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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Sobre santos e hijos de la patria
Notas al pie de la polémica

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 14 de mayo de 2007 - El Faro
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Siempre que veo el juvenil rostro de Joaquín Villalobos, no puedo evitar que de inmediato acuda a mi mente la imagen de Roque Dalton. A ustedes, quizá, les pase igual. Villalobos puede presumir de que tiene dos sombras: la suya y la del poeta asesinado.

Con el mayor Roberto D´Aubuisson me pasa algo semejante: la sombra de Monseñor Romero siempre lo acompaña. Así como el fantasma del poeta asesinado opaca el brillo de Villalobos, la sombra de Monseñor persigue y disminuye a D´Aubuisson.

Curioso este lazo entre la víctima y el presunto verdugo. Forman una extraña pareja en la cual el semblante de la persona que fue sacrificada es una condena que acompaña siempre a su presunto asesino. Y es tan fuerte el vínculo, que resulta difícil concebir al victimario sin que aparezca al lado de su rostro la cara de su víctima. Quien desee separarlos tiene ante sí una operación quirúrgica muy, pero que muy difícil porque dicha asociación permanece en los estratos más profundos de la memoria colectiva.

Cuando existe una simbiosis entre dos rostros, lo que le suceda a uno de ellos alterará la visión que tenemos del otro. La futura santidad de Monseñor Romero afectará de modo inevitable la forma en que nos acerquemos a la cara del Mayor. La fortuna literaria que ha tenido Roque Dalton (su otra vida después de la muerte) afecta hoy, sin lugar a dudas, el modo en que miramos el rostro de Joaquín Villalobos. Hay una cara en cada platillo de la balanza.

Cuando el partido gubernamental propuso la candidatura de Roberto D´Aubuisson a Hijo meritísimo de El Salvador, era inevitable que convocase también a la figura que siempre lo acompaña: la de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. La asociación trágica entre ambos, tal como nos lo recordó un escrito de María Julia Hernández, no podía eludirse. Salvo que quisiéramos borrar todos los rastros del pasado, sustituyéndolos por la imagen amable que la propaganda de Arena ofrece del Mayor.

La propuesta parlamentaria le daba la espalda a las preguntas éticas, legales y de orden histórico que todavía suscita la letal relación entre el militar y el sacerdote. ¿Cabía la posibilidad de que un Hijo meritísimo de El Salvador estuviese detrás del asesinato de un Arzobispo? ¿Podían destacarse los méritos civiles del militar, silenciando su más que probable participación en la muerte de un hombre pacífico, de un santo? No podía hacerse la propuesta parlamentaria sin darle antes una contestación clara, y bien documentada, a unas preguntas que son hijas del sentido común y no de la radicalidad.

Aclaremos, antes de continuar, que aquí el rostro del Mayor es también una sinécdoque. Esa figura retórica por medio de la cual nos valemos de “una parte” para designar al “todo”. Él no era un pequeño dios, tenía detrás a toda una compleja estructura que proporcionaba dinero, información y hombres como el que condujo el carro donde iba el tirador y hombres como el tirador y personas como el articulista que pedía a gritos, desde la prensa, el rojo corazón del arzobispo.

Bien, nos reprochan los conservadores que miremos tanto hacia el pasado y que lo utilicemos como una objeción. Podríamos contestarles que su intento radical de eludir el pasado, sustituyéndolo por las imágenes de la propaganda, tampoco es bueno.

Hubo que posponer el proyecto de “consagrar” al Mayor para mejores días, pero la propuesta dejó claro que los cabos sueltos de una historia trágica (la que relaciona al militar y al sacerdote asesinado) todavía llegan hasta el presente, por la voluntad que tienen las organizaciones políticas de construirse una mitología partidista a partir de de un pasado escrito a la medida de sus intereses.

Por muchas razones esta historia no se queda atrás: porque la familia del sacerdote todavía visita los tribunales en busca de justicia y porque el mito de Monseñor es todavía una herida abierta: nos cuesta construir una reconciliación simbólica. El desencuentro civil tiene una estructura y es desde ella que interpretamos a Monseñor Romero. Es cierto que su imagen está polarizada y lo está en la misma medida en que está polarizada nuestra vida política.

