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El Ágora

"Yo nunca he buscado poder ni hacer carrera"

 

El eterno candidato a arzobispo de San Salvador dice no necesitar un cargo mayor para sentirse realizado. Donde está es feliz. Moderado en sus evaluaciones, solo sube el volumen de su verbo cuando valora a sus dos maestros -monseñor Romero y monseñor Rivera- y cuando habla de los que, predicando el evangelio, se dedican a vaciar la billetera de los fieles. Así describe al hermano Toby.

Ricardo Vaquerano y Diego Murcia

 
 

A sus 68 años de edad, este hombre nacido en Morazán es un completísimo anecdotario y un cofre con sinfín de detalles sobre la historia del país. Y aunque apenas si mira directo a los ojos cuando responde preguntas y apenas si suelta un par de sonrisas en hora y media de entrevista, compensa con una voz que evoca paz.

Y que su tono llame a paz tampoco es sinónimo de que Gregorio Rosa Chávez esté exento de humor. Como en su pueblo no había mucho que hacer y no había más que primer grado, tuvo que estudiar dos veces el primer grado. Y luego reclama para sí un Récord Guinness como el único salvadoreño que estuvo en todas las reuniones de diálogo por la paz entre 1984 y 1989.

El obispo auxiliar de San Salvador -desde hace tres arzobispos- es hermano del ministro del Ambiente, Herman Rosa Chávez, y encarna una paradoja: la de tener mucho tiempo para hacer lo que quiera y la de no tener suficiente tiempo para hacer lo que quiere. Cuando concedió esta entrevista precisó que disponía de una hora. Al final fue una hora de 90 minutos y entonces, cuando respondía la que él decidió que era la última pregunta, frenó bruscamente y, con un apacible “bueno, gracias”, puso final a una plática que exigía otro par de horas de 90 minutos cada una.

 

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¿Quién es usted, monseñor?
El segundo de nueve hermanos, de los cuales siete somos varones. Una familia que nació en el campo, con un padre sumamente sencillo, de grandes principios y que tuvo una frase que nos quedó como su legado. Nos dijo varias veces: “Yo no les voy a dejar herencia. Eso solo sirve para pleitos. Les dejaré educación. Eso nadie se los podrá quitar”. Y esa frase ha sido una guía para todos nosotros. Murió él y nadie estuvo pensando qué herencia le tocaba. No repartió herencia, pero todos quedamos con los estudios terminados. Soy alguien que nació en un cantón donde solo había primer grado. Aún está la casita donde yo hice mi primer grado. Y como no había nada más que hacer, al siguiente año volví a primer grado. Tengo dos certificados de primer grado. Pocos paisanos tendrán esa curiosidad. Y después me mandó mi papá a un pueblito, llamado Sociedad, para hacer segundo y tercer grado. No había más. Tenía como compañero al coronel Ochoa Pérez, con quien éramos vecinos además. Luego pasé a Jocoro para hacer cuarto, quinto y sexto. Ahí se ve cómo aquel hombre creía en la educación, porque no se contó con que “no hay más aquí” y me llevó a distintos lugares. Entonces me pasé al Seminario San José de la Montaña a hacer séptimo grado hasta terminar como sacerdote. Esa es una síntesis de lo que fue mi camino como estudiante.

¿Cómo llegó a la decisión de meterse al sacerdocio?
Esa es una cosa interesantísima porque yo nunca pensé en eso por mi cuenta, ya que en mi pueblo no había padre. Después llegaba cada mes, pero estaba fuera de ahí, estaba en Jocoro. Y una tarde mi mamá salió con mis hermanos a visitar a su mamá, o sea a la abuela. Quedamos solo mi padre y yo. Aún no había energía eléctrica en el pueblo. Y recuerdo bien cuando me preguntó: “Ya sacaste el sexto grado, ¿qué vas a estudiar?”. Y le respondí: “No sé”. Y él me dice: “Tú tienes para sacerdote”. Bueno, seguimos conversando y me volvió a preguntar qué iba a estudiar. Le dije que para sacerdote, pero fue una respuesta así, casi automática. Él tenía un amigo que trabajaba en una empresa comercial, que era viajero y tenía contactos con sacerdotes. Hizo los contactos para que yo pudiera entrar en el Seminario, pero esperé un año mientras todos los trámites se hacían. Total que perdí un año. Y perdí un año después de sexto grado. Y perdí un tercer año cuando terminé Filosofía. Antes era: uno era bachiller, estudiaba tres años de filosofía, luego cuatro de teología. Entre una etapa y la otra, el obispo me pidió que fuera a San Miguel a ayudarle a monseñor Romero como su asistente en el seminario menor. Él era sacerdote, era 1965. Él llegó a ser obispo en el año 70, por tanto, cinco años antes de eso… Ahí fue cuando nos hicimos amigos con monseñor Romero, donde le conocí más a fondo, que es lo que marcó mucho mi vida.

