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OPINION / DESDE LA ACADEMIA

LA GUERRA FRÍA
Breves apuntes para un debate
(Parte IV)

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net
Publicada el 09 de octubre - El Faro

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La etapa de la coexistencia pacífica

Leónidas Breznev sustituyó a Kruschev e inauguró un fuerte liderazgo que perduraría por dos décadas, hasta su muerte. Mantuvo la desestalinización, como lo probó el hecho de que Nikita Kruschev, caído en desgracia, aunque perdió el cargo pudo conservar la vida. Se le permitió un tranquilo retiro, el cual dedicó a redactar sus memorias. En lo internacional el régimen llevó la lógica de la distensión un paso más allá, desarrollando la doctrina de la coexistencia pacífica: la guerra podía evitarse y posibilitar que coexistieran ambos sistemas e incluso hicieran negocios juntos. Breznev proclamó que la historia demostraría la superioridad del socialismo. Por tanto, la paz constituía la política del socialismo. Los países del campo socialista podían dedicarse a su propio desarrollo y dejar que las contradicciones internas del capitalismo hicieran su trabajo.

Era una hábil manera de defender ante los camaradas la evidente suavización de la política exterior soviética. La doctrina de la coexistencia pacífica favorecía los intercambios comerciales con el mundo occidental, de los que tanto necesitaba la economía soviética, sin que ello debiera ser criticado como traición a los principios. Si servían para fortalecer al socialismo, era correcto impulsarlos, pues de enterrar al capitalismo ya se encargaría la propia historia. De tal modo, el discurso triunfalista justificaba la moderación de la nueva estrategia. Era en interés de la URSS estabilizar la situación internacional, frenar el exorbitante gasto de la carrera armamentista y alejar definitivamente el fantasma de la guerra. Más que en la promoción de otras revoluciones socialistas la prioridad soviética se inclinaba hacia el respaldo de los movimientos pacifistas en los países capitalistas desarrollados, alentando las protestas contra la guerra de Vietnam. Los movimientos de liberación en Asia, África y América Latina recibían el apoyo soviético, si se enfrentaban al “imperialismo yanqui” y no confrontaban a ningún gobierno amigo, de modo que el escenario de la guerra fría se trasladaba cada vez más a los países de la periferia. El mundo de la época asemejaba a un inmenso tablero de ajedrez donde, como en una partida de dicho juego, cada jugador protege a su propio rey y a las piezas mayores, mientras son los peones y otras piezas de menor valor las que son sacrificadas en aras del avance de la estrategia global.

El año 1973 trajo grandes novedades en esa partida mundial. Estados Unidos, tras una difícil negociación, culminaba su retirada de Vietnam dejando en una difícil perspectiva a sus aliados anticomunistas. La capital del Sur, Saigón, caía en manos comunistas dos años más tarde. La superpotencia estadounidense salía derrotada de Vietnam y los hechos parecían darle la razón a Mao: “el imperialismo es solamente un tigre de papel”. Con suficiente resolución y heroísmo, cualquier pueblo había de ser capaz de vencerlo. Se venía un auge de las guerrillas. Al tiempo que en la sociedad norteamericana la impopularidad de la guerra reducía las posibilidades del gobierno de involucrarse en otro conflicto militar. Era el “síndrome de Vietnam”.

También fue ése el año de una nueva guerra árabe-israelí, la “guerra del Yom Kippur”, donde la superior tecnología militar de Israel le permitió un fulgurante triunfo. Pero podía volverse en una victoria pírrica. La humillación militar sufrida por Siria y Egipto provocó la reacción del mundo árabe, decidido a vengar la afrenta. Para castigar a los aliados de Israel, se decidió a usar un nuevo tipo de arma: el petróleo. Teniendo en su poder las mayores reservas de crudo del mundo, Arabia Saudí y otros países árabes crearon la Organización de Países Productores de Petróleo, OPEP. Pocos meses más tarde se había cuadriplicado el precio internacional del petróleo. Se vino una recesión de la economía mundial. La dependencia energética era grande y no había en ese tiempo una política de almacenar grandes reservas para una eventualidad de crisis. El mundo occidental se veía obligado a pagar una abultada factura petrolera que volvía inevitable la inflación.

La Unión Soviética, en cambio, contemplaba regocijada las dificultades de sus adversarios: productora de crudo, se autoabastecía y era exportadora neta de petróleo por lo que el alza de precios, lejos de perjudicarla, la beneficiaba. La “crisis del petróleo” contribuyó mucho en aumentar las ínfulas de Breznev y su convicción de la superioridad del sistema socialista, inmune a las crisis del “mundo capitalista”, como algo que la misma vida, y no sólo la teoría, estaba demostrando. Se trataba tan sólo de un espejismo, del efecto de una coyuntura particular, pero ha de admitirse que no debía ser fácil advertirlo en ese momento. A mediados de la década Breznev proclamaba que la URSS había alcanzado ya la meta del socialismo y que se encaminaba a construir la sociedad comunista. ¿A qué se refería exactamente? Es difícil precisarlo. Pero reflejaba sin duda el estado de ánimo triunfalista del régimen soviético. Iba camino a creerse su propia propaganda, cosa siempre peligrosa.

Terminando la década el régimen soviético cometería un error fatal: involucrarse en la guerra de Afganistán. El gobierno marxista al que apoyaba era muy rechazado por una sociedad feudal y contraria a la modernización. Líderes religiosos musulmanes incitaron a la rebelión, que contaba con el apoyo de Estados Unidos. Afganistán se convirtió muy pronto en el Vietnam de la Unión Soviética. Tras casi una década de guerra, el régimen soviético tendría que retirarse. La sangría humana y económica había sido formidable. Agravó los males estructurales de la sociedad soviética: una población desmoralizada y sin incentivos, estancamiento económico y retraso tecnológico, burocratización galopante y una planificación quinquenal que carecía de instrumentos de contabilidad efectivos. Las autoridades desconocían la real situación de la economía, pero el deterioro era evidente en la vida cotidiana. Se imponía una radical reforma en todos los ámbitos. No hacerlo significaba arriesgarse a un colapso.

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