El Ágora /

“Un conspirador nunca cuenta su vida”

“No soy un escritor muy prolífico”, dice Horacio Castellanos Moya. Pero publica aproximadamente un libro cada año —la mitad reimpresiones, acota él. Como sea, es el narrador salvadoreño vivo más publicado, traducido y comentado en la actualidad, dentro y fuera de las fronteras: diez novelas (siete de ellas bajo el sello Tusquets), media docena de colecciones de relatos y otras obras, casi todas traducidas a distintas lenguas, dan cuenta de la intensidad de su producción. En esta entrevista, el escritor pone al desnudo los resortes y mecanismos esenciales de sus dinámicas creativas. Una buena porción de sus relatos, confiesa, empezaron como experimentos. Su controversial novela El asco, revela, “comenzó como una especie de juego, de ejercicio de estilo”.


Domingo, 19 de junio de 2011
Róger Lindo* / Foto de Iván Giménez - Tusquets Editores.

El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, nacido en Tegucigalpa, Honduras, en 1953. / Foto de Iván Giménez, cortesía de Tusquets Editores." /></div> <figcaption class=
El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya, nacido en Tegucigalpa, Honduras, en 1953. / Foto de Iván Giménez, cortesía de Tusquets Editores.

¿En tus últimas novelas te has propuesto escribir la saga familiar?
Pues la verdad es que no hay una intención autobiográfica. Estas historias surgen de manera intuititiva, espontánea. En Donde no estén ustedes, en la que apareció el ex embajador Alberto Aragón en toda su crisis, fue cuando se me comenzó a prender el foco de esto. En la siguiente novela, Desmoronamiento es cuando empezó a insinuarse la historia de mi familia. No retratada, sino recreada. Con personajes mitad ficción y mitad verídicos. Entre la una y la otra el vaso comunicante es Clemente Aragón, que es hermano de Alberto. Son cuatro novelas que están más bien relacionadas por vasos comunicantes más que por un plan integrador. Incluso debés considerar que entre Donde no estén ustedes y Desmoronamiento escribí Insensantez, lo cual te da una idea de que no tenía muy clara yo una saga. Esto fue surgiendo a posteriori... Tirana Memoria fue generada por la historia de Pericles, que es la historia que yo quería contar con esa novela: la historia del padre de Alberto Aragón. Ahí ya se va formando como una saga. En La sirvienta y el luchador la saga vira más hacia el lado de la familia Aragón, da un movimiento súbito. Pero lo que se desarrolla en La sirvienta y el luchador es la historia de la familia de la sirvienta de los Aragón.

¿La sirvienta y el luchador cierra esa saga?
De hecho, cierra algunos temas, algunas líneas de conflicto y algunas líneas argumentales que vienen de otras novelas. Pero no es el fin de este mundo.

¿De dónde sale 'El Vikingo', el personaje de La sirvienta y el luchador?
Fue muy fortuito, porque cuando escribí la parte de “El Chelón”, que es la segunda parte de Tirana memoria, me pareció natural poner a un personaje que fuera de la policia política, y que anduviese siguiendo a Pericles (el patriarca de la familia Aragón) por dondequiera que éste se moviese. Una vez que decidí incluir a este personaje, lo normal era hacerlo luchador, quizá porque en mi memoria estaban aquellas anécdotas que decían que algunos de los policías políticos eran luchadores y torturadores. Incluso Roque (Dalton) tiene un pequeño poema sobre “El Apache”, un luchador que también es un torturador. Entonces naturalmente se me vino ese perfil, y así surgió El Vikingo.

Un tipo repelente, que contrasta con el heroísmo casi épico de Tirana memoria
Cuando terminé Tirana memoria no sabía yo que El Vikingo iba a convertirse en la próxima novela. Tengo una especie de explicación, pero no se sí es totalmente verídica. El hecho es que cuando terminé Tirana memoria me había movido en un mundo de personajes pulcros, muy decentes, muy correctos, muy propios. Supongo yo que el hecho de que El Vikingo comenzara a sonar en mi mente, es que de pronto quedé como harto de esos mundos pulcros, decentes, bien portados, y el personaje que tenía a mano, y que era la antípoda de eso era El Vikingo: mal hablado, sucio, sórdido. Eso es una explicación sicológica que le doy a eso, pero no sé si sea totalmente cierto.

