Plática con Daniel Rucks, presentador de televisión
“Me siento muy cómodo siendo un maniquí en la televisión”
Ha hecho radio, teatro, incursiones políticas, canciones, caminatas antidrogas, familia y quizá, debido a su peculiar cinismo, pocos amigos. Uruguayo de nacimiento, pero salvadoreño nacionalizado, llegó muy joven a un El Salvador en guerra del cual se enamoró muy rápido, al igual que del Luis Ángel Firpo, el equipo de sus amores.
Fue el conductor de un programa de concursos que sobresalía por las locuras que realizaban un chele con acento extraño y su staff. Abandonó la televisión por un tiempo para formar familia. Regresó a las cámaras para formar el elenco de un programa “de revista”, copiado de México; al cual, asegura, sólo le saca el provecho económico. “Televisión lo haces por dos motivos: o porque te apasiona, o porque necesitas el dinero que te están pagando”, dice.
Edith Portillo y Daniel Valencia / Fotos: Edu Ponces cartas@elfaro.net Publicada el 14 de mayo - El Faro
Presentador de televisión, arquitecto, músico… ¿por qué faceta empezamos?
Bueno, aparte de Doctorado en historia romana, diplomado en planificación urbana…, comenzando una maestría en mercadeo, actor de teatro…
Ja, ja, ja, vaya, ¡no querías decirnos!
Si querés comenzar por una faceta específica, a mí el rol que realmente más satisfacciones me da es el actual: soy padre de tres hijos, eso obviamente es mi punto… No es mi punto de partida, es mi punto de llegada. Porque para eso obviamente hubo que transcurrir todo un enorme lapso de trabajo, que para mí comienza a los 14 años, cuando comencé a ser jalador de cables en una productora publicitaria en Tegucigalpa, en Honduras, que fue realmente mi inicio dentro de todo esto. Mi verdadera profesión es la arquitectura, con la que me siento plenamente identificado y gracias a ella sigo trabajando a diario, pero lo que me da de comer son de pronto los medios de comunicación y sobre todo mis empresas, que mal que bien están relacionadas con el área de comunicación.
¿Cómo llegaste a Tegucigalpa?
Soy hijo de un ex funcionario de Naciones Unidas. A mis hermanas y a mi nos tocó vivir siempre en cada una de las misiones a las cuales mi papá fuera destinado. Mi papá fue en El Salvador representante de la FAO y también lo fue antes en Honduras. Yo nací en Uruguay, pero nunca viví en Uruguay. De Uruguay nos fuimos a vivir da Estados Unidos, a México, Colombia, volvimos a Uruguay, luego Argentina, de Argentina a Honduras, de Honduras a El Salvador, y yo me quedé en El Salvador.
¿Qué edad tenías?
A esa altura tenía 16 años, acababa de salir de bachiller. Y tomé una decisión medio drástica, radical, como las que tomo siempre, que fue decirles “miren, yo los adoro y hasta el día de hoy los sigo adorando, son las personas más maravillosas sobre la tierra, pero el próximo destino al que vayan yo me voy a quedar”. Porque pocas sensaciones pueden ser tan feas para un ser humano que ser llamado “extranjero” en cada país que vive y en ningún país sentirse tan extranjero como el país donde uno nació. A mí me sueltan en Montevideo y me pierdo, no conozco.
¿Fuiste el único que tomó esa decisión?
En ese momento sí, y mis hermanas luego lo fueron haciendo. Mis padres, por ejemplo, ahora viven en Uruguay, mi hermana Silvia vive en Lima y mi hermana Verónica vive en Macedonia. Todos estamos dispersos en países muy poco limítrofes. Ja, ja, ja.
A ver, habías dicho que tus inicios con los medios fueron como jalador de cables…
Sí, bueno… si nos vamos al contacto con medios de comunicación sí viene ahí. Yo estudiaba en el Instituto Salesiano San Miguel, estaba sacando bachillerato, y allí el ciclo lectivo te daba tres meses (de vacación) y entonces uno iba, la gente se empleaba en supermercados… yo logré un trabajo en una productora, de jalador de cables. Un día descubrieron que tenían que hacer un comercial sobre una marca de chicles, con un supuesto muchachito medio guapetón, que era el que bailaba bien en la fiesta y toda la onda así.
Y salió Daniel bailando…
No, me audicionaron y se dieron cuenta de que no bailaba para nada. Ja, ja, ja, ja.
Ja, ja, ja, ja, ja.
