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OPINION / DESDE LA ACADEMIA LA GUERRA FRÍA
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La etapa de la cooperación entre sistemas: la perestroika
La muerte de Breznev en octubre de 1982 abrió la posibilidad de abordar las insoslayables reformas. Su sucesor, Yuri Andropov, así pareció entenderlo e inició esfuerzos por desacelerar la guerra fría. Proveniente de la dirección de la KGB, el servicio secreto soviético, conocía bien que la misma estaba arruinando a la economía soviética. La Unión Soviética era incapaz de seguir a Estados Unidos en la carrera armamentista, en especial ahora que el presidente Reagan proyectaba incrementar el presupuesto del Pentágono, de 171 mil millones en 1981 hasta 376 mil millones de dólares para 1986. El proyecto militar norteamericano incluía el desarrollo del avión “invisible” B-1, los submarinos nucleares Trident, el despliegue en Europa de cohetes Tomahawk y Pershing 2 de mediano alcance, los sistemas de defensa antibalísticos BMD y las armas antisatélite ASAT. El propio año que asumía Andropov, Reagan aprobaba el proyecto Iniciativa de Defensa Estratégica, con 26 mil millones de dólares de presupuesto. El enorme déficit fiscal que suponía este esfuerzo armamentista y que duplicaría en pocos años la deuda externa de Estados Unidos no parecía preocupar a Ronald Reagan, convertido al credo neoliberal y confiado en que el crecimiento de la economía absorbería a la larga todos los desequilibrios.
Quien estaba preocupado, y mucho, era Andropov. Impulsó las propuestas de reducción de las armas estratégicas o negociaciones START, convertidas más tarde en SALT, que se proponían limitar el número de ojivas nucleares. Su deceso en febrero del año siguiente frustró estos avances y la elección del burócrata Chernenko paralizaba toda iniciativa: el continuismo parecía imponerse en la dura lucha por el poder desatada en el Kremlin tras la desaparición de Breznev. Pero también Chernenko fallecía a poco más de un año de su promoción y en el frágil equilibrio de poderes en la cúpula soviética se abrió paso cierto consenso: era imprescindible un relevo generacional, que trajera dinamismo y sobre todo ideas frescas.
Fue así como fue impulsado sorpresivamente al frente del Partido y del Estado un político desconocido y joven, - al menos, para las costumbres soviéticas: tenía 54 años – con fama de honesto y eficaz: Mijail Gorbachov. Había escalado posiciones desde la sombra, a base de buena administración y sin destacarse como alguien con posturas críticas. Sin embargo simpatizaba con los reformistas, la mayoría marginados o caídos en desgracia. Hizo regresar de la Embajada soviética en Canadá a Boris Yeltsin, a quien había conocido en su destierro diplomático. Juntos desarrollarían los conceptos y la estrategia del “nuevo pensamiento”. Sería dado a conocer por un libro del propio Gorbachov, traducido a gran cantidad de lenguas: “Perestroika, una propuesta para mi país y el mundo”. La ambiciosa reforma precisaba de toda una filosofía que la sustentara ideológicamente y que preparara las condiciones para realizar “una revolución en la revolución”.
Aunque la palabra rusa “perestroika” tiene el ambiguo significado de “reestructuración” por sus contenidos podía apreciarse de que se trataba de una estrategia de reforma radical. El reto era superar el estancamiento económico y la crisis moral, social y política de la sociedad. Para ello la piedra de toque era democratizar el régimen político. “Necesitamos la democracia como el aire que respiramos” – se proclamaba enfáticamente en el documento – lo cual pasaba por recuperar la esencia del socialismo, perdida desde la época estalinista. “No queremos menos socialismo, al revés, la perestroika significa más socialismo” – insistía Gorbachov – preocupado de que su discurso por la democracia fuera a interpretarse como abandono ideológico o como evolución hacia el capitalismo. No se podrían superar las tendencias económicas negativas sin despertar el fervor popular y, sobre todo, sin combatir eficazmente la corrupción que minaba en todos los niveles la vida económica soviética. Por ello, la segunda línea estratégica asociada estrechamente con la perestroika: la “glasnost”.
La política de glasnost o “transparencia” buscaba estimular principalmente las denuncias de la población contra los responsables de corrupción. También prometía libertad de expresión, para promover el debate de ideas, la formulación de propuestas y la posibilidad de críticas. Lanzada desde la cúpula del poder, la glasnost buscaba la movilización de las masas. Tenía que ser el propio pueblo soviético el que, haciendo suya la perestroika, la hiciera avanzar y la impusiera. El obstáculo principal era la inercia, la incredulidad de la gente y, desde luego, la burocracia. Toda una casta de privilegiados, la “nomenklatura” desarrollada durante la era Breznev, aferrada a las estructuras del Partido y del Estado, constituía el mayor enemigo de la perestroika.
Ese grupo tenía mucho que perder si los cambios impulsados por Gorbachov llegaban a concretarse y contra ellos se dirigía el filo de la perestroika. La gran contradicción era que tal política surgía de la propia estructura partidaria, desde el poder, “desde arriba” y no como algo surgido “desde abajo”. El Partido llamaba a una revolución que no podía darse sino contra el propio Partido. Levantaba esperanzas entre la población pero también muchas desconfianzas. Algunos creían que era una trampa, un engaño, y que más adelante las represalias caerían sobre quienes se hubieran involucrado. Otros creían en la sinceridad de Gorbachov, pero veían que la burocracia era muy poderosa y pensaban que acabaría derrotándolo. Otro sector, el más conservador, temía los cambios y consideraba que se trataba de un experimento peligroso que podía terminar destruyendo el socialismo. Otros más confiaban en que eso sucediera y querían democracia, pero como la occidental. Únicamente una pequeña parte del pueblo soviético se movilizó y participó del movimiento de renovación que impulsaba la perestroika. Pronto se vio que ésta gozaba de mucho mayor crédito fuera de la Unión Soviética que dentro del país
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