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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Los ojos de Rufina

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 12 de marzo - El Faro
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A Rufina Amaya

Ella estuvo en el infierno y volvió para contarlo. Pocos le dieron crédito a sus palabras en 1982; todavía hay gente que no las cree. Sobrevivió a las llamas, a los disparos, a los gritos, pero la muerte a cambio se quedó con sus hijos, con su marido y con todos los habitantes del poblado. Sólo ella volvió.

El infierno no está en el subsuelo, ni sus llamas prefieren la noche para saltar. Como los perros, que van detrás del amo, las llamas más terribles de la destrucción van a donde van los hombres.

Tampoco el demonio es una mascara de cuero, de color rojo y cuernos agudos. El demonio, como los perros, depende del rostro de los hombres y viaja con ellos. En todo caso es su sombra.

El once de diciembre de 1981, al atardecer, se abrieron las puertas del infierno en el Mozote.

Rufina vio entrar a los soldados (eran muchachos) y escuchó los primeros gritos, los primeros golpes, las primeras órdenes. Apartaron a los hombres, apartaron a las mujeres. Los encerraron en lugares distintos. Los niños fueron separados de sus madres.

El sol del doce de diciembre de 1981 fue el último sol que vieron todos. La siega del hombre comenzó por la mañana y duró todo el día. Al atardecer los soldados amontonaron la pesada cosecha de los cuerpos para entregarla a las llamas. El único error que cometieron se llamaba Rufina. Los pulmones de ella respiraron el olor de la carne quemada. Sus oídos escucharon el llanto, la súplica, la ráfaga y luego el silencio largo que rompía una risa o la frase banal de un soldado. Sus ojos lo vieron todo. Esos ojos, que volvieron del infierno para contar su historia, acaban de cerrarse esta semana.

El Estado Salvadoreño se ha empeñado en ignorarlos, pero la memoria colectiva les concede una gran importancia.

Sabemos lo que vio Rufina y sabemos lo importante que será su mirada el día que decidamos explorar nuestro rostro. Ella vio la superficie del infierno y volvió para decirnos que estaba entre nosotros. Los huesos infantiles que se desenterraron después y el silencio estatal ante esos huesos, corroboran que la mirada de Rufina no fue un sueño y que los restos encontrados todavía conservan el valor de una pregunta dirigida al pasado, pero también hacia el futuro. Los ojos de Rufina, muerta ella, son ahora los ojos del mito.    

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