¿Cuántos años tenía usted y cuántos años tenía él?
Yo nací en el 42. Y él se ordenó sacerdote en el 42. Él nació en el año 17. En ese año él fue ordenado sacerdote, en Roma; y en el año 70, él fue ordenado obispo y yo fui ordenado sacerdote. Son dos fechas que están ligadas. La de mi nacimiento, ligada a la de su ordenación de sacerdote; la de su ordenación de obispo, a la mía como sacerdote.

Estaban predestinados a conocerse.
Realmente fueron vidas que se ligaron mucho porque, en el tiempo de San Miguel, él estaba a cargo de la Catedral, vivía en un convento que se llama Santo Domingo, a cuatro cuadras de la Catedral. Al lado estaba el seminario. Nos veíamos todos los días. Y él tomó mucha confianza. Si tú lees su diario verás que mi nombre aparece con cierta frecuencia. Tuvimos momentos críticos. Aparece en su diario… voy a contar tres momentos. Uno, cuando lo acusan en Roma de un montón de cosas. Él me pide que le ayude a hacer el documento de respuesta al Vaticano. Dos, cuando es el golpe militar del 15 de octubre del año 79, que me pide que hagamos juntos un documento sobre el golpe militar. Y él cuenta y, al mismo tiempo, lee en su diario el texto. Y tercero, frente a las crisis del Seminario cuenta cómo nos reunimos a discutir cómo superar los problemas del Seminario que ponían en conflicto a él con los demás obispos del país. Así que es interesante que en la parte de defenderse ante las acusaciones que le hacen, me pide que esté a su lado. Hay una que no está en su diario, que es cuando muere el padre Rutilio Grande. Decide él, con su clero, una misa única. Es decir, un domingo, no da misa ninguna iglesia de la arquidiócesis, que entonces abarcaba cuatro departamentos –Chalatenango, Cuscatlán, La Libertad y San Salvador-, ni una misa en toda la zona. Solamente la misa frente a la Catedral. Y monseñor invita a la misa por radio, la YSAX, y dice él: “Si alguien no puede ir a misa, yo le dispenso del precepto dominical.”. Lo acompañamos a la Nunciatura el padre Jon Sobrino, el padre Rafael Moreno y yo, y somos testigos de lo que sucede ahí. Nos esperaba el secretario del nuncio. El nuncio no estaba. Nos esperaba con dos cosas: una grabadora y el Código de Derecho Canónico, que es la ley de la Iglesia. Nos recibe fríamente. Entramos a la salita. Nos sentamos y él aprieta el botón de la grabadora…