Pero al mismo tiempo, pusiste ahí a la sirvienta, en esencia un personaje decente.
Es un personaje decente, pero que también se mueve en un mundo sórdido. Ella surge después de El Vikingo. Cuando comencé a escribir esta novela —bueno, no sabía que era una novela— y luego que terminé la parte de El Vikingo, fue surgiendo todo lo demás. Yo ni siquiera tenía muy claro lo de María Elena. Eso vino después. Es decir, que María Elena surge quizá como una reacción a ese mundo feo y sórdido de El Vikingo.

Es un libro difícil de leer, algunos dirán escabroso: tortura y crueldad sin atemperamientos ¿Se requirió un estómago de hierro para entrarle?
Pues la verdad es que no, porque una vez que me puse en los zapatos de El Vikingo todo fluyó. Más bien una vez que el texto estuvo terminado, las partes más sórdidas de tortura las dejé fuera. Pero tanto como que me molestara el estómago no, porque una vez que estás dentro del personaje el tipo tiene su lógica. Él hace su trabajo. Yo no lo abordo desde la posición de una persona que está haciendo juicios morales, porque de otra manera no lo podría escribir. Lo que me molestaba de El Vikingo es lo que a El Vikingo le molesta de sí mismo: los problemas del estómago, el mal aliento, el hecho de que siente dolores horribles.

En general ¿podés explicar cuál es el motor de arranque de tus novelas ¿Comienzan con una idea? ¿con una imagen?
Depende de la novela. En cada novela ha sido un poco distinto. La sirviente y el luchador surgió a partir del desarrollo del personaje de El Vikingo y del recuerdo del San Salvador de los 80. Eran unas ganas de rememorar cierta atmosfera, la atmósfera del terror, tan dura y tan densa. Entonces, en cierto momento ese personaje me comienza a hablar. En cambio, Tirana memoria eran las ganas de contar la biografía de Pericles. Al final no lo hice, no lo pude hacer, no me salió. Pero el motivo era que quería contar la historia del abuelo de la familia: el padre de Alberto y de Clemente. Quiero contar la historia de este hombre, y cómo el suicidio de este hombre está enlazado con la muerte de su nieto, y cómo se arma un solo mundo, y cómo a partir de él se puede contar la historia política del país. Al final no lo pude hacer: un conspirador nunca cuenta su vida.

Tirana memoria contrasta con la atmósfera de tus relatos anteriores. Me llama la atención que antes de ella no admitás ningún tipo de heroísmo, solidaridad o idealismo…
Yo creo que Tirana memoria no puede tener la inmediatez de los 80. Es una novela construida con base en cuestiones históricas, más que a partir de experiencias de primera mano. Segundo, Tirana Memoria termina en 1973: es como una manera de cerrar una etapa histórica en El Salvador, creo yo. Es una etapa histórica donde todavía la violencia política se ejercía, pero se respetaba la vida de los opositores. El crimen no se había convertido en el eje del ejercicio político. El 72 es el año de la ruptura histórica. La guerrilla nunca hubiera existido de no haber ocurrido el fraude electoral de ese año. Tanto en Tirana memoria como en Desmoronamiento el elemento al que vos te referís, más que lo heroico o lo épico, es que hay personajes que tienen un poco más de compasión.

En Tirana Memoria me llaman la atención las conversaciones de don Pericles y ‘El Chelón’. Están hechas como de otra pasta…

La verdad es que esa fue la primera parte que escribí, por ahí comencé. Todo el diario de Haydeé y el escape de los fugitivos es una manera de darle sustento al libro. Al final, una vez que lo ensamblé, se convirtió en la última parte. Como la idea era contar la historia de Pericles, entonces tenía que contar años antes, asi fue como llegue a la Haydeé, y una vez que estaba escribiendo esta parte, cayó en mis manos la historia de estos dos prófugos, que es la historia del capitán Guillermo Fuentes Castellanos y el teniente Belisario Peña, que van huyendo en un tren hacia Usulután, y se meten en la isla del Espíritu Santo… Lo descubro cuando estoy haciendo la investigación para Haydee, y ya llevo partes de Haydee escritas. Esa fue la dinámica de ese libro.

