El Ágora /

'Al dinero no le importa el medio ambiente'

Le encanta observar aves, pero dice que lo suyo no son solo los pajaritos sino la conservación del ambiente en general. “Mucha gente piensa equivocadamente que los ambientalistas están escogiendo a las flores y pájaros en lugar de la gente, y eso es equivocado”, dice. Y para que los salvadoreños hagan suyo su ambiente, dice, es necesario enseñarles que de su cuido depende su propia vida.

Lunes, 20 de septiembre de 2010
Mauro Arias y Rodrigo Baires Quezada. Fotos: Mauro Arias

Oliver Komar en su oficina de Salvanatura, en San Salvador. Foto: Mauro Arias
Oliver Komar en su oficina de Salvanatura, en San Salvador. Foto: Mauro Arias

Si se pudiera resumir la historia de Oliver Komar, ornitólogo estadounidense radicado en el país desde 1991, sería en una de amor... Bueno, de dos amores. El primero, por una salvadoreña que conoció cuando visitó el país por primera vez. El segundo, el de observar aves, una afición que lo ha acompañado desde los siete años. Cuando cuenta esa historia, Oliver Komar reconoce que el amor por la observación a la aves fue lo que le permitió quedarse en El Salvador junto a aquella salvadoreña que conoció en una boda y que ahora es su esposa. En ese proceso estudió ornitología, escribió docenas de artículos sobre aves salvadoreñas y ahora está por salir su segundo libro sobre aves en peligro de extinción en el país.

¿También se casó con una salvadoreña?
Sí, con una salvadoreña. Vine para la boda y ahí conocí a la hermana de la novia... que es mi esposa, ahora...

¡Te quedaste por ella y no por los pajaritos!
Ja, ja, ja. Realmente, sí. Pero estudiar los pájaros fue lo que realmente me permitió quedarme aquí. Cuando la conocía, tenía 25 años y no tenía dinero. Así no es fácil irse a vivir a otro país. Los pájaros, que era un tema que quería estudiar y que me fascinaba, fue lo que me permitió crear una carrera en El Salvador.

¿Era la primera vez que venías a Latinoamérica?
No, había viajado en varias partes de América Latina con mi afición de buscar aves. Fui a Perú, a Chile, a México, dos veces a Costa Rica...

... ¿Y tu hermano cómo había terminado en El Salvador?
Él vino invitado por la Universidad de El Salvador para ser un profesor visitante por un año. Él es químico y llegó a enseñar sobre biotecnología. Fue algo de corto plazo.

Se enamora y de repente te dice: “¡Venite a mi boda!”
Sí, más o menos. Él ya había conocido a su esposa antes de venir, de hecho ella participó en crear la situación para que viniera.

Ja, ja, ja, ja...
... Es agregarle más a la historia. Pero de repente decidieron casarse y fue algo sorprendente para mí. Nunca esperaba venir a El Salvador. La verdad solo había visto en el mapa el norte de Centroamérica, y siempre había pensado: “A saber qué hay en esta zona”, porque en esa época toda la zona estaba con guerras y yo ni sabía qué tipo de ecosistema había, no tenía idea de cómo era El Salvador, cómo era Nicaragua. De hecho, cuando vine para la boda todavía estaba en guerra y yo escuchaba las bombas en Guazapa desde la casa donde nos hospedamos y veía un montón de militares. Me habían explicado que no era tan peligrosa la ciudad. De hecho, en ese mismo viaje, fuimos a visitar parques nacionales pero antes habíamos averiguado si era o no zona conflictiva, como el parque Montecristo o el Deininger. El país estaba en guerra.

¿Por qué te quedaste?
Porque vi una gran oportunidad de poder contribuir a la conservación de las aves aquí.

No había... ¿hiciste contacto con algunos ornitólogos salvadoreños?
Sí. Había un par de personas que habían estudiado las aves en la época, pero no muchas. Por ejemplo, hice contacto con el director del Museo de Historia Natural, que por cierto era una persona que había estudiado aves; y también con el director de Parques Nacionales, que era Manuel Benítez, que él también había estudiado aves en su tiempo. Esas personas habían hecho sus tesis con aves y por la guerra ya no estaban haciendo investigación.

Por eso te digo: “¡Aquí anda un gringo loco que quiere ver aves ahorita cuando están bombardeando!”
Este... o sea, afortunadamente la guerra terminó ese mismo año. Pero lo que sí vi es que aquí en el país no había gente estudiando aves o haciendo proyectos de conservación de las aves. Había un gran vacío de información... me llamó la atención que en los primeros días que vine y fui a visitar los parques nacionales y creo encontré cinco especies de aves migratorias que conocía muy bien en Norteamérica y las identifiqué muy rápido. Pero, al buscar la literatura sobre las aves de El Salvador, descubrí que nadie nunca había reportado esto... Eran como especies nuevas para El Salvador. Me di cuenta de que había como un gran vacío de información y de acción. Entonces mi primera idea era... estaba buscando cambiar mi vida, cambiar de carrera, por casualidad y pensé que acababa de conocer a mi novia, entonces pensé...

