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Eduardo Palomo, presidente del Comité Olímpico de El Salvador (COES)

“Como deportista salvadoreño hay que darse casaca uno mismo”

Se enamoró del deporte jugando al fútbol, donde militó en la reserva del Alianza a pesar de ser un “fastaneco de corazón”; se empeñó con ver a salvadoreños remando en los lagos de Ilopango y Coatepeque y terminó formando la federación y ganando medallas. Asumió el mes pasado la presidencia del COES dispuesto a recibir pedradas de su hermano, el periodista de ESPN Fernando Palomo, que siempre ha estado del otro lado de la calle con críticas mordaces a la administración del deporte salvadoreño.

Ahora, a la cabeza del COES, Guayo Palomo sueña con ver atletas salvadoreños finalistas en los Olímpicos de Beijing 2008, y espera que los Juegos Centroamericanos regresen a El Salvador después de 19 años de no ser anfitriones… pero ahora a Santa Ana 2013. Palomo está consciente de que le espera una ardua tarea cuesta arriba, pero piensa, con optimismo, que puede devolver el deporte a los más de 3 millones de salvadoreños menores de 30 años.

Por Edith Portillo, Daniel Valencia y Rodrigo Baires Quezada
Fotos: Mauro Arias

cartas@elfaro.net
Publicada el 17 de diciembre de 2007 - El Faro

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Así que sos santaneco…
¿Vos sos de Santa Ana?

Soy fastaneca.
¿También?

¿Fastaneco?, pero sí yo he visto unas fotos tuyas con el uniforme del Alianza.
Es que jugué en la reserva del Alianza. Esa foto la acabo de recuperar, fijate. Es una buena anécdota.

¿Cómo alguien que dice ser fastaneco jugó con el Alianza?
¿Y cómo hacías en 1976 para entrenar con la reserva del FAS en Santa Ana si vivías en San Salvador?

¿Era imposible?
Es que salíamos de clases en el Externado San José a la 1:45 p.m. Jugábamos con la selección del colegio, Los Pericos, y los jesuitas no te dejaban una o dos tareas diarias. Entonces “Araña” Magaña me dijo: “Venite vos Palomo”. Y nos jaló a Jimmy Pineda, Juan Carlos “Jayaque” Muñoz y a mí al equipo, donde estaba “el Chirolón” Rodríguez, un baboso que se llamaba Vaquerano –que era buenísimo- y creo que también “la Cala” Bonilla ya estaba en la primera. Era imposible ir a entrenar a Santa Ana porque no venías a San Salvador. Neto Walsh lo hizo después cuando le compraron un su carro que hacía como 80 kilómetros por galón y le daba jalón al “Tajaniche” Erazo. Pero veían a la 1:00 a.m. todos los días… A mí, la verdad, mi papá no me dejó ir a Santa Ana.

¿Y te dejó ponerte la camiseta del Alianza?
Creo que ni cuenta se dio. Somos siete hermanos y en la mesa se había prohibido hablar de deporte porque nos peleábamos. Él era neutral. Mi padre ha sido mi mayor inspiración en mi vida. Recuerdo que para el terremoto de octubre de 1986 se bajó por el Chele’s a dar vía para que pasara una ambulancia y se quedó dando vía como dos horas. Empapado con la pistola aquí (señala la cintura) estaba dando vía y creo que fue hasta la portada de un diario. Mi papá tenía una vocación de servicio enorme sin esperar nada a cambio.

¿Le gustaba el deporte?
Le encantaba el deporte. Fundó el Comité de Apoyo de Ligas Infanto Juveniles de fútbol.

¿Y cuáles eran los pleitos en la mesa?
Pleitos por del FAS versus Alianza. Pleitos de bichos. ¿De qué te podés poner a pelear con seis hermanos?

¿Todos varones?
Yo soy el mayor de siete, cinco hermanos y dos hermanas. De ahí está José Ricardo, que se hizo ortopeda porque se entusiasmó de tanta cirugía que me hacían en las rodillas –cinco cirugías-; Carmen Eugenia y Ana Leonor, que hacían gimnasia en el Tembag; Juan, que jugó en la reserva de Alianza y Marte y luego en la selección juvenil, Chalatenango y ADET, si no me recuerdo bien; Federico, que jugó con Los Pericos y la reserva de Alianza; y Fernando, que lo mirábamos como la oveja negra de la familia porque no jugaba fútbol.

