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OPINION / DESDE LA ACADEMIA LA GUERRA FRÍA
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El final de la guerra fría: inconsistencias de la perspectiva tradicional
Un estudioso del tema, Ronald Powaski (autor de “La guerra fría. Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991”), concluye: “a todos los efectos prácticos la guerra fría terminó durante la presidencia de Ronald Reagan”. Y a continuación se hace la pregunta ¿fue éste el artífice de la “victoria” sobre la URSS? Powaski no la responde. La respuesta ha de ser negativa, por más que la propaganda conservadora desde 1992 en adelante haya insistido en presentar como un triunfo de Estados Unidos, o de su propio Presidente, el desmoronamiento de la Unión Soviética y de los regímenes de Europa del Este. Son construcciones ideológicas a posteriori que no dan cuenta de la sorpresa inicial, de la falta de planes o estrategias al respecto, la situación incluso de desconcierto en que tanto los estrategas del Pentágono como los servicios de inteligencia occidentales se encontraban tras el colapso del Estado soviético.
La esencia del concepto de guerra, aunque ésta se defina como “fría”, es la confrontación. Tras ser ésta sustituida por la cooperación, que es su antítesis, queda incontestablemente superada la guerra fría. Es decir, desde 1985-1986. No cabe otra lectura de los hechos que hemos presentado anteriormente. No fue sólo el discurso y la doctrina lo que cambió con Gorbachov, está el hecho de la credibilidad que conquistó la perestroika en el mundo occidental y la serie de medidas concretas que los bandos enfrentados emprendieron. No sólo se paró la carrera armamentista sino que ésta empezó a ser revertida con las medidas de desmantelamiento y destrucción de armas estratégicas. El mundo estaba entrando a fines de la década de los ochenta a un proceso de reducción de armamentos que se encaminaba hacia la erradicación total de las armas de destrucción masiva, al tiempo que se hacían las primeras experiencias prácticas de cooperación entre los antiguos adversarios. El clima internacional estaba cambiando y de hecho la guerra fría había quedado atrás, definitivamente. Pero faltó tiempo, al menos algunos años más. Repentinamente la Unión Soviética se desplomó. Sin injerencia exterior. Fue una especie de implosión. Causada por factores exclusivamente internos. ¿Qué había ocurrido?
Afirmar que “se contagió” de la revolución democrática y pro-occidental de varios de los regímenes de Europa del Este sería ignorar las relaciones de dependencia de los mismos respecto a Moscú y el hecho de que seguramente estaba en las previsiones de Gorbachov ese desarrollo de los acontecimientos. Su prioridad era estrechar lazos con la Europa occidental desarrollada, a la que había seducido con su planteamiento del 6 de julio de 1989 de construir juntos “la casa común” europea. El precio a pagar era, lógicamente, permitir la autonomía de los países del Este, incluso si se perdía el control sobre ellos, y conseguir su aceptación como socio privilegiado de la Europa occidental. La perestroika ponía en peligro la hegemonía de los partidos comunistas en Europa oriental, la URSS dejaría de sostenerlos y debían luchar por su futuro. El mensaje era: organicen elecciones e intenten ganarlas. Era un reto imposible en el corto plazo.
El desplome, uno tras otro, de los gobiernos comunistas del Este europeo y la transición a su transformación en democracias occidentales en condiciones capitalistas vino a acelerar el desarrollo de las contradicciones dentro de la Unión Soviética. El gran problema era que la perestroika no conseguía la adhesión mayoritaria del pueblo soviético ni su movilización a favor de los cambios radicales que pretendía. Gorbachov no exageraba al plantear que la perestroika suponía “una revolución en la revolución”, ni al evocar a Lenin en apoyo a su planteamiento revolucionario. Pero Gorbachov no era Lenin.
