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OPINION / DESDE HANNOVER

Irak: tres años de sangre, sudor y lágrimas

David Hernández*
cartas@elfaro.net
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1. Una democracia aplazada

La madrugada del 20 de marzo se cumplieron tres años del inicio de los ataques aliados de las tropas de EE.UU., Inglaterra y la « coalición de países voluntarios » que culmiraron pocas semanas después con el derrocamiento de la dictadura del Presidente Sadam Husein luego de la toma de Bagdad y del control militar de las principales ciudades de Irak.

Más de cien mil muertos y otros cientos de miles de heridos iraquíes, entre civiles y militares, ciudades enteras reducidas a escombros, como en el caso de Faluya, 2,300 militares estadounidenses muertos así como 17,000 soldados norteamericanos heridos, en una proporción de un soldado muerto por cada 8 heridos, es el trágico saldo de la aventura estadounidense en Irak.

La que a todas luces es una típica guerra imperialista provocada por el Pentágono y los “think tank” de la Casa Blanca no fue « la excursión de fin de semana » que habían planificado sino que ha terminado convertida en un paseo por arenas movedizas, en las cuales el Ejército estadounidense se muestra incapaz de mantener el control de la situación político-militar de un país multicultural, multireligioso y multiétnico.

Concebida como una guerra geoestratégica de cara a los grandes retos del siglo XXI, la invasión estadounidense a Irak, vistas a tres años de distancia las cosas, ha proporcionado por un lado una presencia hegemónica de los EE.UU. en la región; ha asegurado, al menos a corto y mediato plazo, los suministros de petróleo a occidente, incluidos los países de la Unión Europea que hipócritamente se pronunciaron contra la guerra mientras sus servicios secretos la apoyaron; ha llevado una democracia incipiente al país mediante la realización de varias elecciones que han hecho posible el funcionamiento de una democracia formal de escaparate, y ha liberado al país de la dictadura de Sadam Husein, su clan familiar y el partido Baath.

El balance es negativo al examinar la situación iraquí luego de los atentados dinamiteros contra la Mezquita Dorada de Samarra, un lugar sagrado chiíta, del pasado 22 de febrero, que desataron una ola de violencia con tintes de auténtica guerra civil.

Irak, con 25 millones de habitantes, está dividido en tres zonas geográfico-étnicas bastante definidas, aunque en las mismas también se encuentren bolsones de otros grupos etno-religiosos. La mayoría chiíta habita el centro y sur de Irak, y con 15 millones de habitantes constituyen el 60 % de la población del país. Aunque sus líderes no lo digan públicamente, la aspiración es crear la “República Islámica de Irak”, por lo menos en el sur, y para ello las milicias chiítas cuentan no sólo con asesores iraníes sino también con suministros de armas y apoyo logístico, toda vez que Irán sería su retaguardia estratégica caso estallase una guerra civil de grandes proporciones.

Los sunitas, que fueron la columna vertebral del gobierno de Husseim y que siguen siendo la élite intelectual del país, constituyen un 20 % de la población con 5 millones de habitantes. Luego del derrocamiento de Hussein, los sunitas, que habitan principalmente el centro de Irak, el famoso « triangulo sunita » conformado por las ciudades de Tigrit, Bagdad y Faluya, han sido desalojados del poder, ya que ellos dominaron en el pasado el Ejército, la administración gubernamental así como las estructuras del partido Baath o Baaz, de orientación panarabista, nasseriano y socialista.

Los kurdos dominan el norte de Irak, donde han constituido una « república del Kurdistán » autónoma, pues sus milicias, las antiguas guerrillas peshmargas, tienen el control de las ciudades del Kurdistán iraquí, y fueron las principales aliadas internas de los EE.UU. durante la invasión contra Hussein, debido a que fueron reprimidos brutalmente por el dictador, quien en el pasado llegó a bombardear con gas ciudades enteras kurdas. Practicantes de la religión sunita y alavita, con sus 4,25 millones de habitantes constituyen un 17 % de la población del país. Siria, Turquía, Irán y EE.UU. miran con recelo los planes kurdos de fundar una república autónoma, toda vez que en dichos países hay minorías kurdas separatistas que reclaman para sí el territorio donde actualmente residen y combaten. Una posible república del Kurdistán abarcaría parte de Turquía, Siria, Irán y Azerdbaján, lo cual abriría una auténtica caja de Pandora en la región.

