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El Ágora

"Yo nunca he buscado poder ni hacer carrera"

 

El eterno candidato a arzobispo de San Salvador dice no necesitar un cargo mayor para sentirse realizado. Donde está es feliz. Moderado en sus evaluaciones, solo sube el volumen de su verbo cuando valora a sus dos maestros -monseñor Romero y monseñor Rivera- y cuando habla de los que, predicando el evangelio, se dedican a vaciar la billetera de los fieles. Así describe al hermano Toby.

Ricardo Vaquerano y Diego Murcia

 
 

 

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¿Y tenían mucha sintonía sobre qué cosas decir?
Total, total, total. Era así: redactábamos juntos el texto, si yo iba a predicar, yo le pasaba el texto para que lo revisara. Lo revisaba caminando a la misa de 8 y decía: "Me parece bien que se haga el comentario". Antes ya se había discutido, en la noche, cómo se iban a exponer las cosas. De hecho, el texto que él predicó el día del asesinato de los jesuitas, lo escribí yo con las ideas que discutimos. Él no era bueno para la computación, entonces, la gente notaba eso y lo comentaba, que era una total sintonía frente a la visión del país y del análisis pastoral de las cosas. Era una manera de llevar juntos la diósesis.

Eran una mancuerna.
Éramos un equipo y él así quiso que fuera. Para mí fue un privilegio estar a su lado y luego el proceso de paz, vino después y me tocó a mí. Es él el que estaba preparando las reuniones, el material y todo, de modo que llevamos juntos el proceso de paz. Totalmente los dos. Duró desde el año 84 al año 89. Comenzamos en octubre del 84 cuando el presidente Duarte anunció en la Asamblea de la ONU que invitaba a la guerrilla al diálogo y pedía a los obispos que prepararan conversaciones. Los obispos se reunieron y decidieron que monseñor Rivera fuera el representante y yo su asistente.

¿Por qué quedó fuera la Iglesia posteriormente?
Ah, es interesante ese punto, pero... brevemente, el diálogo de La Palma, en octubre del 84, Ayagualo un mes después, 30 de noviembre; Nunciatura en el año 87, después entró la ONU, después vino ya Cristiani, vino el encuentro de México y luego el de Costa Rica, ahí estábamos todavía nosotros. En el de México pasó una cosa simpática: Cristiani invitó al diálogo a la guerrilla y me llaman de México los comandantes, que quién va a preparar el diálogo, yo llamé al presidente Cristiani: "No, que ya están avisados", entonces me dijeron: "Si no lo preparas tú, no hay diálogo". Yo pasé al presidente, entonces él propuso que fuera otro obispo que lo preparara, pasé la voz allá: "No, si no vas tú, no hay diálogo". Y yo les respondí: "Si no va este obispo, tampoco voy yo". Es decir, yo vi que si tomaba la actitud partidista era dividir a la Iglesia. Y fuimos los dos. Se entusiasmaron con el diálogo cuando vieron cómo salieron las cosas. Pero en el diálogo de Costa Rica ya estuvo otro porque yo soy el único salvadoreño -y este es un Guinness Record que nunca he reclamado- que estuvo en todos los acuerdos de paz, ningún otro estuvo siempre, del 84 al 89. Cambiaban en ambos bandos los delegados, mientras yo estuve en todos. Entonces, ya en octubre, que fue en Costa Rica, por cierto, estábamos en la casa de retiro de unas monjitas y había, en el tercer piso, el gobierno, en el segundo, la guerrilla; en las escaleras, la policía tica y como quizás ellos no tenían experiencia con cosas de guerra, para que no fueran a pelearse los dos bandos ellos se quedaban en las escaleras. Una noche la guerrilla se escapó al cine, fuertemente custodiada, para ver la película "Romero", que aquí aún no se pasa en las pantallas grandes, aún sigue prohibida la película "Romero" en El Salvador. Ningún cine la pasó. Tanto que aquí hay una anécdota complementaria de Raúl Julia. Raúl Julia vino como observador a unas elecciones y traía la película en formato profesional, pidió una sala de cine para proyectar y hacer un cine foro y ningún cine prestó la sala. Terminó siendo el cinefórum en la UCA, pero antes él pidió estar en la misa del obispo y pidió leer en esa misa las lecturas. A mí me tocó la misa ese día y mucha prensa estaba ahí, porque Raúl estaba presente, por cierto, siendo un artista consumado se trabó varias veces en la lectura, porque estaba muy emocionado... Al final de la misa le digo: "Raúl, ¿quieres decir algo a la gente?" Me dijo que sí y fue al micrófono y dijo: “He venido a dar gracias al pueblo que nos dio a monseñor Romero”. Esa fue la frase de Raúl. Luego añadió cómo esa película cambió su vida y contó anécdotas de cómo tuvo que subir de peso para parecerse a monseñor Romero, porque era más bien delgado. Después supe cómo fue su conversión, cómo fue su muerte, porque el padre que lo atendió me lo contó, un padre puertorriqueño. Ciertamente monseñor Romero cambió la vida de Raúl Julia y de tanta gente; pero qué bonito que quiso hacer ese gesto Raúl de ir a la misa del obispo y leer y que su película no se pasa en ningún cine todavía. Hay una anécdota más ligada a esto: secuestran a un cafetalero, me pide la familia que yo intervenga para que lo liberen, hago las gestiones, voy a verlo, en medio de una plantación de café en el oriente del país. Lo encuentro comiendo su almuerzo con sardina enlatada, frijoles y una tortílla bajo unos cafetos y me dice el comandante: “Lo liberamos si pasan en canal 12 la película “Romero” ”. Entonces le dije que hablaría con Coqui Zedán y me dijo que varias veces le habían pedido la misma cosa pero el gobierno no lo permitía. Total que al final fue una liberación a través de una recompensa económica. Pero lo que pedía la guerrilla era que se pasara la película Romero por la televisión. Se logró por primera vez que se pasara cuando hubo el año 2000 el jubileo, que lo pasó el canal 33 a petición de la Iglesia. Cosas increíbles pero así...

