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OPINION / DESDE LA ACADEMIA

LA GUERRA FRÍA
Breves apuntes para un debate
(Parte VI)

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net
Publicada el 23 de octubre - El Faro

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La etapa de la cooperación entre sistemas: la perestroika

Un apartado especial de la perestroika estaba dedicado a las relaciones internacionales, de ahí que se incluyera en el título del libro de Gorbachov la expresión “para el mundo”. Éste señalaba a Stalin como el gran culpable de iniciar la guerra fría, por lo que al superarse el estalinismo y sus secuelas se podía razonablemente aspirar también a su superación. Ponerle fin a la guerra fría era el objetivo declarado de la perestroika en su dimensión internacional. Pero lograrlo iba a requerir ganarse la credibilidad del otro bando. Ahí es donde el líder soviético hizo despliegue de su notable habilidad política, su imagen de persona franca y sincera, así como su indudable magnetismo personal. La opinión pública occidental y sus dirigentes políticos quedaban fascinados por el encanto y la convicción de Gorbachov, un líder tan diferente de sus antecesores.

La clave de la argumentación estaba en el concepto de “problemas globales” introducido por el “nuevo pensamiento” de Moscú. La humanidad entera enfrenta amenazas que ponen en riesgo su misma supervivencia. Desde el peligro de una guerra atómica, que podría incluso iniciarse por error, o la posibilidad de accidentes nucleares hasta los problemas ecológicos que si no son enfrentados podrían llegar a destruir las condiciones para la vida humana en el planeta. Se trata de cuestiones que afectan tanto al capitalismo como al mundo socialista, problemas que pasan por sobre las fronteras y que requieren ser enfrentados de manera conjunta. Antes de plantear la pregunta de si en un futuro la humanidad vivirá en un sistema socialista o capitalista ha de ser hecha la pregunta ¿habrá futuro?, ¿habrá humanidad? Es cuestión previa y fundamental. Y es ante esta situación objetiva que se impone ponerle fin a la guerra fría y que ambos sistemas dejen la confrontación y asuman la cooperación. Sólo enfrentando conjuntamente los problemas globales tendrá la humanidad esperanza y futuro.

El discurso era sólido y racional. Reflejaba la nueva voluntad de la Unión Soviética de ponerle fin a la guerra fría. Y, lo más importante, se acompañaba de iniciativas y de propuestas prácticas que demostraban la seriedad de tal posición. Contribuyó también a darle credibilidad el que haya coincidido la difusión de la perestroika con el fatal accidente de Chernobyl. Uno de los reactores de esa planta nuclear, ubicada en territorio ucraniano, explotó lanzando a la atmósfera miles de toneladas de sustancias radioactivas. Era un ejemplo concreto de un “problema global”: media Europa occidental resultaba afectada por el desplazamiento de la nube radioactiva. No cabía la vieja actitud de alegrarse por los problemas del “enemigo” sino que se imponía todo lo contrario. Las potencias occidentales cooperaron con las autoridades soviéticas enviando especialistas y tecnología para enfrentar conjuntamente la emergencia y sepultar en un sarcófago de concreto el reactor atómico fuera de control. Abril de 1986, el mayor accidente nuclear de la historia, selló la credibilidad internacional de la política de perestroika.

Después de eso, los avances fueron rápidos y espectaculares. Gorbachov era recibido de modo triunfal en Alemania Federal, después en Inglaterra y también en Estados Unidos. En noviembre de 1985 había tenido un primer encuentro con el presidente Reagan en Ginebra. En enero éste recibía la sorprendente propuesta soviética de eliminar todas las armas nucleares antes del 2000. Incluía una primera etapa de supresión de todos los lanzadores de alcance medio, propuesta muy seductora para los aliados europeos. Reagan quería preservar su muy querida Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida popularmente como “star wars”, y en contrapartida propuso la idea de compartirla, pero Moscú no aceptó. En una nueva cumbre entre ambos mandatarios en octubre de 1986, en Reykiavik, Islandia, acordaron los pasos a dar para acabar con la guerra fría. Estados Unidos se comprometía a desmantelar 429 misiles Pershing 2 y Tomahawk estacionados en Europa y a no desplegar otros 430 ya previstos. La Unión Soviética, por su parte, retiraría 857 cohetes ya desplegados así como otros 895 cohetes almacenados. Lo más importante: los acuerdos incluían verificaciones “in situ” asegurando por tanto la transparencia del proceso.

En 1988, con motivo de la visita a Nueva York de Gorbachov, que participaría en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ambos mandatarios se comprometían a eliminar la ideología en las relaciones internacionales y a promover conjuntamente los valores de la libertad y de la democracia. Ese mismo año Gorbachov había anunciado la reducción unilateral de sus fuerzas armadas y la retirada de diez divisiones soviéticas de Europa del Este. También adelantó su disposición a una resolución coordinada de los diversos conflictos en el Tercer Mundo, teatro privilegiado de las confrontaciones de la guerra fría. George Kennan, el impulsor de la contención al inicio de la misma declaraba en el Senado norteamericano: “Ya ha pasado el tiempo de ver en la Unión Soviética a un adversario militar”. Por su parte el presidente Reagan también reconocía los cambios en la URSS aunque matizando en tono de propaganda: “son el resultado de la firmeza de Estados Unidos”.

Pese al talento propagandístico de Ronald Reagan el protagonismo estaba en aquel entonces claramente del lado de Mijail Gorbachov. En enero de 1989 permitía la legalización de partidos no comunistas en Hungría y en febrero retiraba al ejército soviético de Afganistán. En octubre regañaba a las autoridades de la RDA “por haberse aislado del pueblo” y propiciaba la apertura del muro de Berlín, que se produciría el 9 de noviembre. En la mayoría de países de Europa del Este se legalizaban partidos de oposición y se organizaban las primeras elecciones libres. Pero todavía nadie sospechaba que tales regímenes iban camino a desintegrarse y que el desplome alcanzaría también a la propia Unión Soviética. Fue una sorpresa para todo el mundo. El propio Reagan lo reconocía de manera indirecta después de dichos sucesos: “Nos proponíamos cambiar una nación (a los Estados Unidos) y, en vez de ello, cambiamos el mundo.”

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