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OPINION / DESDE LA ACADEMIA LA GUERRA FRÍA
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La etapa de la distensión
El final de la guerra de Corea coincidió con la muerte del máximo líder soviético, José Stalin. De momento asumió la máxima conducción una “troika” o colectivo de tres dirigentes, pero pronto uno de ellos, Nikita Kruschev (o Jruschov), logró la investidura como máxima autoridad de la URSS y del Partido. Hasta la celebración del XX° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS, en 1956, no se supo cuál iba a ser la nueva orientación. Kruschev presentó un Informe al XX° Congreso del PCUS donde se criticaba el “culto a la personalidad” promovido por Stalin y los “errores” del fallecido dirigente durante las más de tres décadas en que gobernó con mano de hierro. Después se conocería que Kruschev en un informe secreto al Politburó había sido mucho más duro en su crítica, denunciando “los crímenes de Stalin”. Oficialmente la URSS entraba a un período de “desestalinización”, que incluyó la rehabilitación de la memoria de varios dirigentes purgados y ejecutados por el estalinismo. Para la política internacional Kruschev anunció el “deshielo” y una nueva política de “distensión” (también conocida como “deténte”) o de reducción de las tensiones. Se fundamentaba en consideraciones sobre que la guerra no era inevitable y que era posible que los dos sistemas, capitalismo y socialismo, pudieran coexistir pacíficamente. Esta suavización de la postura soviética generó una furiosa reacción contraria por parte de Mao y la dirigencia china de la época pero, en cambio, no ganaba mayor credibilidad en Occidente.
La diplomacia soviética en la ONU seguía siendo dura e inflexible. Usaba y abusaba del poder de veto que le otorgaba el ser miembro permanente de Consejo de Seguridad. Por otra parte, los acontecimientos mundiales mantenían los motivos de alarma para Estados Unidos y sus aliados. En 1954 Francia había sido derrotada sin paliativos por la guerrilla vietnamita en la larga batalla de Dien Bien Phu y se retiraba de Indochina, dejando a Vietnam partido en dos tras la negociación en Ginebra. Los acuerdos preveían un proceso de reunificación del país tras la celebración de elecciones, que probablemente darían el poder a los comunistas de Ho Chi Minh que habían dirigido la guerra de liberación desde el norte del país. Estados Unidos maniobraría para impedir ese desarrollo de los acontecimientos, apoyando un golpe de estado en el sur que malograba todo el proceso negociado en Ginebra y provocaba una reanudación de la situación bélica. La guerra de Vietnam, con Estados Unidos en el rol de sustituto de la potencia colonial francesa, acapararía la atención mundial durante otras dos décadas. Por otra parte, en Hungría era aplastado un levantamiento obrero que reclamaba la independencia y la democratización de su país. Los tanques del Pacto de Varsovia entraron a Hungría en 1956 sin levantar más que tímidas protestas en Occidente, que decidió no intervenir. Primaba el respeto a las “áreas de influencia” de cada superpotencia. La victoria de la revolución cubana en 1959, que pronto se radicalizó en sus posiciones antiimperialistas, daba un nuevo giro a los acontecimientos.
La escalada de presiones estadounidenses para reducir los alcances de la revolución cubana empujó a ésta a buscar el apoyo de la potencia soviética, tras impulsar una reforma agraria, nacionalizar las propiedades norteamericanas y proclamar el socialismo en la isla. El presidente Eisenhower, republicano, empezó preparativos para una invasión. Pero el candidato republicano, Richard Nixon, perdió sorpresivamente la elección de 1960 frente al demócrata John Fitgerald Kennedy. Los planes secretos de su antecesor estaban bien adelantados y había presiones del Pentágono para llevarlos a cabo. Kennedy se decidió por una opción intermedia: la invasión se realizaría pero sin la participación directa del ejército norteamericano. Debía aparecer como una iniciativa de los propios cubanos, a los que se daría apoyo logístico y entrenamiento por medio de la CIA. El desembarco en Bahía de Cochinos resultó un desastre. Los invasores fueron rápidamente localizados, rodeados y forzados a rendirse, sin haber logrado apoyo entre la población ni penetrar hacia el interior del país. En 1961 la Cuba de Fidel resistió la agresión y denunciaba al mundo la participación de Washington. La prudencia de Kennedy no sirvió para exonerar a Estados Unidos de su implicación, que resultaba más que evidente.
