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El Salvador, quince años después: otra lectura

María Guadalupe Morfín*
cartas@elfaro.net
Publicada el 26 de marzo - El Faro
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Discurso pronunciado en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, el 23 de marzo de 2007.

Me da particular alegría estar aquí, en mi querido El Salvador, y en este auditorio “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Centroamericana (UCA), con tan fuerte presencia juvenil y femenina. Veo que la paz convoca; que la paz, aquí, es taquillera. La sola presencia de ustedes es ya un gesto elocuente. Agradezco la invitación del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (IDHUCA); me complace que congregue a personas de muy distintas responsabilidades, tanto del aparato de gobierno y de las entidades públicas de Estado, como de la sociedad civil.

Vengo de México, un país que, sobre todo a raíz de su pasado proceso electoral, ha vivido una fractura que requerirá enormes esfuerzos de diálogo y de mediación para sanar. De pronto, en nuestras familias, círculos de amigos, ámbitos laborales y sociales, nos encontramos con que nos era necesaria una especial serenidad y madurez para tratar temas políticos, dado que estábamos escindidos y en alguna manera lo seguimos estando.

Allá y acá, nada definitivo podemos construir, y menos la paz, si no parte del proceso de descubrimiento, reconocimiento y aliento de las y los otros, nuestros interlocutores, aquellos con los que quizá no compartimos criterios, pero sí responsabilidades y, en ocasiones, sin saberlo, afectos comunes (a ciertos autores, películas, música, personas). Cuando nos dividimos, perdemos ese bagaje humano, esos susurros de complicidad que nos hacen menos sombrío el tránsito por esta vida que a veces hace honor a su nombre de “Valle de lágrimas”.

El escritor Alessandro Baricco, en su obra Homero. Ilíada, nos ofrece una versión de la gesta guerrera con unas apostillas donde nos regala su interpretación. “Son a menudo las mujeres las que proclaman, sin mediaciones, el deseo de paz (…) encarnan la hipótesis obstinada y casi clandestina de una civilización alternativa, libre del deber de la guerra. Están convencidas de que se podría vivir de una manera distinta, y lo dicen.” “¿No es admirable –escribe Baricco- que una civilización machista y guerrera como la de los griegos escogiera legarnos, para siempre, la voz de las mujeres y su deseo de paz?” Y nos comparte: “El lado femenino de la Ilíada yo lo encuentro fortísimo en los innumerables momentos en que los héroes, en lugar de luchar, hablan.” “La palabra es el arma con que congelan la guerra”. En el fondo, reconoce, se trata de posponer la batalla. Y reflexiona que “Construir otra belleza –distinta de la de la guerra- es tal vez el único camino hacia una auténtica paz.”

En El Salvador, a quince años de los acuerdos de paz, leo los signos de la necesidad urgente de un refrendo intenso de estos acuerdos. Es como si constatara que aquí, más quizá que antes, fuera oportuno traer la certeza de que también existen los días soleados, el humor compartido, las vacaciones. Como si fuese posible, y sí lo es, hacer a un lado una carga de dolor y, sin negarlo, acomodarlo en el cuerpo y en la memoria de una forma que lejos de destruir nos sirva para respirar más plenamente y para refrendar nuestra vocación esencial a vivir en paz.

Veo que hay un terreno propicio para  compartir una agenda entre distintos actores políticos y sociales. A eso contribuye esta conferencia. Nos han invitado a los que venimos de fuera, sin duda porque, dadas las posiciones polarizadas entre algunas fuerzas políticas internas, nos será menos complicado decir aquello que observamos y que pensamos puede ayudar. Y con esa libertad y ese cariño al pueblo salvadoreño hemos acudido. Pero eso no nos hace sencilla la tarea. Primero porque también venimos a aprender con ustedes. En mi primera visita, en 1999, les decía: “Al ser ustedes hoy estrategas de la paz, son para todos nosotros, el resto de América Latina, profetas de la vida, signo de una cultura nueva que toma entre sus manos la tarea de rehacernos en la justicia, de volver a tejer los lazos que nos sostienen como sociedad”.