¿Y qué pensó usted cuando vio eso?...
Bueno, se escucha la voz de monseñor invitando a la misa y diciendo que quien no pueda ir está dispensado. Y él le decía: “¡Eso no lo puede hacer usted!” Y abre el Código, que era del año 1917 esa edición -hay un nuevo código en el año 1983- y le lee un canon que dice que los fieles tienen derecho a recibir ayuda espiritual de sus pastores. Responde monseñor, pero no están de acuerdo. No hay manera de que se entiendan. La discusión de prolonga pero no se avanza para nada. Y él sale muy triste de la Nunciatura. Nosotros también, nosotros no dijimos nada, solo escuchamos. Pero hay una segunda parte muy hermosa, que está escrita por un sacerdote de entonces, el padre Inocencio Alas, el padre Chencho Alas, y es cómo fue la misa única. Este sacerdote ha hecho un artículo bellísimo donde describe lo que pasó ese día. La plaza llena de gente, muchísimos sacerdotes, monseñor muy nervioso… claro, tenía encima ese regaño y la casa llena y tenía apenas meses de ser arzobispo. Comienza la misa y él siente que el pueblo está cerca de él, que el pueblo le está correspondiendo. Llega el momento de la homilía y monseñor Romero sintió que el pueblo estaba respondiendo a esa palabra. Y dice el padre Alas que monseñor se fue metiendo en el pueblo y dice que, de repente, monseñor se hizo pueblo. Esa frase es bellísima y describe en pocas palabras lo que fue él. “Monseñor se hizo pueblo”. Por lo tanto, esa cruz que pasó en la Nunciatura se convirtió en resurrección en el momento de la celebración. Cuento esto porque no aparece en su diario, aunque el diario lo escribió en el segundo año de su ministerio. Esto pasó en las primeras semanas de su ministerio.

¿Y usted compartía que era válido dispensar a los fieles de que fueran al oficio el domingo?
Es que se puede, es que se puede. No hay autoridad a las cosas imposibles. Que ese es el principio que se utiliza y por eso en las pastorales se puede… en aquel tiempo estábamos con una visión bastante preconciliar en algunos casos y la ley se aplicaba a la letra y no se veía el espíritu de la ley. Y ciertamente, indicaba un desencuentro entre el monseñor que estaba con la gente y el nuncio que estaba, tal vez, al margen de esa dinámica del sufrimiento de la gente. Aparece en las primeras páginas del diario, porque él tiene muchos conflictos con la Nunciatura. Así termina el diario de monseñor. Los últimos días del diario son dramáticos. Yo hice un artículo sobre qué pasa con monseñor cuando le dicen “lo quieren matar”, “le van a matar”... Se lo dicen muchas veces, pero esta es la amenaza que toma en serio cuando falta un mes para que lo maten. Él recibe una llamada telefónica de Costa Rica, del nuncio que estaba allá y monseñor escribe en su diario lo que siente cuando recibe la noticia y el domingo siguiente lo comunica en la homilía a la gente y les pide oraciones para no abandonar a su pueblo. Es lo que pide como gracia. ¡Interesante lo que él pide! Luego yo lo que hice fue tomar dos documentos en mis manos: su diario y las homilías de ahí para adelante. Y entonces, titulé yo ese artículo: “Las cuatro semanas de pasión de monseñor Romero”. Y yo digo que él vivió a presión ese mes, como el Cristo de Pasolini (el de la película de Pier Paolo Pasolini “El Evangelio según San Mateo”)... Ese Cristo va diciendo las palabras mientras va caminando a toda prisa con sus discípulos. Fue un mes intenso. Al final del diario, cuenta él que el nuncio reúne a los obispos, en Ayagualo, para reclamarles que están divididos y pedirles que superen esa crisis. Pero culpa de eso a monseñor Romero. Y él va diciendo, en su diario, cómo fue el dialogo con el nuncio y asegura que él le dijo: “Yo estoy dispuesto a ceder, para que haya paz. Pero no en las cosas esenciales, como sería ser fiel al evangelio y a este pueblo que está sufriendo”. Después hay un nuevo encuentro con el nuncio y él añade una frase a lo que él ha dicho con anterioridad: “A este pueblo, que cuesta tanto que lo comprendan”. Él muere entonces con esa amargura de que no fue comprendido en su intención, en su servicio al pueblo, pero él fue fiel a lo que Dios le tenía y ahí está la pasta de santo y de mártir que había en monseñor. Así es como el diario se abre, con unas páginas donde dice: “El nuncio no entiende” y, al final, la misma idea..., aunque es otro el nuncio entonces. Hay otra cosa interesante y es que a este primer nuncio yo le escribí una carta en el añó 94, cuando quedé a cargo de la diócesis por la muerte de monseñor Rivera y escribí, además, al nuncio de Costa Rica pidiéndoles su opinión sobre monseñor Romero, pensando en la causa de canonización. Tenemos las dos respuestas y ambas son muy hermosas. Y la de este primer nuncio que se llamaba Gerada, era maltés, es positiva. Y el nuncio da datos. Habla de la llamada telefónica, confirma lo que monseñor escribe en su diario. Y luego fueron viendo ellos otros aspectos que en su momento no los valoraron.