Juan le decía a mi papá: “Hay algo malo con este cipote porque no le gusta el fútbol”. Fernando se quedaba leyendo, se iba a meter al COES a prestar los libros de olimpismo… Tanto así que creo que como a los 12 ó 14 años fue a una Academia Olímpica. Desde chiquito leía, se preparaba y se quedaba viendo deportes. ¡Dios me guarde que le fueras a confundir a Emil Zatopek, fondista finlandés, con alguien más! Eso es lo que le ha permitido tener el éxito que tiene ahorita como periodista, porque en el periodismo el éxito es de todos los días.

Y la oveja negra terminó en el atletismo, nada que ver con el fútbol.
Creo que era decatlonista.

Yo ya lo conocí como jabalinista nada más.
Me acuerdo del primer viaje de atletismo que hizo Fernando. Mi mamá, junto a la mamá de Evita (Eva María Dimas), se fue en bus con ellos hasta Victoria, en México, creo. Entonces Fernando estaba en decatlón y Evita en lanzamientos, creo que hasta jabalina hacía. Ahí fue cuando Fernando se empiló.

¿Y vos seguiste siempre con el fútbol hasta que llegó el remo?
No, verdaderamente nunca lo dejé. Mi último juego federado fue en San Cayetano Ixtepeque, jugando con Coca Cola contra El Halcón, en 1985 ó 1986. Coca Cola necesitaba ganar el juego para no bajar a la liga B, mientras que El Halcón necesitaba ganar para pasar a la liguilla de Ascenso. Recuerdo que teníamos un representante que por ahí anda todavía, voy a omitir su nombre, y cuando vas ganando un juego 1-0 el tiempo se te hace eterno. Cuando faltaban 30 minutos de juego, se terminó el partido porque la gente que estaba en la cancha, que quedaba a la par de un cañal, espontáneamente se tiró contra el árbitro. Yo sólo le dije a alguien más: “Salú, vamos a agarrar las bolsas”, que las habíamos dejado detrás de un marco, y agarramos un bus hasta Cojutepeque porque era seguro que el bus en que andábamos lo iban a agarrar a pedradas. Nos bajamos en Cojute y nos tomamos una Regia para calmarnos.

Ja, ja, ja.
Sí. Sobrevivimos y nos tomamos una Regia, una panzona de aquellas. Ya después no sé cómo llegamos a San Salvador. Era una época de guerra y verdaderamente yo no sé qué andaba haciendo jugando fútbol en Tejutla y otros pueblos.

Pero no eran de aquellos de: “Ganemos o perdamos, siempre celebramos”.
¡Siiiiiiii!

Ja, ja, ja.
Es que acordate que en Coca Cola jugaban muchos muchachos que eran repartidores de los camiones y ellos se podían… tenían cuello en los bares y la cervecita es un buen hidratante.

Ja, ja, ja, ja, ja.
Si la cerveza es pan líquido. Verdaderamente, la cerveza para el atleta es buena. Lo que es malo es abusar. Mi cerveza favorita es la Regia y me gusta el sabor de la cerveza y como atleta, te lo digo sinceramente, te sentís bien tomándote una cervecita después de un buen entreno. Por supuesto, no tiene que ser todo el tiempo y tiene que ser medido.

A pues podríamos ser buenos atletas. Ja, ja, ja, ja, ja.
Ja, ja, ja. Yo creo que hasta ahí llego con el comercial.

¿Y en el Alianza cuánto tiempo jugaste?
Jugué un año en la reserva del Alianza. En ese tiempo también jugaba con Los Pericos y “Araña” Magaña, como te decía, nos sacó de un entreno y nos convocó. Fue una recogida y “el Tigre” Zamora era el entrenador. Lo lindo de poder jugar en ese momento era que a la hora de hacer fútbol tenías la oportunidad de jugar con la primera, con la mayor. Imaginate que a los 16 años tuve la oportunidad de marcar a Élmer Rosas y Luis Abraham Coreas, era una cuestión que te hacía crecer futbolísticamente. Por eso salían buenos jugadores.

Era otra época.
Sí. Acá no entiendo la composición cerebral de la Junta Directiva de los equipos de la primera división (CLIMA) que se opone a la creación de la reserva. Obviamente, parece que no entienden cuál es el desarrollo natural de un futbolista y por eso no entienden la razón de ser de las categorías de reserva. Pero para nosotros era un crecimiento terrible… el fútbol es contagioso y cuando jugás con malos, pues jugás mal. Cuando jugás con gente buena, jugás bien.