Y a estas alturas tampoco tengo la más mínima intención de aprender a bailar nada. Pero me dijeron que fotografiaba bien y todo, y con eso me llamaron un par de veces, me llamaban de Televicentro, en Honduras. Pero hasta ahí, y de pequeño, según contaban, mi inicio en medios de comunicación era a los 8 años, cuando yo vivía en Buenos Aires, y había heredado un micrófono Sennheiser viejo, roto, con el cual me encerraba en una bodega a jugar a hacer radio. Y hablaba horas enteras todas las mañanas a un micrófono roto. De ahí me ponía a hojear los periódicos, ponía música en una grabadora de aquellas viejas, y jugaba a hacer radio. Mi pila realmente es la radio, desgraciadamente fui a recalar a la televisión por esas cosas de la vida, pero mi medio por excelencia es la radio. Es donde yo me siento feliz.
Sin embargo, estudiaste arquitectura.
Y gracias a Dios. Yo empecé a estudiar inmediatamente después de quedarme. Entré a la universidad y mis papás siempre me ayudaron. Yo no voy a andar con la tragicomedia. Pero bueno, a base de ser perseverante, logré entrar a Radio Femenina a cubrir horas que me sobraban de cuando estudiaba arquitectura. Pero toda la vida supe, y lo sigo recomendando a toda la gente que está en medios, que se rompa el lomo estudiando. Los medios de comunicación en El Salvador no son aún una forma de vida, existiremos probablemente unas cinco personas que podamos, de alguna manera, vivir de eso.
Explicame una cosa. Tenías 16 años, ¿cómo es que un uruguayo de 16 años decide quedarse solo en un país como El Salvador, que estaba en guerra?
Fue exactamente el 14 de enero de 1980. Yo llegué a El Salvador cuando todos se iban, cuando todos empezaban a agarrar maletas. No llegué ni en acto de vocación suicida, llegué sin darme cuenta.
Ja, ja, ja.
Y es más, a las dos noches de estar acá, tenía un apartamento, vivía solo en el edificio Noltenius, en la San Benito, y ¡meten una bomba, pero que reventó! Yo venía del supermercado, una bomba catastrófica, y obviamente yo, que era doncello en esa materia, je, je, je, … horrible. Me bajé del carro y apareció de repente la Guardia, la Policía les disparaba a unos que salieron corriendo por la Avenida La Capilla. ¡Yo no entendía absolutamente un carajo! Me fui, al final cuando todo pasó, subí al apartamento, se habían roto todos los vidrios, agarré mi pasaporte, hablé a mi enlace de Naciones Unidas: “Estoy varado aquí en mi apartamento, por favor sáquenme”. Y gracias a Dios nunca me sacaron, sino que la cuestión se enfrió. Menos mal, porque yo soy una persona que cree que Dios marca el destino de las personas, y mi territorialidad, para un ser humano que era extranjero en todos lados, obviamente era El Salvador.
¿Por qué?
Porque fue un país en el que desde el primer momento en el que llegué me sentí útil. Y lejos de empezar a darme miedo toda la parafernalia del conflicto civil, yo que soy un humano muy político, me encanta la política, y era de las pocas oportunidades que yo iba a tener de vivir un conflicto por dentro. Mi madre pegaba alaridos… y bueno, me enamoré del país, de entrada.
¿Solo del país?
Sí, mirá. Si la pregunta es si me quedé por una mujer…
Ja, ja, ja, ja. Ok, entendido.
La única relación afectiva que se desarrolló a los pocos días de haber llegado fue con el Luis Ángel Firpo, una gran relación sentimental de entrada. Si ahí tenés que yo me recorrí el país, y conocí muchos rincones que muchos salvadoreños no conocen siguiendo al Firpo, o inclusive manejando el bus de la delegación del Firpo o siendo jefe de delegación en los camiones cuando andábamos en los camiones.
¿Y cuántas veces te tocó raparte la cabeza por finales perdidas por el Firpo?
Dos.
Y en programa en vivo y todo…
Claaaro, si me voy a rapar tengo que sacarle rating a eso. Ja, ja, ja.
¿Y por qué el Firpo?
Por un acto de misericordia. Cuando yo llegué a El Salvador lo primero que hice fue ver tablas de posiciones, a ver cuáles eran los equipos de acá. Y lo primero que me impactó fue, en penúltimo lugar, era Luis Ángel Firpo, un equipo de fútbol con nombre de boxeador. Espeluznante y diferente a todo lo visto jamás antes. Jugaba un miércoles de por medio el Firpo contra el Marte en el Flor Blanca, y dije “tengo que ir”, simple y llanamente porque se me ocurrió que iban a salir con guantes o una pila así. Entro al estadio y obviamente, lejos de salir jugadores con guantes de boxeador, lo que salieron eran unas pirringuitas de Usulután, vino el Marte y pegó una tastaseada de 6 a 1. Entonces allí empieza la parte lastimera del asunto.
