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OPINIÓN / LA BUHARDILLA Criterio de oportunidadFederico Hernández Aguilarcartas@elfaro.net Publicada el 02 de abril - El Faro ¿“Oportunidad” es el antónimo de “oportunismo”? Según el diccionario, no. Pero esa, sin embargo, parece ser la lógica que está siguiendo el Vaticano —y con toda autoridad— en el proceso de canonización de Monseñor Romero. Me gusta combatir a los que manipulan la figura histórica de Óscar Arnulfo Romero porque su lógica no persigue, en última instancia, la elevación de nuestro Arzobispo asesinado a los altares; lo que les interesa es tener a un santo para arrojarlo a la cabeza a sus opositores políticos. Ni más ni menos. Si se tuviera un verdadero conocimiento sobre la naturaleza especial que tiene la acción de la Iglesia Católica en estos casos, y si la apuesta de algunos por la santidad de Monseñor estuviera apegada a su conducta pastoral —entre las que sobresalía, por cierto, su respeto y obediencia a la autoridad papal—, ¿qué objetivo tienen las críticas que hoy se hacen a Roma por las prevenciones que se toman en el proceso? Grupos de salvadoreños nos están arrebatando, al resto de salvadoreños, un símbolo que debería unirnos en lugar de dividirnos, y a mí me parece de suyo necesario denunciar este atropello. Suele llamar mi atención el hecho que, por regla general, aquel “apologista” que considera una especie de incongruencia extravagante que alguien se atreva a decirse miembro del partido ARENA y declararse al mismo tiempo, y con absoluto derecho, devoto de Romero, no parece mostrarse muy incómodo cuando ve surgir una pancarta del Arzobispo mártir en medio de una manifestación marxista. Todos sabemos que un fiel seguidor de Marx tiene tanta aptitud para evaluar la teología de Romero como objetividad tendría un chimpancé para referirse a los cráteres de la luna, pero hay quien acepta semejante compatibilidad porque le sirve de excusa para atacar a los que cree causantes de sus males, esté o no incluida la Iglesia misma. Desde luego, a los que embadurnan de filias políticas el mensaje de Monseñor les tiene sin cuidado el criterio teológico que se sigue en el Vaticano. Aunque bramen por la canonización —que es una causa religiosa de consecuencias confesionales—, el santo no les será útil para amar a los enemigos o perdonar las ofensas, sino para odiar con nuevos bríos y ofender con mayor justificación. Lo que quieren es incendiar la sociedad, no encender cirios en un templo. Todo cristiano puede solicitar la intercesión de un santo sin que medie mucha teología en el asunto; el problema es que no se llega oficialmente a los altares sin culminar un proceso en el que hay consideraciones que rebasan el conocimiento medio sobre la santidad. En el caso que nos ocupa, entonces, el dilema no se encuentra en el “merecimiento” del candidato, sino de quienes lo postulan desde una visión puramente coyuntural y sin aprecio por las normas del derecho canónico que le garantizarían vigencia. ¿A qué se refiere el Vaticano cuando establece el “criterio de oportunidad” entre los aspectos que necesitan evaluarse para canonizar a alguien? Pues a eso precisamente: a la oportunidad, a la pertinencia en el tiempo de una decisión que va más allá del oportunismo, porque no está sujeta a época alguna ni responde a otra cosa que no sea el fortalecimiento de los valores cristianos. Y porque la conveniencia política es, a todas luces, uno de los perímetros de los que resulta especialmente coherente separar, desde la fe, a figuras que la Iglesia considera aptas para servir de modelo a todos los creyentes. Exigir la pronta canonización de Monseñor Romero, siervo obediente de la ortodoxia, es hacerle un favor muy magro a su estatura pastoral, porque sería igual a desvincularlo —¿y con qué derecho?— del marco teológico en el que se formó. (Es por lo menos curioso que en ocasiones resulte conveniente, cuando se revisa este punto, obviar que nuestro Arzobispo era un católico que creía en la corporeidad de Cristo en la hostia consagrada, que pedía a todos los fieles una observación rigurosa del sacramento de la confesión y que se mostraba reacio a apoyar, por ejemplo, el “derecho” a abortar de las mujeres). A Monseñor, sin embargo, lo llevan por igual a encabezar huelgas violentas como marchas feministas, usando algunas de sus homilías para exacerbar el odio de clases o estirando su perfil hasta el punto de convertirlo en un adalid de la rebeldía iconoclasta de nuestros días —esa misma amalgama ideológica que, entre otras cosas, ha puesto en duda la divinidad de Jesús de Nazareth—. ¡Bonita mezcla de salchichas con guayabas sale de estos arranques! Quiero aclarar que mi intención no es, ni por asomo, negar el derecho que tiene cualquier salvadoreño a concebir al Arzobispo asesinado como mejor le plazca. De hecho, a estas alturas, de la misma incoherencia que denuncio podría ser tildado si me atreviera a descalificar moralmente a quienes entienden “a su manera” el mensaje de Monseñor. No va por ahí mi reflexión. Lo que pretendo exponer es que hay motivos teológicos que harán posible, cuando así convenga, la canonización de Óscar Arnulfo Romero, pero que esa conveniencia no estará circunscrita al espacio-tiempo en que se mueven las ansias de algunos llamados “seguidores” de Monseñor, sino a criterios que, como el de oportunidad, se encuentran definidos por una autoridad que resulta ser mayor a la de cualquiera en el ámbito de la fe católica, la misma que profesaba nuestro Arzobispo. ¿Se pueden hacer consideraciones político-partidarias en torno a la vida y la obra de un santo? Por supuesto. Lo que no resulta lógico es invocar la autoridad vaticana, y menos en términos de exigencia, para fortalecer un discurso ajeno a la naturaleza de la santidad cristiana. En otras palabras, es posible entender y hasta esperar que haya personas dispuestas a convertir a Romero en un mártir de su causa particular —si esto se hace frecuentemente con Jesús, ¿por qué habría de ser diferente con uno de sus discípulos?—; lo que excede los límites de la honestidad (o de la buena fe) es que se quiera usar el criterio de Roma para apuntalar causas que están fuera de toda consideración teológica y que, a juzgar por sus propias palabras, ni siquiera el Arzobispo asesinado estaría dispuesto a avalar. Quienes observan la figura de Monseñor Romero desde una perspectiva política harían muy bien evitando identificarse con el proceso de canonización que se desarrolla en el Vaticano. De esta manera ayudarían a contrarrestar una contaminación dañina a los intereses puramente cristianos de quienes llevan el proceso ante las autoridades pertinentes. Ya es suficientemente torpe que exista gente que llame “comunista” a nuestro recordado Arzobispo. El colmo de la insensibilidad es buscar el amparo de su santidad para propagar el odio y dividir más a los salvadoreños. *Escritor
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