Pero se quedó en que la guerrilla salió fuertemente custodiada a ver la película Romero.
Sí, claro. Hay otra anécdota del día siguiente, porque matan a un militar en Santa Tecla en esa madrugada y llegamos al diálogo después del desayuno y comienza uno de los comandantes pidiendo disculpas por lo que había pasado y que no fuera motivo para que el diálogo se interrumpiera. ¿Qué pasó?, decían los del gobierno. La guerrilla tenía la síntesis de las noticias de la mañana y de los periódicos y el gobierno no tenía nada. Eso siempre fue característica de este diálogo: una guerrilla muy bien informada y un gobierno descoordinado.

Monseñor: entonces usted también tiene como tarea coordinar con el arzobispo lo que van a decir el domingo.
De hecho yo tengo el diario de monseñor Rivera, son ocho tomos, donde él escribió notas pensando en hacer la historia de la iglesia. Era un hombre tan disciplinado que escribió notas aún en la víspera de su muerte. Hay otra anécdota de él, para ver la diferencia con monseñor Romero. Monseñor Rivera comenzaba como arzobispo y vino el Comité de Madres de los Desaparecidos y de los Presos Políticos a ver una queja de que habían capturado a no sé quién. Era la hora del almuerzo y dice monseñor Rivera: “Bueno, ahora toca el almuerzo, veremos después de la siesta qué podemos hacer”. Monseñor Romero era incapaz de eso. Tenía a todo mundo en movimiento en cuanto conocía algo de esto. Él comía a la carrera, comía mal, tenía mala digestión, porque no podía desconectarse. Monseñor Rivera era al contrario: hoy toca comer... y me pedía a mí que me encargara del asunto. Y Tutela Legal, por supuesto, en la parte más técnica.

Monseñor, hay algo que no entiendo: ¿por qué si usted se pone de acuerdo con el arzobispo sobre lo que van a decir el domingo, muchas veces ha parecido que la Iglesia salvadoreña habla con dos bocas distintas, como sucedió varias veces con monseñor Sáenz?
Hemos hablado antes de monseñor Romero y de monseñor Rivera. Ese era el método y ese era el estilo.