Después del Alianza me fui a estudiar a la Universidad de A&M de Texas, Estados Unidos. Ahí, el arquero era “la Potoca” Saca; “Yogui” Gavidia, el delantero derecho; y yo, el central. Y después llegó Neto Walsh, que era campeón de reservas y que había alineado con Cassadei y Jorge “el Mágico” González cuando debutó a los 15 ó 16 años con el equipo mayor del FAS. Jugué cuatro años y empezaron mis lesiones de rodilla porque entrenábamos en estadio de fútbol americano, un estadio de 86 mil personas, y que tenía césped artificial muy delgadito, y abajo era puro cemento. ¿Te imaginás cómo te hacías los meniscos?, me los hice trizas y tuve mi primera lesión. Al año siguiente, entrenando con la U, fui a trancar con “la Tuca” Gómez y me jodí la otra rodilla.

¿Y cuando regresaste a El Salvador seguiste jugando?
Me gradué de la universidad y me fui a trabajar a Sello de Oro.

¿Qué estudiste?
Ingeniería agrícola, con especialidad en zootécnica, en reproducción de bovinos. Venía acá con la idea de trabajar con la ganadería, en una época porque para 1983 el conflicto armado estaba, creo yo, en uno de sus puntos más críticos y teníamos la hacienda Los Laureles, en el cantón El Mozote, en Cujucuyo, Santa Ana.

¿Cujucuyo?
La gente cree que Cujucuyo no existe y que nada más es un lugar de fantasía de Aniceto.

Ja, ja, ja, ja, ja.
No, es cierto. Cujucuyo existe y “la Peche”, la esposa de Aniceto, es de ahí. Yo me conozco toda esa área: Texistepeque, Guarnecia… todas esas laderas las anduve a caballo con mi padre, con quien salíamos de noche, como a las 10:00 p.m., e íbamos a Santa Ana, a dormir a casa de mi abuela. Pero en esos años las cosas se pusieron mal. Mataron al mandador de la hacienda, un hombre sencillo y trabajador que se llamaba Flavio Umaña… eso a mi papá le tocó mucho y me dijo que vendiéramos la propiedad. En la hacienda engordaba ganado, novillo seco que compraba en Metapán, y con el pisto ese compré mis primeros muebles de sala porque empecé a ser papá en las juveniles.

Ja, ja, ja, ja, ja. ¿En la reserva?
Ya de sub 23 era papá. Y ahora, gracias a Dios, tengo tres hijos: Dito, que tiene 24 años y estudia leyes; Erika, que fue All American en ecuestres en Texas A&M; y Marco Ignacio, que es el chiquito que está acá. Tenía lo de engorde de ganado pero ya había empezado a trabajar como asistente de la gerencia de producción en Sello de Oro.

¿Ya habías dejado el fútbol?
Jeff Holman me había dicho que jugara con ellos en el Quequeishque. Me fui a jugar pero me salía muy fregado irme en mi Volkswagen desde Ateos hasta Santa Tecla, aunque no había tráfico en aquel entonces; entrenaba a la hora del almuerzo y regresaba al trabajo. Me estaba saliendo bien penqueado hasta que un contador, Julio Romero, me dice: “Mire ingeniero, yo sé que le gusta el fútbol y tenemos un equipito en la Liga B”. Ahí les di el uniforme feyo, que todavía tengo una foto, un uniforme amarillo que decía “Chompipillo” en el pecho y me fui a jugar. Pueblo donde íbamos, pueblo donde nos hacían leña por el uniforme.

Ja, ja, ja.
Era El Salvadoreño de Armenia, en la Liga B, y terminamos subiendo al equipo a la de Ascenso. Era un caso, teníamos de entrenador al “Chino” Ciu, que era todo un personaje…

… ¿No terminó siendo árbitro?
Yo no sé que habrá sido de él. Pero imaginate que llegaba todo aruñado a la Alcaldía de Armenia, donde hacíamos las pláticas motivacionales antes de los partidos, y nos decía que la noche anterior había peleado con el diablo.

Ja, ja, ja, ja, ja.
Ja, ja, ja. Y llegaba arañado, nos decía eso y eran sus pláticas de motivación antes de los partidos. Después salíamos a la cancha, sin duda alguna la peor cancha del mundo. Es la única cancha donde si te caías te podías morir.

Ja, ja, ja.
Sí, había piedras con filo que si te cortaban la yugular ahí quedabas muerto.