El incidente fue hábilmente aprovechado por Kruschev. Convenció a los líderes cubanos de la conveniencia de acoger armamento atómico soviético en la isla, como elemento disuasorio que evitaría nuevas agresiones imperialistas contra Cuba. Lo que realmente buscaba era responder al despliegue por la OTAN de misiles nucleares en Turquía, poniendo a Estados Unidos en una situación similar: Cuba, a 90 millas de La Florida, era prácticamente un país frontera. En pocos minutos las bombas atómicas podrían caer sobre ciudades norteamericanas, sin tiempo para su intercepción, al igual que los misiles estadounidenses en Turquía, que apuntaban a ciudades de la Unión Soviética. Kruschev esperaba sorprender a su rival con una situación de hecho.
Aviones espía estadounidenses descubrieron las instalaciones donde estaban siendo montados los misiles por personal soviético. Kennedy se vio confrontado por los halcones del Pentágono que exigían la invasión inmediata de Cuba o al menos el bombardeo de los emplazamientos. Pero eso significaría ocasionar bajas soviéticas, lo cual provocaría represalias de Kruschev y probablemente la guerra mundial. El Presidente norteamericano se decidió por una alternativa intermedia: esa noche denunció en televisión el despliegue de armas rusas en Cuba, anunció el inicio de un bloqueo naval a la isla para impedir la llegada de más pertrechos militares y exigió a la URSS el desmantelamiento y la retirada inmediata de los misiles. El mundo siguió angustiado por varios días el desarrollo de los acontecimientos. Barcos soviéticos transportando otras cabezas nucleares mantenían su curso y se acercaban al cordón naval donde su adversario había amenazado con hundirlos si intentaban pasar. La tercera guerra mundial parecía inminente.
Tras varios días de tensión, finalmente la esperada noticia: los buques rusos daban media vuelta. El incidente quedaba superado. Los dos máximos líderes, Kennedy y Kruschev, se habían puesto en contacto para desactivar la crisis. Los rusos aceptaban retirar los misiles de Cuba, a cambio de la promesa de Kennedy de que ni él, ni ningún Presidente norteamericano del futuro, atacarían la isla. La palabra del Presidente estadounidense a Fidel Castro le parecía insuficiente y reaccionó furioso a la concesión hecha por Kruschev, quien no lo había tomado en cuenta en la negociación hecha entre las dos superpotencias. Pero nada podía hacer. Dependía de su apoyo y se veía obligado a mantener las buenas relaciones con la URSS. Nikita Kruschev consiguió su propósito: el compromiso norteamericano de retirar, discretamente, unos meses más tarde, sus misiles de Turquía. Kennedy dependía del voto de sus electores y necesitaba aparecer ante la opinión pública como el vencedor en el pulso con el líder soviético. Pero, en realidad, se trataba de una negociación en la que ambas partes obtenían sus objetivos.
La resolución de la crisis generó una consecuencia positiva: el consenso en la conveniencia de mostrar al mundo que el peligro de una guerra nuclear se había alejado definitivamente. Ambas partes decidieron de común acuerdo hacer un gesto, que fue muy publicitado: la instalación de un “teléfono rojo”, que comunicaría directamente la Casa Blanca con el Kremlin y que podría usarse en caso de una emergencia. Permitiría poner en contacto a los dos máximos líderes a fin de prevenir y desactivar cualquier crisis futura. Debía evitarse que la guerra se desatara por un malentendido, por un accidente o por la insubordinación de algún funcionario de menor rango. De tal modo puede decirse que, paradójicamente, “la crisis de los misiles” aunque puso al mundo al borde de la tercera guerra mundial al mismo tiempo sirvió para hacer creíble y efectiva la distensión. No sin que sus máximos protagonistas pagasen el precio: Kruschev era retirado del cargo un año más tarde, mientras Kennedy caía asesinado en 1964.
La etapa de la distensión dejaba al descubierto la esencia de la guerra fría: una confrontación política e ideológica, que amenazaba siempre saltar al choque militar. Los expertos la llamaron estrategia de disuasión y también “equilibrio del terror”. Su lógica era disuadir al otro de atacar pues sería asimismo destruido por la respuesta de su enemigo. Se trataba de la “destrucción mutua asegurada”, también conocida por sus siglas en inglés: MAD. En ese idioma la palabra también significa “loco”, tal como advertían sus críticos, pues realmente parecía insensato que el impedir el holocausto nuclear y asegurar la supervivencia de la humanidad descansaran sobre tan frágiles bases. La carrera armamentística parecía así indetenible y, con ella, la voracidad del consorcio militar-industrial dedicado a producir nuevos sistemas de armas.
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