¿Entonces eso ya no sucedió con los sucesores?
No, no, no, esa era la forma como monseñor Rivera quiso llevar la pastoral; al morir él, viene un nuevo arzobispo con su estilo, pero con monseñor Romero no trabajé como obispo, yo no era obispo, pero sí en la oficina de comunicaciones. Por ejemplo, el comunicado de cuando matan a Rutilio Grande lo redacté yo y lo leí en Catedral el día de exequias, él tenía confianza en mí en el manejo de la palabra, aunque yo no era obispo. Y con Rivera ese era el método que usamos al final de su vida.

Después ya no hubo esa sintonía plena entonces.
Ya fue otro método.

En los últimos años como que ha habido una disonancia entre quienes piensan que la Iglesia debe hacer énfasis en los aspectos que tienen que ver con el cielo y los que piensan que debe enfatizarse en los asuntos cotidianos de la gente. ¿Usted qué piensa?
Hay una cosa curiosa y tú lo puedes ver el día que lo matan. Hablo de Romero de nuevo. Al celebrar la misa para la mamá de Jorge Pinto, lee un texto del concilio que responde a tu pregunta. Es el documento 39 sobre la Iglesia en el mundo actual. Un documento que siempre se cita para hablar del tema que me estás planteando. ¿Qué dice ese número? Que la Iglesia, al querer la vida eterna, no se desentiende de los asuntos de la Tierra; al contrario, se esfuerza porque este mundo se parezca más al proyecto de Dios y sea una digna morada de los hijos de Dios. Así lo dice.

¿Cuánta validez sigue teniendo?
En cómo se lleva a la práctica es donde viene la diferencia. Estamos de acuerdo en que la Iglesia tiene que terminar el mundo, desde el evangelio, hacer su aporte. Si está más metida o si replegada, ese es el tema de lo que llaman ya la involución de la Iglesia. Es admirable lo que pasó en Brasil, en el encuentro de Aparecida 2008, se reúnen todos los obispos de todo el continente con el papa Benedicto XVI. Ahí muchos se sorprenden porque esperaban una iglesia que se iba replegar mucho más, pero al contrario, se adelanta, en los documentos finales. Y el papa Benedicto fue categórico en ese punto, y está insistiendo mucho en que los cristianos tenemos que hacer presentes en el mundo los valores en los que creemos, que son los que hacen que la gente pueda vivir en justicia, igualdad, libertad. La palabra está clara, el punto está en cómo se aplica, ahí está la diferencia.

Recordamos un episiodio de hace algunos años, cuando mientras monseñor Sáenz Lacalle hablaba de la oposición a los condones y de aceptar los hijos que Dios le dé a la gente, usted hacía una sugerencia de no votar por el partido que estaba involucrado en el asesinato de monseñor Romero, es decir, Arena.
Hay una cosa más radical en ese punto, fue una carta de monseñor Rivera. Está publicada y se puede consultar. Llamaba a no votar por el partido cuyo fundador había mandado matar a monseñor Romero, eso está escrito. Hay una anécdota que sucedió en la terreza del Seminario, ahí vivía monseñor Rivera en ese momento y yo era rector ahí. Estábamos oyendo los resultados de las elecciones y me dice: "No entiendo a este pueblo: dice que ama a monseñor Romero y sigue votando por Arena."

¿La Iglesia puede hacer ese tipo de proselitismo?
Él lo dijo a nivel privado. Él sintió cuando hizo la carta que debía hacerlo, hay momentos que pueden ser grises, y no solo blanco o negro, y uno tiene que llegar a tomar una decisión, y uno puede llegar a equivocarse en el área de lo opinable. Él sintió que debía decirlo y lo dijo, y no tuvo éxito.

Pero usted lo dijo públicamente.
Hay que ver qué palabras usé, si usé una insinuación, puede ser, pero no una llamada así... él hizo un llamado, lo mío fue mucho más moderado, y hay que ver en qué contexto, si fue en un contexto coloquial, solemne, contexto de opiniones, yo distingo mucho de los géneros.

