Ja ja ja ¿ y cuánto pueden valer, más o menos, tus piezas?
Depende del tamaño y lo complejo de la pieza. “Hogar, dulce hogar”, que fue la pieza clave para la ruptura de mi carrera, fueron $35,000 dólares. Pero acordate que era una feria, la más importante del mundo, por lo tanto cada metro cuadrado tiene un alto precio, y son cuatro días. La galería con la que participé esa vez se interesó en el proyecto, lo presentó y clasificó, asumimos ambos los costos. Por dicha se vendió.
¿Cuánto se habrá ido en producirla, en alquilar ese espacio?
Fue en Estados Unidos. Tomando en cuenta la producción y la renta del espacio, creo que fueron $20,000 al final, porque se produjeron otras cosas. El resto se dividió en dos, y eso sirvió de pauta para hacer otras piezas.
¿Qué le haría falta a El Salvador si no existiera “Hogar Dulce Hogar”?
Es que no sé realmente si ese proyecto, o una persona, signifiquen tanto para el país. Yo quizás peco de no ser tan nacionalista. A veces he llegado a la conclusión ¿Y para qué estoy representando al país, en un evento internacional, si la verdad a lo mejor la realidad que estoy planteando no solamente se vive en este país? Sin embargo lo estoy haciendo. No he renunciado a la nacionalidad pero muchas veces no se reconoce, y no estoy hablando de cuestión de dinero, sino que, no sé, siento que tampoco pasaría nada si no existiera la pieza.
Tu mercado está en el exterior, ¿por qué seguís viviendo en El Salvador?
Dar un salto como para vivir en otro país es de jugársela, tener un esquema más claro y más seguro, por muchos factores. Aquí hay unas raíces emocionales que siempre lo atan, pero igual, tampoco se descarta que en algún momento emigremos.
Te gustaría
Sí, de hecho. Está bien valorada esa posibilidad.
¿Qué dice tu esposa?
Yo creo que es la más dispuesta.
¿Qué perspectiva tenés vos como concursante de la Bienal de Venecia?
Es un concurso mundial, pero yo no acostumbro participar en concursos, trato de evitar ese tipo de estrés al máximo. Yo siento que es importante ganar un premio, pero siento también que hay una cuota de masoquismo bien grande en someterse a un concurso, y verlo como que lo vas a ganar. Eso es cosa de cada quien, pero yo sinceramente descarto la posibilidad del concurso por ese sentido de euforia que se suele dar en el hecho de crear una pieza para ganar, y no siento que el arte sea eso.
Estoy muy tranquilo y satisfecho con crear una pieza que va a representarme y va a hablar de lo que yo siento, y que hasta cierto punto va a representar a un país… ya lo que venga ya es ganancia. Me parece injusto estar como torturándose solamente por la idea de enfrentarse a un jurado, y estar pensando en lo que le puede interesar a un jurado. No. A lo mejor soy un poco conservador en ese sentido, pero los concursos no son mi onda.
En la inauguración de la nueva exposición del MARTE, Revisiones, Mayra Barraza comentaba que había leído en algún lado que de jóvenes los artistas le tiran piedras a los museos, pero que de viejos tomaban copas de vino adentro. ¿Creés que eso se aplica a los más jóvenes que han sido incorporados a esta muestra?
No, yo siento que son como mitos. Yo he estado en museos muy importantes con tipos que tienen 23 años y su obra de no desmerita en absoluto, y no por eso son viejos. No es que el museo te hace viejo. No es la galería la que te hace un capitalista, antipopular o popular. Yo creo que es la actitud de cada artista, en definitiva, lo que queda y eso se refleja en su obra. Si encontrás una buena manera de expresarte, y esa manera es considerada como una pieza para que se exhiba tres años aunque tengás 18 años de edad, lo que habla es la obra. Creo que en el caso del museo, con todo respeto, hay muchas obras ahí, que incluso no son de jóvenes, que no tendrían que estar.
¿Cómo cuáles?
No sé, obra repetida, por decirte algo, que ya se vieron tres años atrás y se va a ver otros tres años. Y eso no implica que la obra sea mala, en absoluto –no voy a entrar en polémica de que sea buena o mala, cada quien tiene su propia apreciación-, y es muy válido.
O sea que vos no estás muy de acuerdo con el planteamiento de curaduría de “Revisiones”.
Me parece interesante que hay manifestaciones más vigentes, pero siento que cayó en excesos. Yo la siento como muy saturada, hay demasiada información ahí y, con todo respeto, digo que sí pudo haber habido un proceso de limpieza, en el sentido de depurar. Hay cosas también que museográficamente no funcionan.
¿Por ejemplo?