Cabe traer a colación la letra de esa bella canción del venezolano Alí Primera, “Sombrero azul”: “Dale, salvadoreño/ que no hay pájaro pequeño/ que una vez que alza el vuelo/ se detenga en su volar”. Del pueblo salvadoreño hemos aprendido. De su entereza frente a situaciones adversas: la guerra, la violencia estructural, los huracanes, los terremotos, las consecuencias de vivir en un continente donde predomina una de las economías más poderosas y bélicas del orbe, las migraciones cada vez más tentadoras, la extrema pobreza, el lento y agotador proceso hacia la paz. Pero este país, titánico por su laboriosidad y su empeño en construirse no solo una imagen sino una realidad justa, conoce la virtud del arrojo; aquí hay gérmenes de una vida ciudadana en ebullición, que puede aprovecharse en toda su fecundidad. Vengo de México y he viajado por distintos países de nuestra América. Y precisamente allí donde se han vivido situaciones de guerra, y ha sido necesario ponerles fin con gestos decididos, es posible ver que se han generado instituciones y leyes que rebasan en su alcance y apertura a las de los países que no han atravesado por dichos procesos. Ese es el piso de oportunidad que nos dan las situaciones límite.

Vengo también de haber desempeñado un cargo federal en la frontera norte de México, en una situación también límite: la de las mujeres asesinadas y desaparecidas en Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua.

La dimensión del problema, la movilización de las familias de las víctimas y de los organismos solidarios con ellas, su legítima exigencia de verdad y justicia, las repercusiones internacionales de un asunto que ha sido objeto de informes y visitas de numerosos relatores y expertos, obligó al gobierno federal a una intervención extraordinaria.

Nuestro trabajo allí partió de convencer a las autoridades locales de que había que dejar de lado esquemas rígidos entre federación, estado y municipio, y coordinarnos; quedaron fuera las excusas de las competencias entre una y otra autoridad. Sentamos a la mesa a todos los actores políticos y sociales, incluidas por supuesto las familias de las víctimas. Fue un ejercicio arduo y complejo. Había que convencer primero de la necesidad de hacer visible el problema, pues el silencio había resultado letal para las mujeres.  La apuesta del gobierno federal fue la de fortalecer a los organismos de la sociedad civil que llevaban años promoviendo el desarrollo comunitario de zonas donde se vive la violencia, y lo hacían las más de las veces sin recursos, cuando no francamente hostigados. Se les reconoció así su estatuto de pioneros en dar los primeros pasos y presentar las ideas más aterrizadas para la prevención.

Ustedes cuentan con una Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos de alto perfil; bajo la guía de doña Beatrice Alamanni de Carrillo, es una de las más prestigiadas del continente. Tienen también un consorcio de OSC’S, destacadas agencias de cooperación internacional, y el IDHUCA, que tantos beneficios ha dejado a la sociedad salvadoreña más vulnerable. Estas instituciones acompañan el delicado proceso que hace posible un Estado de derecho donde la paz arraigue; la paz no sólo de enterrar las armas, sino, en este momento particularmente, de desenterrar la justicia.

Es de tal magnitud el reto salvadoreño actual que requiere la visión generosa e inteligente propia de las y los estadistas. Una visión capaz de saludar el mérito de las propuestas, con independencia del sitio donde se originen. Hay Estado de derecho cuando las instituciones sirven para lo que fueron creadas; para eso son útiles los organismos bisagra de la democracia, que son las instituciones de derechos humanos, arbitraje electoral y transparencia. Y el continuo monitoreo de todos los poderes por parte de la sociedad civil, en especial desde la academia.  Gracias a ellos se garantiza el acceso legítimo al poder y el legítimo ejercicio de gobierno en el día a día. Una visión de Estado hace falta; una perspectiva de largo alcance, una actitud semejante a la de Adolfo Suárez, en España, quien sirvió al tránsito a la democracia en su país y se hizo a un lado.

Sé que entre los presentes en esta Conferencia, y en muchas y muchos que no pudieron acudir, hay personas en el servicio público que actúan de buena fe, que quieren un horizonte de justicia para este país, y a quienes les caería muy bien, de vez en cuando, el reconocimiento de su desempeño valioso, aunque sea su trabajo y les paguen por hacerlo, pues ese reconocimiento es esencial para animarlas a perseverar pese a los obstáculos siempre presentes en la arena pública.

La seguridad ciudadana, uno de los temas que esta conferencia aborda, requiere por lo tanto visión de Estado y una gestión capaz de sentar a todos a la mesa en torno a objetivos compartidos.

