha contado cerca de 1,800 personas desaparecidas.
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    El retrato de Carlos Méndez, de 20 años, cuelga de la pared de su casa, en Panchimalco. Carlos desapareció hace más de medio año, el 4 de marzo de 2011, cuando salió de su hogar para ir a ver a unos amigos. En lo que va del año, 11 personas han desaparecido en Panchimalco, según la Policía Nacional Civil.
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    Carlos jugaba por las tardes en esta cancha de Panchimalco. Era prácticamente su única diversión. Practicaba unas dos horas de fútbol y luego se quedaba platicando con sus amigos. Esa rutina nunca se interrumpía, hasta el 4 de marzo, cuando salió de su casa hacia la cancha y jamás regresó.
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    Un par de zapatos de fútbol de Carlos y los zapatos deportivos con que iba a trabajar descansan en su habitación junto a un peluche colocado por su hermana menor. Carlos trabajaba para la alcaldía de Panchimalco reparando calles. Antes de su desaparición, estaba trabajando en la reparación de una en el cantón El Divisadero, una de las zonas más peligrosas del municipio.
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    La cama de Carlos sigue tal como lo esperaba el día cuando desapareció. Después de varias horas de haber notado su ausencia, la familia comenzó a buscarlo. Tres días después de su desaparición, la comunidad organizó un grupo de cerca de 50 personas para buscarlo, vivo o muerto, por las montañas alrededor de Panchimalco. Nada obtuvieron.
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    La última vez que vieron a Carlos fue cuando salía del patio de su casa. Nadie tiene una hipótesis ni medianamente certera sobre su desaparición y ni siquiera la Policía se atreve a decir que podría estar relacionada con las pandillas. Los amigos y vecinos dicen no saber nada.
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    Cada noche, la familia de Carlos reza un rosario frente a la imagen de la virgen María, en un altar montado en la habitación del joven. La Policía anunció, hace dos años, la creación de una unidad especial para investigar la desaparición de personas, pero aún no lo ha realizado. Los parientes de personas desaparecidas tienen pocas opciones donde buscar apoyo: la sobresaturada Fiscalía no da muchas esperanzas, la sobrecargada Policía tampoco. La Red Latinoamericana de Personas Desaparecidas ofrece el sitio web www.latinoamericanosdesaparecidos.org, donde solo en septiembre ya se reporta la desaparición de seis salvadoreños.

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En los suburbios de la capital, cientos de familias viven en silencio sus propias historias de violencia: las de sus desaparecidos. Las desapariciones son cotidianas como lo fueron durante la guerra civil. Solo en cinco municipios de San Salvador, en los primeros ocho meses de 2011, la Policía registró 625 desaparecidos. A menudo, sus pertenencias siguen intactas donde las dejaron, pues sus parientes se aferran a la esperanza de un milagroso retorno, no obstante el paso de los días, las semanas, los meses...

Publicada el 26 de Septiembre de 2011
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