... ¡Aquí pega todo!…
... Me gustaría ir allá para estudiar las aves, porque nadie más lo está haciendo y puedo hacer algo de valor, de mucho valor.

¿Convertir la afición en profesión?
Sí, correcto. Apoyar a los biólogos de aquí para que conocieran aves, porque no es algo que aprendes en la universidad. No puedes ir a la universidad a aprender cómo debes de escuchar las aves. El sistema formal de educación te puede enseñar nombres científicos, pero aprender a ver aves es un proceso diferente que requiere muchos viajes al campo. Algo que descubrí en mis primeras visitas es que los biólogos salvadoreños no iban al campo. No tenían dinero, no tenían vehículos y no sabían dónde ir a buscar. Entonces, llegué, busqué un poco de financiamiento, alquilé vehículos, organicé talleres de campo, llevé a los biólogos al campo y empecé a enseñarles.

¿Eso en qué año fue?
Eso fue en 1993.

¿El dinero lo conseguías en Estados Unidos o aquí mismo?
Allá. Fíjate que durante los primeros años que trabajé aquí, casi todo el dinero que recaudaba venía de una fundación en Nueva York. Era la New York Zoological Society, lo que ahora se conoce como Wildlife Conservation Society, que es una de las organizaciones ambientalistas más grandes del mundo. Era una organización muy grande con muchas actividades en muchos países del mundo y por casualidad, en esos años, tenían un gran proyecto en Centroamérica financiado por AID que se llamaba “Paseo pantera”. Básicamente era el inicio del concepto del Corredor Biológico Mesoamericano. Llamé al encargado del proyecto y le dije: “Mira, estoy interesado en hacer algunos proyectos en El Salvador y colaborar con la comunidad de biólogos para que ellos puedan hacer investigaciones sobre aves”.

¿Cuáles eran tus cartas para que te dieran el proyecto? Digo, “soy el ganador de Quiz Kid”.
Buena pregunta...

... Ja, ja, ja. “Soy un ex empresario estadounidense enamorado de una salvadoreña”.
Ja, ja, ja. Es que en lugar de preguntarme por mis recomendaciones, me dijo: “¡Que interesante! Fíjate que tenemos un fondo para El Salvador y nadie nunca lo ha solicitado, y no sabemos a quién darle el dinero”.

Ja, ja...
“Si quieres ir a El Salvador a desarrollar un proyecto, podemos apoyarte”. Y a los tres meses tenía 15 mil dólares y ellos me apoyaron durante los siguientes cuatro años. Ahora, para contestar tu pregunta, yo tenía que mandarles una propuesta. Ellos dijeron que estaban abiertos a recibir propuestas y estaban emocionados porque alguien iba a solicitar ese dinero que tenía que gastarse en El Salvador. Yo sabía que no era un universitario, no era un biólogo... era un don nadie, como dices.

No, o sea, eras un empresario pero eso no te daba para ganar un proyecto de aves.
Correcto. Tenía el concepto del mercadeo y usaba mi sentido común para vender el proyecto. Lo que hice fue invertir en una visita a El Salvador solo para desarrollar la propuesta. Fui a visitar a todas las instituciones que iban a beneficiarse con el primero proyecto, que iba a ser un taller. Fui al Museo de Historia Natural, a la Universidad de El Salvador y a la Secretaria Ejecutiva del Medio Ambiente. Les pedí a los directores de esas instituciones unas cartas de invitación. Luego hablé con alguien que había hecho proyectos de ornitología en los años 70s, era quien había escrito los libros recientes sobre el tema. También una carta del sistema de Parques Nacionales. Tenía como cinco cartas y todas estas decían que podía apoyar mucho a El Salvador si ellos me ayudaban. No tenía un título universitario pero era un experto en aves, podía identificar a todas las aves del país con los ojos cerrados solo por sus cantos. Recuerdo que una de las observaciones de los revisadores era la misma que tú me haces: “¿Cuáles son las calificaciones de este señor? No dice en su currículum dónde estudió”. Pero decía otra cosa: “A pesar de que tiene dudosas cualificaciones, tiene más apoyo para realizar este proyecto que ningún otro proyecto que haya visto. Recomendamos aprobarlo”.

¡Y te dieron el dinero!
Sí, antes había venido tres veces con fondos propios. Era de turista para estar con mi novia y salir a conocer el país. Había empezado a aprender español, por ejemplo. Cuando vine la primera vez a El Salvador no hablaba español.

