Tres millones de mauricios

Mauricio Ramos vivió casi siempre al borde de la indigencia. Tres cuartos de siglo casi sin poder pronunciar la palabra "mío". Y entonces llegó Ida, que se llevó su milpa, su champa y su última esperanza. Y ahora está feliz y tranquilo, porque cuando empieza a presentir la muerte piensa en "todo" lo que podrá dejar a sus hijos.

Roberto Valencia / Fotos: Frederick Meza

elfaro.net / Publicado el 6 de Junio de 2010

Sandra Yamileth Ramos, nieta de Mauricio Ramos, posa dentro de su antigua casa. El día de la tormenta el lodo la cubrió hasta la mitad y tuvieron que ser evacuados.
Sandra Yamileth Ramos, nieta de Mauricio Ramos, posa dentro de su antigua casa. El día de la tormenta el lodo la cubrió hasta la mitad y tuvieron que ser evacuados.

Sentada sobre su propia sangre supo que algo andaba mal. Seis semanas faltaban para salir de cuentas, pero el niño se retorcía por salir. Sintió una punzada lenta y larga, apretó los ojos y con su mano comprobó que los pies estaban fuera. Venía al revés.

—Me dio nerviosidad.

Estaba pariendo tirada en el corredor de una casona, en un cantón perdido de un ignoto pueblo llamado Monte San Juan. Las únicas ayudas disponibles eran la voluntad de Mauricio, su marido, y el recuerdo de un consejo que años atrás le había dado su padre: si te llega a ocurrir esto, cuando nazca le cortás el cordón tres dedos debajo de la tripita, buscás un cañamito, lo desinfectás con alcohol, te lavás bien las manos y le metés la gillette.

El fruto de su vientre cayó al piso sin dificultad cuando él le apretó la barriga con fuerza.

—Así era el bichito –y, con las manos, Mauricio simula algo del tamaño de un plátano–, chiquito y clarito-clarito, y amarillo, y las manos bien largas.

Mauricio tomó la iniciativa. Salió a buscar a un cuñado y le pidió que fuera hasta Cojutepeque en bicicleta a comprar lo necesario. Cuando regresó, tenía el cañamito elegido y cumplió como un soldado las instrucciones: alcohol, manos limpias, tres dedos, gillette. Después agarró el feto y lo miró asustado.

—Ahí deseé que se muriera... No se le veía forma de gente, clarito y amarillo, como que era muñequito de hule...

Era el octavo embarazo, pero el primero que nacía sietemesino, desproporcionado y amarillento. Convencidos de que nada se podía hacer, ni siquiera buscaron un médico. La decisión fue esperar, dejarlo en las manos de Dios, como le gusta decir a Mauricio. Aquella noche del 19 de abril del año 2000, se acostaron resignados, una resignación que quizá solo quienes conocen el verdadero significado de la pobreza puedan comprender. Y juzgar.

***

El presidente de El Salvador, Mauricio Funes, parece tenerlo claro. Así lo dijo en uno de sus discursos: “Un pueblo es libre cuando puede alimentarse, un pueblo es libre cuando tiene acceso a la educación y a la salud, un pueblo es libre cuando su población tiene oportunidades de empleo y de desarrollo y, por supuesto, un pueblo es libre cuando sus hombres y mujeres se sienten seguros y pueden salir a la calle sin miedo”. Si tiene razón, el presidente preside un país de no libres.

La última Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples, la principal herramienta con la que el gobierno monitorea los indicadores socioeconómicos, se presentó en junio de 2009. Cuatro de cada 10 hogares salvadoreños resultaron en situación de pobreza extrema o relativa. Esa era la situación cuando se hizo la encuesta, a lo largo de 2008, antes de la crisis económica que zarandeó el país y provocó que decenas de nuevos asentamientos de plástico, cartón y lámina surgieran como los hongos después de una tormenta. Con una población estimada en 6.2 millones de habitantes, resulta hasta conservador calcular en 3 millones los pobres que hoy hay en El Salvador.

Mauricio Ramos Vásquez es uno de ellos, Mauricio es uno entre tres millones.

—Pero yo tengo esa fe en Dios. Y fíjese, don Roberto, que yo toda mi vida he andado rodando, de pobre, pero sabiendo que Dios un día me iba a compensar.

***

Aquí había una colonia llamada San Antonio hace apenas dos días. Lo que hay ahora es una lengua de tierra y rocas que arrasó con todo menos con el muro de una casa aquí, un suelo embaldosado allá, un tronco más allá. Sobre el lodo ya reseco caminan silenciosos periodistas, pobres, funcionarios y curiosos. Hasta el presidente de la República estuvo hace un par de horas por acá.

