La Pirata de Damocles
Hacía al menos 17 años que en Azacualpa las balas no se llevaban la vida de nadie, que no se presentaba la muerte en forma de homicidio. Pero la epidemia de muerte que vive el país se coló en este municipio apacible el 21 de septiembre de este año. El escenario para que este pueblo chalateco caiga al abismo está puesto: algunos matan y algunos ven ese hecho como una afrenta. Esta es la historia que sacó a uno de los extraordinarios municipios salvadoreños de la lista de los municipios cero homicidios.
Carlos Martínez
Se oye el estampido de una escuadra 9 milímetros. La corredera retrocede y se coloca otra bala en la recámara. Esto ocurre en menos de un segundo. Esta es un arma semiautomática que se alimenta la garganta solita. Solo hay que empujarle dentro un cargador lleno de balas y ella las va chupando y ¡pum! ¡pum! ¡pum!, brama como un toro de metal. Esta no ha parado desde el primer estruendo. Se echa para atrás la corredera y otra bala se alista para convertirse en balazo. ¡Pum, pum, pum! 11 veces. A medio camino se suma otra voz. La de una .45. Potente, macha. Retumba y muerde. Siete veces.
La Pirata frena su marcha en aquella callecita serpenteante. Se le han parado las ruedas con tanto escándalo, pero iba cuesta arriba, así que cuando la inercia pasa, el autobús comienza a caer, los neumáticos dejan de arañar el pavimento para escalar y La Pirata se desmaya. Si no pasa algo, esta lata loca se saldrá del cauce y comenzará a rodar ladera abajo, hasta el fondo del precipicio. Pero algo pasa. El bus acomoda el culete y se estrella contra un muro. El único muro, de hecho. No hay otro. Ahí se detiene. Donde dice “Bienvenidos a Azacualpah. 1989”. Cuando hicieron el muro donde fue a dar aquella carcacha, a este lugar todavía le escribían el nombre con hache al final. Silencio.
* * *
Raúl fue el primero en asomar por el pueblo. Venía con los sesos en el jeans y, como es de todos sabido que los sesos no van ahí, pues llamó la atención. Habrá que ver el desastre que son capaces de hacer una 9 milímetros y una .45 cuando cantan en coro. Luego llegó el secretario de la alcaldía. Blanco como el papel, con el miedo que le asolaba la cara. Hasta la fecha no ha recuperado del todo el habla. ¡Pum, pum, pum! Puta, cómo gritan esas animalas. Cómo retumbaba La Pirata.* * *
Unas chicas discuten sobre la fiesta de graduación:
-¿Y de qué color escogieron el vestido?
-No sé... yo de traje voy a ir, y como ni les hablo a las bichas, ni sé cómo van a ir.
-Aaah. Nosotras todas fuimos del mismo color, pero yo a San Salvador fui a comprarme el vestido -dice, con una mueca de burguesía en la cara, mientras su amiga tira a la plancha una pupusa tierna.
Interviene la madre de la segunda:
-Es que con traje es más decente
-Vaya, gracias, ni me lo mandó a decir.
Y todas se ríen, con la feminidad descarada de las chicas del campo. Es una tarde fresca, y ha llegado la hora en que los viejos comienzan a asomarse en los corredores sin rejas, a mirar pasar el tiempo con el rostro apoyado en un bastón improvisado. Ahora el sol ha dado tregua, suele hacerlo aquí, y en Azacualpa se pasea una brisa que todos agradecen y que pone de buen humor a estas jovencitas de grandes ojos miel. El local está oscuro y mientras una cocina las pupusas, la otra las espera sentada en esta pesada mesa de madera, que es como una lancha boca abajo. Me cuentan que su pueblo es uno muy bueno, donde los jóvenes prefieren no meterse en líos y donde la noche no amenaza a nadie. No hay quien aparezca en lo oscuro para sorprenderte. Es un lugar de gentes buenas, donde el último muerto se ha perdido en la memoria de sus habitantes y donde los empleados del juzgado sólo recuerdan que fue aún durante la guerra civil.
-Pero desde eso que pasó la semana pasada, ya da miedo. Antes uno se podía quedar dormida en la calle y sin problemas.