Fuera de la liturgia y de asuntos administrativos del arzobispado, ¿usted qué tareas tiene?
Quedo totalmente libre, por así decirlo, para que yo vea qué hago. Y ahí vendrían los hobbies.

¿Cuáles son sus hobbies?
Hay una anécdota simpática que la cuento a todos. Cuentan de una sicóloga que hizo el test vocacional a muchachos de bachillerato y hay un muchacho que no sabía realmente el tema. El test no indicó para qué tenía él cualidades y le hizo una entrevista extra. Y le preguntó: “Tú, ¿cómo empleas tu tiempo libre? ¿Cuáles son tus hobbies?”. Y él respondió, “Me gusta desarmar las cosas y después no sé cómo arreglarlas”… “Mira, tienes vocación para político”.

Ja, ja, ja.
Ja, ja, ja. Entonces, así le contestó. Mi hobbie está muy ligado a la comunicación. Yo disfruto, por ejemplo, viendo programas de televisión de tipo informativo o de opinión, revisando periódicos viejos, copiando cosas que llegan por vía electrónica, como las columnas de ustedes, que a veces no las puedo imprimir porque no se abre el archivo; oyendo radio… yo amanezco oyendo Radio Vaticano… Me levanto a las 5 y a las 5:30 estoy oyendo la radio mientras me estoy preparando para la misa, que es a las 6:30. Y yo disfruto con la lectura.

¿Le gusta la literatura?
Me gusta, pero leo poca literatura, porque el tiempo no me da para mucho. Más bien leo cosas de opinión, de actualidad. Cuando voy en un viaje internacional, voy recogiendo periódicos de distintos idiomas, y cuando llego al salón VIP, que a veces me permiten estar en un salón VIP en un aeropuerto, recojo toda la prensa que puedo, en distintos idiomas, y me la llevo para leerla con calma. Y así es como yo descanso, así es como yo disfruto. No soy muy deportista, pero sigo bastante el deporte.

¿Qué es lo que le gusta?
Sobre todo el fútbol.

Seguro sigue al Vista Hermosa.
Resulta que, lo que le pasaba a monseñor Fernando Sáenz cuando era arzobispo, cuando le preguntaron sobra el Barca y el Real Madrid, él contestó: “Mi equipo es el Osasuna”. Ya nadie le volvió a preguntar.

Ja, ja, ja.
Realmente, por razones de origen tiendo a estar pendiente de los equipos del oriente del país, y por razones que no sé cuáles son, estoy pendiente del Barcelona. Quizás fue porque cuando se comenzó a televisarlos fueron los partidos de Barca antes que los del Real Madrid. Algo pasó de eso, pero no sé exactamente a qué se debe esta preferencia. No hago deporte, aunque también me gustaba mucho la natación cuando estaba en el Seminario porque llevaba a los estudiantes pequeños, jóvenes, a paseo cada cierto jueves y les enseñaba lo mínimo de la natación. Yo aprendí de un librito. Y esas cosas se las enseñaba a ellos. Y me encanta nadar pero casi nunca lo hago. Eh, pero eso es todo.