Decir que el problema de la violencia de las maras se va a resolver por la vía penal, por dar un ejemplo, significa dejar de entender que la seguridad es el fruto de la afinación integral de un sistema; la consecuencia de un modelo de desarrollo democrático. La vía penal es muy limitada; debe ser siempre el último de los recursos, el último de los controles. Si se usa como herramienta privilegiada, sólo atinará a llenar las cárceles, y a hacerlo de una manera selectiva y estigmatizante contra los más vulnerables. Los jóvenes se tornan violentos porque no encontraron un ambiente de acogida en la familia, barrio, escuela o comunidad, ni un horizonte de futuro. Es cierto que hay que marcar límites, pero también lo es que no se han instalado suficientes sombras amables ni espacios amistosos para ellos. Hablo de parques, canchas, bibliotecas populares, centros accesibles de Internet, orquestas, y también hablo de clínicas y talleres de rehabilitación, de autoestima, de terapia grupal para la cohesión social.

Cuando a todos los problemas en una sociedad se les quiere dar una respuesta policíaca, significa que la perspectiva está desviada, o se está llegando tarde a apagar las llamas de un incendio que necesitó pasos previos estructurales para ser sofocado. No se necesita mano dura cuando el piso está firme. Sólo cuando las condiciones sociales son telúricas, cuando las reglas no son parejas para todos, cuando no hay pisos mínimos asegurados, aparece como único remedio en el horizonte la opción de la mano dura. Ocupémonos de emparejar el piso, y la mano tendrá que ser firme, legal, legítima, pero no dura con la dureza de quien reprime selectivamente, discrimina y excluye. Sí con la firmeza de la aplicación de la ley justa.

Como ejemplo de una respuesta no policial a un problema estructural de violencia, en Ciudad Juárez (de cerca de 1’300,000 habitantes), situada en pleno desierto, nos empeñamos en construir una gran acequia de casi siete kilómetros, para mejorar el entorno de las familias vecinas (beneficiará directamente a 200,000 personas, e indirectamente a unas 700,000) y los problemas hidráulicos de parte de la población, pues si bien llueve poco, cuando sucede hay graves problemas de inundación.

En 2002, la relatora especial para los derechos de la mujer, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Martha Altolaguirre, recomendó a raíz de su visita a Ciudad Juárez, hacer seguros los espacios urbanos para el tránsito de las mujeres y sus familias. A esta recomendación obedeció el impulso inicial de construir la Acequia del Pueblo y la creación de una red de parques en zonas urbanas de extrema pobreza, con fondos federales sumados a recursos locales.

Los parques, las zonas recreativas como esta acequia, son importantes en términos de seguridad ciudadana porque la defensa de la vida no es posible sin la construcción de espacios democráticos, espacios de socialización y encuentro entre quienes son parte de una sociedad. Es en el ágora donde arranca la democracia y donde los rostros de las y los otros dejan de sernos amenazantes y pasan a sernos próximos.

Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz en 2004, percibió en Kenia la relación entre degradación del medio ambiente y pobreza, propició que se plantaran 25 millones de árboles, con la participación de millares de mujeres en el movimiento Cinturón Verde, y ha planteado exitosamente la posibilidad de crear espacios democráticos sin necesidad de violencia. Esta mujer hizo una correcta lectura de las necesidades básicas de las mujeres de su país; vio que una de ellas era el agua potable. Les enseñó que con los árboles se evita la erosión, se obtienen frutos, y leña para cocinar.

En El Salvador, esta casa de estudios dedicó un número de la revista Estudios Centroamericanos a los terremotos de 2001. En él Jon Sobrino, quien ha hecho suya la patria salvadoreña y a quien muchos en mi país debemos parte de nuestra vocación y fe, y por ello le estamos agradecidos, publicó una reflexión-meditación cristiana donde, además de ofrecer la imagen de un Dios cercano a las víctimas, se pregunta por los pasos previos de desmonte y voracidad inmobiliaria que hicieron que entre las víctimas estuvieran muchos de los pobres que habitaban colinas inseguras, erosionadas. La seguridad ciudadana tiene que ver también con planes de desarrollo urbano acatados, elaboración de atlas de riesgos y sistemas de supervisión de los usos del suelo.
 
Y la cultura ¿tiene acaso algo que decir como instrumento para erradicar violencia y discriminación? En Ciudad Juárez se creó una orquesta sinfónica para niñas, niños y jóvenes, según una metodología de Bogotá y Caracas para ofrecer a jóvenes de barrios violentos una identidad alejada de las opciones de las mafias de las drogas y de las armas. Fue fruto de la conjunción de esfuerzos desde los tres órdenes de gobierno y de la sociedad civil organizada. Con el mismo propósito, desde el gobierno federal (y luego se sumaron los gobiernos locales) se apostó por el eje cultural, para respaldar a un grupo de artistas que formaron el Movimiento Pacto por la Cultura. Esto generó una serie de jornadas en zonas tradicionalmente marginadas de este tipo de actividades, con lecturas de poesía en tortillerías (aquí serían pupucerías), talleres, festivales y cursos.

