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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Arturo y Tilio

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 28 de mayo de 2007 - El Faro
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 En memoria de Arturo
 y también para Milly

Llevaba el fusil con mucha naturalidad, parecía una herramienta colgada en su hombro. En el campamento todo el mundo lo llamaba Tilio; sólo yo, talvez, conocía el verdadero nombre de aquel muchacho delgado, más bien bajo, de mirada clara, palabra necesaria y trato correcto. Quienes estudiaron el 8º grado allá por 1974, en el Instituto Técnico Ricaldone, quizá lo recuerden.

Lo veo así: de camisa blanca y pantalón azul. Siempre sonriendo, pero muy discreto, muy formal. Supongo que habremos estado juntos en misa, que habremos plantado tomates con el hermano Murillo, que nos habremos enfrentado en algún partido de fútbol: el 8ºB contra el 8ºA. Nos saludábamos por los pasillos, al encontrarnos en la escalera, en la cancha, pero lo cierto es que nunca hubo una conversación larga entre nosotros.

Miento. Sí que hubo una, pero ya no la recuerdo. Fue año y medio después de salir del Ricaldone. Al torcer por un pasaje de la colonia Zacamil, la casualidad me lo puso enfrente. Ahí estaba él, sentado en unas gradas, solo, con ese rostro de iluminado que ponen los que se concentran en la guitarra. Los dedos de su mano izquierda dudaban mucho al desplazarse por el mástil, su mano derecha los seguía rasgueando los primeros acordes de Smog on the water, esas notas a las que tanto acude el guitarrista bisoño. Lo interrumpí, lo saludé; un tipo agradable. Decidí acompañarlo un rato. Para cantar a dúo inventamos otro inglés. Aquella tarde carecía de importancia qué palabras se dijeran; ni por asomo nos preocupaba el rostro del tiempo que vendría.

Qué sería de un álbum de fotos si no existiese un narrador. Entre una y otra imagen existen brechas que no resultan fáciles de explicar. Hay un instante en el cual percibimos nuestras vidas como un asunto estrictamente personal (allí, estamos en la primera comunión; aquí, con la primer pandilla de amigos; acá, posando con aquel uniforme horrible para una foto de carné; allí, con dos amigas y el mar al fondo). Los chorros de agua que limpian de sangre la plaza militarizada, el primer tiroteo en la memoria y los cuerpos abatidos que luego trajo una foto del periódico son algo que transcurre en otro lado, en otro mundo y que, ajeno a nosotros, preferimos no mirar ¿En qué momento la ciudad logró meterse en nuestro cuarto? No fue de golpe, pero cuando lo hizo trazó una línea profunda y partió en dos el álbum de fotos. Muchas imágenes se quedaron al otro lado, en un país remoto.

La siguiente vez que vi a Tilio se descolocó la imagen suya que tenía: se postulaba como líder de los estudiantes de nuevo ingreso en la UES. No era muy hábil delante de una asamblea, otros lo aventajaban en el uso de la palabra, pero transmitía una imagen de sencillez y honestidad que le hizo ganar muchos adeptos. El muchacho que tanto disfrutaba de la soledad en compañía de su guitarra, se puso de pie, tomó la palabra y se introdujo en otro mundo.

En la universidad recuperamos la vieja costumbre de saludarnos por el pasillo, pero, como había ocurrido antes, tampoco nos detuvimos para hacer una pausa y entablar un diálogo. Aquello era una mezcla de simpatía y distancia. Ya entonces nuestros pasos avanzaban por un sendero cargado de términos bastante graves, de palabras que ponían el dedo sobre un proyecto y una negación para los cuales eran necesarias e inevitables las resoluciones duras y trágicas. Él ya tenía compañera para ese viaje. Caminaban juntos por el pasillo, los saludaba. Era menuda. Iban y venían. Le dio un hijo.

Qué días más extraños: la crítica y la autocrítica, los grupos de estudio, las actividades de calle, las grandes manifestaciones, los primeros muertos y la sensación de que algo irremediable sobrevendría ante el empuje de todos nuestros brazos. Tantos brazos juntos parecían la verdad, la llegada inevitable de otra vida parecían.

Eran días de estar afuera, en la plaza, con el puño en alto y días de estar adentro, en la conciencia, luchando ante el espejo para abrirle paso a un nuevo rostro.  

En los rápidos del tiempo (ahí donde la historia, al igual que la trama de una novela, acelera su ritmo y saca de su sitio a los personajes para lanzarlos a transiciones extremas y violentas) las imágenes se transfiguran y el muchacho con el que unos años atrás tarareaste divertido una canción, de un paso puede salir de la oscuridad a estrecharte la mano con un fusil en el hombro.

Fue como si una hoguera nos llamase, como si algo suspendido en el aire señalara el momento decisivo. Poco a poco los amigos se marchaban en dirección al fuego y daban el salto. La lealtad hacia ellos y la vergüenza empujaban más que las ideas. Yo no quería ir, pero me hicieron la pregunta y como un sonámbulo salté también. Metí pasta y cepillo dental en una bolsa de plástico y me fui a la cita con la historia con unos zapatos equivocados.