Casi siempre que lo he visto frente a los medios, lo he visto sonriendo poco. Ahora luce un poquitín risueño.
Mucha gente dice a veces que me veo muy viejo cuando estoy frente a las cámaras. Y cuando me ven de cerca ven que no es para tanto. Yo mismo me lo he preguntado. En parte es que uno siente el peso de la palabra que va a decir. Aprendí de monseñor Rivera y monseñor Romero que las palabras tienen un peso. Monseñor rivera tenía una frase: “La verdad tiene una fuerza irresistible. La mentira tiene las patas cortas y persiste mientras la verdad no la alcanza”. Tanto que cuando fundó Tutela Legal, en el año 82, en mayo puso como lema de la oficina “La paz se construye sobre la verdad". Ustedes deben entender eso por su trabajo en El Faro, que es la misma visión que tienen. Monseñor Romero yo lo comparo con David y Goliat, su arma era la palabra, la verdad, una emisora minúscula, que era la YSAX, que la dinamitaron varias veces, un micrófono, ese era todo su arte. Sin embargo, con esa palabra, ese micrófono y esa radio cambió tantas cosas aquí y en el mundo. Yo quizás, cuando estoy frente a los periodistas, siento el peso de cada palabra que voy a decir. Las palabras te comprometen. Recuerdo que cuando mataron a los padres jesuitas estábamos desayunando ese día, 16 de noviembre, con monseñor Rivera, yo vivía en su casa, el arzobispado, y llegó un padre jesuita con la noticia. Fue revelando los nombres de los padres asesinados, nos levantamos inmediatamente, nos pusimos la sotana y nos fuimos para la UCA. Íbamos en un Jeep, por cierto, y yo le dije: "Monseñor, lo que diga al llegar a la UCA es muy importante". Hay una foto impresionante hay cuerpos tirados en la cama, monseñor de pie, yo a su lado, los dos de negro; y él dice estas palabras: "Los asesinos son los mismos que mataron a monseñor Romero". Eso dijo monseñor Rivera. Después vimos los casquillos por todos lados, los mostró el padre Tojeira, conseguimos audiencia con el presidente Cristiani. Fuimos donde Cristiani y monseñor protestó por la muerte de los jesuitas, pidió que suspendieran la cadena de radio que había, insultando a todo mundo, y él describe en su diario. Tocaba el domingo sentar posición ante ese asesinato, había estado de sitio, había censura total de la prensa, nadie podía poner noticias que no fueran censuradas. Hicimos la homilía juntos, los famosos hechos de la semana, ¿se acuerdan ustedes?

Ujum.
Y nos tardamos como dos horas en encontrar la frase para decir cuál era nuestra posición, y la frase fue esta: "Los asesinos son militares, o son personas íntimamente ligadas con militares". Eso le dio vuelta al mundo, aquí no se dijo nada en los medios, no permitieron que se dijera. En el mes de enero vino el cardenal Echegaray de Roma a la jornada de la paz y le dice a monseñor Rivera: "Usted tiene que ir a Roma a decir su verdad". Monseñor no quería ir, le dijo que le conseguía una audiencia con el Papa. Monseñor viajó a Roma, y llegando él a Frankfurt, ve en el periódico la noticia: "Anoche el presidente Cristiani reconoció ante el país que los militares mataron a los jesuitas". Llega monseñor a Roma, ese mismo día, estaba monseñor Rivera con el Papa, y dice: "¿Sabes qué me dijo el Papa? Me saludó, me tocó el hombro, y me dijo: monseñor, ya conozco toda la verdad". Cuento esto para indicar cuál es la fuerza de la verdad, la fuerza de la palabra, y yo, siempre en mi vida, me he regido por ese criterio, y por eso, quizás, soy muy consciente de que cuando uno habla está jugando con algo sagrado y esa homilía nos podía costar la vida. De hecho, estábamos teniendo otros amenazados... monseñor Rivera tenía una frase también, en esa misma línea... los sábados, después de cenar, él jugaba ping pong con el portero de la casa, le encantaba el ping pong a monseñor Rivera, y era apasionado, no le gustaba perder...

Ja, ja, ja...
Luchaba para no perder, pero tampoco le gustaba que le hicieran el favor y que lo dejaran ganar. Después de eso rezábamos el rosario caminando por el parqueo de acá, que ustedes ya conocen, y después discutíamos: "¿Qué vamos a decir mañana?" Preparar los hechos de la semana, discutíamos qué temas íbamos a tocar, y a veces monseñor Rivera me decía: "Por esta nos pueden matar, pero lo tenemos que decir. Y la otra la dice usted". Nos turnábamos en la misa. Era para él normal que podía haber consecuencias, pero era un servicio que había que dar.

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