08 de Febrero de 2012

La economía del agua muerta

  • Foto: Mauro Arias
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    Este puente colgante en mal estado comunica la comunidad El Granjero con la colonia Florida, en el sur de San Salvador, es la única opción en esta zona para cruzar el río Acelhuate, cuyas riberas en esta área albergan una hilera de otras comunidades como El Coro, La Gallegos, Fenadesal Sur y Norte y La Chacra. Todas sobreviven en las márgenes de una cloaca que, paradójicamente, es fuente de trabajo para muchos.
  • Foto: Mauro Arias
    Dos niños de la comunidad Fenadesal Norte observan parte de la comunidad El Coro, asentada a las orillas del río Acelhuate. Solo en las márgenes del Acelhuate y Las Cañas el PNUD identificó en San Salvador 11 comunidades en precariedad, sin servicios de electricidad, agua potable por cañería o alcantarillados y con más de 50 viviendas.
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    José Isabel Meléndez tiene 72 años, vive en la comunidad Fenadesal Sur y se gana la vida "basureando" en el río Acelhuate. Basurear es hurgar entre la basura en busca de algo reciclabe. En esta imagen, el anciano demuele una columna de concreto de una vivienda abandonada para sacarle el acero y venderlo. La Fenadesal Sur no está en el inventario de asentamientos urbanos precarios del PNUD, pero solo porque no es tan grande como para entrar en esa clasificación del mapa de pobreza urbana.
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    Un "minero" que pide que no se le identifique porque le avergonzaría que su familia lo vea en estas condiciones, recoge trozos de metal a mano limpia entre las inmundicias del Acelhuate en la zona de la comunidad El Coro, en San Salvador. Entre la arena sedimentada tras las piedras grandes se acumulan clavos viejos, pedazos de cobre y bronce que pueden darle una ganancia de 20 dólares en tres días de trabajo.
  • Foto: Mauro Arias
    Alberto Jiménez tiene larga experiencia como "minero" en el Acelhuate. Un hombre duro que pasó un tiempo en prisión es capaz de bucear en algunas pestilentes pozas de la zona del barrio de Candelaria, o en las cascadas de aguas servidas que alimentan al río, todo para buscar el tesoro que esconden: material de reciclaje que le ayuda a obtener unos dólares para mantener a su familia.
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    Un diente de oro es la recompensa del día para este minero que, con la sensibilidad de sus manos, distingue bajo la mezcla de agua, orina, excrementos y basura, los pedazos de metal escondidos en el lecho del río.
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    Este es uno de los afluentes que alimentan al río Acelhuate. Estas aguas negras provienen de unas de las grandes urbanizaciones de Ilopango.
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    Depués de recorrer unos 5 km desde su nacimiento, el río Las Cañas alberga y alimenta con sus aguas contaminadas una productiva zona agrícola que abastece de verdura y leche los mercados de la capital. Es un tipo de castigo que la pobreza extrema impone a una sociedad ciega ante el deterioro del ambiente.
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    Durante la época seca el valle del río Las Cañas se convierte en un lugar ideal para el cultivo de todo tipo de verduras, salvo porque el agua de riego es insalubre. Los agricultores del río, convertidos en residentes de lotificaciones al lado del cauce, recuerdan cuando Las Cañas era limpio. Acá, en Apopa, termina lo urbano y comienza el campo.

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    Cultivo de chipilín y de maíz en las riberas del río Las Cañas.
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    Recolección de culantro regado con el agua sucia del río Las Cañas. Desde este punto parte la mercancía hacia los mercados de la capital.
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    Para la fauna silvestre, el río Las Cañas es otra fuente de alimento, auque esté envenenado. Los nutrientes contenidos en el excremento permiten la proliferación de gordas larvas y variedad de insectos propios de las aguas muy contaminadas, que son buscados por estas garzas.
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    Durante la epoca de lluvias, los agricultores de Las Cañas pierden la posibilidad de cultivar sobre las orillas inundadas y cambian de actividad: se vuelven buscadores de arena para venderla a los camioneros. La capa amarillenta sobre la arena no es más que excremento sedimentado.
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    La arena lista para la venta se dispone en volcancitos. La recolección de arena está legalmente prohibida por su impacto en el ambiente, ya que destruye el lecho de los ríos, pero las autoridades no actúan. En otros países la arena se obtiene de la trituración de la piedra. Esta práctica es un tributo que los pobres cobran a la colectividad.
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    Un camión es cargado con 8 metros cúbicos de arena, aunque el vehículo esté diseñado para 6 metros cúbicos. El propietario del camión lo hace para sacarle mayor provecho a su viaje a Santa Ana, donde abastecerá a una ferretería. A los areneros se les paga entre 8 y 10 dólares por cada camionada. En época seca, cuando la arena escasea, el precio sube hasta los 16 dólares.
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    Con el camión cargado, los peones cubren la arena con plástico y dejan el apestoso río, comiendo mangos que recolectaron en sus orillas. Ellos reciben 5 dólares por viaje, que incluye la carga y la descarga, así como la limpieza del camión cuya carrocería sufre el ataque de los químicos corrosivos disueltos en el agua.
Hace años, los ríos que cruzan el territorio de la capital salvadoreña eran atractivas fuentes de agua limpia. Ahora, los mismos ríos, ahogados en los desechos de la población, siguen sosteniendo la sobrevivencia de los más desposeídos y marginados.
Publicada el 14 de Junio de 2010