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OPINION / DESDE LA ACADEMIA

LA GUERRA FRÍA.
Breves apuntes para un debate.
(Parte VIII)

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net
Publicada el 13 de noviembre - El Faro
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La guerra fría desde la perspectiva del historiador

Desde nuestro presente, que es la verdadera perspectiva del historiador, es desde donde se puede analizar el pasado en sentido fuerte, tomando conscientemente distancia de las interpretaciones que la época -cuando el pasado era un presente- se daba sobre sí misma. Ya señalamos la primera rectificación, la que hicimos con respecto al final de la guerra fría, que debe ser adelantado y, en vez de postular el período entre 1989-1991, cambiarlo por 1985-1986. Comparando su conclusión en su última etapa, al iniciarse la perestroika y la cooperación entre los sistemas, con su arranque en la etapa de contención, donde lo que predominaba era la confrontación, puede ser enunciada la tesis: “la guerra fría se negó a sí misma”. Es la corroboración de la naturaleza dialéctica del proceso. Éste muestra en su evolución una lógica que se corresponde con los postulados de la dialéctica.

No sólo esto. Al examinar las sucesivas etapas por las que se desplegó el proceso de la guerra fría, puede observarse el salto cualitativo que representa cada una de ellas, en un movimiento que expresa asimismo la negatividad. Cada una es negación de la anterior. Cada una genera su opuesto, por lo que la etapa siguiente aparece invariablemente como la negación-superación del estadio anterior. Así, mientras la primera etapa de contención se concentraba en prepararse para la guerra, para ganar la tercera guerra mundial, y los bandos se constituían de tal modo en enemigos, en cambio la distensión significa que se han convertido en simples adversarios y ahora el esfuerzo es puesto en evitar la guerra, en prevenir escenarios que puedan precipitar una tercera guerra mundial ahora indeseada.

De similar manera la coexistencia pacífica profundiza en la lógica de la distensión, pero al mismo tiempo la supera y la niega, porque ahora se persigue positivamente la paz entre los sistemas y la anterior calidad de adversarios se reduce a la de competidores, que pueden incluso en ciertos temas comportarse como socios. La perestroika va a superar esta lógica en una ruptura dialéctica que la lleva más allá, negándola: ante la gravedad de los problemas globales se impone el comportarse como aliados, hay que hacer a un lado las diferencias ideológicas y actuar coordinadamente para de modo conjunto salvar a la humanidad. Queda disuelta la guerra fría y superada, desde su propio proceso, desde su propia lógica, que la ha llevado a evolucionar según una tendencia que la arrastra hasta su propia negación dialéctica. Una vez concluida, esa lógica puede ser des-cubierta.

Una vez justificada la tesis sobre el verdadero final de la guerra fría, que desmiente la versión ideologizada que la época se dio a sí misma, hay que proceder al examen de cuál ha sido su verdadero inicio. El punto de partida es el concepto de guerra fría, tal como fue interpretada en su momento, para mostrar la incoherencia con las fechas propuestas. En efecto, la definición de guerra fría que dio la época es de una triple confrontación: entre dos superpotencias, entre dos sistemas económico-sociales y entre dos ideologías. En el primer caso, si se trata de la confrontación entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, es lógico explorar el período desde 1917, año del triunfo de la revolución rusa e inicio de su consolidación, que llegaría supuestamente hasta constituir al país en superpotencia. Si examinamos la confrontación entre socialismo y capitalismo igualmente hay que partir de la fecha de 1917; lo mismo para la lucha ideológica entre un sistema político que privilegia la igualdad y la justicia social por sobre la libertad y la democracia, que se contrapone a los valores y la ideología del occidente capitalista. La confrontación propia de la guerra fría en realidad se instaló en la historia en 1917, casi treinta años antes de que fuese creada tal expresión y empezara a hablarse de la misma.

Desde el punto de vista teórico esta tesis resulta bastante irrefutable, pero también si se procede al examen de los hechos históricos. La revolución rusa, primera revolución de masas inspirada en el marxismo que triunfa en la historia, no sólo provocó una oleada de anticomunismo en las potencias capitalistas, también motivó la invasión militar de Rusia al término de la primera guerra mundial. Esta guerra “caliente” fracasó por varias razones, sin embargo no debe ser subestimada al momento de valorar la historia de la confrontación del capitalismo y el socialismo “real”. La opción de destruir por medios militares al estado soviético tuvo que ser desechada ante la fortaleza mostrada por el Ejército Rojo, que había recién triunfado en la guerra civil sobre el Ejército Blanco de la reacción, así como la baja moral y el cansancio de la guerra de las tropas invasoras, que ansiaban el regreso a casa. La agresión militar fue sustituida entonces por el bloqueo económico total impuesto por el mundo capitalista al régimen bolchevique.