-¿Los sorprendió a todos?
-Sí, sobre todo porque eran ellos dos. Hubiera visto a toda la gente, parecía procesión... todos saliendo a ver dónde había quedado La Pirata.
Entre otros lujos, Azacualpa se podía jactar de tener un bus directo desde San Salvador. Un viaje sin escalas desde la mega urbe no es poca cosa. La 125-A no consiguió espacio en la terminal de Chalatenango, por eso era tan directa, porque los otros empresarios no la dejaron estacionar ahí y entonces tenía que pasar de largo. Como no tenía meta fija, la gente le puso su apodo de corsaria. Paraba donde había gente haciendo señas, o cuando uno de sus ocupantes silbaba. Mansa era La Pirata, familiar. Por eso jodió tanto verla desmayada junto al muro, llena de sangre amiga, por eso la gente hizo procesión para mirarla. Por eso alguien puso una crucecita de mirto y dos velas esa noche que ya no están más. Desde ese día no ha vuelto La Pirata... habrá que ver el desastre que son capaces de producir una 9 milímetros y una .45 cuando cantan en coro.
A la madre de una de las chicas no le hace gracia que su hija esté comentando el asunto. Lo zanja todo envolviendo un paquete de pupusas y despachando lo más pronto posible a la otra jovencita, que es la que no para de hablar. Me mira con reproche cuando pregunto por qué creen ellas que ocurrió y la señora monopoliza la respuesta: “A saber, nadie sabe eso... como no eran de aquí. Ninguno era de aquí... ¿van a querer otra?”. Punto y final.
A diferencia de la mayor parte de municipios de Chalatenango -y quizá cabría decir del norte del país-, en Azacualpa la guerra no fue tan cruel. Su espacio no fue achicharrado por los operativos de tierra arrasada, sus habitantes no fueron obligados a huir por los montes, a jugar una mica mortal con los batallones de infantería de reacción inmediata, que eran el terror de algunos municipios vecinos. Tampoco se puede decir que a Azacualpa le vaya tan mal ahora: en la clasificación basada en el índice de desarrollo humano por municipio, elaborada por el PNUD, ocupa el lugar 51, o sea, superior al 80% de los municipios del país, superior a la mitad de cabeceras departamentales... nada mal. Tampoco se puede decir que sea este un lugar feo: de entrada te recibe un arco que te da la bienvenida y unos paisajes inmensos llenos de cerros como dunas verdes. Cada uno de los postes del pueblo tiene dibujado a un personaje: un campesino con su mazorca, una mujer policía sonriente, un anciano de sombrero... Tiene una calle central que serpentea entre casitas llenas de colores, y también tiene sus palacios: a la entrada del pueblo están, relucientes, unas casas de campo a todo meter. Son tres construcciones recientes, pero al mejor estilo victoriano, donde podría perfectamente Truman Capote sentarse en sus corredores de madera a escuchar un concierto para camaleones y beber el té. Se trata de lugares de recreación con aire acondicionado central y piscina; muros inmensos y -aunque se les ha escapado algún pajarito rosado y verjas con ribetes dorados- tampoco se dirá de ellas que llevan el sello estético del migrante-nuevo rico. ¡Ahí ha habido diseño, carajo! Luego me entero de que son todas de la familia Guardado, tal como lo es el único hostal del pueblo. Su fortuna, se dice por aquí, vino de una hacienda ganadera que ahora apenas existe. Los herederos son empresarios, algunos tienen negocios en Guatemala. Han patrocinado los cubos de basura del pueblo.