No creo que le gane a una que está por Santiago de María, donde un área de corner da a una quebrada.
Ja, ja, ja. No, creo que esta cancha gana. Pero fue uno de los momentos más bonitos de mi vida porque la gente de Armenia es una gente genuina. Después de los juegos, les gustaba quedarse departiendo. Incluso, una vez invitamos al Alianza a jugar para unas fiestas patronales de Armenia y lo simpático era que me tocaba desfilar con la reina, que me llegaba como a la cintura.

Ja, ja, ja.
Esa vez por poco le ganamos al Alianza. Recuerdo que “simasito” le hago un gol… esos goles de “simasito” es de los que más se acuerda uno. De los que anoté, que no hacía muchos, no me acuerdo de ninguno.

¿Por qué si tanto te gustaba el fútbol terminaste con el remo?
De chiripa. Estaba viviendo en Saint Paul, Minnesota, y estaba jugando fútbol. Pero la gente que juega fútbol en ese lugar era la misma que en el invierno jugaba hockey sobre hielo. Y bueno, juegan fútbol soccer de la misma forma, primero van al cuerpo y me quebraron el tobillo. Yo estaba trabajando y pensé que me iban a echar porque no tenía quién me llevara todos los días al trabajo. Un día, estaba en una banca a la orilla del río y ví un bote pasar. Me dije: “Ve, estos babosos llevan las manos agarradas, los pies agarrados, todos van sin aliento y no hay árbitro. ¡Este es mi deporte!”. Ja, ja, ja.

Ja, ja, ja, ja, ja.
Es que yo era… bueno, pasaba bastante tiempo expulsado.

¿Eras leñero?
Era algo… era algo activo.

Ja, ja, ja.
Si no me peleaba… recuerdo que hubo un par de grescas en los torneos de la Miramonte. Digamos que tenía un sentido de solidaridad bien grande y siempre andaba con esa obligación moral de ayudar a mis compañeros en cualquier eventualidad, digamos. Y, el remo, a pesar de que empecé cómo de 28 años, me ayudó a moldear más mi carácter porque de verdad he sido una persona agresiva, no en el mal sentido de la palabra… creo que la vida hay que enfrentarla con determinación y el remo me ayudó un montón porque empecé a remar solo.

¿Sólo?
En el club nadie me daba pelota, porque todos eran remeros de alta competencia. Había un bote que parecía tina y en ese salía; y el entrenador me dijo que tenía que remar 100 kilómetros para poder cambiar de bote. Cuando yo hice la cuenta de lo que tenía que remar y con el invierno cerca, mentí y dije que ya podía remar para que me pasaran a otro bote más competitivo. Callate, con el invierno encima me di vuelta cerca de un puente. El agua estaba como a cinco o tres grados, nunca había sentido un frío tan grande. Había leído que la gente se muere de hipotermia, entonces de regreso remaba más fuerte para ver si entraba en calor. Bueno, mi ‘roommate’, “el Pocho” Araujo, me recibió y me dijo: “Palomo, venís colorado”. Le respondí que no me sentía bien, le conté que me había caído y me dijo: “¡Ay Palomo, es que sos bien bruto por andar en estas ondas!”. Me enfermé, me dio fiebre pero no dejé de entrenar. Estaba determinado en que algo había en el remo de lindo… había leído un reportaje que hablaba de la gran tradición del remo. Así, de repente, todo el romanticismo del remo, el hecho de que era un deporte tradicional y, lo más impresionante de todo, que no había este deporte en El Salvador, me marcó.

¿No conocías a Alberto Hart, uno de los primeros en hacer remo en el país?
No lo conocía todavía. Fernando estaba en Texas A&M, donde hacía jabalina, y le hablé:
“vieras que vergón el deporte….”, ¡Huy!

Ja, ja, ja. Ya está dicho y será publicado.

Perdón, pue. Bueno, le dije: “Vieras el deporte que acabo de conocer. No jodás, averiguame con quién puedo hacerlo en El Salvador”. Fernando me dijo que fuera a ver un juego de fútbol americano a la universidad y que hablara con Tony Cristiani, que era novio de la hija del presidente de la Federación de Remo de Guatemala. Tony me dijo: “Mirá, el papá de mi novia es el presidente de esa federación”. Le contesté que viajaba a Guatemala por cuestiones de trabajo y que me diera el teléfono del entrenador, que era Juan Zanazzi.
       
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