Un 0,75% de la población lo constituyen una serie de minorías de árabes laicos, comunistas, los 100,000 cristianos practicantes y otros grupos étnicos como turcomanos, drusos, armenios, uzbekos, azerbajanos y judíos.

A este mosaico etno-político y religioso, en el cual cada pieza actúa como una unidad independiente con sus respectivas milicias y ejércitos privados hay que agregar la intensa actividad de los diferentes grupos extremistas de la resistencia iraquí, conocidos en la prensa estadounidense y occidental como « terroristas » aunque en realidad son patriotas y fanáticos religiosos que ejercen su legítimo derecho a defender con todos los medios posibles el suelo patrio, para ellos sagrados, de « Dar Al Islam » (Territorios del Islam) de la invasión extranjera imperialista de los Estados Unidos de América. Ello ha dado pauta a que se convoque a la « Yihad » o « guerra santa » contra el invasor, la cual es un auténtico caldo de cultivo para el peregrinaje de todo tipo de grupos fundamentalistas del mundo entero, en especial los grupos vinculados con Al Qaeda y Osama Bin Laden, pero también otros grupos laicos ligados a las antiguas estructuras militares sunitas, que promueven la desestabilización del país mediante atentados dinamiteros, secuestros, ejecuciones sumarias y, principalmente, emboscadas contra el “cruzado invasor”, es decir, contra los “marines” estadounidenses.

Este complicado panorama étnico-religioso-militar nos ilustra el por qué los 130,000 infantes de marina del Ejército estadounidense, así como los otros cerca de 70,000 estadounidenses presentes en Irak (entre ellos miembros de servicios de seguridad privados, de inteligencia camuflageados como civiles, personal de compañías administrativas, de limpieza, de cocina y de abastecimiento, empresarios, constructores, agentes petroleros, etc.), son incapaces de ejercer el control sobre el país. También el arriba mencionado mosaico de razas y culturas es la explicación al handicap que sufren y sufrirán el actual y los futuros gobiernos de Irak, pues en una democracia incipiente resulta extremadamente difícil lograr un consenso en aras de la unidad, ya que la lucha principal de cada contendiente se centra en tratar de convertirse en el grupo de poder hegemónico, en detrimento de sus contrincantes.

Será harto difícil que las tropas estadounidenses sean despedidas un día con flores y vítores por una población iraquí agradecida por el establecimiento de una democracia occidental en el país; más bien es posible que los últimos norteamericanos en abandonar Irak, lo hagan en medio de las llamas de una guerra civil incontrolable.

2. Irak, lo nacional y la posthistoria

Hay de unos lustros para acá cierta reticencia a dar créditos a la famosa afirmación del ideólogo nipón-estadounidense Francis Fukujama de que, luego de la caída del muro de Berlín y de la agonía de las ideologías, habíamos llegado “al fin de la historia”. Estas elucubraciones tanto de Fukuyama como de otros “tanques pensantes”, entre ellos prestigiosos intelectuales de la Universidad de Harvard, se enmarcan en una lógica que corre acorde con la época que vivimos.

Personalmente no tengo ningún problema en aceptar que llegamos al fin de la historia luego de la autodestrucción del antiguo campo socialista simbolizado en la caída del muro de Berlín. Y esta aceptación va paralela con la constatación de que el Estado Nación, tal como se conoció en el siglo XIX y XX, difícilmente sobrevivirá el presente siglo. Tampoco me quita el sueño aceptar que vivimos en una época postnacional, en la posthistoria.

Por ello no dejó de extrañarme el artículo de José Joaquín Aguilar aparecido hace unas semanas en “El Faro”, pues a pesar de estar brillantemente escrito, dejó en mí la sensación de ser, en esta época de la globalización y lo postnacional, un intento fallido de revisionismo.