El asco cayó como un granadazo en El Salvador, y —aparte razones de costo— es el libro tuyo que más se lee en el país ¿Es necesario recurrir a la provocación, al shock, para interesar a los salvadoreños en la literatura?
El Salvador es un país de muy pocos lectores, de pocas librerías. Da un poco de grima cuando uno entra a los sitios web para ver los libros que se venden. Supongo que cuando uno llega a las estanterías el impacto ha de ser peor. Es natural que los libros provocadores sean los que causan más conmoción. Prueba de ello es que los libros de Roque Dalton son los que causan más conmoción también, como Las historias prohibidas del Pulgarcito. Ahora, yo no escribí El asco en función de que fuera una conmoción para los salvadoreños. Ni siquiera sabía si lo iba a publicar cuando lo terminé, puesto que comenzó como una especie de juego, de ejercicio de estilo. Fue escrito como una especie de catarsis personal. Incluso cuando lo terminé no se me ocurrió que a alguien le pudiera interesar para publicarlo, y pasó como medio año guardado. Ya lo que siguió estaba fuera de mis manos. Es interesante porque es un libro por el que no hay mucho interés de traducir. Sólo existe una traducción al francés. Por ejemplo, en Estados Unidos, Beatriz Cortez (académica y autora de La estética del cinismo) lo tradujo al inglés, pero a ningún editor le interesa.

En Baile con serpientes hay serpientes ¿De dónde salieron? ¿Qué representan?
Aparecieron de una manera muy particular, porque cuando yo comencé a escribir ese texto comencé a escribirlo como si fuera un cuento. Entonces escribí toda la parte primera tal cual está en la novela, y escribí hasta la parte en que el tipo (el sociólogo) se va de gira con el dueño original del auto. Pero ahí me bloqueé. Me bloqueé por varios días porque no sabía que había en el auto. Hasta que tuve una pesadilla en la que unas culebras se estaban restregando contra mí. Una pesadilla en la que me levanté sudando. Entonces ahí hice la conexión: “Ah, lo que debe haber adentro es serpientes”. Entonces así fue. Parece como el lugar común, pero así sucedió, y ya no paré de escribir la novela. Pero fue como una revelación, digamos.

¿Algún personaje del que te hayas encariñado?

A todos se les quiere de alguna manera. Hay algunos que son mucho más desagradables, claro. No se puede encariñar uno con El Vikingo. Es difícil encariñarse con Robocop —aunque hay cierto sentido de sobrevivencia en Robocop que genera un poco de simpatía. Difícil encariñarse con la mujer de La diabla en el espejo, semejante vieja histérica. El personaje de Insensantez, por ejemplo, que no tiene nombre, es un personaje con el que me encariñé bastante. Sin embargo, nunca lo retomé, nada más existe en esa novela. Yo creo que me encariño con los personajes en la medida que van surgiendo.

Pepe Pindonga, el subcomisionado Handal, por mencionar algunos personajes de relatos pasados ¿tienen futuro?

Puede que regresen. Pepe Pindonga ya tuvo su novela, digamos, en la segunda parte de Donde no estén ustedes. Pero el comisionado Handal todavía tiene mucho potencial. Hay personajes que me generan cariño y que no he desarrollado, como la “Gorda” Rita de La sirvienta y el luchador, por ejemplo. Son los personajes secundarios los que para mí tienen mucho potencial, como esta mujer pobre, luchadora, que ha sido puta, a quien la vida la ha tratado con las patas, pero que sigue para adelante, como le toca.

“Yo no escribo desde la perspectiva del investigador”. Es una declaración que hiciste hace poco a Milenio ¿Eso puede cambiar con el tiempo?
La verdad es que necesito un impulso más fuerte, la sóla perspectiva de que por pura curiosidad me voy a poner a investigar un período de una novela me da una gran pereza…
 

¿Cómo influye en el lenguaje estar fuera del país por tantos años?
Muy poco en términos generales. Me gusta repetir la idea de Czeslaw Milosz, que tiene muchos ensayos sobre literatura y exilio. Él dice que el estar fuera de la propia lengua, en una cultura que no es la de la propia lengua, reseca el lenguaje. Se pierde la frescura de la lengua hablada, la que se escucha a diario en el sitio donde uno vive, o en el sitio donde uno nació, o en el sitio donde uno se crió. Al estar alejado no llega el factor invisible de la lengua hablada, esa energía invisible. El escritor pierde. Pero que por otro lado, precisamente por esa carencia, el escritor se ve obligado a crear una lengua nueva dentro de su misma lengua… Los diez años que viví en México exiliado de la guerra civil, yo nunca los sentí como un exilio. Porque la lengua, la religión, la historia están tan interrelacionadas. Es distinto cuando estás en Japón, Alemania o Estados Unidos, especialmente en partes de Estados Unidos donde no hay latinos.