Hubiera hecho falta el valor y la audacia de un Lenin para romper con las estructuras corruptas del Partido, promover y encabezar un amplio movimiento revolucionario de masas que le arrebatara el poder a la nueva elite privilegiada y realizar efectivamente, y no sólo de palabra, una revolución. Mao Tsé dong había intentado algo semejante en China con la revolución cultural, aunque en una dirección opuesta a la democratización intentada con la perestroika. Se apoyó en las masas para enfrentar a su propio Partido, las organizó y encabezó, creando un gigantesco movimiento de revolución que le permitiría recuperar el poder partidario, tras barrer con las tendencias reformistas. La revolución se le escapó de control al gran dirigente y fracasó en sus objetivos, teniendo finalmente que recurrir al ejército para imponer el orden y eliminar a los guardias rojos que él mismo había creado. Pero es indudable que tuvo la audacia de desencadenar una auténtica “revolución dentro de la revolución” y que tuvo inicialmente éxito en desplazar del poder a sus adversarios. No hay nada de esto en la experiencia soviética de perestroika porque a sus dirigentes les faltó la audacia de pelear por el poder desde las masas, revolucionándolas. En lugar de eso sus intentos fueron desde el propio aparato de poder, el cual no era parte de la solución, sino la fuente de los problemas.
Al inicio la perestroika parecía haber polarizado a la sociedad soviética en dos posturas: a favor o en contra de la perestroika, a favor o en contra de la democratización, a favor o en contra del socialismo burocrático y autoritario. Pero en la medida que el tiempo transcurrió y el proceso mostraba dificultades para consolidarse según la estrategia trazada, el bando de la perestroika empezó a mostrar fisuras. Mientras la intención de un sector era salvar al socialismo y fortalecerlo, depurándolo y democratizándolo, para otro grupo se trataba de alcanzar la democracia desprendiéndose del socialismo, tomar a la democracia occidental como el modelo a seguir, impulsar un proceso de transición al capitalismo. Para ellos no se trataba de corregir los errores de la etapa estalinista, sino de rectificar el origen de todos los errores, el gran error, que habría sido la propia revolución de octubre.
Ambas posturas eran irreconciliables y pronto mostraron la imposibilidad de compromisos, reflejada en el creciente distanciamiento y rivalidad entre Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin. Las elecciones a la Duma (el parlamento ruso) le dieron a éste último la Presidencia del poder legislativo. Gorbachov mantenía el poder ejecutivo y nominalmente la dirección del partido y del ejército. Pero el partido estaba dividido en varias corrientes y en el ejército, lo mismo que en los órganos policíacos y de inteligencia, predominaban los “conservadores”, es decir, los que defendían el viejo modelo de socialismo. El proceso tendía a paralizarse ante esta división en tres polos. Las alianzas empezaron a cambiar. Si en una primera fase actuaban como un solo bloque los que estaban por la democracia y contra el autoritarismo, en una segunda etapa se acercaron mutuamente los que estaban por salvar el socialismo, fuera uno u otro modelo, para enfrentar a los que buscaban una evolución al capitalismo.
El confuso golpe de estado de agosto de 1991 señaló el desenlace. Aparentemente los partidarios del socialismo “duro” estaban derrocando a Gorbachov, de vacaciones lejos de la capital. Pero ni siquiera hicieron por capturarlo. Con quien realmente se enfrentaron fue con Yeltsin. Éste consiguió defender el edificio del parlamento con algunas fuerzas leales y la movilización de la población. Desarmada, la multitud rodeó a quienes habían rodeado a los diputados. Hubiera podido ser un baño de sangre, pero las tropas recibieron orden de retirarse. Yeltsin salió fortalecido de la crisis como el héroe que salvó al país del golpe, al tiempo que las sospechas contra Gorbachov crecían. Se le acusaba de haber preparado un autogolpe, para que los duros liquidasen a la facción pro-occidental y él recuperar más tarde el poder, sin haberse ensuciado con la represión. Sonaba creíble. En diciembre era forzado a renunciar. Yeltsin había vencido: la URSS era enterrada junto con la perestroika.
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