La selecta de amputados en un nuevo MundialLa selección salvadoreña de amputados participará a partir de este lunes en el campeonato mundial de fútbol que inicia en Argentina. Los salvadoreños ya ganaron tres veces el torneo mundial y tienen dos subcampeonatos. Después de años de ausencia, vuelven a esta fiesta internacional.
Frederick Meza / Fotos: Frederick Meza Publicado el 23 de Noviembre de 2009
Sudaba a mares. Corría como si lo persiguiera el mismísimo diablo. Volteó a ver y no era solo uno: eran tres. “¡Sangre de Cristo!”, alcanzó a decir, mientras le daba más impulso a su guinda. Había cruzado la última línea del enemigo y lo perseguían. Su misión era precisa y letal. Necesitaba disparar y derrumbar la base contraria, inexpugnable desde tiempo atrás. Adelante, un hombre era su único impedimento. Este era su cuarto intento y, si fallaba, su coronel se iba a disgustar. Nadie de sus compañeros iba a su lado, pues decidieron mantenerse agrupados, defendiendo su guarida. Se escabulló por el campo enemigo, pero no le daban tregua. Hizo un giro y encontró el lugar preciso, calculó la distancia y disparó. En ese instante, sus perseguidores lo alcanzaron y lo derribaron. Cayó al suelo, rodando. Entre vuelta y vuelta, como imágenes destellantes, recordó a su natal San Vicente: aquellos días duros de tapisca, aquella cipota colocha que tanto le gustaba y que nunca le hizo caso, o cuando un chero le enseñó la albañilería… recordó tantas cosas... como ese día, cuando los soldados llegaron a su casa y lo reclutaron. 17 años. 5a. Brigada de Infantería. Patrullajes. Cerros. Hambre. Guazapa. Mina. Dolor… “¡La pierna! ¡Me volaron la pierna…! ¡Ay, ay, ay!...” -¿Mágico? ¡Mágico!... ¡gol! ¡Metiste gol, loco, levantate! -le dijo un compañero. Al caer en cuenta de que había vencido a su adversario, cambió el gesto tenso de su rostro por una gran sonrisa. Alzó sus brazos junto a los bastones que le ayudaban a jugar al fútbol y gritó el imponente monosílabo de celebración. José Merino, delantero de la selección de fútbol salvadoreña de amputados, había conseguido su tarea. Al otro lado, del lado vencido, Alfredo Pérez recogía el balón. Pérez es “Max” en la selecta, y esa tarde de agosto pasado sabía que la batalla estaba perdida, mas no la guerra. No tomó en serio esa pequeña frustración y decidió seguir adelante. Bien sabía que a él nada lo podía detener. Ni siquiera lo detuvo la emboscada en que perdió su brazo. Al igual que Merino, Max había tenido a Guazapa como escenario cruento. Aquel cerro, cicatrizado y deforestado por napalm era el bastión perfecto para resguardar su guarida. Miembro de las FPL, corría con su pelotón en una misión de reconocimiento y una ráfaga enemiga le voló su extremo superior derecho. Herido, fue a parar al hospital Rosales, fingiendo ser un civil. De ahí pasó a un campo de refugiados, para luego ir a Bulgaria y, finalmente, a Cuba, en tratamiento para su recuperación. Luego de ese gol, el cancerbero suplente de la selección tomó el balón y lo pasó a su compañero. Miró fríamente al Mágico, dio unas órdenes a sus defensas y afinó más su mirada. “La próxima no será igual”, dijo y se acomodó, con su única mano, las medias. Mágico y Max son parte de una misma nación, de una misma bandera. Pero por circunstancias meramente futbolísticas habían sido separados en dos bandos para ver cómo funcionaban: quién era más bravo, quién tenía más chispa en el regateo. Dos colores los separaban, dos mentalidades distintas, azul unos, blanco los otros. Estaban en el mismo escenario, pero cada cual priorizaba sus intereses: ir al mundial de amputados en Argentina. Se reanudaba el juego. En el centro, Luis Navas daba un tremendo pase a Buendía y este conectaba con Orlado “Maritza” Monge, quien defendía el balón como si en él fuera su vida. Ahí estaba “Memín”, quien envió un pase del corredor derecho al izquierdo, por donde ingresó Lemus ganando la espalda del defensa Vivas. El volante, quien fuera de la cancha es un vigilante de un taller mecánico, con un golpe de astucia dio un zarpazo: ¡Gooooooool! Lemus había marcado un gol similar al que marcó en el mundial de Estados Unidos, hace 22 años, en el cual levantó la primera copa