Campesino halla tesoro en Chalatenango

73 años después de la primera publicación del cuento La Botija, de Salarrué, un campesino de un pueblo perdido de Chalatenango encontró enterrada en el patio de su casa una vasija llena de monedas de plata que tradujo en realidad aquella ficción. Son 844 monedas de diversa procedencia. Las más antiguas datan de 1731.

Daniel Valencia Caravantes / Fotos: Mauro Arias

Publicado el 28 de Noviembre de 2009

En su trono colgante parece un rey despreocupado a quien su princesa mayor le da las más cálidas caricias en la sien. Está feliz, acostado en una hamaca de colores, con los pies descalzos colgados al aire. Una calzoneta es todo lo que viste este cuerpo menudo y bajito, tostado por el sol.

Una voz juguetona y risueña advierte, entonces, que antes de contar su historia hay que respetar una condición: nada de nombres ni santos ni señas. La niña deja de acariciar la cabeza de su padre, se para y se mete al cuarto, para no entrometerse en la plática de adultos.

—Es que con esta violencia ´tá perro y no quisiera yo que vengan malandrines a querer ver si tengo ese tesoro todavía —dice Pedro, que en realidad no se llama Pedro. Cuando sonó la palabra “tesoro”, la carita de la niña espió por la esquina de la puerta, pícara y sonriente.

La casa de Pedro es soberana en la cúspide de una lomita. Ahí cerquita, una empedrada lleva a la plaza de un pueblo en donde la mayoría de sus gentes tiene la piel pintada con el color del maíz desgranado. Este pueblo de Chalatenango está bordeado por un río que en un punto de su cauce se convierte en poza. Y sobre ese espejo de agua, en esta época del año, flotan jardines de hojas verdes y flores amarillas.

Aquí ha vivido toda su vida este campesino hijo de campesino. Aquí, en este pueblo escondido entre las montañas y protegido por una serpiente de agua plateada, un día él se apropió de un personaje de un cuento. Y como a veces la fortuna se congracia con gentes como Pedro, él y su familia ahora son dueños de una satisfacción inagotable. Inmortal. Mucho más valiosa que cualquier tesoro y que seguro se multiplicará con el paso del tiempo, endulzando los oídos de los hijos de los hijos de Pedro.

Hace muchísimos años, quizá una historia similar endulzó los oídos de un escritor que en 1933 convirtió ese mito en cuento y lo llamó La Botija. El escritor fue Salvador Salazar Arrué. Salarrué.

Ese cuento narra la historia de un indio deslumbrado con la noticia de la existencia de las huacas y de botijas llenas “dioro”. Ambicioso y holgazán, José Pashaca se desgastó arando los sembradíos, buscando un tesoro que nunca apareció. Loco por su búsqueda, el indio no reparó en que con tanta faena había conseguido su propia huaca, su propio tesoro fruto del trabajo arduo, al cual le huía. Al final del cuento, Pashaca, convencido de que la historia de joyas catizumbadas que aparecen en las aradas debía de ser cierta, donó su propia fortuna para que el mito persistiera.

Y entonces, dijo:

—¡Vaya; pa´ que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...

El cuento, como todos los Cuentos de barro y Cuentos de cipotes, según Rodolfo Arrué -sobrino nieto del escritor-, pudo haber sido inspirado en las vivencias del escritor en la hacienda Las Pampas, ubicada en Tecoluca, en el cantón El Carao. La hacienda era propiedad de Rafael Arrué, tío del escritor. “Salarrué y mi papá se mezclaban con los campesinos de la hacienda y del mismo pueblo. Es donde él aprendió de las costumbres de ellos y sus dichos. Dice mi papá que incluso varios de los nombres o apodos que aparecen en los cuentos eran de jornaleros del lugar”, cuenta Rodolfo Arrué, hijo de Rodolfo Arrué Ruiz, sobrino de Salarrué.

Estas son las 844 monedas de plata que un campesino encontró dentro de esta vasija en el suelo de su casa, en un pueblo de Chalatenango.
Estas son las 844 monedas de plata que un campesino encontró dentro de esta vasija en el suelo de su casa, en un pueblo de Chalatenango.

