Plática con Aniceto Molina, el embajador de la cumbia
“Se me desarrolló más la mente cuando vine a visitar El Salvador”
El año nuevo no llega sin la música de Aniceto Molina. Desde Canadá hasta Argentina ha cantado durante 45 años “yo no olvido el año viejo”. Sus logros musicales le colgaron varios títulos: El rey de la cumbia, El embajador de la cumbia y El tigre sabanero. Es El Salvador quizás el país donde más se le conoce, y también uno de los que más visita; y es tan natural verle que pasa casi desapercibido en los centros comerciales, cuando lo hemos pescado de compras.
En México es admirado por los músicos del género tropical. Incluso El gran silencio, un grupo de rock latino, lo considera un referente y le rinden respeto. Y sus melodías han trascendido la barrera continental. En Japón sus discos se comercializan, algunos grabados en la década del 70. Pero en Colombia, su tierra natal, es extraño encontrar persona que haya escuchado su música. Salió de ese país sudamericano en 1973, en busca de fama y fortuna. Y el camino que tomó, donde cosechó 50 discos, lo condujo hasta La Ventana para platicar con EL Faro. Llega vestido con su sombrero sabanero, propio de la costa colombiana; trae un ritmo sampusano y toda la intención de revelar secretos del “Gallo mojado” y “La culebra cascabel”. Aunque también llega con una mala noticia: está por dejar de componer canciones que despiertan las ganas de bailar para de dedicarse a su finca y hacer música religiosa.
César Castro Fagoaga y Alexis Henríquez / Fotos: Edu Ponces cartas@elfaro.net Publicada el 19 de febrero - El Faro
Recibimos con tristeza la noticia. Dicen que se retira.
Por el bienestar de uno para terminar de vivir más tranquilo y, a medida que pasa el tiempo y uno está en este trabajo, uno adquiere muchas cosas y te das cuenta de muchas cuentas que ignoras. ¿Cómo cuáles? El terminar de vivir en paz con Dios y eso es lo que más me ha puesto a pensar, que del 1 al 50 todo sube pero del 50 para adelante a uno le espera la bajada. En este caso no hablamos del arte que yo tengo, que haya bajado, hablamos del desgaste humano.
¿En estos 50 años de carrera no había estado en paz con Dios?
Ignoré mucho eso y no era porque no tuviera buena crianza. Lo que pasa es que en la juventud ignora uno muchas cosas. Muchos comenzamos a madurar del 50 en adelante.
¿Y qué le hizo madurar?
Yo vivo en Estados Unidos desde el 84. Salí de Colombia en el 73 y llegué a Estados Unidos hasta el 74 y luego me fui a México de gira hasta el 84, ahí me vine a establecer a los Estados Unidos. Tanto venir y viajar a los Estados Unidos nos molestaba mucho en la frontera pero a eso no le paraba bola. Vine a El Salvador a trabajar una vez y me dice Óscar (Ortiz, su representante en el país, con quien llega a la plática): “Hoy que vengas vamos a ir a la iglesia”. Eso fue el 14 de diciembre del 97. Yo era una persona que tomé en cantidad, bebí en cantidad. Para esa fecha yo ya había dejado el trago pero el cigarrillo no podía dejarlo. Vivía abrumado, que no tenía ganas de subir a una tarima, me subía enojado, por obligación. Dinero que entraba, dinero que se iba.
Puras penurias.
Sí, pasé un tiempo mal en Estados Unidos. No había manera de olvidar el cigarrillo. Esa vez, en diciembre, fuimos al Tabernáculo (Bíblico Bautista). Sentí una brisa fresca que me relajaba y me entró ganas de llorar. Me llevaron y ¿qué fue lo que me hicieron ese día? (pregunta a su representante)
El representante responde: “Una oración”.
Eso, oraron por mí. A los 15 días de eso, un día me paré y miré al cigarrillo y fue como si nunca hubiera fumado. De ahí en adelante siguió una tranquilidad y comenzó a cambiar mi vida: más contratos, más éxitos. En esos años, desde que visité la iglesia para acá, he hecho más que los años anteriores de carrera.
¿Y Toby es amigo suyo?
Sí, claro.
¿Baila su música?
Sí, le gusta. El junior se ríe con la carcajadas mías (Aniceto hace su carcajada, una especie de grito de batalla); él la hace en la iglesia. Los pastores me mencionan y toda la gente me conoce.
Siempre imaginé que un estilo de vida de juerga estaba acorde con la música que Aniceto Molina canta.
Eso es lo que había antes…
Pero entonces hoy ya no le pega.
Sí pega, están pegando si es lo que toco…
No, me refiero a su vida con su música.
Bueno, no pega porque, no es que yo dejé de actuar con ese tipo de música, yo puedo. Lo que tengo pensado en el retiro no es para dejar la música, sino que para estar en el mundo de la música voy a seguir el camino evangélico. Voy a seguir también con una fundación que estoy montando en Colombia, que se llama Ama Internacional. La intención es montar la fundación y seguir tocando al Señor, para beneficiar a todos los niños. Mi retiro será en el 2008.