Es decir, no hacés concesiones de lenguaje para ser “entendido” fuera del país…

Yo estoy en contra de esos escritores que creen que hay que tener una lengua estándar, universal, para que todo el mundo lo entienda. No entra dentro de mis previsiones. A mí lo que me interesa es construir una lengua personal que exprese la cultura de la que yo procedo, pero a partir de la musicalidad de esa lengua, a partir de cómo se encadenan las palabras, y no tanto a partir de palabritas que nadie entiende sino es en el país.

Hablemos de ritmos de producción ¿Los tuyos están determinados por tus necesidades internas, o también pesan las exigencias de la editorial?
He estado produciendo un nuevo libro cada dos años aproximadamente. Mi producción obedece a mis ritmos internos, no responden al mercado. Son necesidades y posibilidades de escritura. A veces da la impresión que sale un libro al año, pero es por las reediciones.

¿Podés hablarnos de tus jornadas? ¿Escribís en horarios determinados?

No trabajo mucho, no soy un escritor muy prolífico, pienso yo. Por lo usual escribo entre 500 y 700 palabras al día. Cuando estoy muy inspirado, tal vez mil. Siempre escribo en la mañana, tres o cuatro horas. En la tarde a veces lo que hago es que me voy a algún lado fuera del estudio, y en esos momentos tomo apuntes para la siguiente jornada. Pero ese trabajo en las mañanas es para las novelas más organizadas y planeadas como Desmoronamiento, Tirana memoria o La sirvienta y el luchador. Es el caso también de mi primera novela, La diáspora. Fueron escritas con mucho orden, escribiendo todas las mañanas, de 8 a 12. Mis novelas cortas, como El asco o La diabla en el espejo no son escritas con esa lógica, son escritas con la lógica de la intensidad, de un tirón. Como un sprint. Son esas las dos formas de escritura que yo tengo.

¿Podés darnos una idea general sobre cómo trabajas con los traductores?
Con las únicas que trabajo son las traducciones al inglés, que es lo que medio manejo. En inglés puedo hacer sugerencias. La verdad es que yo corrijo el primer draft para cosas de contenido, luego siguen las preguntas. Por ejemplo, sobre los giros del lenguaje, cómo se oirán mejor. Leo los final proofs. Me gusta leerlos.

¿Qué te aportan las pasadas generaciones literarias en El Salvador?
En mi memoria lo que me queda son autores más que generaciones. Las generaciones en nuestro caso son un fenómeno bastante provinciano, creo yo. Son inevitables, porque es la manera como se surge, pero luego lo que queda de eso son algunas obras o algunos autores. Yo creo que de la década de los 30, aparte de la obra de Roque, quedarán algunas novelas de Manlio y los cuentos de Álvaro Menéndez Leal, y algunas de sus obras de teatro. Eso es lo que queda en mi memoria. De todas la generaciones de los 40, a mí lo que me queda es la poesía de Quijada Urías, que es una bisagra entre los 30 y los 40. Las generaciones tal como las manejamos son un fenómeno necesario, porque permiten que el escritor se aglutine, que encuentre una referencia, que se sienta parte de algo y comience a ordenar lo que será su obra. Pero por lo general, las generaciones se dan cuando nadie tiene obra. Todo el mundo tiene un montón de poemas, y te habla de sus diez poemarios inéditos. Pero cuando pasa ese momento juvenil lo que va quedando son las obras personales de cada quien. Sirven de instrumento de análisis para los historiadores literarios, si existieran en nuestro país. Lo demás son directorios telefónicos sin teléfono, porque la mayoría de la gente que se suma a esas generaciones no tiene obra.

¿Alguna vez has pensado que quizá te perdiste algo por no haber entrado nunca a un frente de guerra?  
Sí, claro, es una parte que no la tengo de primera mano. Pero en el caso de la literatura quizá sea positivo, pues son las ausencias las que a veces lo obligan a uno a escribir las cosas que escribe.

 


 

Castellanos Moya presenta su novela más reciente, La sirvienta y el luchador, en el Centro Cultural de España, el miércoles 22 de junio. También conversa sobre el tema “Ser guanaco, ¿es un estigma?”. Castellanos Moya reside actualmente en Pittsburgh, Estados Unidos.

 


 

* Escritor salvadoreño radicado en Estados Unidos. Colaborador.

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