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OPINIÓN

Lars y Lezama Lima
La escritura y la muerte

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 19 de febrero - El Faro

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La práctica de la escritura crea afinidades insospechadas entre poetas distantes. Este es el caso de la salvadoreña Claudia Lars (1899-1974) y el cubano José Lezama Lima (1910-1976). En ambos existe una analogía radical que asocia la letra a la muerte. La palabra declara la muerte del objeto. Sólo refiere aquello que por ausencia y defunción escapa del espacio tangible, de la vivencia inmediata del escritor. Lezama resume el dilema de una manera tan barroca que de inmediato lo impugnaría el actual mundo global de la comunicación light. Invoca la paradoja y lo complejo más allá de la simplicidad pragmática que regula la actualidad:

el imposible [= la muerte] al actuar sobre lo posible [= la vida], crea un posible [= la resurrección o escritura] actuando en la infinitud [=el vacío o la página en blanco]. En el miedo de esa infinitud, la distancia [=la ausencia del cuerpo difunto] se hace creadora, surge el espacio gnóstico [= la poesía] [...] que busca los ojos [= la letra] [...] como justificación (Lezama Lima).

La imposibilidad que caracteriza al ser humano por justificar la muerte de un ser querido hace que ese imposible convierta la resurrección en posible. Como resucitar corporalmente al difunto resulta imposible, poesía y escritura se afirman como sitio de redención del cuerpo inerte. La gran temática que enlaza al poeta cubano con la escritura larsiana sería “la resurrección”, “el resurgimiento del verbo”, “la conversión de lo inorgánico [= el cuerpo descompuesto del difunto querido] en viviente [= la poesía misma]”.

Dos experiencias de la muerte confrontan a la joven Lars —Carmen Brannon para entonces— a la necesidad de preservar la ausencia en escritura: la de su abuelo y la de la madre. Ambos cadáveres remiten al título mismo de su obra más popularizada: Tierra de infancia (1959). La poética larsiana significa el acto de “amar y comprender la tierra de mi madre y de mi abuelo”, ambos desaparecidos. Según el abigarrado precepto lezamiano, la misma certeza que expía la muerte —“por primera vez en mi vida pasé la noche cerca de un cadáver”— esperanzada anhela rescatarla en poesía:

¡No...no lo [= al abuelo] había perdido por completo!...Lo que juntos vivimos [...] estaba dentro de mi pecho [...] y presentía que alguna vez —más tarde— yo iba a recoger esa riqueza, para entregarla a los demás en un regalo singular.

Tierra de infancia expresa ese “regalo singular” que re-vive y resucita a los muertos, transformando su decrépita corporalidad —“lo inexistente hipostasiado”— en “sustancia” poética. Como religión laica, la literatura permite la redención de lo utópico y de lo virtual: la resurrección de los muertos. La escritura del poema “toma forma dentro de [las sombras de] lo que pienso” en el instante preciso en que Lars alcoba en su seno “un muerto de mi familia”.

De igual manera sucede con la madre difunta como motor de la escritura. Para que la poética —utopía secular de resurrección de los muertos— sea posible, es menester que Lars posea el valor de “pronunciar” una sentencia audaz: “¡amada madre muerta!”. El cuerpo difunto de la madre se convierte en irrupción de la materia poética o, en términos de Lezama Lima— “la gravitación metafórica de la sustancia de lo inexistente”.
**
Para nuestra mirada actual, esta analogía entre El Salvador y Cuba significa que la modernidad poética —el abismo entre palabra-cosa— antecede al realismo ingenuo. Si la secuencia realismo-modernismo-posmodernismo se reconoce para el caso de las metrópolis europeas y estadounidense, hacia el trópico voraz, el encadenamiento en cuestión se invierte. Si en los setenta y ochenta testimonialistas centroamericanos y sus críticos estadounidenses perciben en la letra copia directa de la realidad histórica, Lars y Lezama Lima confiesan su enlace con la muerte. La letra —más que calco de lo real— nos remite a su ausencia, a una intencionalidad (pos)moderna que nos advierte de los peligros por confundir las palabras con las cosas, “el reino de la imagen” con el mundo.

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