“Yo quería trabajar en pobreza, pero no tanto, ja, ja, ja...”
Hablar con Flavián Mucci fuera de su apretada agenda pública definitivamente cambia la imagen de ese sacerdote franciscano que, vestido con su sotana café, organiza banquetes para gente rica –en donde les pide dinero para la gente pobre- y hasta recibe galardones empresariales. Mucci, un sacerdote “gringo” nacionalizado salvadoreño, que en 41 años ha construido a base de donaciones una red de centros de capacitación y ayuda para los pobres, confiesa sin inhibiciones sus debilidades humanas, como que la pobreza que encontró en Honduras era demasiado para él. O como que él no puede dar los santos óleos porque se desmaya. Y con igual facilidad retrata cómo habla sin inhibiciones a los millonarios de El Salvador. “Conozco a todos los ricos de este país”, dice, y diagnostica que “por fin” están cambiando de mentalidad. Se confiesa admirador de monseñor Romero y revela cómo convenció al presidente Armando Calderón Sol de que le concediera el uso de la frecuencia del canal 8 de televisión. “Era como si el diablo estaba detrás de nosotros”, bromea. Es que Mucci llegó a la entrevista sin su hábito de franciscano pero, en cambio, en toda la conversación estuvo vestido con otro: un monumental sentido del humor.
Por Daniel Valencia, Edith Portillo y Rosarlin Hernández
Fotos: Frederick Meza cartas@elfaro.net Publicada el 21 de abril de 2008 - El Faro
No me lo imaginaba vestido tan “sport”.
Ja, ja, ja, ja. Tengo el hábito dentro del carro en caso de que lo necesite, pero mientras tanto, no lo ocupo.
Ja, ja, ja, ja.
Yo acabo de venir de FUNTER, donde me están tratando mis rodillas porque he tenido varias operaciones y ahorita están fallando, entonces voy a FUNTER tres veces por semana. Y entonces así voy.
“Sport”.
Sí, con short y todo.
Pero nunca lo vamos a ver así en misa, ¿verdad?
¡Nooooo, ja, ja, ja!
¿Y esto de las rodillas por qué ha sido?
Ya es algo de familia, pero yo también he sido deportista y abusé mucho cuando joven.
¿Qué deporte practicaba?
Atletismo: correr, brincar, obstáculos. También béisbol, fútbol, voleibol, fútbol americano, de todo.
¿Y cómo es entonces que decidió hacerse sacerdote y no deportista profesional?
Ah, eso fue difícil. Yo terminé el “high school” a los 17 años, en Boston. Boston está dividido en Norte, Sur y Este, no hay Oeste. Yo nací en el Este, y entonces a los 17 años que me gradué pensaba “me voy a buscar un trabajo”. En aquella época nadie siguió los estudios. Así era en aquella época. Cuando yo terminé, varios años después, el gobierno empezó a prestar dinero a los estudiantes, entonces yo terminé mis estudios decidido en adelante a trabajar. Me dieron trabajo en un supermercado y me dijeron “véngase en dos semanas”. Le conté feliz a mi mamá, ella me dijo “hijo, aproveche esas dos semanas porque serán sus últimas dos semanas de vacación”. Ella no se dio cuenta que más tarde iba a ser cura y que toda mi vida iba a ser de vacación.
Ja, ja, ja, ja, ja. Quiero imaginarme a ese joven estadounidense de Boston que decide hacerse cura.
Yo no quería ser cura.
“Mi mamá no se dio cuenta de que más tarde iba a ser cura y que toda mi vida iba a ser de vacación.”
¿Entonces?
Yo estudié la primaria y me acuerdo que en el octavo grado vino un sacerdote en el colegio y preguntó “¿Cuántos de ustedes quieren ser sacerdotes?”. En aquella época todo mundo levantó la mano, pero yo fui uno de dos que no levantó la mano. El otro era más tremendo que yo, ja, ja, ja, todos los demás levantaron la mano, son inocentes a esa edad.
¿Usted no era inocente, pues?
No, yo no era ningún inocente, ja, ja.
Ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Yo no tenía ninguna idea de entrar al seminario. Pero luego, a los 17 años, estaba en mis dos semanas libres (antes de iniciar el trabajo en el supermercado). Yo andaba por el colegio y uno de los monjes me encontró y me preguntó si yo podía lavar las ventanas del colegio. Cada ventana tiene como 15 ventanitas cada una. Y me dice “va a ganar”. Y yo “ahh, bueno, voy a ganar”. Y entonces me fui a limpiar las ventanas. Mientras las estaba limpiando… les voy a explicar la locura de cómo sucedió…
(Pide papel y lapicero y empieza a hacer un croquis del lugar donde inició “la locura”. En una esquina, el colegio; del lado opuesto, la iglesia; y en otra esquina del mismo cruce, una tienda)
Entonces yo estaba aquí (en el colegio), en el tercer piso, en la parte de afuera. Y yo andaba con una niña, inocentemente, y ella llegó y me dijo: “¿Quiere algo?”. Y yo le dije: “Cómpreme una Coca Cola”. Y al no más que yo dije “Coca Cola” luego dije “voy a ser cura”.
¿Cómo es eso? ¿Una Coca Cola lo hizo querer ser cura?
No sé cómo, pero así fue la locura. ¡Locura!
Ja, ja, ja, ja, ja.
Entonces crucé la calle y me fui a buscar al padre. Si hubiera estado tal vez más lejos, caminando, hubiera dicho: “¿Qué estoy haciendo?” Pero no, estaba tan cerca que de repente estoy tocando la puerta. Y sale él y me dice: “¿Sí?”. Y yo: “Quiero ser sacerdote”. “¿Desde cuándo?”, “Ahhh, tengo años de estar pensando en esto”.
Ja, ja, ja, ja, ja.
Yo empecé con mentiras. “Pero usted anda con una niña”, me dice, y yo: “No hay problema, ella sabe”. “¿Y su mamá?”. Él conocía a mi mamá porque ella era presidenta de la organización de madres cristianas, por años, una gran organizadora, ella me enseñó todo. Y yo: “No, ella no sabe”. “¿Cuándo le va a decir?”. “No, usted le va a decir”. Entonces él levantó el teléfono y mi mamá casi se desmaya. Entonces dijo que nos fuéramos a casa a platicar, pero yo les dije que esa día yo tenía mi juego de béisbol, era el último juego de un campeonato. Me fui a mi casa y le dije a mi mamá que me dejara ir al juego y que después habláramos. Creo que entendió que de verdad era mi último juego y era muy importante, no quería ponerme nervioso. Mientras tanto, la niña ya iba saliendo de la tienda con la Coca Cola…
Ja, ja, ja. ¿Y qué pasó?
Y el padre la llamó y le pregunta: “¿Usted sabe que él se va para el seminario?” Y ella “¡Cómo?”. “Él me dijo que usted sabía”. Y ella: “No sé nada”. Así que se va al campo de béisbol a la par de mi casa. Ella llegó tarde al juego, pero llegó. Me acuerdo que al batear logré un triple. Corrí a primera, a segunda y al llegar a tercera y veo que ella está allí…
¡Uy!
Estaba en una trampa de la que no sabía cómo salir. ¡Era una locura! Terminó el juego y tenía que enfrentarla a ella. Con ella era muy sencillo: “Deme dos semanas y voy a estar afuera”, y ella me creyó. Con mi mamá era un poquito más difícil porque ella diría: “si usted entra quiero que sea un buen sacerdote” y un montón de cosas.
¿Cuántos años tenía la niña?
Tenía sus 15 o 16 años.
Púchica, le debe haber partido el corazón.
Sííííí...
Le apuesto a que nunca más debe haber tomado Coca Cola.
Ja, ja, ja, ja, ja. No, pero hoy todavía somos muy amigos. Yo ahora les digo a todos los niños que andan con niñas: “Dejen a las niñas crecer”, pero yo era uno de los abusadores.
Ja, ja, ja, ja, ja, ja.