¿Y cómo terminó este proyecto?
Duró como tres meses, nada más. Después preparé otro proyecto con el mismo donante, que era más complicado porque tenía más investigación. Me lo aprobaron para el siguiente año. Pero al empezar esto me di cuenta de que necesitaba estudiar algunas cosas técnicas de biología, como la bioestadística. Esa parte técnica de la ciencia.

Algo que tu afición a las aves no te había dado.
Cabal. Al principio pensé que eso lo podía aprender leyendo libros, pero es muy complicado. Esa parte matemática es muy complicada y sentí que necesitaba estudiar. Además, descubrí que, aunque uno puede hacer cualquier cosa en este mundo, sin un título universitario va a haber muchas barreras para alguien que quiere buscar financiamientos mayores. Sabía que había algunas fuentes de financiamiento para gente como yo, pero eran muy limitados.

¿Montos pequeños?
Montos pequeños y había muy pocos donantes interesados en apoyar a alguien, como yo, que no tenía un título universitario. Entonces, aprendí  lo importante que sería tener un Phd, un doctorado, para acceder a fondos más grandes y ser más competitivo en el mundo del financiamiento.

Y te metiste a estudiar. ¿Cómo lo tomó la novia?
Ella estudiaba su doctorado en medicina, entonces entendió la importancia de que estudiara y me fui de un solo por años... Y cada vacación estaba de regreso acá. Había empezado investigaciones, no solo estaba pasando el tiempo, estaba realizando y publicando artículos de investigación muy técnicos acá. Estaba muy activo. Cuando me gradué del doctorado estaba con 25 publicaciones en revistas internacionales. Soy científico investigador... me gusta buscar soluciones a preguntas.

¿Y te fuiste a estudiar ornitología?
Sí, pero no estudié eso sino hasta después de haber estudiado las aves salvadoreñas. Las aves eran una fascinación de mi juventud. Cuando tenía siete años, era un niño totalmente empapado y enamorado con el mundo de las aves. Crecí con esa gran fascinación y era mi pasatiempo de todos los días.

¿De dónde le nace a un niño de siete años esa fascinación por las aves?
Fijate que los niños que tienen una fascinación por algo, por lo general, lo desarrollan a los siete u ocho años. En mi caso fue porque mi papá era un aficionado a las aves y en su tiempo libre le gustaba sacarme a mí y mi hermano a caminar por los parques naturales y ver las aves. Cuando tenía siete años, él me regaló unos binoculares y tratando de utilizarlo logré ver unos pájaros brillantes, y fue como un despertar. Eran increíbles los colores y era como “¡Qué chivo!”. Mi hermano y yo, quizás, teníamos mucho talento para ver aves y gente mayor nos decía “ustedes, qué buenos son para ver las aves”. Entonces, quizás eso nos atrajo al tema y quedamos interesados en seguir conociendo aves y poder identificarlas. Hay mucha gente que entra en un tipo de deporte con las aves, es decir, es un juego de tratar de ver cada una de las especies. Es como un coleccionar estampas.

¿Como tarjetas de un álbum?
¡Claro! Es tratar de ver cada especie y ponerle un “check” a tu lista porque ya la viste, y ahora es tratar de encontrar otra especie, de ver otra especie.

Ya de adolescente, ¿siguió esa pasión?
¡Sí, sí!

En las películas gringas ambientadas en el high school, se ven al popular, al nerdo, al atlético... ¿tú quién eras?
Todo el mundo en mi juventud me asociaba o me reconocía como “el niño de las aves”. Era el niño que sabía de las aves. Recuerdo que en tercer grado los profesores me invitaban a hablar a toda la clase para contar sobre las aves que había visto esa mañana o lo que sea. De hecho, cuando tenía 14 años me invitaron a un programa nacional de televisión para mostrar mi conocimiento sobre las aves. Se llamaba 'Quiz Kids' y terminé como campeón por el conocimiento que tenía de aves. Nunca nadie me molestó por eso.

¿Qué decía tu anuario del high school?
Ja, ja, ja...

¡No querés acordarte!
Ja. Por ahí tendré el anuario pero no recuerdo lo que dice...

... Porque a los futbolistas les ponen como el MVP. Él que ve aves no debe ser el más popular.
Sí recuerdo que dibujé varias aves adentro de ese anuario. En esos años pasé todos los días pensando en las aves. En el noveno grado, recuerdo que un día a la semana me ausentaba de la escuela para andar buscando aves.

¿Era un pueblo con bosque?
No mucho, era un suburbio de Boston. Y al día siguiente llegaba al grado y, aunque yo me había ausentado un día antes, en lugar de preguntarme los profesores o el director de la escuela si me sentía mejor o si estaba enfermo o por qué me había ausentado, me preguntaban: “¿Y dónde fuiste ayer? ¿Qué vieron? Era algo interesante”.

Oliver Komar. Foto: Mauro Arias
Oliver Komar. Foto: Mauro Arias

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