Comienza a ponerse el día y este pueblito con caché de ciudad se llena de los colores de la tarde, y en la plazuela que está frente a la iglesia caminan gentes conocidas que se saludan y conversan. Los muchachos forman grupos, aún con el uniforme azul del instituto y los tres quioscos que rodean la plaza se convierten en apacibles ágoras. Entonces “El Nuevo Renacer” abre las puertas de su fachada rosa. Es el único billar que existe. Aquí no hay prostíbulos, ni nada que se asemeje a una discoteca; solo dos cantinas de a pie, de esas donde los beodos del pueblo piden un trago parados junto a una rejilla y lo despachan ahí mismo, auxiliados por alguna almendra recién cortada o un trocito de caña dulce. De forma que el billar “El Nuevo Renacer” vendría siendo en este lugar una versión un tanto acotada de Las Vegas, salvo algunos detalles que es importante apuntar: aquí no se ve ni una sola de esas chicas rubias de sonrisa comprada y piernas largas... bueno, en realidad no se ven tampoco morenas de piernas cortas. Nunca entran las mujeres y tampoco se vende alcohol. Al principio la alcaldía también había prohibido que se vendieran y se fumaran cigarrillos dentro, pero los jugadores argumentaron con solidez que un billar sin humo de tabaco es más bien una partida de canicas gigantes. La alcaldía les hizo esa concesión.
El rótulo de entrada advierte que no se puede estar dentro si uno está borracho. El rótulo me lo señala un tipo que apenas se puede tener en pie y que busca con desesperación alguien que sea capaz de pagar los 25 centavos que cuesta una mesa. Ese soy yo. Antes de que consiga sacar la moneda de mi bolsillo ya se ha hecho de un taco de billar y ha corrido tanto como le era posible para ordenar las bolas dentro del triángulo. “Tranquilo, amigo -me dice, con aliento ponzoñoso-, que aquí solo hay puros amigos, nada de violencia”. Miro el ambiente y tengo dudas... serias dudas.
La otra mesa (solo hay dos) está ocupada por un grupo de tipos de aspecto rudo. Algunos juegan al billar y maldicen, otros sólo maldicen. Cuando el fotógrafo entra al salón, disparando sus flashes, todos salen ahuyentados y dejan la mesa sola, para esconderse detrás de una pared. Se escucha la voz de uno: “Hey, desde ya te digo que a mí no me vayás a tomar fotos, yo tengo clavos pendientes y no quiero que vayás a sacar eso en la prensa”. Poco a poco van saliendo de su escondite y reanudan la partida. Uno de ellos me grita: “Hey, ¿y cuándo se van ustedes? ¿Se van hoy?” Y yo intento quitarle tensión al asunto hablando como un cónsul y jugando con mi amigo, el borracho, más preocupado por perder lo antes posible y largarme de aquí que por conocerlos. Solo saco en limpio que en la otra mesa está jugando el árbitro del pueblo, y que algunos de ellos no son de Azacualpa, que han venido de fuera, que han sido deportados de los Estados Unidos. Afuera del billar, la noche tiene el ritmo de las historias de los viejos: melancólica, tibia, llena de luces que poco a poco se van apagando.
* * *
Una semana antes. Mauricio conduce el autobús por una calle que es un remolino, cuesta arriba, como conducir en un resorte. Son las 8:15 de la mañana y el vehículo salió de la jurisdicción de Chalatenango hace menos de un kilómetro. En el cantón Las Mesitas tres tipos hacen parada y Mauricio se detiene. Los jóvenes se sientan. Uno lleva una camisa blanca, otro una amarilla; nadie recuerda el color de la camisa del tercero. El Chele hace su recorrido por el pasillo cobrando el pasaje. Todos pagan. Unos metros adelante, se sube otro tipo. Él sabe cosas. Tiene el barrio en la mirada y advierte en seguida que ahí algo no está en su lugar. Conoce al cobrador y al motorista. Le pregunta al Chele si esos tres tipos vienen con él y este responde que no. “Sobres”, advierte el nuevo pasajero y decide no sentarse, prefiere quedarse parado al lado de la puerta. El Chele se ríe y le llama culero. Se sigue riendo. La Pirata gira en una curva y sale de ella. Entra en una nueva curva. Se puede ver un muro de piedra en el que se lee: “Bienvenidos a Azacualpah. 1989”.
* * *
Quizá aún estaban en Chalatenango cuando Mauricio tomó el celular y le llamó a su amiga Jacinta, que atiende el chalet frente a la iglesia. Solía hacerlo para pedir que le tuvieran listo el desayuno.