De todas maneras, era muy difícil este problema. Entré al seminario, ella vino a visitarme mucho. Ya en el seminario encontré adentro que podía hacer béisbol, fútbol, basketbol, ping pong, un montón de cosas. Estaba feliz con los deportes. Cuando entré a la clase éramos 42 alumnos, cada uno tenía una historia hecha en el cielo: “Cuando yo tenía cuatro años, yo tenía una visión, mi mamá me enseñó, el padre de la iglesia…”. ¿Y la suya?, me dijeron, y yo no tenía nada, tenía que ver qué me inventaba, ja, ja, ja. Y así fue como empezó. Y sigo trabajando de la misma forma, tomando las decisiones de un momento a otro, decisiones serias, y afortunadamente nunca me quemé con una decisión. Y de esos 42 hoy soy el único que es sacerdote, todos los demás se salieron.
¿Y nunca dudó?
Ni un momento. Nunca he tenido un momento difícil donde haya pensado que me equivoqué, yo he gozado todo mi seminario, mi secundario. En los años de mi vida nunca he tenido dificultades que me tumbaran. Yo seguí adelante y fui ordenado como sacerdote. Y tenía tres opciones: colegio, parroquia o Centroamérica. Yo nací en una familia que había sido riquísima, perdió su fortuna y luego fue pobre. Conozco las dos cosas, aunque más la pobreza que la riqueza, porque cuando mi papá tenía los carros grandes en 1930 yo no estaba, pero tengo las fotos de mi papá jugando golf, con los carros... pero se enfermó y perdimos toda la fortuna. Entonces yo nací en una familia ya pobre. Yo puedo comentar con los pobres más que con los ricos, y entonces me mandaron a Honduras.
¿Cuánto tiempo estuvo en Honduras?
Me mandaron ocho meses, fui también a Jutiapa, Guatemala, tres años. En julio voy a cumplir 41 años ya aquí.
“Al batear logré un triple: corrí a primera, a segunda y al llegar a tercera, la niña con la que andaba estaba allí.”
Pero le ha costado masticar el español, ¿verdad?
¡Mucho! ¡Increíble! Es lo más difícil, es porque nunca he estudiado en una escuela para aprender español. Y siendo sacerdote, la gente tiene mucho cariño y no me corrigen, pues. ¡Me entienden, pero no me corrigen. Y yo quiero que me corrijan porque si no, me dañan. Si ellos hablan inglés, ¡Dios guarde si hablan pronunciando mal, yo estoy corrigiendo de inmediato! Pero ellos me miran como sacerdote y como que no se me puede corregir, demasiado respeto. Si digo, por ejemplo, “el casa”, ellos piensan “ah, quiso decir ‘la casa’”. Y entonces no me dicen “padre, es la casa”.
¿Y cuando llegó a Honduras cómo le hizo entonces? Ahí lo tenía todavía menos masticado.
Ahh, ahí por señas, ja, ja, ja. Tenía 28 años cuando llegué aquí, ya cuesta un poquito más a esa edad. Yo estuve en Honduras, estuve en Comayagua, no había luz ni agua. Yo quería trabajar en pobreza, pero no tanto, ja, ja, ja. No me di cuenta que no había agua y luz en ciertos pueblos. Estuve primero en un lugar dos meses y en otro lugar los otros seis meses. Y esos dos primeros meses fueron los que yo sufrí más, de todos mis 40 y pico años fueron los que sufrí más. Tenía tal vez como una semana cuando un día, como a las 9 de la noche, llegan a tocar la puerta. Una señora, furiosa, me dijo: “Frente a la iglesia ha habido un pleito y un hombre le ha cortado la oreja a otro hombre”. Y entonces “vamos a ver, pues”. Íbamos ahí con unos focos y en el suelo de repente veo una oreja. Yo soy muy malo para ver sangre, tanto que las hermanas de Sonsonate cuando hay un enfermo y quieren la unción no me llaman a mí, llaman a todos los demás menos al padre Flavián porque yo me desmayo y después tienen que levantar 300 libras.