Yo siento que la obra más importante que tiene esa colección en este momento, “La ronda nocturna del Dr. Kauffman” de Benjamín Cañas, está recluida a cuatro metros de distancia y está atrás del pasillo. “Las meninas” no están a una distancia así en el Museo El Prado. Considero que esa pieza había que lucirla y está puesta en la rampa, muy cerca de otras obras. Yo entiendo perfectamente la idea museográfica de asociación, de juntar piezas porque corresponden específicamente a ese criterio, pero estoy en contra de la función museográfica específicamente para esa pieza.
¿Por qué creés que es la pieza más importante?
Mirá, porque al margen de que Benjamín Cañas haya tenido reconocimiento a nivel mundial, que aquí en El Salvador ha llegado de manera tardía, es uno de los bastiones, ha sido considerado uno de los realistas mágicos más importantes de la historia, imaginate. Es como que de repente, te trajeran un plotter del Guernica de Picasso ¿Dónde está el trazo de Picasso? ¿Dónde está la energía del artista, de primera mano? La perdés con la distancia, la perdés con los sistemas de impresión. Ya no es el trazo de Picasso el que está ahí, es pixeles impresos. Entonces siento que el recluir una obra con tanta cantidad de detalle y con un gusto exorbitante de dibujo es realmente una injusticia. No sé si a lo mejor por cuestiones de seguridad la habrán dejado tan lejos; pero si estás en un proceso de formación o sos una persona con un criterio plástico bastante definido, vas a querer ver la obra de Mincho Cañas a un metro de distancia, la calidad de la línea, porque era un dibujante inédito completamente. Es de los excesos que te digo, y no estoy hablando en un afán peyorativo, sino que estoy simplemente diciendo algo que a lo mejor un poco la experiencia te da para decirlo.
¿Te ha interesado ser formador?
Sí, fijate, la verdad es que sí. Lo que pasa es que a lo mejor no se ha dado el momento. Me interesaría compartir lo poco que uno ha recorrido con gente que a lo mejor está por recorrerlo. A veces los tropiezos de uno pueden servir de lecciones a otros.
¿Te ves, por ejemplo, dando clases en el CENAR?
Pues no me extrañaría, en algún momento, si yo tuviera el tiempo como para dedicarme a hacerlo… pero tampoco sería una clase de pintura, dibujo, grabado, técnica no sería…
¿Qué enseñarías?
A mí me interesaría más un taller de expresión artístico, al margen de la técnica, más de discusión. Yo hubiera querido recibir un taller así y no te lo enseñan en las universidades, tenés que tener otro loco ahí que de repente esté “piliando”.
¿Tú cómo te retroalimentás? Radicás en El Salvador, y aún cuando tenés la oportunidad e viajar, ¿cómo hacés para seguirte cultivando?
Yo creo que mucho tiene que ver la formación personal. La literatura, por ejemplo, es un elemento importante, y no solamente leer cosas de arte. El equipaje que traigo de los viajes es casi todo libros y revistas, a parte de las encomiendas de mis hijos. Yo creo mucho en el proceso de autoformación. Hasta cierto punto es contradictorio, porque es una deconstrucción de lo que has aprendido, por eso estoy en contra del proceso mecanizado de la enseñanza artística, creo que sería genial que te enseñaran de entrada a deconstruir, y no a construir. Te ahorrarían conflictos.
¿Hay diferencia cuando trabajás algo que te piden y no es una cosa espontánea? ¿O siempre tenés las mismas dudas y angustias?
Sí, siempre tengo dudas, siempre es una angustia. Llega un momento en que uno está tan metido en ese rollo que ya estás soñando con eso, hacés todo en base a eso. Cuando no tengo clara la idea, hasta que me sale me siento liberado; mientras tanto, es un proceso muy tortuoso, incluso me pongo de muy mal humor, sale tu dosis neurótica, obsesiva. Y si no lo encontrás, es terrible pero a lo mejor no era su tiempo para salir. En ese caso es mejor hacer anotaciones. A mí me funciona mucho hacer anotaciones, de estupideces muchas veces, pero que a la vuelta de uno o dos años que la reviso a lo mejor me ilumina, y comienzo a producirla. Igual he dejado muchísimos proyectos sobre la marcha. La mayoría de proyectos que tengo están escritos, no están realizados.
Tenés montañas de anotaciones
Talvez no pero sí muchos dibujos, muchas ideas que de repente vienen y ok, hay que hacerlas. A mí viajando se me ocurren muchísimas cosas. Les ando dando vueltas y de repente, a lo mejor por el estímulo visual al que no estás acostumbrado o porque te despreocupás de otras cosas y estás frente a otra realidad, el viaje es un detonante para que cuajen las cosas, o para darles un giro inesperado y que salga otra cosa.