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OPINIÓN Carta al P. Jon SobrinoLuis Armando González
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Querido P. Sobrino:
Usted ha usado el género de la carta para recordar año con año al P. Ignacio Ellacuría. Me he tomado la libertad de usar el mismo género para dirigirme a usted, en unos momentos en los cuales la incomprensión eclesiástica se ha hecho sentir no sólo sobre su obra teológica, sino también sobre su trayectoria personal, inseparable de la historia de la UCA e inseparable de los últimos cuarenta años de historia salvadoreña.
Le cuento P. Sobrino que el primer texto suyo con el que me topé y no sin esfuerzo leí fue Jesús en América Latina. Su significado para la fe y la cristología. Es un libro que me ha acompañado desde aquellos años en los que yo estudiaba el último año de bachillerato. En ese tiempo, mi postura ante la religión era de abierta hostilidad: no dudaba en definirme como un ateo, en el sentido más dogmático y militante de la expresión. Sin embargo, leí su libro y supe que en el mismo estaban en juego asuntos serios y profundos; supe que la religión de la que ahí se hablaba no era esa que yo atacaba por considerarla el “opio de los pueblos”.
Han pasado cerca de 25 años desde aquel primer contacto mío con usted, a través de ese libro. De entonces acá, me familiaricé con otros libros y artículos suyos. Fui su alumno, en la UCA, durante un año en el que me animé a estudiar teología, en 1991. La dinámica de trabajo de la UCA –yo en el CIDAI y usted en el Centro Pastoral— nos puso más cerca desde 1995. Esa cercanía laboral –convertida con el tiempo en amistad fraterna— me ha permitido tratarlo personalmente y saber de sus preocupaciones sobre la suerte de quienes se debaten en la miseria y el hambre, así como de su indignación ante el despilfarro de dinero que se hace, por ejemplo, en los ambientes deportivos del primer mundo.
De mi ateísmo adolescente me he convertido, ya adulto, en un escéptico en asuntos de fe. Creo que usted lo sabe o por lo menos lo sospecha. Pero mi escepticismo, P. Sobrino, no me ha impedido tomarme en serio la tradición cristiana que usted representa. En ella no veo, primordialmente, una interpelación a la increencia, al escepticismo o incluso al ateísmo, sino a la insolidaridad, a los abusos de los poderosos, a la injusticia estructural e institucional. Usted, P. Sobrino, interpela al poder. Y lo hace desde los fundamentos del cristianismo, es decir, desde la predicación y la praxis de Jesús de Nazaret, quien para usted –así lo dice en ese primer libro suyo que leí— es verdadero Dios y verdadero hombre.
A lo que voy, P. Sobrino, es que tengo motivos de sobra para estar agradecido con usted. No sólo por el trato personal, siempre cálido y cordial, que de su parte he recibido o por las enseñanzas que me ha transmitido en mis 20 años de trabajo en la UCA, sino por su compromiso íntegro –universitario, personal— con este país, cuyos problemas han calado hondo en su conciencia teológica. Le agradezco, como salvadoreño, sus preocupaciones y desvelos por la suerte de los empobrecidos de El Salvador. Sé que esas preocupaciones no son las de alguien que desde fuera se ve afectado por lo que les sucede a otros; en su caso, se trata de algo que le afecta directamente, porque usted, aunque de origen vasco, ha asumido este país como algo suyo, al cual, como un hijo auténtico de El Salvador, le ha entregado sus mejores energías y desvelos.
No lo separo de sus compañeros asesinados en noviembre de 1989: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López. Para mí, usted es su continuador. Sé que esas muertes lo golpearon en lo más profundo de su ser. No sólo eran sus compañeros jesuitas; eran su familia cercana y querida. Pero usted, P. Sobrino, nos dio una lección de coraje verdaderamente impresionante: siguió batallando en defensa de la tradición de compromiso cristiano por la que los mártires de la UCA ofrendaron sus vidas. No tengo palabras para agradecerle por esa lección de vida que me ha dado.
Quiero terminar esta carta compartiendo con usted algo que me frustra. Me frustra no tener el poder suficiente –tengo apenas el poder de un ciudadano salvadoreños común y corriente— para enfrentarme a quienes pretenden deslegitimar su obra teológica y, con ello, la tradición martirial de la UCA. Es decir, quienes pretenden deslegitimar su pensamiento teológico, también pretenden hacer lo mismo con el legado de Rutilio Grande, Monseñor Oscar Romero, Ellacuría, Montes, Martín-Baró, López Quintana, Moreno Pardo, López y López, Jon de Cortina... Y eso me enerva, porque todos ellos representan, al igual que usted, algo bueno para El Salvador y, por extensión, para América Latina y el mundo.
San Salvador, 20 de Marzo de 2007
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