Llega puntual y apurada. En su mano izquierda sostiene su teléfono celular, lo pone sobre la mesa, frente a ella, y no deja de verlo durante toda la plática. “Estoy esperando una llamada del director... si me habla, me tengo que ir... van a disculpar”, advierte. Tiene mucho trabajo, demasiado trabajo, dice, tanto que “no alcanzan 25 horas al día” para hacer todo. Pero se sale con todo. Es la subdirectora de Administración y Finanzas de la Policía Nacional Civil, la única mujer en ocupar un cargo de subdirección en la actual gestión policial... Bueno, para ser más claros, la primera mujer en pasar desde las jefaturas del nivel operativo a una subdirección policial.
17 años atrás, la comisionada Marta Zoila Uribe Andrade fue una de las tres mujeres que pasaron las pruebas para estudiar el nivel superior de la PNC. La nueva policía solo existía en papeles, pero ella creyó que era necesario someterse al proceso y tratar de hacer algo diferente por el país. Dejó a su hijo de 47 días de nacido al cuido de su madre y se presentó a las pruebas físicas. Era una mujer de 28 años, delgada, de 1.56 metros de estatura, la altura mínima que se pedía para poder acceder a las pruebas de ingreso, y de carácter fuerte. Hoy, si uno la ve frente a frente, ve a una mujer de rasgos sencillos que inspira más ternura que miedo, de esas que no parecen ser capaces de alzar la voz. Pero, currículo en mano, la comisionada Uribe demuestra que las apariencias engañan.
¿Cómo llegó a la PNC?
Soy de la primera promoción del nivel superior. Ingresamos 33 y, de ellos, solo tres somos mujeres. A mí me tocó salir a España. Un grupo de 19 se fue para Puerto Rico y luego salieron como mandos provisionales. Y otros 15, solo yo de mujer, nos fuimos tres meses y medio a España. Eso fue el 27 de octubre de 1992. Regresamos en enero de 1993, ingresamos a la Academia Nacional de Seguridad Pública (ANSP) y nos graduamos el 19 de septiembre de ese año, ya como mandos definitivos, para incorporarnos a la PNC.
Solo hubo tres mujeres en la primera promoción de mandos superiores de la nueva Policía. ¿Por qué tan pocas mujeres?
Realmente, cuando ingresamos... bueno, yo entonces era docente universitaria...
… ¿En la Universidad Nacional de El Salvador?
Sí, en el departamento de Relaciones Internacionales de la facultad de Derecho. En ese momento daba clases de sociología política, organización y control de política exterior...
… Vaya, una licenciada en relaciones internacionales convertida en policía.
Sí.
¿Por qué convertirse en policía?
Porque era un reto, era una institución que no existía. Estaban recientes los acuerdos de paz. Yo había vivido, cuando entré a estudiar en 1983, el tipo de abordaje que hacían los cuerpos de seguridad en ese momento a toda la actividad estudiantil y universitaria...
… Un abordaje de “garrote limpio”...
... Era fuerte, con altos niveles de represión y de seguimiento. Entonces, una de las opciones, por lo menos a criterio personal, era que al ingresar a la PNC se podía hacer algo diferente. Los que ingresamos en la primera promoción no teníamos ni idea de cuánto íbamos a ganar, no sabíamos ni que íbamos a salir del país. Y esto lo aclaro, si me hubieran dicho durante el proceso de selección de ingreso a la ANSP que íbamos a salir del país, no hubiera ingresado.
¿Tenía hijos?
Tenía un bebito de tres meses cuando salí para España. Tenía 41 días de nacido mi hijo cuando hice la prueba física. Entonces, si me hubieran dicho que íbamos a salir del país, no me hubiera metido al proceso.
¿Y qué le dijo su esposo?
No, soy madre soltera. Y mi madre fue, y todavía lo es, un gran apoyo. El 12 de octubre de 1992 nos dijeron que estábamos clasificados... Habíamos participado más de 575 personas en ese proceso de selección. Cuando vi la lista en la que estaba y que decía que salíamos a finales del mes a España, le hablé a mi madre y le dije que no iba a seguir, que tenía que salir del país y que no iba a ir por el bebé. Ella me dijo que no, que Dios solo da una oportunidad en la vida y que tal vez esta era la mía. Sin el apoyo de ella y del resto de mi familia tampoco hubiera logrado alcanzar lo que he logrado. Además, mi mamá me dijo que solo eran tres meses, que si después no me parecía, me reincorporaba a la vida civil. Todavía cuando estaba para chequear en el aeropuerto, estaba así (junta sus dedos índice y pulgar para evidenciar un espacio pequeñísimo) de arrepentirme y uno de mis colegas, alguien que todavía ni nos conocíamos, Douglas Omar García Funes, solo me dio una palmada en la espalda y me dijo: “¡No’mbre, ya estás aquí, dale!”. Todos estábamos en una gran incertidumbre. Nadie sabía si esto iba a funcionar o no. Cuando ya estábamos en España, los que estuvieron del lado del ejército y del lado del FMLN hicieron un proceso de integración.
