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OPINIÓN Rufina, árbol de la memoriaCarlos Henríquez Consalvi*
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La conocimos en medio de las ruinas de aquel caserío desierto. Su figura delgada vestida de blanco apareció entre las columnas de humo surgidas de un costado de la Iglesia de El Mozote.
Era Rufina Amaya, que luego de haber escapado de la masacre buscaba los cuerpecitos de sus hijos asesinados por la barbarie. Sus ojos anegados de lágrimas, el hilo de su voz naufragaba en sollozos:
“Del caserío no salió persona con vida. A mi me mataron mis cuatro niños y mi marido que se llamaba Domingo Claros, él era impedido de la vista, casi no veía, el niño se llamaba Cristino, las niñitas se llamaban Lolita, Lilian, y la niña de pecho que me mataron se llamaba Isabel, tenía ocho meses. Fue una ingratitud lo que hicieron con esta gente inocente”.
Al anochecer nos despedimos de Rufina y atravesamos el paisaje desierto, solo escombros, ni un murmullo humano, como si un terremoto o un huracán lo hubiese estremecido todo.
Radio Venceremos inició un esfuerzo de información sobre una de las masacres de civiles más grandes en la historia de la América Latina. La administración Reagan, a través de sus más altos funcionarios, impulsó una campaña para negarlo, algunos comparecieron ante el Congreso estadounidense para alabar el respeto a los Derechos Humanos en El Salvador y expresar que no habían evidencias que indicaran que las fuerzas gubernamentales hubiesen masacrado sistemáticamente a los civiles de la zona.
Frente a esta poderosa campaña del poder, se irguió una humilde campesina de Morazán, sin otro recurso que la fuerza de la palabra y su desición de contar la verdad. Viajó por varios países, dio conferencias de prensa y asistió ante diversas comisiones de Derechos Humanos. Y el mundo escuchó su voz. Su testimonio se vertió en libros y documentales producidos en múltiples idiomas.
En su humilde vivienda de Ciudad Segundo Montes, en la posguerra trató de reconstruir su vida, junto a sus hijas Martha y Fidelia, y el resto de su diezmada familia. Y allí estuvo siempre dispuesta a todos, en un apostolado de la memoria.
La última vez que vimos a Rufina fue en diciembre pasado, cuando compartimos micrófonos en el multitudinario acto de conmemoración del 25 aniversario de la masacre de El Mozote. Como lo repitió tantas veces, allí la escuchamos decir de nuevo: No tengo miedo, -y agregó- quizás el próximo diciembre yo no esté aquí en ese aniversario, pero les pido a ustedes que han venido de todo el país, para que no abandonen la memoria de nuestros hijos, de todas las víctimas de El Mozote.
Estas palabras se convierten hoy en el testamento que nos legó esta extraordinaria mujer: no dejar extinguir la llama de la memoria, no cesar de exigirle al Estado salvadoreño reparación y dignificación de las víctimas civiles. No descansar en la lucha por los Derechos Humanos en toda su extensión, que incluye la conquista de desarrollo con dignidad para las comunidades que sufrieron los embates de la guerra.
Recién retornamos de Morazán, de la siembra dolorosa del cuerpo de Rufina Amaya en el monumento de El Mozote, regado por lágrimas y flores.
Rufina, árbol de la memoria, poza transparente en el río del recuerdo, madre, hermana, amiga permanente de todos los que la seguiremos admirando por siempre.
*El autor es director del Museo de la Palabra y la Imagen
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