Como La Pirata hacía un solo recorrido diario, el chofer y el cobrador permanecían todo el día en Azacualpa, hasta las 6 de la tarde, cuando regresaban a la capital. Las 10 horas diarias que pasaron en el pueblo durante más de un año les bastaron para integrarse bastante bien. Los dos se llamaban Mauricio, aunque oficialmente el menor de ellos fuera simplemente El Chele. Se llevaban 11 años de diferencia. El chófer tenía 33 y el cobrador 22. Eran amigos. En Azacualpa todos tienen una anécdota con ellos: el alcalde recuerda que fue el chófer quien pintó las letras rojas que ahora anuncian la alcaldía. La secretaria del juzgado recuerda el último chiste del Chele. La jovencita de los ojos miel recuerda las miradas de ambos... el viejo que atiende un chalet los recuerda a los dos con afecto, tomando coca cola de su nevera. Cuando le pregunto por qué ocurrió, guarda silencio y me dirige una mirada de las del salvaje oeste. Todos dicen haber sido amigos de ellos. Ahora nadie se atreve ni a especular qué fue lo que pasó.
* * *
Raúl entró al pueblo bufando, por eso fue el primero, porque fue el que más rápido salió del estupor, porque echó a andar casi de inmediato, porque corrió. Llegó con los sesos en el jeans, y con la ropa desastrada, como si alguien hubiera hecho estallar un globo lleno de agua frente a él... pero no un globo, pero no agua. Entre las rendijas de la voz, Raúl contaba que se habían cargado a La Pirata.
Raúl es un comerciante que viajaba con frecuencia a Azacualpa para hacer negocios. Es oriundo de este lugar, tiene familia acá. Ese día iba echando cháchara con el chófer, a quien conocía. Se había sentado justo atrás de él, era un viaje conocido. Rutina. No había mucha gente en el bus, nadie se preocupó por contarlos. Es probable que Raúl alcanzara a escuchar al Chele llamándole “culero” a un tipo que prefirió irse de pie, junto a la puerta. No lo sabemos porque Raúl no ha vuelto a llegar a Azacualpa. La pirata giró en una curva y salió de ella. Entró en una nueva curva. Al salir se podía ver un muro de piedra.
Luego de la entrada del comerciante al pueblo, con su primicia infortunada, llegó el secretario de la alcaldía. “Cortado”, describirá luego el alcalde Pablo Ramírez. Su secretario llegó “cortado”.
Ahora es de noche y del despacho del edil chorrea una luz pálida, que le da un aire de capilla. Pablo Ramírez está sentado en una silla ejecutiva color vino, que tiene bordado en hilo dorado el nombre de este lugar. Frente al escritorio está el regidor, con una camisa de botones en la que aparece Goku enardecido, lanzando rayos por todas partes. Trabajan hasta tarde. Se trata de una oficina que es más bien un anexo a la alcaldía, justo frente a la calle. En esta oficina no valen los formalismos: en el momento mismo que se toca la puerta, uno ya está frente al alcalde.
Pablo Ramírez no puede dejar de pensar en ese kilómetro que le separó a su municipio de la lista de los lugares más pacíficos del infierno. La Pirata apenas había cruzado la línea municipal de Chalatenango hacía un kilómetro. Si esto hubiera ocurrido afuera, Azacualpa no estaría manchada y él sería el alcalde de un lugar feliz. Pero no es el caso. “No eran de aquí”, repite, todas las veces que puede.
-Lo curioso, desgraciadamente, no es que haya pasado eso, sino que ustedes consiguieron ser un lugar muy pacífico durante mucho tiempo. ¿Por qué?
-No es que estemos organizados... la verdad no se tiene un control de ingreso. Somos un pueblo pacífico, no le podría decir por qué. Quizá porque aquí está el puesto de policía.