Muchos años después, 73 años después, aquel cuento que posiblemente nació de un mito terminó haciéndose realidad. Las gentes “denantes”, como describió Salarrué a través de la voz de uno de sus personajes, sí escondían botijas con tesoros debajo de la tierra. Y el campesino Pedro y su familia, en el patio de una casa pobre de Chalatenango, encontraron una. Una que los hizo felices.

***

Hace tres años, Pedro era un enojo de escoba que golpeaba las esquinas barrosas de la casa; la casa brincaba por culpa de un ratón, un ratón que se escondió en un agujero del cuarto.

La chelita María, de 10 años, era la princesa mayor de esa negra bravura:

—¡Ay, papá, ya casi le dabas! —se lamentó la niña.

—¡Callate, cipota! —le dijo Pedro—. Mejor andá a traer un cántaro con agua para sacar este animal.

La chelita María, escoltada por Juanita, su hermana un año menor, y por Luis, de tres años, salió al patio a cumplir la orden del furioso tata. Ellas iban con vestiditos polvosos de florcitas y él con un calzoncillo celeste. Ellas eran flaquitas, como dos varas de caña. Él tenía esa pancita culichera que tienen algunos niños del campo. Esa que denota desnutrición.

Los tres atravesaron la puerta trasera de la diminuta casa, caminaron chuñas por el corredor; fueron a la pila, llenaron un guacal y salieron disparados chorreando ansias hacia el cuarto, de regreso con su papá.

—¡Vaya, papá, ahóguelo! —dijo la chelita María, secándose las manos en los jirones de falda que le colgaban de la cintura, después de entregarle el recipiente a Pedro. Estaba careta la niña, pintada con tierra en las mejillas y con un verde esmeralda en las canicas graciosas que tiene por ojos.

—¡Condenado animal! –maldijo Pedro, y vació el contenido del guacal en la ratonera.

Y el condenado ratón no quiso salir.

—¡Es que muy poca agua trajeron, cipotas! —gritó de nuevo el hombre, mientras las dos criaturitas más grandes daban brincos más de risa que de miedo.

Y entonces fueron no una ni dos ni tres veces: fueron cinco veces más hasta la pila y regresaron cinco veces más al cuarto, donde Pedro ya llevaba cinco paciencias perdidas.

A la sexta y última guacalada, Pedro se dio por vencido. Vació medio guacal en el hueco y cuando vio aquello inundado pensó que ya no había caso. El ratón a lo mejor era buzo y aguantaba la respiración debajo del agua o a lo mejor tenía otra salida que Pedro ya no quiso buscar. Refunfuñón, Pedro dejó de maldecir al animalito y salió al patio, seguido de sus crías que reían como niñas que se burlan sin burlarse. Luis los seguía como patito rezagado con su pancita redonda y los pies cenizos.

—¡Ay, papá! Si estabas tan cerquita de agarrarlo —insistió María, la mayor, colocándose las manos en la cintura mientras Pedro, todavía colérico, vertió el contenido restante del guacal cerca de unas macetas dispuestas debajo del techo del patio. Ahí donde hacía un año la Julia, su mujer, torteaba para que todos comieran.

Entonces, cuando el agua lavó el piso de tierra, Pedro se quedó sorprendido.

—¡Ve! —dijo—. Esa laja no estaba ahí. Ha de haber aparecido con el goteo de la media agüita.

Desde que Pedro le hizo ahí un techo a la Julia, con las lluvias, un chorrito de agua se deslizó por la canaleta y cayó en el tierrero. Con el tiempo, el goteo de dos años lavó unos 30 centímetros de tierra. Pedro, entonces, desarmó  la media agüita porque quedaba poco espacio entre el pasillo y la pila y un año después de desarmarla, con aquella última mojada que estaba destinada para el ratón, la tierra se abrió para Pedro y para su familia, regalándoles un tesoro.

Pero esa tarde no lo verían, porque a Pedro la curiosidad también se le durmió en la hamaca.

***