Sin embargo, en ese mismo campeonato iba penúltimo el Firpo, último el Santiagueño. Yo seguía viajando a Honduras muy seguido, por tierra, por lo cual me seguía encontrando con los movimientos guerrilleros, con los retenes y todo, y un día que me volvía por Usulután jugaban Firpo-Santiagueño, con lo que más o menos se definía el descenso de ese campeonato. De tal manera que el Santiagueño solo necesitaba empatar para salvarse, y el Firpo necesitaba ganar. Y entonces me quedé, y ganó Firpo 1 a 0. Así que ya sentí que en mi corazón algo había pasado porque me había dado un enorme regocijo. Ya me quedé enganchado con ese equipo.
Mirá, contanos de los retenes. ¿Cómo le hacías para pasar?
Era bien complicado, pero jamás de los jamases tuve un conflicto grave con gente de la guerrilla. Una vez, en un punto de una curva, estaba la guerrilla y dos kilómetros más adelante estaba la Guardia Nacional. Y la guerrilla me paraba, yo viajaba con 25 colones en la bolsa, sólo eso, y me decían: “mirá, que nos vas a ayudar, porque la revolución armada. Allá adelante está la policía, no vayás a decir que estamos aquí”. Y de pasmado, la primera vez les digo “miren, señores, fíjense que atrás está la gente de la guerrilla”, y me empiezan a cuestionar, que usted cómo sabe, por qué, de dónde viene. Pero ya enseñé mi carné de las Naciones… pero si querés una anécdota linda, aunque esta es un poco larga, pero vale la pena…
Dale.
En 1986 yo iba de jefe de delegación. El Firpo se había quedado en Usulután porque había habido una fiesta en la noche anterior, y jugaba su oportunidad de entrar a la pentagonal, en un partido contra el Soyapango. Y Firpo todo lo que tenía que hacer era ganarle a Soyapango, y entraba por primera vez a una pentagonal final. Cuando veníamos en el bus, veníamos con todos los muchachos allá por el Playón y nos paran y me bajo a sacar la cara: “muchachos, tranquilos, aquí viene el Firpo”. “¡Ya sabemos que aquí viene el Firpo, solo le veníamos a decir acá bien claro, que si por una casualidad no le ganan al Soyapango ni vayan a pasar por aquí de regreso porque los vamos a matar a todos”. Y yo “no, hombre, tranquilo, ¿cómo te ponés a creer que no le vamos a ganar al Soyapango? No hay tales” (Silencio largo y cara de vergüenza) 1 a 0 nos ganó el Soyapango.
Ja, ja, ja. ¿Y entonces al regreso?
Al regreso se me empezaron a ir los jugadores, porque me decían “No, fijate que yo me iba a ir para Santa Ana”, que “yo en realidad vivo en Chalchuapa”. Al final regresé con un grupo como de cinco nada más. Nos pararon. No sabés la cólera que tenían, pero una cólera visceral, pues. Estaban enojados con el Gavilán Funes, que era el portero, y que fue de los primeritos que se habían dado a la fuga, ja, ja, ja. La cosa es que no clasificamos nunca a esa pentagonal, pero mi encuentro más lindo con la guerrilla fue por pasión futbolística.
¿Y vos qué interpretabas de lo que estaba pasando acá?
Bueno, ante todo, yo soy un animal político y estudio política desde mi nacimiento. Desde mucho antes de conocer y desde el golpe de octubre del 79, yo sabía por varias experiencias que había tenido la oportunidad de vivir en diferentes países, en Argentina, en Uruguay, gente muy intelectual y muy pensante metida en aparatos guerrilleros, en aparatos militares muy represivos… cuál era la clase de roce que se podía dar. Aquí se venía una cosa totalmente diferente, porque el aparato militar no era represivo, por el contrario, era una oficialidad joven, con ideas un poco diáfanas, y de pronto el partido o la fachada política de todo esto era la Democracia Cristiana. No era un partido liberalista económico o neofascista que estuviera al borde de esto, y la guerrilla era una guerrilla campechana, que crecía en la montaña misma, con algunos pocos ideólogos, de los cuales ninguno estaba dentro, estaban afuera. El escenario iba a ser diferente e iba a ser largo, porque nunca se iba a solucionar en el campo de batalla.
Yo tenía amigos en ambas posiciones, y platicaban conmigo y me certificaban que la cuestión era así. Tenemos que acordarnos también de que la desigualdad socioeconómica de los 70s en El Salvador, que era bastante mejor que la de ahora, pero ya era una desigualdad latente y patente, y obviamente los resquemores en algún momento dado iban surgir. Y yo, como soy un intelectual de escritorio, era obviamente seguir la parte de Churchill: “el que a los 20 años no es revolucionario es porque no tiene corazón y el que sigue siéndolo a los 40 es porque no tiene cerebro”. Y es una manera de interpretar El Salvador hasta la fecha.