¿Cuántos conciertos tiene pensado hacer de despedida?
No sé, los que salgan. Pienso estar en El Salvador un mes tocando con un baile grandísimo en la mera capital y luego en otras ciudades.
¿Usted cree que aquí es donde más siguen su música?
Sí, claro.
¿Cuántas veces ha venido?
Desde el 82, que fue la primera vez, yo creo que son de 12 a 15 venidas. Las estadías varían, una fue de cuatro meses en San Miguel, otras he pasado dos meses en la capital.
¿Por qué cree que los salvadoreños se identifican tanto con sus canciones?
Hombre, porque El Salvador es un país liberal, más liberal que mi país. Son amantes a la chuscada, a lo alegre. Yo admiro a El Salvador porque es un país de ambiente.
Ustedes en Colombia tienen una expresión: “mamadores de gallo”.
Mamadores de gallo, je, je, je. No sé cómo lo entenderá aquí, je,je, je… mama gallo. Aquí les toco el gallo, como “El gallo mojado”.
¿De dónde salen sus canciones, “Josefina”, por ejemplo?
No tiene una historia verídica. Fue una vez en Sincelejo, yo vivía ahí, aunque yo soy de Córdoba. Fue como en el 71. Un día en la casa me senté afuera y me puse a pensar en Josefina, porque había una muchacha que conocí, pero no por amor ni nada, y son nombres, porque todos los nombres no son apropiados para está música mía que tiene letras jocosas.
¿Así las definiría, jocosas? Aquí le diríamos de doble sentido.
Jocoso para nosotros es algo que hace reír. Uno piensa en un ambiente tropical y le pone letra. El doble sentido ha caminado un tiempo y eso es fuerte. Comencé a pensar en nombres hasta que llegué a la cara de cu…lebra cascabel. Je,je,je,je.
Je,je,je, se trabajan las letras.
Para llegar ahí, sí. Y mire, me pongo a componer un canción que hablé de un sentimiento a una mujer y no me sale. No soy un tipo romántico, soy puro tropical costeño rajado. Nunca me siento a componer sino que me salen, cuando estoy en la cama, cuando voy al baño. El otro día me salió una buena y agarré la grabadora que tengo al pie de la cama y comienzo a cantar. Pero resulta que no estaba grabando y cuando la fui a buscar (la canción) no estaba. Se perdió porque no me acuerdo ya.
Aniceto, usted dispara canciones. Si le pidiéramos que hiciera ahora una canción, ¿se animaría?
Habría que hacer una canción para los chuchos y las chuchas, ja,ja,ja, no, francamente no puedo, la presión.
El artista tiene que tener su espacio.
Exactamente, la presión me cohíbe pero eso no significa que no tenga la capacidad de improvisar.
Le ha dedicado muchas canciones a El Salvador.
Le voy a contar, la primera que entró, que no era dedicada a El Salvador, fue “Josefina”. Y luego salió “La Brujita”, que por cierto la acaba de grabar Eskina Opuesta y yo les apoyé con el acordeón. Ya era éxitos aquí todavía sin mencionar yo a El Salvador. Luego vino “El gallo mojado”. Cuando vine en el 82 me llevé tan buena impresión que me dije: “Voy a hacer algo por El Salvador”. Grabé una canción que se llamó “La Zorra” y ahí mencioné al país. Una vez que venía yo al país me preguntaron: “Aniceto, ¿y ahora qué canción le vas a dedicar a El Salvador?” Y le dije: “La mariscada”. Es que una vez me invitó un amigo a la playa el Majahual a comer. El nombre me quedó y me dije ese nombre queda bien para un disco. “Yo quiero una mariscada, yo quiero una mariscada y la quiero de El Salvador, allá me voy a buscarla, porque allá sabe mejor. Cuando llegué a San Miguel, voy a la playa del Cuco, allá me voy a comer mariscada con cusuco”.
Siempre que venía le pedían canciones.
Sí, y yo por no quedar mal les decía que sí. Un día se me metió el tema de hacer “El Peluquero”. Me dije, ya pasó “La Mariscada” y no he hecho nada para El Salvador. Yo pensé, una vez que iba en el avión, cómo le ponía y le había puesto “El peluquero de San Miguel”. Al principio decía: “Un peluquero se ganó la lotería”; pero no pegaba y luego le puse: “Un peluquero, de San Miguel, se ganó la lotería”.Pero luego le quería poner algo más pero no sabía si era salvatrucho o salvatrucha. Me quedé parado un buen rato hasta que encontrara un salvadoreño y me dijera cómo era. Uno me dijo: “No, es salvatrucha”. Y ahí fue que comenzó: “Un peluquero, de San Miguel, se ganó la lotería, el peluquero salvatrucha”.