Hoy es 9 de noviembre de 2009, mediodía, y esto es Verapaz, en el departamento de San Vicente. Ayer en la madrugada llovió tanto que el altanero volcán de San Vicente se desparramó como una charamusca al sol. Uno de los deslaves atravesó el pueblo de sur a norte. Hubo muerte y destrucción. La peor parte se la llevó esta colonia, la San Antonio, un asentamiento al que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo le puso la etiqueta de área precaria en su Mapa de pobreza Urbana. Mauricio vivía aquí, pero eso aún no lo sé.

Mauricio Ramos lleva a su casa un huacal con ropa acabada de lavar. Al fondo, se observan los primeros baños públicos de la comunidad de 163 viviendas.
Mauricio Ramos lleva a su casa un huacal con ropa acabada de lavar. Al fondo, se observan los primeros baños públicos de la comunidad de 163 viviendas.

Mauricio cumplió 74 años hace un mes. Tiene la piel tostada por el sol y menos arrugada de lo que uno presupone en un septuagenario. El cabello, vencido por las canas pero abundante, sin el más mínimo atisbo de alopecia; las cejas y el bigote están conjuntados. Las cataratas impiden definir el color de sus ojos. Es pequeño y delgado, pero aún se ve musculatura en sus brazos cuando se quita la camisa; en el izquierdo tiene una profunda cicatriz por un machetazo de juventud.

Se me acerca cabizbajo  para pedir por favor una llamada. Sus familiares aún no saben que es un sobreviviente de las lluvias generadas por el huracán Ida.

—Aló, ¿qué pasó, hijo?

—...

—Por aquí, ¿veá? Aquí estamos todos fregados... Incomunicados... Nos llevó todo la lava... En la mera lava estoy ahorita.

—...

—Sí, pero avisala, decile a la Mina que estamos fregados y que, hablando a las cabales, necesitamos ayuda... Pasámela... Hola, hermana. Sí, te estoy hablando de un señor que me ha prestado el teléfono.

—...

—Yo estoy viviendo donde la Lourdes, a la entradita de Verapaz, del puentecito para arriba, si en caso querés venir. Lo que te quiero decir es que estamos necesitados.

—...

—Sí, mi hermana, cuando vengás te voy a platicar todas las maravillas que Dios ha hecho.

—...

—No perdí pero ni uno de mis hijos, ¿oíste? Todos me los sacaron, y me sacaron a mí, arrastrado, pero me sacaron.

—...

—Vaya, salú, pues.

—...

—Salú, pues... Va... Va... Gracias... Amén.

Muchas gracias, dice, cuando me devuelve el teléfono.

La tierra a nuestros pies está extrañamente reseca. El cielo azul y el sol abrasador. Los ojos de Mauricio, nublados y llorosos.

***

Tres millones de mauricios

Buen trabajo

Escrito el 2012-01-07 22:24:17 por Alma Meléndez

Me gustó mucho su reportaje don Roberto. Me conmovió hasta el alma, me hizo reflexionar y valorar muchas cosas... Es una realidad muy dura y muy cruel la de nuestro pueblo, me siento tan impotente al conocer de cerca algún caso en particular, con nombre y apellido, como el caso de don Mauricio... quisiera poder hacer algo.


Excelente escritor

Escrito el 2011-12-26 12:10:08 por Mario Arias

Realmente quiero felicitar a Roberto Valencia por un texto que me ha hecho adentrarme en la vida de Mauricio como si se tratase de un personaje ficticio y que muchas veces no nos damos cuenta que es de carne y hueso y esta no es una historia de de horror, ni necesariamente con un fnial feliz, sino que es la forma de vida de muchas personas. Felicidades Roberto, eres un ejemplo de periodista RobertO. Saludos!


Ya paso algun tiempo...

Escrito el 2011-10-11 15:51:36 por Barrabas

Segun el reportaje, el 12 de Mayo de 2009 Dijeron "—Así que si todo va bien, se ven en casita propia en año y medio." ya paso dos años y cuatro meses ¿le cumplieron a don Mauricio su sueño de dejarles casa a sus hijos o una vez más todo fue parte del circo? Podrían contarnos como esta don mauricio y su familia ahora? este reportaje de hace un par de años me parecio tan importante que lo he tenido presente para comentar hasta hoy y esperar que nos cuenten si jugaron una vez mas con uno de 3 millones pobres y su desgracia.


A veces no dimensionamos lo que es ser pobre

Escrito el 2011-03-06 18:47:26 por Eduardo Portillo

En nuestro paisito, el tercero mas consumista del mundo, mientras muchos estan pendientes de tener el nuevo celular con todas las funciones (la mayoria inutiles) hay gente como don Mauricio que nada tienen y tengo duda que sea tan genuinamente feliz de tener una casita de fibrocemento, quien no ha tenido nada nunca agradecera eternamente lo poco que le den, tenemos que reflexionar y darnos cuenta que si ponemos de nuestra parte con algo aunquesea poco podemos ayudar todos, talvez no saquemos a todos los pobres de su pobreza, pero con que logremos darles algo que puedan llamar propio les cambiaremos la vida talves para nosotros sea un poco, pero talves para ellos sea bastante.


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