¿Y eso no le ha acarreado problemas a usted? ¿Que lo llame el nuncio, por ejemplo?
Hay una anécdota del día lunes que amanece en los periódicos una amenaza de muerte contra monseñor Rivera y contra mí. Tengo los recortes del periódico, era el escuadrón Hernández Martínez el que nos amenazaba de muerte, nos daba dos meses para corregir. ¿De qué nos acusaban? De las homilías. "O callan sus homilías o los matamos". Nos daban nos meses para corregir. Curioso que un escuadrón de la muerte estuviera pendiente de las homilías... mandaron a los periódicos a publicarlo, los obligaron... Eso es como la cosa extrema que se ha dado. Igual cuando matan a los jesuitas hay acusaciones contra nosotros en la Cadena Cuscatlán, nos amenazaban de muerte. Uno sabía que eso era parte del servicio.

¿Y no le ha causado líos dentro de la misma Iglesia?
Connotaciones así que se hagan ver en público no, no tengo ni una queja. Es que el papa Juan Pablo tenía una gran confianza en monseñor Rivera, le apoyó en el proceso de paz, en todo el proceso del trabajo por la justicia, quizás eso influyó. Pero además eso es lo que tantos hacen en tantas partes del mundo, solo que tal vez con algunos matices, pero es que la Iglesia levanta la voz en todas partes, la cuestión es cómo pones tú los acentos. Por ejemplo, el tema de la vida. En Estados Unidos hay un partido que defiende a la familia y defiende que el niño nazca, pero tiene la pena de muerte y no le interesa la justicia. Hay otro partido que es muy abierto a lo social pero muy permisivo en el tema del aborto. Ninguno ha logrado una visión global de opción por la vida. Y la Iglesia a veces cae en lo mismo: al optar por la vida te toma un elemento y te lo separa. La vida implica cuatro derechos: el derecho de nacer, por tanto el aborto no; el derecho a vivir dignamente, ahí está todo lo social; el derecho de convivir en una sociedad justa y democrática, ahí viene la democracia participativa; y el derecho de creer y esperar una partida a la trascendencia. Eso es optar por la vida. Hay que ver el paquete completo. Y a veces uno cae en la trampa como Iglesia en que aísla un elemento y entonce aparece el mensaje incompleto. Yo siempre procuro tomar el paquete completo, que es lo que hizo Jesús. Eso cambia todo.

¿Tomar ese paquete completo le habrá costado no ser arzobispo?
Yo estoy feliz aquí como estoy. Nunca he buscado en la Iglesia puestos. El Papa acaba de hablar de eso: que hay gente que busca en la Iglesia poder y privilegios. Habla del carrerismo, de hacer carrera. Yo nunca he buscado poder ni hacer carrera, y eso me hace feliz.

¿Por qué no es arzobispo?
No lo sé. No lo decido yo, je, je, je. Tampoco lo he buscado.

¿Qué sospecha usted?
Los analistas tiene un montón de opiniones, pero a mí eso no me quita el sueño. Siento que hay que dar un servicio y me alegro cuando el servicio se puede dar. A veces se hace en el silencio, y eso hace que la palabra tenga más peso. Uno no sabe si tu palabra está respaldada por una vida, por una experiencia profunda. Eso he aprendido de mis dos maestros, tanto de monseñor Romero como de monseñor Rivera. Eso los hizo grandes, no vemos fisuras en su vida a nivel de que por buscar un cargo de tipo humano hayan hecho concesiones. Cuando yo fui ordenado obispo, el arzobispo de Tegucigalpa, monseñor Óscar Rodríguez, escribió una dedicatoria del obispo de Münster en Alemania, que tenía un lema en latín que, traducido, decía: “Ni por las alabanzas ni por los temores”. A uno lo pueden querer conquistar comprándolo o asustándolo. Yo he tenido la suerte de que la primera tentación nunca la tuve; y la segunda, pues, he tenido maestros tan excelentes que aprendí a confiar en Dios y dejarme conducir por él. Hay una anécdota de monseñor Romero, un documental que aquí no se ha proyectado –lo hizo hace 30 años un periodista suizo-. En ese documental el periodista le pide a monseñor que le permita andar con él una semana, en todas sus actividades. Filmar todo lo que monseñor hace. Y hubo una cosa que le pidió: “Monseñor, vista siempre de blanco”, y él anda siempre con sotana blanca, en todo el documental. Hay una escena ante la iglesia de Aguilares, después de visitar la tumba del padre Rutilio Grande, y le pregunta: “¿Usted no tiene miedo?” Y monseñor responde: “Miedo no, pero temor sí”. Y después dice: “Pero yo no puedo abandonar a las comunidades. Y si algo me pasa, Dios va conmigo. Si algo me sucede, estoy dispuesto”. Así responde él. Es interesante porque lo mismo dice en su diario, cuando le llega la amenaza de muerte, que le cuenta el nuncio desde Costa Rica: “Dios va conmigo, no puedo abandonar a la gente, Dios está conmigo. Uno sabe que está en manos de Dios, y da una tranquilidad tremenda”. Monseñor Rivera me enseñó a ser un hombre tranquilo. Vino la ofensiva y nos quedamos en el Arzobispado. Nos querían llevar a la Nunciatura y nos quedamos aquí. Rodeados de peligro, sin guardaespaldas ni nada. Es un poco una experiencia intensa en algunos momentos, hermosísima todos los días. Gracias a Dios aquí estamos.