Sobre todo al constatar que de los antiguos elementos del “Modelo Nación” (por ejemplo, territorio, población, forma de organización socio-estatal), no nos queda prácticamente nada, ya que dicho modelo fue un invento del siglo XIX, que perdió validez. Lo único rescatable es la idea de que la nación es en primera instancia, el lugar de las memorias de larga duración, y en segunda instancia, la nación abre la posibilidad de crear un espacio para la organización de las resistencias.

Es por ello lógico, posthistóricamente, que en una época en la cual los EE.UU. se convierten en la hiperpotencia mundial de la primera mitad del siglo XXI, sus “tanques pensantes” hayan diseñado la guerra de rapiña en Irak, en un intento de sostener la hegemonía mundial en esa región que será en el futuro donde se decidirá el destino del planeta.

Irak, y lo que los “Think tanks” bushianos, los Kagans, los Fukuyamas, llaman “El Gran Oriente” (Medio Oriente más Irak, Afganistán e Irán), está en la región explosiva aledaña a seis potencias atómicas (Rusia, China, Nordcorea, Pakistán, India e Israel), de las cuales la única fiable para Estados Unidos es Israel. A ello se agrega la irrupcion del “gigante chino” en la economía mundial, cuya industria y desarrollo necesita cada día un petróleo del cual la República Popular China no dispone y por lo tanto tiene que exportarlo en detrimento (en el futuro) de las cuotas de exportación a EE.UU. y Occidente.

Analizando a largo plazo la situación geopolítica, a través de los anteojos imperialistas de los ideólogos del Pentágono y la Casa Blanca, dentro de veinte años tanto China como India serán potencias regionales de primer orden, y el petróleo estará cada vez más caro. Por otro lado, EE.UU. no se puede fiar de países aliados como Pakistán, donde existe el peligro de que los fundamentalistas se hagan con el poder, ni de las repúblicas prorusas actualmente aliadas del Asia Central, dependientes de los dictados del Kremlin; además, “la bomba atómica demográfica” de los países árabes, más de mil millones de creyentes, puede terminar literalmente con la existencia del Estado de Israel, con apenas cinco millones de habitantes y un territorio extremadamente pequeño.

Dentro de esta lógica es claro que si no hubiera existido la posiblidad de una guerra con Irak, habría que inventársela, o provocarla, que es en efecto lo que hicieron los halcones y los ideólogos del “Siglo XXI” de la Administración Bush.

Ahora bien, lo que nunca calcularon fue el problema de lo nacional en Irak. Es cierto que en una época caracterizada por la globalización las fronteras y otros inventos del pasado han sido relegados. Sin embargo, lo que yo llamo “las memorias de larga duración” han sido y serán el principal escollo para encontrar la solución a la instauración de una “democracia occidental” en Irak. Lo cual en primer lugar debería de ser consultado con la población iraquí. Es posible que para grupos mayoritarios como los chiítas o para las sociedades aún tribales de algunos poblados del Kurdistán iraquí, este concepto suene demasiado extraño a sus oídos y no tengan interés en conocerlo ni mucho menos en practicarlo.

El campo socialista sufrió una implosión debido a que su modelo económico de economía de comando no funcionó pero también a que no lograron resolver el problema de lo nacional; y esto en una “ficción de país” multiétnico como fue la antigua URSS. Los EE.UU., a pesar de que algunos de sus actuales líderes conocieron de primera mano este fenómeno sociopolítico, entre ellos la actual Secretaria de Estado Condoleezza Rice, que realizó a principios de los ochenta una “estadschirofka” en Moscú y la URSS, no terminan de comprender la lección.

Es decir, que mientras no resuelvan “el problema de lo nacional” en Irak, no habrá paz ni petróleo seguro.

David Hernández, PhD por la Universidad de Berlín, miembro de la Unión de Escritores Alemanes y del Colegio de Periodistas alemanes adscritos al Sindicato alemán Ver.di

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