Si hablo de la estructura del desencuentro es porque creo que no hay un solo culpable, sino un reparto de responsabilidades. Y dicho desencuentro no es sólo atribuible a que algunos radicales no comprendan los límites entre lo teológico y lo político. Este no es sólo un problema de comprensión particular que tenga un grupo, es algo más amplio y que atañe a las dificultades que tenemos de articular visiones incluyentes y atentas a la ética, la verdad y el respeto al otro y que no permitan la imposición a toda la comunidad de un símbolo o una mirada partidistas. Se trata de articular en un sólo movimiento el respeto a la verdad como respeto a los demás y como principio ético que ha de presidir las negociaciones que entablen nuestras fuerzas políticas en torno a los símbolos y a la historia nacionales.

Talvez no sea el tiempo para hablar y contarlo todo, talvez. Pero está claro que ya no es el tiempo de mentir.

Los partidos buscan referentes, liderazgos simbólicos, mitos que encarnen su doctrina y su sentido de la historia y para construirlos deben elaborar inevitablemente una visión de su pasado y del pasado que comparten con sus adversarios en la guerra civil. Y es aquí donde, de forma implícita, todo lo que prediquen de sus mitos afectará a sus antiguos enemigos en la guerra. Si se concibe al líder como una figura nacionalista, sus oponentes serán retratados como “una amenaza para la patria” y la “patria”, como valor más alto, también justificará todas las violaciones del derecho que el líder haya podido cometer.

Uno comprende la funcionalidad de dicha ideología, pero inevitablemente uno se pregunta si ésta se corresponde con la verdad (esa verdad que se acumula en los documentos, en las fosas comunes, en la palabra del testigo presencial y en las visiones académicas y más rigurosas de la historia).

Si la verdad se concibe como un trato respetuoso a la dignidad del otro, el nacionalista deberá comprender que el otro también amaba a la patria y que la lucha enfrentó a distintas maneras de concebirla. Si el nacionalista respeta al otro y respeta a la verdad comprenderá que por encima de la patria estaba la dignidad humana y que, por lo tanto, ni siquiera la patria, en perspectiva, justifica ciertos actos.

Hemos de maniobrar con sutileza en ese punto en el que buscamos justificar, interpretar y respaldar nuestros actos del pasado para ponerlos en orden con las orientaciones del presente. La visión del pasado es a menudo un argumento para justificar los proyectos actuales. Hay que tener cuidado con los deslices dogmáticos e ideológicos que “idealizan” comportamientos que aún ahora son reprobables y que no pueden incorporarse al marco de convivencia simbólica que tratamos de levantar con los antiguos enemigos. No todo vale. El Mozote no tiene justificación. El asesinato de Monseñor Romero no tiene justificación. Y son hechos que, más que como armas políticas, deberían servirnos de símbolo y espacio para meditar sobre los nuevos valores con que deseamos vivir. Hay un límite que no puede traspasarse y ese límite lo marcan la verdad, la legalidad y la ética como elementos que articulan el sentido de nuestra relación con los otros.

Los nudos oscuros que atan el rostro del Mayor a la muerte de Monseñor Romero no podrán desatarse utilizando la táctica del olvido y del olvido sin verdad que puede cubrirse con las imágenes de la propaganda. Aquí la propaganda, sin verdad, es una forma de violencia que contribuye a polarizar más los desacuerdos.

II

Lo lectores acaban de presenciar una escaramuza, en esa frontera donde se cruzan la religión y la política, pero éste no ha sido más que un breve e inocuo capitulo de un desencuentro mayor que subyace en el fondo y que viene de más lejos y se origina en la base de los tradicionales y exacerbados enfrentamientos que caracterizan a nuestra sociedad. A este país, como diría Dalton, no lo unen las relaciones, lo unen los conflictos. Las aspas de la polarización que todos alimentamos tienden a tragarse los matices. Odiamos las cláusulas, los incisos. Las aspas de la polarización se tragan incluso a los más inteligentes. Disfrutamos con la virulencia de los desacuerdos extremos y en su pasión furiosa adquirimos las certezas. No, no nos gustan las cláusulas ni los incisos.

Es una lástima que hasta los más “lúcidos” se dediquen a cultivar su parcela del enconamiento, arrojando a la cabeza del adversario bien elaborados argumentos teológicos en los que únicamente se culpa al otro de la polarización, cuando ésta es una estructura que nos atrapa a todos y en la cual todos tenemos un extraño papel (como en la gran obra de teatro que escapa a nuestro dominio).  

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