Es cierto. Otro de los lujos de Azacualpa es que tiene su delegación policial justo a la entrada. El problema con estos agentes es de matemáticas: si bien hay ocho policías destacados aquí, el juego de los turnos y los horarios, hacen que sólo haya tres policías disponibles por turno. Tres. A eso hay que agregarle que esta estación de policía tiene que vigilar también a San Luis del Carmen y a San Francisco Lempa: tres municipios en total. Tres. O sea: un policía por municipio. En total, los tres municipios tienen 3 mil 171 habitantes. O sea que a cada agente le toca mantener en juicio a mil 57 individuos. Sin vehículos, sin caballos, sin motos, sin bicicletas. Desplazándose en autobús o pidiendo ride. ¡Ajá! Pero eso no es todo. La delegación no se puede dejar sola, ¡no señor! Así que hay que hacer malabares... al fin y al cabo sólo queda un agente para salir a patrullar tres municipios. Uno. Quizá no sea esta la respuesta. Quizá la gente es pacífica... y ya. Durante los primeros siete meses de este año se registraron en este municipio 14 denuncias: dos por agresión sexual, tres por amenaza, una por daño a la propiedad privada, una por extorsión, dos por hurto, tres por lesiones, una por robo y una por tenencia de armas. Y ya. Septiembre fue el problema.
El alcalde llama a su secretario para convencerme de que en verdad este pobre hombre está traumado. Lo hace sentar en un sofá y lo interroga: cuéntele al periodista cómo pasó. Es un tipo flaco y pálido, que no hace más que ponerse muy rígido cuando escucha hablar del tema. No ha soltado prenda desde que apareció aquel día por el pueblo con el rostro cortado por lo que acababa de ver. Ahora aprieta la mandíbula, como si este sofá se le hubiera convertido de pronto en su asiento dentro de La Pirata. Mira a su jefe con súplica y por los ojos se le escapa algo frío.
-No, yo no... no me acuerdo, no me acuerdo yo de nada.
-Bueno, no hay problema. Gracias.
-Si tal vez... otra... mejor si le preguntaran a otra persona.
Sale huyendo del despacho, como un animalillo que vislumbra su última oportunidad de escapar de la jaula. “¿Ve?”, me dice Pablo Ramírez. Y la verdad es que sí, me convenció.
* * *
Los tres tipos se ponen de pie y uno grita: “¡Que nadie se mueva!” Todos se quedan paralizados. Algunos pasajeros incluso levantan las manos. “¡Que nadie se mueva!” Pero aquel que va en la puerta vaya que se mueve. Salta del bus en plena curva, y corre como una liebre para salvar el pellejo. Desde la ventanilla del bus salen zumbando tres proyectiles a darle persecución, pero ninguno consigue encontrarlo. Escapa. Uno de los tipos alza una escuadra 9 milímetros y camina hacia la parte delantera del bus. Otro blande una .45 y busca la puerta de atrás. El tercero observa. Los objetivos están marcados, ahora solo hay que hacer cantar a estas animalitas.
* * *
La sede de policía departamental en Chalatenango tiene un mapa envuelto en plástico colgado de una pared en un cuarto oscuro. Es un mapa del departamento y es muy grande. Cada uno de los municipios tiene una serie de pegatinas, señalando dónde hay delegación de policía, donde hay patrullaje con refuerzos del ejército... son unos circulitos de colores. También hay unos en los que se lee: “MS” y “18”. A Azacualpa le han pegado uno de estos circulitos, blancos y amarillos. A ese municipio le tocó el que dice “18”.
En la pequeña delegación policial de Azacualpa, pintada con los colores de la corporación, entra un hombre caminando con aplomo y el cabo le indica que pase a una oficina. Llega por su propia voluntad. Lleva el pelo al ras y viste tumbado. Viene a que le tomen fotos. Desde el 21 de septiembre, el último día que La Pirata entró a Azacualpa, la Policía está sacándole fotos a todos los homeboys del lugar. Quiere tenerlos fichados, por las dudas. Y este no ha querido esperar a que lleguen a su casa, prefiere venir por las buenas. Se sienta largo rato frente a un escritorio y conversa algo que no alcanzo a escuchar con un uniformado. Alguien me dice que es el jefe. Es un tipo grande y corpulento, con unas manos que parecen mazos, está marcado en el pecho y en la espalda con las señales del Barrio. Ahora usa una barba apenas insinuada. Cuando sale de la delegación lo llamo por su nombre, que, en estas líneas, no estoy autorizado a escribir. Se detiene y me mira desde arriba.
