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OPINIÓN / LA BUHARDILLA Inocencias racionales
Federico Hernández Aguilar |
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¿Dónde reside el placer de reflexionar, de experimentar, de descubrir? No en lo que vulgarmente conocemos como “utilidad”, ciertamente. Pensamos porque existe la necesidad de satisfacer el apetito del intelecto y, de esta manera, acceder a ciertas cualidades cognitivas que nos apuramos a considerar trascendentes, separándonos por propia voluntad de aquello que, comparándolo a nuestras aspiraciones, se nos antoja mediano.
Hay algo de instintivo, me parece, en eso que el racionalismo ha tratado de invocar —casi siempre con inmerecido alarde— en torno a la capacidad humana de pensar.
Juzgo mínimamente prudente reconocer, por otra parte, que tal vez exista un intento de justificación muy natural en todo pensamiento. La razón, de hecho, es una apuesta —delirante a veces— que nos permite garantizar esa condición de “aspiración” que otorga validez, por ejemplo científica, al ejercicio racional. Ya lo sostenía así el filósofo austriaco Karl Popper, en su “Lógica de la investigación científica”, cuando aseguraba que el riesgo era un requisito indispensable para la formulación de hipótesis destinadas a despertar algún grado de interés.
Se puede suponer, como hizo Nietzsche, que el conocimiento es producto del impulso innato del hombre hacia el poder, hacia la autoridad. (“La medida de la fuerza es lograr vivir sobre hipótesis como en un mar sin orillas”, escribió el futuro huésped del manicomio de Jena). Pero también es posible configurar una epistemología que halle su punto de partida en los límites de la razón, aceptando que el conocimiento total y final no es accesible al ser humano, pero encontrando que el deseo de aumentar nuestro conocimiento hace de nosotros criaturas fascinantes y complejas, capaces de aspirar noblemente a la verdad.
Invitado a un simposio filosófico en Burgos, España, en 1968, Popper hizo una definición brillante del equilibrio que cabría apetecer cuando a nuestros deseos de conocer les anima la honestidad, pero, al mismo tiempo, nos enfrentamos a la acuciante (y bastante extendida) necesidad de justificar los caminos personales que hemos seguido para acercarnos a la verdad. He aquí:
“Una y otra vez he dicho que si nuestro fin es aprender, que nuestro conocimiento crezca, deberíamos ser al mismo tiempo críticos y dogmáticos. Si no somos dogmáticos, es decir, si no intentamos defender nuestras teorías durante el mayor tiempo posible, la parte crítica tendrá una tarea demasiado fácil y no encontraremos todos los elementos importantes que sean de hecho sostenibles en nuestra teoría. (...) Por otro lado, todo científico debe tomar en consideración el momento en que debe abandonar su teoría como derrotada; pues si no se fija un punto en absoluto, su teoría tiende a vaciarse de contenido. Si un científico no está dispuesto a ponerse un límite en las maniobras evasivas que ejecute para defender su teoría, abandona la asunción de riesgos y con eso abandona la ciencia”.
En efecto, lo único que parece eliminar o reducir al mínimo las justificaciones inútiles (y por lo tanto deshonestas) en el camino que elijamos para acercarnos a la verdad, es el perenne ejercicio intelectual de contrastar nuestras hipótesis con otras. Por eso alguien como Popper era capaz de llegar a Burgos y dedicar horas enteras a escuchar una andanada de refutaciones a los principales argumentos de sus libros, y, al final de cada batalla, sostener que la racionalidad expuesta en aquellos arduos debates se afincaba, antes que en la comprobación de una victoria teórica determinada, en el idealismo de haber emprendido una búsqueda honesta de los mejores planteamientos.
“Es parte del racionalismo el reconocer sus propios límites”, decía el filósofo vienés, arrellanado en la inequívoca complacencia de su encendido auditorio. Y parecía haber cerrado así, con una conclusión dictada por años de esclarecedoras dudas y abiertos contrastes, el círculo burocrático que eternamente abren las ideologías —incluyendo aquellas de naturaleza y alcances metafísicos— al pensamiento humano.
El permanente esfuerzo científico de hallar conceptos comunes que faciliten el contraste de ideas no descarta ninguna explicación metafísica de los fenómenos que nos rodean, pero también es una medida y un reflejo del grado de precaución en que deberíamos movernos frente a la realidad. En ese sentido, lo que entendemos por “demostrar” algo es únicamente la arbitrariedad en que deviene nuestro empeño por “acomodar” la realidad que intuimos en la realidad que percibimos.
Porque, como diría Popper, ¿acaso no es dable suponer que hasta las comprobaciones más simples, desde un punto de vista científico, pueden estar sujetas a engaño? Rebatía el autor de “La sociedad abierta y sus enemigos” a una intervención de Víctor Sánchez de Zavala de esta manera:
“Incluso una proposición como «aquí hay un vaso de agua» tiene una gran cantidad de consecuencias poco fiables, o poco seguras. Es posible que me equivoque y confunda un trozo de plástico, o quizá confunda el whisky con el agua; por eso siempre hay dificultades y, por tanto, siempre tenemos que poner a prueba nuestras proposiciones”.
Los efectos filosóficos que sobre las ciencias sociales tienen estas posturas son tan grandes y permanentes, que el liberalismo insiste con frecuencia en retomarlos como el legado más sano de Popper. Y aunque no exista acuerdo sobre la calificación que merece el conjunto de la obra popperiana —recordemos que mientras autores como Pedro Schwartz la llaman “racionalismo moderado”, desde una perspectiva filosófica, otros descubren en ella argumentos de inequívoco rumbo “socialdemócrata”—, lo cierto es que tenemos aquí un hombre que se permitió el descaro de sugerir, como quien no quiere la cosa, que el pensador tal vez no sea un ser superior, sino un incómodo y estrafalario sobreviviente.
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