El guía nos perdió. Un campesino borracho nos indicó el camino y de paso nos salvó la vida. Llegamos, pero no a la hora convenida. Ese día, por la noche, Tilio salió de la sombra a saludarme.

Los ejercicios de arrastre en el campamento parecían un juego de niños, pero arrastrarse sobre ciertas plantas tiene sus riesgos: recuerdo que una muchacha (secretaria bilingüe y aprendiz de guerrillera) se quemó sus bellos muslos. Aquello era un universo en el cual desembocaban multitud de transformaciones personales. Mi encargada de formación política había sido Testigo de Jehová y aún conservaba una parte de sus creencias ¿Cómo llegó hasta ese mundo de hombres armados?

Tilio me encargó la distribución de las guardias una noche. Hice guardia bajo el oscuro cielo lluvioso, recluido en mi mente, a disgusto con un arma de la cual sólo conocía el gatillo, bastante incómodo en mis zapatos sobre la tierra mojada. Una parte de mi conciencia me decía: te has equivocado de fiesta y la otra replicaba: debes quedarte. Entre el miedo, la lluvia y las dudas, no me sentía personaje de aquella obra y creo que Tilio lo intuyó. Hablamos al día siguiente, pero ya no hablamos.

Le quedaban pocos meses sobre la tierra, supongo que él no descartaría esa posibilidad ¿Quién de nosotros imaginaba un futuro largo, plácido y sin interrupciones? Todo el mundo se apresuraba a tener hijos y nuestra sonrisa, nuestros chistes, eran una forma de sobreponernos a esa probabilidad alta de que el tiempo se nos terminase de pronto, de un plomazo.

El peso de la responsabilidad le había endurecido el rostro ¿Cuánto no habría visto y vivido en los rápidos, trágicos e intensos días y meses precedentes? Disparó contra otros hombres. Cuidó sin esperanza a compañeros que agonizaban; les contuvo las tripas mientras llegaba el enfermero y los acompañó por las veredas agónicas del último instante, para que no se sintieran solos ¿Cómo llegamos hasta ese mundo?

Nunca acepté que Arturo y Tilio fuesen la misma persona. Sé que Arturo decidió ser Tilio, pero la sonrisa de Arturo ya no encajaba en la de aquel muchacho que salió armado de la sombra a saludarme. No se por qué. Quizás era yo quien no encajaba entre ellos dos. El cuerpo y la mente de Arturo se decantaron por el otro, se separó de sí mismo y aceptó vivir las consecuencias de dicha renuncia. Tilio era la lógica y la experiencia duras de un mundo en el que me sentía ajeno y donde Arturo ya no estaba y yo no cabía.

Talvez me equivoque y Tilio fuese un hijo de la gran consecuencia de Arturo, de su forma de respaldar con el cuerpo aquello que alentaban sus palabras. El valor le imponía vivir en un universo de reglas firmes y crudas en las que el filo y el plomo eran la continuación natural de las ideas, la forma contundente de enfrentarse a lo contundente ahí donde las palabras ya no servían. Talvez.

¿Cómo llegamos hasta ese mundo extraño y surgido de la certeza de que las palabras habían sido derrotadas?

Con Tilio volvimos a encontrarnos en la ciudad. Me encomendó pequeñas tareas informativas. Alguna vez preguntó por mis dudas e hizo un breve comentario, mientras dibujaba un croquis para una sencilla tarea de propaganda. Bueno, no era tan sencilla. Y él continuó internándose en el bosque, y yo quedándome atrás, hasta que lo perdí de vista.

Tres o cuatro meses más tarde, un día del que no conservo la fecha, en la claridad de la mañana apareció Pilar con la noticia. Se nos vino encima un silencio grueso en el que no penetraban las palabras ni el consuelo. Pilar (y su aplomo de mujer joven y fuerte) no permitió que las brechas heladas del estupor deshicieran el orden del día.

Pobre Pilar, tan sólida. No quiero repetirles la única frase que ella, dueña de sí misma, me dijo. Luego supe que el llanto la visitó durante noches largas en una casa oculta de San Salvador. Para que la pena nos hiciese menos daño, se guardó todo el impacto. Se quedó sola en una habitación con la última imagen de Tilio, la que dejó la crueldad.

Hace poco, en uno de mis sueños, apareció él. Era como si hubiese vuelto de un país irremediablemente lejano. Me sentí feliz de tenerlo enfrente sin esforzar la memoria. Conocía bien, en el sueño, la verdad y por eso lo abracé.

Llevaba el fusil con mucha naturalidad, parecía una herramienta colgada en su hombro. En el campamento todo el mundo lo llamaba Tilio y por Tilio se cerraron los labios y se dijeron palabras en silencio. Pero de aquel grupo, que aprendía a vivir entre las aspas crudas de la ausencia que llega de golpe, talvez sólo yo podía lamentar la muerte del muchacho con el que seis años antes me cruzaba por los pasillos del colegio: un adolescente no muy diestro con la guitarra, no muy hablador; un joven, muy dado al apretón de manos y la sonrisa franca, que ya no tendría la oportunidad de retornar a sus viejos asuntos o la ocasión de volver a sí mismo para recuperar su otro nombre, el verdadero: Arturo...Arturo Herrera.  

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