¿En qué momentos la Iglesia salvadoreña se alejó o se divorció de la realidad?
Hubo dos momentos a nivel de cómo se entiende la Iglesia a sí misma. Uno en el que se sentía como una sociedad perfecta al lado de la otra que es el Estado. Como dos iguales, pero separados: la Iglesia y el mundo. La segunda parte es la Iglesia en el mundo, esta es la gran diferencia de Vaticano II. Esa es la Iglesia que Jesús nos dejó: en el mundo. Y eso significa encarnación, al estilo de Jesús, que se encarnó desde abajo. Metiéndose con los pobres y siendo pobre. Entonces, mientras la Iglesia mantenga esta visión, todo lo ve muy claro. Estará siempre con los débiles y los aplastados. Pero como algo natural, no como algo demagógico. Y desde ahí va a tratar que esta gente tenga vida plena. Esta es la visión que se recuperó en Aparecida, y está tan clara. Ahora, ahí vienen las estructuras, tradiciones, costumbres, prejuicios, el contexto cultural, todo el pasado, pero esa visión está clara. Y esta Iglesia latinoamericana tiene esa característica desde 1950: una Iglesia que camina con la gente. Y eso ningún continente lo tiene.

¿A usted le satisface cómo la Iglesia salvadoreña acompaña a los más débiles?
Cuando monseñor Romero hizo su primera carta pastoral como arzobispo, ahí está su utopía de Iglesia. Sin utopía no se puede vivir. Y la utopía de monseñor Romero es la de los jóvenes latinoamericanos. En el documento de juventud de Medellín, en el número 15 está descrita esa Iglesia. El texto dice: ¿qué quieren los jóvenes? Que se presenta cada vez más nítido el rostro de una Iglesia pobre, misionera y pascual. Libre ante todo poder temporal y audazmente comprometida de todo hombre y de todos los hombres. Esa fue su utopía de Iglesia. Entonces yo mido con esa utopía la Iglesia en cualquier parte del mundo. Él muere y nos deja esa Iglesia. Y eso es lo que el mundo entero admira cuando él muere. ¿Qué Iglesia nos dejó? Y yo me pregunto: ¿de esa herencia cuánto nos queda? ¿Cómo la hemos cuidado? ¿Qué precio tiene cuidarla? Ahí entra la cuestión de cómo se vive la Iglesia en cada momento.

¿Cuánto nos queda de esa herencia?
No la tenemos completa. Monseñor Rivera la trató de conservar con su estilo, que fue lo primero que dijo en su primera homilía. Dijo: “Yo no soy monseñor Romero, él es irrepetible”. Así comenzó monseñor Rivera su homilía cuando llegó como arzobispo. Entonces él vio esa herencia. Yo creo que en estos 30 años de la muerte de monseñor tenemos que hacernos una pregunta: “¿Cómo recuperar esa herencia? ¿Cómo potenciarla?” Porque, ciertamente, la hemos ido, de cierto modo, perdiendo. Cuánto, cada uno dirá, pero no es la misma Iglesia que nos dejó monseñor… además el contexto es diferente, que eso también ayuda. Como que es más fácil ser valiente cuando uno no arriesga el pellejo. Con los periodistas se nota cuando ya comienzan a echar barriga. Porque las carreras de antes son las que les hacían sentirse que la vida valía la pena. Ya cuando ya están instaladitos, pues ya…

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