¿Integración?
Sí, fue un proceso bien crítico. El nivel de desconfianza era terrible.
¿Y los civiles?
De los 15 que fuimos a España, ocho éramos civiles. Y ellos, de un lado y del otro, tenían niveles de liderazgo previo. O sea, tenían rangos y posición en sus instituciones u organizaciones. Y a nosotros nos tocó una experiencia bastante crítica y sensible porque estábamos allá, desarraigados completamente con el país, donde se decían cosas y todo el mundo especulaba. Allá estábamos solos, aterrizando, asumiendo y tomando conciencia de que cualquier cosa en la que terminara la PNC en un momento determinado era responsabilidad nuestra.
¿No era un peso demasiado grande para ustedes?
Es que no se veía así. O sea, no se veía así. Una de las ventajas era que el rango de edades era similar, estaba entre los 28 y los 29 años. Sí el único que se salía por la tangente era el comisionado Rolando Julián Belloso, que sí estaba bastante entrado en años, ja, ja, ja. Habíamos dos profesores universitarios, uno de matemática (Francisco Parada Batres), y yo.
¿Y por ser de la Nacional no los miraban como gente de izquierda?
¡Es que eso se asimilaba así!
¿Y todos se graduaron?
No, de ese grupo que fue a España solo uno no se graduó. Cuando regresamos a El Salvador, en una instrucción de un capitán chileno que estaba en la academia hizo que desertara en las primeras de cambio, le dijo que hiciera pechadas, no pudo y se fue.
¿Y usted, que era una profesora universitaria, sí aguantaba? ¿Practicaba algún ejercicio?
Sí, si yo trotaba temprano, tempranísimo. Daba clases a las 6:45 de la mañana, pero a las 5 de la mañana estaba trotando. Al mediodía iba a natación y en la tarde, a pesas. Desde que estaba en la UES había tenido una actividad física bastante fuerte.
¿Y el trato a las mujeres era diferente o más difícil?
Al principio era cruel. O sea, eso sí fue un proceso doloroso y cruel para las primeras mujeres que entramos a la PNC. Había una estigmatización. En primer lugar, porque este era un campo para hombres, entre comillas; además, generalmente el perfil de la mujer que se manejaba era el de una persona tranquila, femenina, y nosotras nada que ver. Ahí se daban situaciones en las que una tenía que sentar posición y, por supuesto, hacerlo en un grupo de hombres era bien sensible.
Era romper o romper.
Sí, era romper paradigmas, normas. Un ejemplo, una vez, estando en España, nos iban a trasladar en un microbús que tenía solo 14 plazas y éramos 15 alumnos. Opté por salir casi 45 minutos antes, subirme al asiento de adelante y aguantar un sol increíble. Mis compañeros llegaron ya cuando nos íbamos y me dicen: “Marta, andate para atrás”. Y yo: “No”.
Ja, ja, ja. ¿Y a cuenta de qué?
“No, porque aquí no cabemos”. Y yo: “Ese es problema tuyo. Yo vine antes”, ja, ja, ja. Me tiran a un colega para adelante y yo que le digo: “¡Ay de vos si me caés encima!” Y hubo una reunión y todo por mi actitud, hasta tomaron una actitud de aislarme y les dije: “No, eso no. Cinco pruebas aprobé, cinco pruebas pasaron ustedes y ninguno me puede decir que me están haciendo un favor, todos estamos en el mismo proceso. ¿A cuenta de qué me van a decir qué hacer?” Teníamos esa situación de conflicto permanente porque el perfil de los que estábamos en el grupo era de alto liderazgo. Solo habíamos generales, no había a quién mandar y nadie quería que alguien viniera a imponerle nada. Sí creo que los primeros años, en ese sentido, fueron críticos para las mujeres. Uno de mis colegas me dijo, en una reunión, casi histérico: “¿Vos te has preguntado lo que es trabajar con una mujer aquí?” Y yo le dije: “Bueno, ese es problema tuyo. Mío no es, yo pasé las pruebas, hice todo el proceso y aquí estoy. Así que, ni modo”.
¿Eso no cambió en los primeros años?
No. Por todo esto de lo que te hablo, en 1998, se hizo un esfuerzo a nivel centroamericano, a través de la asociación de directores de policía, y se estableció un trabajo intenso para incorporar el enfoque de género como un eje transversal en las instituciones policiales a nivel regional.
A ver, en una sociedad eminentemente machista...
... Así es...
… Y en una institución que, si bien era nueva, tenía raíces en instituciones y organizaciones eminentemente machistas, como el ejército, la Policía Nacional o el mismo Frente. ¿Cómo querían meter ese eje?
Bueno, todo empezó desde Nicaragua, que tenía la conducción en ese momento de la asociación de directores policiales, y uno de sus objetivos de agenda era ese.
Pero ellos venían de otro proceso.
Correcto, tenían otra vivencia. Pero los directores policiales entendieron que era necesario, indispensable, romper con esos esquemas. Incluso en los acuerdos de paz, si los leen, dice que se le va a dar preeminencia a las mujeres para el ingreso a la policía.