Por supuesto, también se abordó el lado penal. Según criterio de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la reparación del daño incluye por lo menos cuatro puntos: la investigación y sanción de los responsables; la adopción de medidas que garanticen que los hechos no se repetirán; la indemnización, perdón o gesto simbólico del reconocimiento del problema, y el derecho a saber la verdad. En función de este criterio enfocamos nuestro trabajo.

Incluyó, entre otras acciones, propiciar la reapertura de casos, la liberación de inculpados torturados, la atención a las víctimas con respeto a su dignidad; la identificación de restos de mujeres no reconocidos. El Equipo Argentino de Antropología Forense, que hizo un gran trabajo en El Salvador, en la identificación de las víctimas de El Mozote, ha estado haciéndose cargo de esta parte, a propuesta del gobierno federal en México junto con dos organizaciones de derechos humanos, y opera con el respaldo de la Procuradora de Justicia del Estado de Chihuahua. Además, se elaboraron y suscribieron protocolos de reacción inmediata entre distintas corporaciones de todos los órdenes de gobierno para la búsqueda de mujeres y niñas reportadas como desaparecidas.  Ni es un trabajo concluido ni ha sido suficiente, pero es una ruta iniciada desde la óptica de los derechos humanos, para el correcto abordaje del feminicidio.

No me quiero extender en hablar de otras acciones para analizar y sistematizar la violencia de género con sus distintas causas y patrones, y ofrecer pautar para su prevención en los ámbitos laboral, escolar, de salud. Esto se puede consultar en la página web de la Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez:  www.comisioncdjuarez.gob.mx

La violencia contra las mujeres tiene que ver con un ejercicio desigual del poder, según reglas fijadas por un sistema patriarcal, que perpetúa la idea de dominio de los hombres sobre la vida y las decisiones de las mujeres. Para revertir esto, la seguridad para las mujeres debe pasar por una reeducación ciudadana en todos los ámbitos de la vida, desde lo público y lo privado (nunca como en este tema lo privado es también de interés público). El rostro más extremo de esta violencia es el crimen de odio llamado femicidio o feminicidio, que ha sido estudiado en esta región por el Consejo Centroamericano de Procuradores de Derechos Humanos, con el apoyo del Instituto Interamericano de Derechos Humanos y las agencias sueca y danesa de cooperación internacional.

Mucho se puede seguir hablando al respecto pero lo haremos en las mesas que siguen. Yo concluyo alentando a la Universidad Centroamericana (UCA) y a las y los los participantes en esta conferencia, a  seguir animando la búsqueda de la paz, a quince años de unos acuerdos que conmovieron al mundo entero. Los efectos de la voluntad de la paz son duraderos. Esa voluntad compartida, que hizo posibles las celebraciones en dos plazas en esta ciudad cuando los acuerdos fueron firmados, puede vencer las resistencias.

No olviden que ustedes fueron capaces de una gran gesta, la de superar diferencias. No olviden que hubo entre ustedes (como nuestro querido Florentín Meléndez, presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos) algunos que cruzaban de una plaza a otra para celebrar, pues de ambas fiestas se sentían parte. No olviden que de ustedes seguimos aprendiendo. Decía Marguerite Yourcenar que “las verdaderas batallas se libran en la retaguardia”, es decir, no innovando, sino consolidando los pasos ya dados.

El 13 de enero de 1980, el arzobispo de San Salvador pronunciaba palabras que nos siguen alumbrando, independientemente de la fe que cada quien profese: “Todo salvadoreño bautizado que está trabajando en política en esta situación tan tremenda de El Salvador, tiene que mirar la amplitud del reino de Dios. No debe fanatizarse en pequeños grupitos, en partidos políticos. No tiene que fanatizarse sin mirar, por la rendija de su única organización, de su único proyecto, todo el panorama político del bien común de nuestro pueblo.”

Me gusta citar el poema de Roque Dalton que dice: “las dificultades se rompen/con el pecho abierto”. El sueño de monseñor Romero, el de las y los mártires de esta casa de estudios y el de muchos otros, fue ver un país edificado en la justicia. La justicia hay que cultivarla, como se planta y riega un árbol. Como se plantan olivos, con esperanza, pues dan un fruto que viene con el tiempo.

Muchas gracias

*La autora, abogada y poeta mexicana, es ex comisionada del gobierno federal mexicano para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua.

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