mundial de amputados. Aquella vez, con el puño en la camisa azul y con tremendo orgullo nacional, cantó el himno de El Salvador. Llega el medio tiempo. Están uno a uno. Empatados, como el final de la guerra civil. Todavía falta otro tiempo, nuevas aventuras, nuevas jugadas y estos guerreros no saben qué hacer. Están desesperados por encontrar una salida a ese infortunio. Cada cual toma un rumbo. El técnico da órdenes y empiezan una nueva táctica. Para balancear los equipos, se combinan los jugadores. En el ejército continuarán el coronel Francisco Medrano y el cabo José Ramos. Por el otro lado, siempre Max de cancerbero, sólo que ahora su función será administrar un baño de ALGES, en el centro de San Salvador. Durante los primeros 20 minutos de juego, el partido se mantuvo triste, opaco, sin opciones de gol. Lo más llamativo fue una pelea resultado de un choque entre Ramos y Mágico, que no pasó a mayores. El juego siguió sin opciones interesantes. En el tiempo de descanso, ambos bandos perdieron la velocidad y la fuerza de remate que mostraron en el primer tiempo. Quizás porque hacía 15 años que no entrenaban para jugar en un Mundial: las excusas varias, pero casi siempre era el “no hay dinero” que argumentaban los federativos. En el arranque del segundo período, José Guerrero, un ex soldado -es un verdadero tanque- iría en el medio campo. A pesar de carecer de una pierna y de un brazo, no había quien lo detuviera. Es que a él ni siquiera los muros que tiene que saltar para ofrecer cajetillas de fósforos al otro lado de su casa le impiden labrarse la vida. El poema de Dalton le queda justo al dedo: “hacelotodo, vendelotodo”. José tiene cada oficio para sobrevivir y quizás por eso, en el equipo, él juega en cualquier posición e incluso la hace de técnico. Por no poseer un brazo quizás no podrá jugar en el mundial y en la lista de convocados aparece como asistente del profesor William Osorio, director técnico del combinado nacional. En ambos equipos había rostros nuevos, pues en el ínterin después de la primera mitad se agregaron dos jugadores. En la otra portería estaba Jorge García, quien perdió su brazo en un accidente de tránsito. Jorge es un estudiante universitario. Con él jugaría también Ernesto Funes, panadero de Suchitoto, que antes conducía un tractor de arado. Los casaca azul perdonaron a los blancos en un par de ocasiones. Mágico había disparado algunos tiros rasos, pero sin dirección. Pero no sólo implicaba los malos tiros, sino que, abajo, en la defensa, se encontraba Moisés Quintanilla. El técnico lo había puesto en ese lugar porque maneja y controla muy bien el balón, tan bien como su mototaxi, allá en su Santiago Nonualco querido.
No fue sino hasta el minuto 75 cuando el capitán de la selección, René Velasco, empresario de transporte, entró al área rival y tras haberse quitado a un defrensa, lo derribaron. Penal. A la distancia de los 12 pasos, Guerrero, con mente fría, colocó el balón en el extremo izquierdo de la portería. Gol. Aplausos, felicitaciones, palmadas de alegría. Caído el atradecer en aquella cancha, propiedad de la Fuerza Aérea Salvadoreña, el capitán del equipo, Velasco, decidió que el partido de entreno debía concluir. Llamó a todos al centro del campo. Abrazados, agradecieron con oraciones haber concluido con buenos resultados el entreno. Además, pidieron al Creador que les conceda bendiones en el mundial, allá en Crespo, Argentina, donde ya los esperan. Donde este lunes deberán medirse al atemorizante Brasil. Después del “amén”, los futbolistas se fueron a las graderías a cambiarse. Ya relajados soltaron las bromas pesadas y comentarios de cómo fue el juego. “Métanle más presión”, demandaba Vivas. “No hay que tirar la pelota a lo loco”, corregía Velasco. “Es que ese maldito muy duro pega”, se quejaba Ramos. “¿Cómo te fue en el trabajo?”, preguntaba Funes. “Dame raid”, solicitaba Mágico. Y a medida que la cancha iba quedando sola, los trajes de futbolista caían al suelo y la pierna falsa ocupaba -usurpaba- la vida cotidiana. Esa que a partir de ahora estará en Argentina para este torneo invitacional.
Vea además: La otra trinchera de la selecta
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