-Yo sé por qué querés hablar conmigo. Te dijeron que soy pandillero, ¿verdad?
-Sí. ¿Es cierto?
-Sí. Mirá, a mí me deportaron, yo comencé allá en California.
Habla con una soltura que sorprende. Y en toda su ambigüedad es fácil distinguir respuestas claras. Se mantiene un tanto distante del Barrio, pero no tanto, porque si la distancia es mucha entonces te morís. “Caminar en medio siempre es el mejor camino”. Tiene clecha, esa sabiduría que se gana siendo un bravo. Lo deportaron, dice, por no querer ser una rata; por no echar a su gente de cabeza ante la policía gringa. Estuvo unos años en Corcoran, la prisión estatal de California, compartiendo encierro con leyendas como Charles Manson. Y habla con ese respingo anglosajón que se adquiere living in the streets. No puede dejar de mirar para todos lados. Si un vehículo pasa, lo escruta entero, si una sombra aparece tras él, voltea de inmediato. Parece que tuviera sensores en el cuerpo. Estamos sentados en la plaza central de Azacualpa.
-¿Te arrepentís de haber matado?
-No, claro que no. Esos cerotes se tenían que ir, así es la juega. Uno ha hecho sus mierdas, pero de eso no me arrepiento. Ustedes estaban anoche en el billar, ¿verdad?
-Sí, ¿vos estabas ahí?
-No, pero ahí estaban unos amigos míos que me llegaron a contar. Mejor me quedé afuera...
-¿Hay más miembros de tu pandilla aquí?
-Pues sí.
La semana pasada, uno de sus homeboys abordó La Pirata adelante del cantón Las Mesitas y de inmediato notó que ahí algo iba a salir mal. Esos tres tipos andaban en algo. Se reconocen en seguida: algo en los zapatos, en el modo de usar las cintas, de llevar el pelo. En los colores que llevan, en los que no. Le preguntó al cobrador si él los conocía, le advirtió que algo andaba mal Pero El Chele se lo tomó a la ligera, pensó que al homie lo podía su propia paranoia.
-Si yo hubiera ido ahí, quizá yo los hubiera reventado a ellos.
-¿Tu amigo iba desarmado?
-¡Pues sí!, si no, al menos se lleva a dos.
-Dicen que los mataron porque no pagaban renta
-Simón, por ahí va la onda... o sea, eso es lo que te puedo contar, pero hay más mierdas.
-¿Qué mierdas?
-Puta, es que ustedes todo lo quieren saber de un solo.
Se oye el estampido de una escuadra 9 milímetros. La corredera retrocede y se coloca otra bala en la recámara. Esto ocurre en menos de un segundo. Esta es un arma semiautomática que se alimenta la garganta solita. Solo hay que empujarle dentro un cargador lleno de balas y ella las va chupando y ¡pum! ¡pum! ¡pum!, brama como un toro de metal. Esta no ha parado desde el primer estruendo. Se echa para atrás la corredera y otra bala se alista para convertirse en balazo. ¡Pum, pum, pum! 11 veces. A medio camino se suma otra voz. La de una .45. Potente, macha. Retumba y muerde. Siete veces.
Mauricio recibe el primer disparo en el pecho. Herido de muerte consigue sujetarse fuerte al timón de La Pirata y doblarle las ruedas para no caer al abismo. El bus se tambalea en la callejuela y va a parar al único muro de piedra que hay en esas curvas. A Mauricio luego lo perforan los otros 10 disparos de 9 milímetros, y a Raúl, el comerciante, que iba justo atrás de él, la sangre del chofer le llena la ropa y la materia gris de su amigo se le aferra en el jeans. Atrás muere El Chele, mordido siete veces por la .45. Tres tipos saltan del bus y corren por laderas y por montes. Uno lleva una camiseta blanca, otro una amarilla; nadie recuerda el color de la camisa del tercero. Dentro de un bus con apodo quedan esparcidos Mauricio Enrique Torres Orellana, de 33 años, y su cobrador Mauricio de Jesús Mina Bolaños, de 22, al que conocían en Azacualpa como El Chele. Golpeada contra un muro viejo yace La Pirata. Silencio.