La reina del viento, su majestad, la piscucha

  • Foto: Mauro Arias
  • Foto: Frederick Meza
    En los pasajes de la colonia San Antonio, en Ayutuxtepeque, Ulises Alexander Guevara, de 7 años, juega con su amigo Kevin Justin Bermúdez, de la misma edad. "Me gusta cómo vuela... bien alto", exclama Ulises, casi sin respiración, después de correr por los pasajes de su colonia.
  • Foto: Mauro Arias
    Niños de la comunidad Gerardo Barrios, de Soyapango, juegan en el "patio" de su casa, elaborada de diferentes materiales reclicados, igual que la piscucha.
  • Foto: Frederick Meza
    Todas las tardes cuando hace viento, Jorge Flores, de 13 años, llega a la cancha del miniestadio de la colonia Zacamil, en Mejicanos, con este gigantesco mecanismo para soltar o recoger el cordel que sujeta la piscucha. "Lo que más llega es echar cola", dice Jorge, al explicar, orgulloso, que le entusiasma derribar a las cometas que se atreven a violar su espacio aéreo.
  • Foto: Frederick Meza
    En las afueras de la ciudad de Ahuachapán, Élmer Mejía, de 8 años, corre los campos de la colonia El Espino con su piscucha, la cual ostenta un cola extralarga para darle mayor estabilidad en el aire.
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    "Es que, es que... vuela para arriba, igual que un helicóptero", responde Denis Alexis Salinas, de cuatro años, mientras mira al cielo, tras escuchar la pregunta de por qué se lanza a correr con su piscucha al aire. "Es divertido, muy muy divertido", grita, mientras se carcajea y sigue corriendo por la cancha de fútbol de la colonia Zacamil, en Mejicanos.
  • Foto: Frederick Meza
    Recordando el mural "La creación", de Miguel Ángel, el dedo de Francisco Díaz, en Ahuachapán, da vida a su piscucha, que se eleva hasta donde el viento y el largo del cordel lo permiten.
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    Los meses de finales de año traen, además de las ráfagas de viento que cabalgan las piscuchas, crepúsculos con tonalidades distintas, como se evidencia en esta imagen de mediados de noviembre, en la que Jorge López, de 11 años, eleva su piscucha en Metrocentro.
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    "Ni he almorzado por estar echando cola", dice Esteban Mejía, de 16 años, mientras llega a las tres horas dedicadas a navegar su piscucha, a la que trenzó en combate con otras cinco en la cancha de la colonia Zacamil, de Mejicanos.
  • Foto: Mauro Arias
    Felicia Cárcamo disfruta la piscucha que ella misma elaboró con pedazos de plástico, en la comunidad Las Victorias, de Soyapango. Su casa está en proceso de construcción sobre el terreno donde antes hubo un basurero a cielo abierto.
  • Foto: Frederick Meza
    El 4 de noviembre de 2010, Luis Jaime Leone Hernández cumplió 9 años y, como obsequio, recibió una piscucha y una fiesta en el museo Tin Marín. El juego -dice Jaime mientras corre por la cancha del miniestadio de la colonia Zacamil- le divierte, pero, sobre todo, "es inspirador ver la piscucha en el aire".
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    Todas las tardes, en los alrededores del redondel "César Augusto Sandino", al norte de San Salvador, un pelotón de jóvenes de la comunidad Melara, recibe instrucciones de Carlos Trejo, de 17 años, sobre cómo elaborar y volar piscuchas. Trejo afirma que no quiere perder la tradición que aprendió siendo niño y, ahora, se divierte junto a los vecinos, "echando cola".
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    Con el ocaso y el volcán de San Salvador como testigos, Denis Alexis Salinas disfruta con su piscucha en la colonia Zacamil.
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    Después de una tarde exitosa de elevar piscuchas, los jóvenes de la comunidad Melara, de San Salvador, regresan a sus hogares, satisfechos de que sus cometas funcionan bien.
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El viento es gratuito y cuando aparece en abundancia con el cambio de la temporada lluviosa a la seca, es el anuncio de otra temporada: la de las piscuchas. La receta es sencilla: al viento agréguele un jirón de papel, tela o plástico, un par de varitas, unos metros de hilo o cordel fino, y la diversión está garantizada en cualquier rincón de El Salvador.
Publicada el 24 de Noviembre de 2010
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