Éste luchaba por sobrevivir, en muy difíciles condiciones. Las medidas de emergencia, que eran dictadas por la necesidad, dejarían sin embargo una huella profunda en la historia del sistema soviético y la forma como éste empezó a concebir el socialismo. En plena guerra civil Lenin dictó las medidas centralizadoras conocidas como “comunismo de guerra”. Las empresas fueron confiscadas sin excepción y puestas bajo el control del Estado. Tanto en ellas como en las unidades militares el Partido colocaba “comisarios del pueblo” con el fin de supervisar la labor de gerentes, administradores, ingenieros, jefes y oficiales. Tampoco podía tener plena confianza en los campesinos,  por lo que reprimió el acaparamiento y las actividades del mercado negro con gran dureza. Superada la guerra civil se abandonó esa política de emergencia, pero la centralización y el terror habían mostrado su eficacia y eran un recurso disponible, que Stalin más tarde retomaría extensamente. Ni desapareció el sistema de espionaje y control de los “comisarios políticos”, ni se abandonó el esquema de propiedad estatal, que nunca fue sustituido por formas de propiedad social, que hubieran constituido la columna vertebral de un verdadero socialismo.

Lenin tuvo el mérito de concebir e impulsar un modelo de economía mixta, conocido como la NEP (Nueva Política Económica), que se aplicaría en la década de los veinte. Suponía la combinación de empresas estatales con la pequeña y mediana propiedad privada, así como las cooperativas agrícolas conviviendo con medianos y pequeños terratenientes. La expuso como una vía lenta y gradual de avance hacia el socialismo, que llevaría varias décadas o quizá varias generaciones, mientras la prioridad fuera alcanzar el desarrollo económico y superar el atraso en que estaba sumido el país. Es la época de la consigna, simplista pero reveladora, “socialismo es igual a soviets más electrificación.” Pero Lenin tenía claro el concepto y advirtió: “lo que tenemos no es, y por mucho tiempo no será, socialismo; es sólo capitalismo de estado”. La NEP incluía la promoción de las inversiones extranjeras y de los intercambios comerciales, la vinculación con la economía mundial. La posición de Lenin ante el bloqueo de las potencias capitalistas era mantener dicha política de apertura, confiando en que la lógica económica y la competencia entre los capitalistas terminarían por obligar a levantar el boicot económico dictado por gobiernos reaccionarios.

Muerto Lenin, Stalin abandonó pronto la NEP, en un viraje brutal como su propio carácter. Impuso la política de colectivización forzosa en el campo y la industrialización acelerada. La prioridad era desarrollar la industria pesada, clave para la producción de armamento. La agricultura debería aportar los recursos, económicos y humanos, para la industria. Toda una generación sería sacrificada, pues la obsesión de Stalin era alcanzar a los países de capitalismo desarrollado en un par de décadas. La revolución industrial, que en Inglaterra demoró dos siglos, debía ser realizada en Rusia en un plazo máximo de veinte años. Sólo así, razonaba Stalin, podría la URSS estar en condiciones de defenderse militarmente.

La única forma de lograr la meta era con una represión a gran escala, que pronto derivó en genuino terrorismo de estado. Llamarlo socialismo autoritario sería disimular el despotismo y carácter criminal del régimen estalinista, responsable de la muerte de no menos de seis millones de personas. El propio partido fue diezmado por las purgas; casi ninguno de los héroes de la revolución de octubre sobrevivió al estalinismo. Trotsky denunciaba desde su exilio en México, antes de caer él mismo asesinado por órdenes de Stalin, que éste era la contrarrevolución. Una dictadura personal había sustituido a la “dictadura del proletariado” que planteaba la teoría de Marx. Y todos los crímenes se hacían a nombre del socialismo. Stalin se alió con el nazismo al inicio de la segunda guerra mundial en una política errática y sin principios, que resultaba incomprensible. Hitler enderezó las cosas al invadir la Unión Soviética y el pueblo soviético -a pesar de Stalin y no gracias a él- pudo resistir y emerger de la contienda como vencedor del ejército alemán. Pero no es un argumento para pensar que la política de industrialización acelerada haya sido acertada: la victoria del pueblo vietnamita sobre el ejército estadounidense es la demostración fáctica de que, aun sin la capacidad de producir armamento moderno, una revolución puede defenderse.

¿Qué se puede concluir de este rápido esbozo de la historia soviética desde 1917 a 1945? En primer lugar, que resulta clara la exageración de considerar “superpotencia” a la Unión Soviética, en condiciones de disputar la hegemonía mundial a Estados Unidos. Rompió el monopolio nuclear del imperialismo en 1949, como pronto harían otras potencias aliadas de Estados Unidos y más tarde China. Ello no es suficiente para aceptar la tesis de un “mundo bipolar” que construyó la imaginería de la época de guerra fría. En segundo, hay que darle la razón a Lenin cuando caracterizaba como “capitalismo de estado” al sistema que la guerra fría calificaría de “socialismo real”. No sólo por su distancia con el socialismo que caracteriza la teoría o su contraposición con el ideal democrático, sino por ausencia de “propiedad social”, de gestión directa de los trabajadores de las unidades productivas bajo su control, de ejercicio efectivo del poder del estado por parte de la clase. Una revolución que sustituye la propiedad privada de los medios de producción por la propiedad estatal, puede tener aspectos de revolución anticapitalista, pero ello no la define como socialista. De la guerra fría, examinada desde la definición que ella misma nos propone, sólo queda el ámbito de lucha ideológica como el único donde mantiene efectividad. Ha sido esto, una fantasmagoría en el mundo de las ideologías, sin sustento real en lo económico o político. Esta segunda perspectiva niega lo que afirmaba la primera, es su negación dialéctica.

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