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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Margarita Dalton

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de mayo de 2007 - El Faro
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a Margarita.

Que maten a tu padre o a tu hermano, tiene que ser duro; no recuperar su cuerpo, tiene que ser duro. Diversos testimonios cuentan que a Roque Dalton lo maltrataron sus carceleros del ERP, antes de matarlo. Para los parientes del poeta, saberlo, tiene que ser muy duro.   

Si a nosotros, testigos de un suceso lejano, la historia nos daña, imaginen el sufrimiento que cada nuevo detalle destapado le infligirá a la familia de Dalton. La suya no es una pena abstracta por la pérdida de un mito, es el dolor que produce imaginar el calvario final de un ser querido.

Hace muchos años tuve el privilegio de conocer a Margarita Dalton en Barcelona. La recuerdo menuda, correosa, de ojos de gata. Tenía razón José Agustín Goytisolo, es una mujer que lleva escrita en el cuerpo la huella de sus aventuras por el mundo. Es fuerte y al mismo tiempo cercana: nos abrió las puertas de su casa.

Margarita y Roque, hijos del mismo padre, vivieron existencias separadas; ella en México, su hermano en El Salvador. No se conocían. La historia de su encuentro ya es leyenda. En uno de sus exilios, Roque fue invitado a un congreso de la Juventud Comunista Mexicana. Allí, mirando la lista de concurrentes, descubre por casualidad el nombre de una muchacha de apellido Dalton. Algo habrá intuido el poeta, que fue a buscarla, porque ambos terminaron por descubrirse, más allá de las afinidades ideológicas, unos sorpresivos y profundos lazos de sangre.

En 1985, Margarita viajaba por Europa con algunas cartas de su hermano. Un día, al final de “las Ramblas” en Barcelona, tuve entre mis dedos la caligrafía del héroe. Palpé una reliquia, una simple página que había pasado por sus manos, un texto de Roque confesándole a Margarita lo mucho que le disgustaba su leyenda de bardo mujeriego y jodedor. Era un reproche a las palabras con que Goytisolo lo presenta en “Los pequeños infiernos”. El poeta salvadoreño, por muy bohemio que fuese, tenía bastante asumida su profesión de escritor y como tal, por encima de las anécdotas existenciales, deseaba que lo reconocieran. Esa misma carta en un archivo se habría transformado en documento, pero ahí, leída ante la presencia tutelar de una Dalton, era un testimonio privado donde aún palpitaban la vida y los lazos familiares.

Me concedió un par de paseos tranquilos y reflexivos, pero no porque yo, un veinteañero entonces, tuviese nada interesante que decir. Supongo que accedió a la petición de un muchacho que admiraba desde los trece años a Roque Dalton. Mucha gente se habrá acercado a ella para corroborar a través de su presencia el paso del poeta por el mundo y ella, con humildad, acabaría aceptando ser ese testimonio. Así guardó, para los leales que se acercaban, pequeños vestigios e instantes del hermano legendario. 

Talvez la idealice, pero Margarita posee un talle digno, nada pródigo en sentimentalismo fácil. Hay en su porte una elegancia sencilla y sabia; da impresión de fortaleza. Por eso me sorprendió un sábado por la tarde hace veinte años. Caminábamos por una avenida ancha y arbolada. La luz declinaba, casi era de noche, cuando me confesó un detalle ingrato sobre los asesinos de Roque: éste les abrió la puerta de su casa en Cuba, los tuvo ahí, les dio hospedaje. Yo escuchaba cómo la voz de Margarita se movía serena, dueña y señora del relato y por un instante pensé que se refería a sucesos que ya habían cicatrizado, pero al ver sus ojos claros descubrí que Margarita peleaba con firmeza contra sus propias lágrimas.

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